Skip to main content

Full text of "Antologia de poetas argentinos"

See other formats


<Svry- 


m*lWv? 


^^^;¿^^^<«^M 


W<^J} 


^m 


í^\íílí■■■ 


Wfmm 


^■>Mí>. 


^áP¿^>í^'*iV 


^m^ 


,»ií' 


^■^fe;ií/^^:^ííiW^/^^i^^ 


:#Mc¿^#?i^^S^^^' 


ANTOLOGÍA 

DE 
POETAS    ARGENTINOS 

(tomo  v) 


ANTOLOGÍA 

DE 

POETAS  ARGENTINOS 

POR 

■'■/' 

JUAN   DE  LA    C.    PUIG. 


€LA   PATRIA    ES    UNA    NUEVA   MUSA  QUU 
INFLUYE   DIVINAMENTE.» 

Fr.  C.  y.  Rodríguez. 

«NUESTROS    POETAS    HAN    SIDO   LOS  SA- 
CERDOTES  DE   LA    CREENCIA   DE  MAYO.» 

J.  M.  Gutiérrez. 


To/no  V-LA  SOCIEDAD  DE  AAYO 


BUENOS   AIRES 

Editores  :    MARTIN  BlEDMA  é  HIJO 

Bolívar  N*»  535 

AÑO  DEL  Centenario — 1910 


antología 

DE 

POETAS    ARGENTINOS 


LA    SOCIEDAD     DE    MAYO 


ESTEBAN  ECHEVERRÍA 
MARCO  AVEI.I.ANEDA 
FIvORENCIO  VARElvA 
FI.ORENCIO  BAI.CARCE 
I.UIS  L.  DOMÍNGUEZ 
JOSÉ  MARÍA  CANTII.0 


NOTICIAS 

BIOGRÁFICAS  Y  BIBLIOGRÁFICAS 


JOSÉ  ESTEBAN  ECHEVERRÍA 


Don  José  Esteban  Antonio  Echeverría  nació  en  Bue- 
nos Aires  el  2  de  Setiembre  de  1805.  Habiendo  que- 
dado huérfano  siendo  todavía  muy  niño,  su  juventud 
se  resintió  de  la  tolerancia  maternal  que  saciaba  en 
él  las  complacencias  de  todo  su  amor,  pero  los 
ligeros  extravíos  que  él  mismo  condenó  después,  no 
impidieron  que  fuese  alumno  aventajado  del  Colegio 
de  Ciencias  Morales,  y  que  su  paso  por  las  aulas  que 
dirigían  el  respetable  don  Mariano  Guerra  y  el  céle- 
bre don  Juan  Manuel  Fernández  Agüero,  quedase  se- 
ñalado con  los  mejores  testimonios  de  aplicación  y  de 
exelencia,  distinguiéndose  entre  sus  demás  condiscí- 
pulos por  su  talento  y  su  aprovechamiento. 

Causas  ajenas  á  su  voluntad  frustraron  su  incli- 
nación al  estudio,  y  lo  obligaron  á  emplearse  en  el 
comercio.  Pero  allí  mismo,  su  espíritu  bregaba  por  as- 
cender á  la  cumbre  de  los  conocimientos  en  que  la 
humanidad  debatía  entonces  sus  ideales,  y  en  medio 
de  los  tercios  de  yerba-mate  del  almacén  donde  tra- 
bajaba como  despachante  de  aduana,  entretenía  sus 
ocios  leyendo  obras  sobre  historia  y  literatura,  y  apren- 
diendo el  francés. 


Su  anhelo  por  ilustrarse  determinó  al  fin  la  orienta- 
ción de  sus  valientes  energías,  y  rompiendo  el  grillete 
de  la  exigencia  que  lo  encadenaba  al  mostrador,  re- 
solvió ir  á  Europa,  para  buscar,  en  el  centro  de  irra- 
diación del  pensamiento  revolucionario  de  la  época, 
las  luces  con  que  después  había  de  resplandecer  su 
ingenio  en  el  lóbrego  escenario  de  su  patria. 

Después  de  cinco  años  de  permanencia  en  el  viejo 
mundo  en  que  gustó  el  sabor  de  las  doctrinas  emanci- 
padoras que  proclamaban  la  libertad  del  pensamiento,  y 
con  ella  la  libertad  del  arte,  y  admiró  la  forma  de 
la  poesía  sin  ritmo,  pero  inmensa  y  avasalladora,  que 
trascendían  los  Saint  Fierre,  Lamennais,  madame  de 
Stael  y  Chateaubriand  y  la  dulzura,  la  gracia  y  el 
ingenio  que  caracterizaba  las  estrofas  de  los  grandes 
artífices  del  verso  como  Lamartine,  Millevoye,  Vigny  y 
Víctor  Hugo,  por  escasez  de  recursos  se  vio  obligado 
á  regresar  al  país,  antes  de  haber  concluido  los  cur- 
sos de  economía  política  y  de  legislación  que  seguía 
en  la  universidad  de  París,  y  cuando  la  situación  po- 
lítica interna  de  la  república  se  hallaba  más  perturba- 
da por  el  choque  de  las  dos  tendencias  en  que  se  di- 
vidía la  opinión :  federales  y  unitarios. 

El  mismo  Echeverría  ha  juzgado  esa  situación  en 
uno  de  sus  escritos,  que  parece  ser  una  auto-biografía, 
diciendo :  «el  retroceso  degradante  en  que  hallé  á  mi 
país,  mis  esperanzas  burladas,  produjeron  en  mí  una 
melancolía  profunda.  Me  encerré  en  mi  mismo,  y  de 
ahí  nacieron  infinitas    producciones  de  las   cuales  no 


XI 


publiqué  sino  una  mínima  parte  con  el  título  de 
Consuelos. 

Filósofo  más  que  poeta,  las  elegantes  vaguedades 
de  las  rapsodias  socialistas  que  había  escuchado  á  La- 
mennais,  habían  armonizado  su  cerebro  para  pensar 
en  la  gama  de  todas  las  reivindicaciones  y  en  el  tono 
de  todas  las  protestas;  y  este  estado  de  alma,  agravado 
por  la  dolencia  física  que  empezaba  á  preocuparlo,  se 
reflejó  desde  el  primer  momento  en  todas  sus  compo- 
siciones, que,  á  los  ojos  de  los  viejos  partidarios  del 
seudoclasisismo  literario,  aparecieron  con  los  caracte- 
res de  un  pensamiento  y  de  una  forma  nueva. 

Sin  embargo,  la  publicación  de  su  poema  «Elvira  ó 
la  Novia  del  Plata»  no  produjo  toda  la  impresión  que 
él  esperaba  en  la  opinión  pública;  y  mortificado  por  la 
aparente  indiferencia  ó  la  velada  crítica  que  se  le  hi- 
ciera, se  ausentó  de  Buenos  Aires,  yendo  por  algún 
tiempo  á  restablecer  su  quebrantado  organismo  á  la 
ciudad  de  Mercedes,  en  la  República  Oriental  del  Uru- 
guay. 

La  soledad  y  el  retiro  fueron  propicios  para  la  mejor 
terminación  de  su  segundo  trabajo  que  tituló  «Con- 
suelos» y  publicó  en  1834.  Estos  fueron  recibidos  con 
unánime  y  general  aplauso,  y,  desde  aquel  momento, 
nadie  pudo  disputar  á  Echeverría  su  puesto  de  avan- 
zada en  la  reforma  de  las  ideas  estéticas  y  filosóficas 
de  nuestra  cultura  literaria. 

En  aquella  ocasión  alzó  Echeverría  su  bandera  lite- 
raria, reformadora  de  la  vieja  escuela,  diciendo  al  res- 
pecto lo  siguiente:  «La  poesía  entre  nosotros   aún  no 


XII 


ha  llegado  á  adquirir  el  influjo  y  prepotencia  moral 
que  tuvo  en  la  antigüedad,  y  que  hoy  goza  entre  las 
cultas  naciones  europeas:  preciso  es,  si  quiere  con- 
quistarla, que  aparezca  revestida  de  un  carácter  pro- 
pio y  original,  y  que,  reflejando  los  colores  de  la  na- 
turaleza física  que  nos  rodea,  sea  á  la  vez  el  cuadro 
vivo  de  nuestras  costumbres  y  la  expresión  más  eleva- 
da de  nuestras  ideas  dominantes,  de  los  sentimientos 
y  pasiones  que  nacen  del  choque  inmediato  de  nues- 
tros sociales  intereses,  y  en  cuya  esfera  se  mueve 
nuestra  cultura  intelectual.  Solo  así,  campeando  libre 
de  los  lazos  de  toda  extraña  influencia,  nuestra  poesía 
llegará  á  ostentarse  sublime  como  los  Andes;  pere- 
grina, hermosa  y  varia  en  sus  ornamentos  como  la 
fecunda  tierra  que  la  produzca». 

Por  lo  tanto:  al  intentar  reflejar  los  colores  de  la 
naturaleza  física,  espiritualizando  sus  bellezas  más  ca- 
racterísticas hasta  darles  vida  y  significación  de  sím- 
bolos; identificando  el  mundo  exterior  y  sensible  con 
la  visión  subjetiva  del  ideal  increado,  y  teorizando  en 
la  esfera  de  lo  abstracto  para  arreglar  después  sus 
conclusiones  ó  sus  dogmas  á  las  condiciones  diferen- 
tes de  la  realidad,  nuestro  compatriota  incurría  en  el 
mismo  error  filosófico  que,  á  través  del  tiempo,  soli- 
dariza al  transformismo  Hegeliano  con  la  escuela  Ale- 
jandrina; y  resultaba  siendo,  en  literatura,  el  primer 
representante  del  romanticismo  en  la  república. 

Dice  don  J.  M.  Gutiérrez:  «Fué  romántico  de 
buena  ley,  y  no  aceptando  del  Medio  día  sino  los 
instrumentos  del  arte,  se  inspiró,  en  el  fondo,    en  las 


XIII 


escuelas  serias  y  filosóficas  del  Norte,  afiliándose  bajo 
las  inmediatas  banderas  de  Goethe,  de  Schiller  y  de 
Byron,  grandes  hablistas  á  su  vez,  y  artífices  cuidado- 
sos de  la  forma». 

Pero  Echeverría  hizo  más  que  representar  á  la 
escuela  filosófica  y  literaria  cuyas  ideas  compartía: 
pues,  recordando  la  estrecha  vinculación  que  han  teni- 
do siempre  las  letras  con  la  civilización  de  los  pueblos 
en  la  historia  de  la  humanidad,  concibió  el  proyecto, 
de  concurrir  á  la  realización  de  los  ideales  políticos-, 
de  su  partido,  dirigiendo  el  pensamiento  de  lajuven-- 
tud  hacia  los  nuevos  rumbos  que  iluminaba  el  genio  • 
de  la  Francia. 

«Poeta  en  acción»  le  ha  llamado  don  Félix  Frías,  y 
este  es  el  título  que  mejor  cuadra  á  Echeverría;  por-- 
que  sus  concepciones  responden  siempre  á  una  bellezaí 
ideal,  inmediatamente  perceptible,  y  en  su  realiza- 
ción agotó  todos  los  recursos  de  su  ingenio  como  ar- 
tista, y  colmó  todas  las  aspiraciones  de  su  alma  como 
escritor. 

El  filósofo  y  el  poeta,  se  presentan  confundidos  en 
los  siguientes  renglones  que  reasumen  su  credo  ético 
y  estético :  ( i ) 

«El  espíritu  del  siglo  lleva  hoy  á  todas  las  nació-, 
nes  á  emanciparse:  á  gozar  la  independencia,  no  sola 
política  sino  filosófica  y  literaria ;  á  vincular  su  gloria 
no  solo  en  libertad,  en  riqueza  y  en  poder,  sino  en 
el  libre  y  espontáneo  ejercicio  de  sus  facultades  mo-? 

(  i)    Obras  de  Ktheverría.  Tomo  5,  pg.  XXI. 


XIV 


rales,  y  de  consiguiente  en  la  originalidad  de  sus  ar- 
tistas. Nosotros  tenemos  derecho  para  ambicionar  lo 
mismo,  y  nos  hallamos  en  la  mejor  condición  para  ha- 
cerlo. Nuestra  cultura  empieza :  hemos  sentido  solo  de 
rechazo  el  influjo  del  clasicismo.  Quizá  algunos  lo  pro- 
fesan, pero  sin  séquito,  porque  no  puede  existir  opi- 
nión pública  racional  sobre  materia  de  gusto,  en  donde 
la  literatura  está  en  embrión  y  no  es  ella  una  poten- 
cia social.  Sin  embargo,  debemos,  antes  de  poner  mano 
á  la  obra,  saber  á  que  atenernos  en  materia  de  doc- 
trinas literarias,  y  profesar  aquellas  que  sean  más  con- 
forme á  nuestra  condición  y  estén  á  la  altura  de  la 
ilustración  del  siglo,  y  nos  trillen  el  camino  de  una 
literatura  fecunda  y  original,  pues  en  suma,  como  dice 
Hugo :  el  romanticismo  no  es  más  que  el  liberalismo 
en  literatura» . ,  . 

Echeverría  se  había  propuesto  realizar  la  emanci- 
pación del  pensamiento  sojuzgado  por  las  trabas  de 
arcaicos  dogmatismos,  con  el  objeto  de  apresurar  el 
progreso  de  la  ciudad  constituida  sobre  este  gran  es- 
cenario, humeante  todavía  por  las  batallas  de  la  in- 
dependencia. 

Trabajó  en  este  propósito  con  verdadera  fé  en  la 
eficacia  del  procedimiento.  Pero  como  era  pensador 
prudente  y  previsor,  no  quiso  exponer  el  éxito  á  la 
suerte  de  una  campaña  desigual  y  precipitada,  tan  ra- 
dical como  novedosa  para  el  criterio  general  de  los 
hombres  de  estos  países ;  y,  sabiendo  que  tendría  que 
contrariar  las  tendencias  centralizadoras  que  empeza- 
ban á  descubrirse  en  el  gobierno,    en  franca  deriva- 


fv 


ción  hacia  el  oprobioso  despotismo  en  que  cayó  más 
tarde,  y  escandalizar  necesariamente  al  optimismo  re- 
ligioso encastillado  dentro  de  los  muros  que  levanta- 
ron los  artistas  del  siglo  de  oro,  trató  de  oponer,  á 
aquella  corriente  nefasta  y  á  esta  apatía  vergonzante, 
el  viril  consorcio  de  la  ilustración,  la  altivez  y  la  no- 
bleza de  la  juventud  con  el  espíritu  republicano,  ins- 
pirador de  la  revolución  de  Mayo;  y  convirtiendo  su 
causa  en  causa  común  y  en  causa  de  la  patria,  soli- 
darizó en  la  misma  idea  á  un  grupo  de  hombres  de  lo 
más  distinguido  é  ilustrado  de  Buenos  Aires,  vinculán- 
dolos en  una  agrupación  en  forma  de  logia,  de  carácter 
político  y  literario,  que  se  llamó :  Asociación  de  Mayo. 

La  sociedad  se  reunió  por  primera  vez  la  noche  del 
23  de  Junio  de  1833,  con  más  de  35  miembros,  entre 
los  cuales  estaban :  López,  Thompson,  Wright,  Rivera 
Indarte,  Mármol,  Frías,  Tejedor,  Barros,  Domínguez, 
Alberdi  y  D.  J.  M.  Gutiérrez. 

El  8  de  Julio  de  aquel  mismo  año  tuvo  lugar  la 
sesión  de  iniciación  solemne,  prestando  juramento  los 
asociados  por  mxís.  f o' r muía  análoga  á  la  de  la  «Joven 
Italia». 

•  Recordando  este  hecho,  en  un  notable  artículo  sobre 
la  asociación  y  el  dogma  socialista  de  Echeverría,  dice 
el  Sr.  Paul  Groussac  con  toda  verdad :  «Jóvenes  exep- 
ticos  de  hoy,  no  os  sonriáis  demasiado,  por  esa  inocente 
francmasonería,  esas  emociones  de  patria,  y  el  ju- 
ramento de  la  Joven  Italia:  no  es  la  crítica  lo  que 
transporta  las  montañas,  sino  la  fé. 

Tratábase  de  unirse,  sea  cual  fuera  la  forma  ó  rito 


XVI 


de  la  unión.  Puede  discutirse  después  de  la  batalla  si 
fuera  mejor  haberse  formado  en  legión  ó  en  falange, 
pero  en  la  hora  crítica  lo  que  importaba  era  y  fué  la 
formación»,  ( i ) 

Este  mismo  recuerdo  arranca  al  Dr.  D.  Juan  B.  Al- 
berdi  las  siguientes  palabras: 

«No  hay  hombre  de  aquel  país,  en  efecto,  que  con 
apariencia  más  modesta  haya  obrado  mayores  resul- 
tados. El  ha  influido  como  los  filósofos  desde  el  silen- 
cio de  su  gabinete,  sin  aparecer  en  la  escena  practi- 
ca. El  adoctrinó  la  juventud,  que  más  tarde  impulsó 
á  la  sociedad  á  los  hechos,  lanzándose  ella  la  primera. 

Todas  las  novedades  inteligentes  ocurridas  en  el 
Plata  y  en  más  de  un  país  vecino,  desde  1830,  tienen 
por  principal  agente  y  motor  á  Echeverría.  El  cam- 
bió allí  la  poesía,  que  hasta  entonces  había  marcha- 
do bajo  el  yugo  del  sistema  denominado  vulgarmente 
clásico:  introdujo  en  esa  arte  las  reformas  que  este 
siglo  había  traído  en  Europa.  Gutiérrez,  Mármol,  y 
cuantos  jóvenes  se  han  distinguido  en  el  Plata  como 
poetas,  son  discípulos  más  ó  menos  fieles  de  su  es- 
cuela».   (2) 

La  generación  que  recibió  directamente  el  legado 
intelectual  del  promotor  de  la  Asociación  de  Mayo, 
representada  por  uno  de  sus  más  inteligentes  hom- 
bres de  letras,  que  es  también   muy  inspirado   poeta, 


(  I  )     La  Biblioteca.  Vol.  4  pg.  264. 

El  Dogma  de  la  <- Asociación  de  Mayo>  estaba  dedicado  á  Avellaneda,  Acha, 
Lavalle,  Maza,  Várela.  Alvarez,  Berón  de  Astrada,  y  «en  su  nombre,  á  to- 
dos los  mártires  de  la  patria^. 

(2)  Noticia  Necrológica.  Valparaiso  1851.  Obras  completas  de  Echeverría. 
Tom.  5,  pág.    LXXXVII. 


XVII 


juzga  al  Dogma  Sscialista  con  mucha  menos  benigni- 
dad que  lo  hicieron  sus  contemporáneos. 

El  Dr.  D.  Martín  García  Merou,  (i)  nos  dice:  «El 
Dogjiia  Socialista  no  es  un  boletín  de  combate,  sino 
un  programa  de  regeneración  moral  y  política.  En 
este  sentido,  su  título  mismo,  empieza  por  ser  incom- 
pleto y  erróneo,  en  cuanto  puede  extraviar  el  juicio  de 
los  que  no  lo  estudien  detenidamente,  haciéndolo  fi- 
gurar entre  el  innumerable  catálogo  de  publicaciones 
consagradas  á  difundir  ó  á  exponer  las  doctrinas  de 
la  escuela  presidida  por  Babeuf,  y  representada  más 
tarde  por  Fourier,  por  Karl  Marx  y  por  Lasalle. 

El  Dogma  Socialista  es,  solamente,  el  Código  ó  di- 
gesto de  principios  adoptados  por  la  juventud  argen- 
tina, como  fuente  de  honor,  de  lealtad,  de  justicia,  para 
proceder  á  la  rehabilitación  de  las  doctrinas  oscure- 
cidas y  degradadas  por  la  guerra  civil,  y  derrocadas 
por  la  dictadura,  deseosa  de  asentar  su  dominio  sobre 
masas  sin  criterio  y  sin  sentido  moral». 

El  Dr.  D.  José  Manuel  Estrada  ( 2 )  encuentra  os- 
curo é  incoherente  al  famoso  evangelio  republicano 
liberal  de  Echeverría,  «vagos  sus  conceptos,  vacilante 
su  lógica  y  tímidas  sus  aplicaciones  prácticas»;  y  dice: 
«el  Dogma  fracasa  en  el  terreno  positivo,  y  aún  en  lo 
abstracto,  cuando  debe  llevar  á  sus  últimas  consecuen- 
cias el  principio  que  le  sirve  de  base.  Revela  salud  de 
corazón,  pero  el  temperamento  poético  de  su  autor  le 


(  I  )     Martin  García  Merott.  «Ensaj'O  sobre  Echeverría»  1894  pg.  141. 
(  2  )    J.  M.  Estrada.  La  política  liberal  bajo  la  tiranía  de  Rosas,  ( 1873 


XVIII 


afecta:  es  más  imaginación  que  pensamiento:  conmue- 
ve, no  enseña.  .  .  Es,  principalmente,  sentimiento;  pero 
sentimiento  rico,  influyente  creador;  el  sentimiento 
argetino,  principio  virtual  de  todo  lo  que  en  este  país 
lleva  estampado  un  sello  de  grandeza ;  el  amor  de  la 
libertad  pleno,  incondicional,  asendrado  como  una  vo- 
cación, exigente  como  uno  de  aquellos  apostolados 
que  no  ceden  ni  en  la  labor  ni  en  el  martirio». 

Muy  poco  tardó  la  nueva  sociedad  en  hacerse  sos- 
pechosa á  los  ojos  del  dictador,  y  la  policía  descubrió 
muy  pronto  el  misterio  de  sus  reuniones  y  el  secreto 
de  su  credo  ó  dogma  jurado,  viéndose  los  miembros 
de  la  «Asociación  de  Mayo»  obligados  á  ocultarse  y  aún 
á  expatriarse,  para  evitar  las  persecuciones  de  los  sei- 
des  de  D,  Juan  Manuel. 

Echeverría  no  quiso  emigrar  porque,  en  su  opinión, 
emigrar  era  inutilizarse  para  el  país.  Pero  sabiendo 
cómo  las  gastaban  los  del  gobierno,  se  refugió  en  la 
campaña;  yéndose  al  lado  de  un  hermano  suyo,  á  la 
estancia  «Los  Talas»,  situada  entre  los  partidos  de 
Lujan  y  Giles,  donde  permaneció  entregado  á  melan- 
cólicas abstracciones,  cavilando  siempre  sobre  sus 
proyectos,  «fraguando  sus  poemas  y  dialogando  con 
su  corazón  sobre  cosas  pasadas  y  misterio  del  porve- 
nir» como  dice  su  biógrafo  D.  J.  M  Gutiérrez,  «hasta 
que  la  fatalidad  vino  á  arrancarlo  de  aquel  apacible 
retiro,  complicándolo  en  el  movimiento  armado  que 
dirigía  una  espada  sin  cabeza  (i),  y  que  pomposa- 
mente  se  llamó  campaña  libertadora. 


(i)  Así  llamaba  Kchcverria  al   general  Lavalle. 


XIX 


Nuestro  poeta  distaba  mucho  de  ser  partidario  de 
estas  tentativas  aisladas,  que  solo  servían  para  tras- 
tornar más  gravemente  la  situación  general  del  país, 
abrir  abismos  más  hondos  en  la  opinión  pública,  irri- 
tar más  al  opresor,  provocar  nuevos  y  mayores  exce- 
sos contra  los  opositores,  y  dar  á  Rosas  ocasiones  fá- 
ciles de  exhibirse  triunfante,  y  por  lo  tanto,  amedren- 
tar más  al  pueblo  por  su  fuerza  y  poderío. 

Unitario  ó  federal,  era  alternativa  obligada,  en 
que  debía  jurar  su  credo  político  el  que  no  quisiera 
poner  su  destino  en  el  segundo  término  del  bochor- 
noso dilema,  que   era :  ó  la   muerte. 

La  Asociación  de  Mayo  había  degenerado  en  con- 
jura de  jacobinos.  Conspirando  constantemente  con- 
tra la  dictadura,  había  urdido  complots^  como  aquel 
al  cual  Rosas  puso  término  con  el  asesinato  del  pre- 
sidente de  la  lyCgislatura  de  Buenos  Aires,  dentro  de 
su  propio  despacho;  había  comprado  adhesiones  tan  va- 
liosas como  la  de  aquél  cuyo  brazo  debía,  de  un  golpe 
de  puñal,  quitar  del  medio  al  tirano;  había  buscado 
en  el  extranjero  alianzas  deprimentes  para  la  sobera- 
nía nacional  y  oprobiosos  para  nuestro  legítimo  or- 
gullo de  pueblo  vencedor  de  todos  los  pueblos  que 
habían  osado  combatirnos;  y  la  Legión  libertadora, 
que  encarnaba  su  espíritu,  desplegaba  su  bandera  y 
venía  á  imponer  su  programa,  había  ya  dado  á  la 
historia  de  nuestras  guerras  civiles  las  fechas  de:  Ye- 
ruá,  D.  Cristóbal  y  Sauce  Grande. 

El  bizarro  general  Lavalle  se  hallaba,  al  fin,  camino 
de  Buenos  Aires,  paseando    el  entusiasmo  y  valentía 


XX 


de  su  tropa,  con  asombro  de  sus  mismos  adversarios, 
desde  San  Pedro  hasta  Merlo.  Las  armas  libertadoras 
llegaron  hasta  «Los  Talase;  y  Echeverría  tuvo  que 
aceptar  aquella  situación  de  hecho,  como  una  fatali- 
dad ineludible,  y  decidirse  á  romper  con  su  silencio 
y  su  retiro,  para  alzar  también  su  grito  de  protesta  y 
de  guerra,  contra  el  mandatario  usurpador  de  todos 
los  derechos  y  libertades. 

Dice  el  señor  Gutiérrez: 

«El  estanciero  de  Los  Talas  se  resignó  al  deber 
con  la  abnegación  de  costumbre,  y  asociado  á  su 
amigo  y  vecino  D.  Juan  Antonio  Gutiérrez,  labraron 
en  el  pueblo  de  Giles  una  acta-protesta^  que  tenemos 
á  la  vista,  escrita  de  puño  y  letra  de  este  último»,  (i) 

Después  de  este  acto  de  abierta  rebelión  contra 
Rosas,  Echeverría  no  hubiera  podido  vivir  sino  en 
las  filas  del  ejército  unitario,  pues  tales  actitudes  se 
pagaban  entonces  con  la  vida,  y  la  suya  entraba 
desde  aquel  momento  á  ser  codiciada  por  los  seides 
del  tirano.  Pero  su  salud,  cada  vez  más  resentida,  le 
hacía  imposible  la  campaña;  y  en  cuanto  el  ejército 
contramarchó,  para  ir  al  encuentro  de  las  tropas  fede- 
rales que  había  destacado  Rosas  al  mando  del  bene- 
mérito general  Ángel  Pacheco,  tuvo  que  huir,  esca- 
pando á  campo  traviesa,  sin  llevar  más  que  lo  puesto. 
Habiendo  logrado  llegar  hasta  el  guazú,  se  embarcó 
á  bordo  de  una  fragata  francesa  que  casualmente 
pasaba  por  allí,  logrando  arribar  sin  más  contratiem- 


(i)  Echeverría.  «Obras  Completas».  Vida  de  Kcheverría    por  D.  J.   M.  Gu- 
tiérrez. Tom.    5,  pág.   L,XX. 


XXI 


pos  á  la  Colonia  del  Sacramento,  en  la  vecina  Re- 
pública. 

Durante  el  tiempo  que  permaneció  en  la  estancia 
«Los  Talas»,  fué  que  compuso  Echeverría  su  poema 
sobre  la  insurrección  del  Sur  y  la  poesía  á  Juan  de  la 
Cruz  Várela,  muerto  en  la  expatriación. 

Los  ecos  de  los  desastres  del  Quebracho,  Sanéala, 
Angaco,  Famailla  y  Rodeo  del  Medio,  produjeron  el 
más  profundo  desaliento  en  la  colonia  argentina  asi- 
lada en  el  extranjero,  pero  aquella  inmensa  desgracia 
retempló,  más  bien  que  no  abatió,  los  entusiasmos  de 
Bcheverria  por  su  causa.  Su  pensamiento  se  afianzó, 
con  más  firmeza  que  nunca,  en  la  idea  de  que  la 
acción  eficiente  y  reparadora  de  la  letal  situación  de 
fuerza  que  ensangrentaba  y  desolaba  á  la  patria,  de- 
bía tener  los  caracteres  de  las  reformas  más  trascen- 
dentales y  ser  cuestión  de  apostolado  y  de  doctrina, 
en  vez  de  cuestión  de  caudillos  y  batallas.  Y  volvien- 
do los  ojos  hacia  la  juventud  con  cuyo  porvenir  se 
ligaban  los  destinos  de  la  nación,  desde  la  playa  hos- 
pitalaria, cantó  con  verdadero  sentimienso  al  pensa- 
miento de  la  revolución  emancipadora,  en  las  estrofas 
de  la  poesía  Al  2^  de  Mayo  de  1841;  y,  á  los  ideales 
del  patriotismo,  en  su  canto  d  la  Juventud  Argentina, 
verdaderamente  inspirado  por  la  musa  del  dolor  y  la 
esperanza. 

Montevideo  era  el  asilo  de  la  mayor  parte  de  los 
emigrados  políticos  de  aquella  época,  y  durante  más 
de  diez  años,  detrás  de  las  trincheras  alzadas  contra  la 
barbarie  representada  por  Oribe,  las  inteligencias  más 


XXII 


brillantes  de  la  juventud  argentina  pelearon  de  todos 
modos,  con  la  espada  y  con  la  pluma,  por  las  libertades 
holladas  por  la  tiranía. 

La  Sociedad  de  Mayo  tenía  entonces  allí  un  brillan- 
te núcleo  de  escritores  infatigables  que  asestaban  sus 
tiros  contra  el  déspota,  y  trataban  por  todos  los  me- 
dios de  acabar  con  la  tiranía:  Juan  de  la  Cruz  y 
Florencio  Várela,  Eclieverria,  Mármol,  Rivera  Indarte, 
Domínguez,  Mitre  y  Cañé,  volcaban  sobre  la  prensa 
Montevideana  el  torrente  de  su  erudición,  su  verba, 
su  gracia  y  su  cultura,  y  sostenían  en  las  columnas 
de  El  Comercio  del  Plata^  El  Naciojial,  La  Revista, 
El  Constitucional,  Muera  Rosas,  y  el  Britania  (entre 
muchos  otros  periódicos ),  la  campaña  más  ardua,  más 
valiente  y  de  más  éxito  contra  la  barbarie  de  Rosas. 

De  más  éxito  digo,  porque,  muchos  años  después  de 
extinguido  el  eco  de  los  cañones  de  Caceros,  todavía 
se  escuchaba  el  rumor  de  sus  apasionadas  diatribas,  y 
el  estruendo  de  sus  tremendas  execraciones.  Y  aun 
perdura,  y  no  podrá  extinguirse  jamás,  el  entusiasmo 
por  la  realización  de  sus  patrióticos  vaticinios. 

Echeverría  no  fué  de  los  que  tomaron  una  parte 
más  activa  en  esa  campaña  que  inmortalizó  á  los  Vá- 
rela, Mármol  y  Rivera  Indarte,  por  que  «en  la  lucha 
contra  Rosas  solo  tenía  fe  en  las  grandes  batallas  y  en 
los  sistemas  levantados  sobre  principios  probados  por 
la  experimentación,  capaces  de  producir  por  sus  re- 
sortes vitales  un  cambio  radical  en  la  sociedad»,  (i) 
Su  carácter,  su  educación  y  su  escuela,  lo  alejaban  de 


(i)  J.   M.  Gutiérrez.  cVida   de    Echeverría^.   Tom.  5,  pág.    LXXIX  de  las 
Obras  de  Kcheverria. 


XXIII 

aquel  hervidero  de  intrigas,  maquinaciones,  insultos, 
denuestos  y  calumnias,  para  buscar,  en  la  soledad,  la 
meditación  y  el  estudio  de  la  situación  general  de  la 
sociedad  argentina,  la  causa  de  su  desorganización  y 
el  remedio  que  pudiera  restituirla  á  la  salud  de  su 
ideal  democrático. 

Abismado  en  ese  análisis  escribió  el  «Dogma  So- 
cialista», estableciendo  cuales  debían  ser  á  su  juicio 
las  bases  del  Gobierno  federo-nacional;  concluyó  va- 
rios trabajos  de  interés  histórico  respecto  á  la  actua- 
ción de  algunos  de  nuestros  principales  hombres  en 
la  revolución  de  Mayo;  bosquejó  los  lincamientos  del 
sistema  económico  más  ventajoso  para  el  país,  criti- 
cando con  tino  las  necesidades  é  intereses  á  que  debía 
responder;  y  dando  ejemplo  de  laboriosidad,  de  cons- 
tancia y  de  entusiasmo,  sirvió  los  ideales  de  su  causa: 
dirigiendo  y  vigilando  la  educación  de  la  juventud 
Montevideana,  escribiendo  las  inspiradas  estrofas  del 
Ángel  Caído  y  al  mismo  tiempo  las  sabias  máximas 
de  su  Mamuil  de  Enseñanza  Aloral^  que  es  el  primer 
catecismo  de  I^.Ioral  Cívica  que  se  haya  escrito  en  Sud 
América. 

La  crítica  extranjera  no  ha  escatimado  elogios  al 
numen  de  Echeverría,  señalando,  desde  el  principio,  su 
mérito,  su  influencia  y  su  representación  en  las  letras 
argentinas. 

Hablando  de  La  Cautiva,  Don  J.  M.  Torres  Caicedo, 
dice  lo  siguiente:  (i)    «En  ese  poemita  el  cantor  ar- 

(  I  )    Ensayos  biográficos.  Tomo  I,  pg.  379. 


XXIV 

o-entino  ha  descrito  la  naturaleza  de  la  inmensa  y  so- 
lemne  Pampa,  cuna  de  la  salvaje  independencia  y  me- 
trópoli de  la  barbarie;  ha  pintado  el  carácter  enérgi- 
co, brutal,  altivo  y  sanguinario  de  sus  pobladores,  y 
al  compás  de  una  armonía  poética  que  encanta,  pre- 
senta uu  carácter  noble,  elevado,  una  alma  llena  de 
abneofación  v  un  corazón  henchido  de  amor» .... 

«Se  ha  criticado  á  Echeverría  el  que  hubiera  olvi- 
dado que  ya  había  hecho  figurar  la  muerte  del  hijo 
de  Brian  en  el  ataque  á  la  ciudad». 

«No  creemos  que  sea  un  olvido  de  Echeverría,  quien 
habría  quitado  gran  parte  del  mérito  á  su  poema  ha- 
ciendo depender  el  desenlace  de  un  incidente  falso. 
No  es  un  olvido :  María,  fuera  de  sí  con  el  trágico  fin 
de  su  marido,  cansada  por  la  marcha,  anonadada  por 
el  sufrimiento,  se  hallaba  en  un  estado  de  terrible  exi- 
tación  nerviosa.  Su  imaginación  le  representaba  ya 
los  horrores  de  la  ciudad  atacada,  con  las  sangrientas 
escenas  que  tuvieron  lugar  en  el  campamento  de  los 
salvajes;  luego  las  peripecias  que  precedieron  y  acom- 
pañaron á  la  muerte  de  su  esposo. 

La  idea  de  la  muerte  era  lo  que  más  le  preocupa- 
ba, y,  el  dolor  y  el  deseo,  la  hacían  perder  la  memoria 
del  asesinato  de  su  hijo.  Al  ver  á  los  soldados  de  su 
marido,  el  sentimiento  maternal,  más  vivo  que  el  con- 
yugal, le  hace  preguntar  sin  reflección,  como  sucede 
en  los  momentos  de  supremo  dolor,  por  el  ser  que  más 
se  ama,  aún  cuando  no  ignoraba  el  fin  que  había  te- 
nido. La  brusca  respuesta  del  soldado  le  volvió  á  la 


XXV 


realidad,  le  reavivó  sus  irapresiones,  le  presentó  en 
todo  su  horror  la  serie  de  sangrientas  escenas  que 
había  presenciado.  El  corazón  no  pudo  resistir  á  tan 
intensa  pena,  las  fuerzas  la  abandonaron,  y  el  cuerpo 
hubo  de  sucumbir  al  fin.  Tan  fuertes  sensaciones,  obra- 
ron al  mismo  tiempo  sobre  el  cerebro  y  el  corazón». 

— El  Sr.  Marcelino  Menéndez  y  Pelayo  lleva  en  este 
caso  su  deferencia  hasta  hablar  de  nuestro  poeta  por 
boca  de  uno  de  nuestros  compatriotas  más  entusias- 
tas, y  según  él,  el  más  argentino  de  los  poetas  que  hoy 
^iven,  D.  Rafael  Obligado.  Haciendo  suyas  las  pala- 
bras con  que  aquél  le  ha  presentado  dignamente,  en 
los  hermosos  versos  de  su  canto,  d  Echeverría^  refi- 
riéndose á  La  Cautiva,  dice :  ( i ) 

«La  Cautiva  no  era  más  que  un  bosquejo;  pero,  si 
la  parte  dramática  valiese  en  ella  lo  que  vale  la  parte 
descriptiva;  si  la  influencia  del  sentimentalismo  de 
Chateaubriand  fuese  menos  visible;  si  las  figuras  de 
Brian  y  María  tuviesen  más  realce,  esta  historia  tier- 
na y  sencilla  de  dos  amantes  perdidos  en  el  desierto, 
sería  una  de  las  mejores  cosas  de  la  literatura  ame- 
ricana». 

— En  cambio  D.  Juan  Valera  (  2 )  hace  suyas  las  pa- 
labras de  uno  de  nuestros  hombres  de  letras  más  es- 
tudiosos y  de  mejor  gusto  literario,  diciendo :  «  En 
cuanto  á  Echeverría,  ¿como  negar  que  malogró  en 
parte  sus  no  comunes  prendas?  No  lo  digo  yo:  lo 
dice  su  compatriota  de  Vd.  D.  Calixto  Oyuela». 


( I  )    Antología  de  poetas  Hispano  Americanos.  Tomo  4,  pg.  CLXXI. 
(  2  )    Juan   Valera.  Cartas  Americanas,  1889,  pg.  68. 


XXVI 

— La  crítica  nacional  ha  tenido  para  Echeverría 
apreciaciones  muy  distintas. 

En  opinión  de  D.  Juan  María  Gutiérrez,  y  de  to- 
dos sus  contemporáneos:  Echeverría  es  un  reforma- 
dor, un  poeta  filósofo,  un  iniciador  del  movimiento 
literario  realizado  al  empezar  nuestra  marcha  de  pue- 
blo libre  é  independiente. 

Así  dice:  (i)  «Echeverría  señala  una  época  nueva 
en  el  gusto  poético  del  Río  de  la  Plata.  El  mató  la 
tradición  clasico-latina,  confundió  los  géneros,  mezcló 
los  ritmos,  exageró  y  afeminó  un  tanto  la  armonía 
del  período.  Rasgó  el  velo  que  ocultaba  al  público  las 
pasiones  y  los  dolores  individuales  del  poeta,  salpi- 
cando con  la  atrevida  palabra  yo,  casi  todas  sus  pro- 
ducciones». 

«Echeverría  localizó  la  poesía,  por  decirlo  así,  y  le 
quitó  el  cosmopolitismo  descolorido  que  tenía  antes 
de  él». 

«El  fué  entre  nosotros  quien  primero  se  atrevió  á 
dar  movimiento  dramático  á  las  composiciones  líricas, 
convirtiendo  en  poemas  más  ó  menos  extensos  aque- 
llos asuntos  que  no  habrían  inspirado  á  sus  antece- 
sores más  que  una  oda  ó  una  elegía.  El  creyó  que  la 
poesía  y  \2i  filosofía  no  solo  eran  consonantes,  sino  her- 
manas, y  trató  de  hacerlas  andar  á  la  par,  poniendo  en 
metro  pensamientos  é  ideas  que  no  habían  salido  an- 
tes de  él  de  la  sobria  mesura  de  la  prosa  didáctica». 

— D.  Pedro  Goyena  (  2  )  dice : 


(  I  )     Breves  apuntamientos  biográficos  y  críticos  sobre  D.  Esteban  Eche- 
verría, «La  Nación»,  número  dol  6  de  Diciembre  de  1862. 
(2)    Echeverría.  Obras  completas,  edición  de  1874.  Tomo  5,  pg.  CIV. 


xxvit 

«Escribió  La  Cautiva  en  humildes  octosílabos,  como 
para  hacer  contraste  con  los  ampulosos  alejandrinos 
á  cuya  sonoridad  deben  algunos  versificadores  su  fama 
poco  envidiable,  probando  que  la  poesía  reside  en  las 
ideas  y  en  el  sentimiento,  que  las  modestas  formas  de 
un  metro  sencillo  pueden  albergar  dignamente  la  su- 
blime inspiración  del  poeta.» 

«Supo  reconcentrarse  en  los  senos  de  la  conciencia,  y 
sondear  pacientemente  las  profundidades  del  mundo 
interior,  así  corno  había  estudiado  las  maravillas  de 
la  naturaleza.» 

«Esperó  los  favores  de  la  musa  en  las  horas  silen- 
ciosas de  austeras  vigilias,  y  la  invisible  confidente  ba- 
jó á  su  alma  con  la  frecuencia  y  una  amabilidad  de 
que  pocos  pueden  jactarse,  á  pesar  de  haberla  invo- 
cado muchas  veces.  Rompió  la  tradición  clásica  á  que 
habían  estado  sujetas  las  generaciones  poéticas  de  la 
República  Argentina,  quitó  á  nuestra  literatura  el  ca- 
rácter de  «Cosmopolitismo  incoloro»  que  había  tenido 
hasta  entonces,  inspirándose  en  las  peculiaridades  de 
nuestra  naturaleza  y  de  nuestra  sociedad,  é  introdujo 
en  la  poesía  las  audaces  franquezas  de  la  expresión, 
que  muestran  con  sus  verdaderos  matices  y  en  todo  su 
vigor  los  fenómenos  del  alma  humana.  Sus  cuerdas  fa.- 
voritas  eran  las  que  se  armonizan  con  la  solemne  ma- 
gestad  de  la  meditación  y  con  los  tiernos  suspiros  de 
la  alegría». 

— Los  modernos  han  sido  mucho  menos  entusiastas 
admiradores  del  numen  poético  de  Echeverría  que  sus 
contemporáneos. 


XXVIII 


Ya  hemos  visto  que  el  poeta  D.  Calixto  Oyuela  le 
presenta  como  fracasado,  y  que  sus  palabras  han  sido 
recogidas  por  el  célebre  autor  de  Pepita  Gime^tez  para 
exteriorizar  su  poco  entusiasmo  por  el  ruiseñor  de  los 
consuelos. 

Otro  poeta  y  distinguido  literato,  D.  Martín  García 
Merou,  ( i ),  se  expresa  del  siguiente  modo : 

«¡Cuantas  tentativas  infantiles,  malogradas  poruña 
inconcebible  pereza  intelectual ! 

«¡Que  abundancia  de  versos  disonantes,  flojos,  casca- 
dos, sin  timbre  y  sin  elegancia,  pululan  en  las  pági- 
nas de  Elvira,  de  La  Guitarra,  de  El  ángel  caído  / 
Por  una  estrofa  valiente,  rotunda  y  armoniosa,  nos  ve- 
mos obligados  á  soportar  largas  tiradas  de  prosa  ri- 
mada, sin  brillo  y  sin  calor. 

«La  facilidad  aparente  de  la  versificación  traiciona 
constantemente  al  poeta.  Falta  concentración  en  sus 
ideas,  relieve  y  cinceladura  en  sus  imágenes,  pureza  y 
nitidez  en  su  lenguaje.  Su  forma  es,  á  cada  paso,  floja 
y  descuidada ;  y  en  poesía,  como  en  todos  los  géneros 
literarios,  solo  son  dignas  de  vivir  las  obras  de  estilo 
irreprochable.  No  busquemos  una  disculpa  en  la  ge- 
neralidad del  mismo  mal  difundido  en  los  contempo- 
ráneos de  Echeverría.  La  mayoría  de  ellos  han  muerto 
más  ó  menos  como  poetas.  Echeverría  subsiste,  por- 
que á  despecho  de  estas  deficiencias  lamentables,  su 
inspiración,  ingenua  y  nativa,  lo  salva,  deteniéndolo,  y 
alzándolo  cuando  roza  el  borde  del  abismo. 


(  1  )     Martin  Carda  Merou.  Ensayo  sobre  Echeverría,    1894,    pg.   174. 


XXIX 


«Los  versos,  en  general,  son  musicales,  más  por  el 
ritmo,  que  por  el  dominio  de  una  armonía  sabia,  va- 
riada é  inefable.  La  verdad  es  que  ignora  los  secre- 
tos del  arte,  las  sutilezas  y  las  proporciones  del  verso 
sencillo  y  al  mismo  tiempo  infinitamente  labrado,  en 
que  se  unen  la  fortaleza  y  la  gracia,  en  que  la  preci- 
sión de  la  imagen  se  completa  con  el  tono  grave  de 
la  reflección  filosófica— maravillas  de  ejecución  indis- 
pensables para  dar  su  verdadero  carácter  á  la  poesía, 
que,  despojada  de  estos  atractivos,  se  reduce  á  un  vago 
sonsonete  de  palabras  destituidas  del  hondo  prestigio, 
de  la  belleza  de  la  forma,  en  su  mayor  grado  de  es-^ 
plendor  y  de  encanto  »< 

— Echeverría  murió  en  ISIontevideo  en  el  mes  de  Ene- 
ro de  1851,  y  de  su  obra  en  general  puede  con  justi- 
cia decirse  «que  la  enseñanza  práctica  de  la  proscrip- 
ción no  fué  tan  completa,  sino  merced  á  la  iniciación 
teórica  que  acabamos  de  estudiar;  y  que,  por  fin,  la 
cosecha  verdaderamente  magnífica  que  trajeron  los 
años  siguientes,  con  la  vuelta  á  la  patria  de  sus  hi- 
jos mejores,  fué  solo  posible  porque  Echeverría,  quin- 
ce años  antes,  había  depositado  la  buena  semilla  en 
un  suelo  que  nada  deja  perder !  ( i ) 

Las  obras  de  Echeverría  fueron  editadas  en  1870. 
por  don  Carlos  Casavalle,  bajo  la  dirección  y  consejo 
de  D.  Juan  María  Gutiérrez,  Forman  5  volúmenes 
en  S'^. 


(  I  )     P.  Groussac.  «La  Biblioteca».  Tomo  IV.  pg.  297. 


XXX 


DOCTOR  MARCO  M.  DE  AVELLANEDA 


Don  Marco  Manuel  de  Avellaneda  nació  en  Cata- 
marca,  el  1 8  de  Junio  de  1813.  Se  educó  en  Buenos 
Aires,  concurriendo  á  las  aulas  que  frecuentaban  en- 
tonces Alberdi,  López,  Frías,  Cañé,  Tejedor,  y  demás 
figuras  de  aquella  generación  notable;  y,  á  los  21 
años  de  edad,  ya  con  las  borlas  de  doctor  en  leyes,  re- 
gresaba al  lado  de  los  suyos,  que  se  habían  trasla- 
dado á  Tucumán. 

Incorporado  al  movimiento  político  de  aquella  pro- 
vincia, se  hizo  notar  en  seguida  por  su  talento  como 
periodista;  luego,  j^or  su  acción  como  legislador;  y  á 
los  24  años  de  edad,  cuando  otros  hombres  empiezan 
recien  á  diseñar  las  alzadas  de  sus  miras,  el  joven  Ave- 
llaneda ocupaba  la  presidencia  de  la  Legislatura  de 
aquel  estado,  y  recibía  el  juramento  de  fidelidad  á 
sus  leyes  con  que  iniciaba  su  segundo  gobierno  el 
general  don  Alejandro  de  Heredia. 

Las  siguientes  palabras,  con  que  empieza  su  alocu- 
ción al  nuevo  mandatario,  revelan  el  carácter  de  aquel 
repúblico  casi  imberbe :  «  Habéis  sido  elevado  á  la 
primera  magistratura  de  la  provincia.  Se  os  confie- 
re, por  otra  vez,  una  autoridad  que  sin  dar  derechos 
que  ejercer,  impone  sí,  grandes  y  difíciles  obligacio- 
nes que  cumplir.» 


0 
XXXI 

Desgraciadamente,  la  influencia  de  la  política  Re- 
sista convirtió  á  aquel  gobierno  en  cacicazgo  de  tira- 
nuelo vulgar;  y  cuando  el  plomo  y  el  puñal  de  una  de 
sus  víctimas  abatieron,  en  los  Lules^  al  soberbio  man- 
datario, en  medio  de  la  incertidumbre  y  terror  que  el 
hecho  produjo  y  de  la  crisis  de  hombres  que  se  si- 
:guió,  la  figura  del  joven  Avellaneda  se  destaca  con 
contornos  ya  enteramente  visibles,  sobrepasando  á  to- 
das las  figuraciones  de  aquel  momento;  vinculando  á 
todos  con  su  actitud  patriótica  y  desinteresada;  sirvien- 
do de  garantía  de  tranquilidad  al  pueblo,  por  su  valor  y 
su  entereza,  y  realizando  con  su  infuencia  la  solución 
más  conveniente:  la  elección  de  don  Bernabé  Pie- 
drabuena. 

Avellaneda  fué  nombrado  su  Ministro.  Tenía  enton- 
ces 26  años. 

Su  conducta  siempre  cumplida  y  correcta;  su  políti- 
ca siempre  leal,  y  valiente;  sus  ideas  de  orden,  de  li- 
bertad y  progreso;  su  independencia  de  carácter  y  su 
amor  á  las  instituciones  consignadas  por  las  leyes, 
hicieron  que  se  fijara  sobre  él  la  atención  de  Rosas,  y 
que,  chocado  al  principio  por  la  desenvuelta  actuación 
del  joven,  é  irritado  después  por  la  eficacia  de  sus 
planes  y  proyectos,  concluyera  por  ponerlo  en  el  ín- 
dice de  sus  enemigos  más  terribles,  y  tratara  de  sacar- 
lo del  medio,  de  todos  modos. 

Avellaneda  representaba,  para  el  tirano,  la  oposición 
de  las  provincias  del  Norte. 

Por  el  gobierno  de  Tucumán  pasaron  Valladares  y 


XXXII 

Garmendia,  y  ambos  reclamaron  el  concurso  del  joven 
Avellaneda,  como  Ministro. 

Entretanto,  el  año  40  volcaba  sobre  la  situación 
general  del  país  la  lobreguez  de  los  desbordes  de  la 
tiranía,  Rosas  y  sus  seides  husmeaban  esta  vida  juve- 
nil, como  la  de  una  presa  codiciada. 

Para  tomarla  indefensa,  se  preparó  la  misión  que 
llevó  á  Tucumán  al  General  Lamadrid.  Pero  sabido 
es  el  resultado  contrario  que  se  obtuvo. 

Bn  vez  de  desarmar  á  la  provincia,  el  General  acep- 
tó ponerse  al  frente  de  las  milicias  tucumanas,  orga- 
nizólas para  la  defensa  de  sus  instituciones  y  de 
su  territorio. 

Este  fracaso  de  Rosas,  tuvo  por  complemento  el 
siguiente  cartel  de  desafío,  lanzado  á  la  faz  del  terri- 
ble opresor  del  país  por  aquel  joven  asombroso : 

I^IBERTAD   ó   MUERTE  ! 
Tucumán  sepulcro  de  los  tiranos ! 

Sala  de  sesiones  de  Tucumán,  Abril  7  de  1840. 

Al  poder  ejecutivo  de  la  provincia^  la  honorable  Sala  de 
Representantes  : 

Considerando:  i.°  Que  la  existencia  en  el  primer 
pueblo  de  la  república  de  un  gobierno  investido  con 
toda  la  suma  de  los  poderes  constitucionales,  es  un 
escándalo  á  los  ojos  de  Sud  América  y  del  mundo, 
en  lo  que  ninguno  de  los  demás  de  la  República  pue- 
de consentir  sin  mengua  de  su  honor  y  de  sus  inte- 
reses, puesto  que  así  se    aleja  más  y  más  la  deseada 


XXXIII 


época  en  que  se  escriba  y  sancione  la  Constitución  del 
pueblo  argentino; 

2.°  Que  el  bloqueo  que  hoy  sufre  todo  el  litoral  del 
río  de  la  Plata  no  es  más  que  una  inmediata  conse- 
cuencia de  los  atentados  que  manchan  la  historia  de 
la  vida  pública  del  tirano  de  Buenos  Aires; 

3.°  Que  abusando  de  las  facultades  que  le  habían 
conferido  para  conservar  las  relaciones  exteriores  con 
los  demás  pueblos  de  la  República,  se  ha  servido  de 
ellas  para  arrogarse  el  peligroso  derecho  de  hacer  la 
paz  y  declarar  la  guerra; 

4.°  Que  desconoce  y  pretende  disputar  á  los  pue- 
blos de  la  República  el  derecho  sagrado  é  imprescin- 
dible que  les  asiste,  para  darse  leyes  y  nombrar,  con- 
forme á  ellas,  los  depositarios  de  su  autoridad; 

5.°  Que  con  esta  conducta  ha  causado  y  prepara  in- 
mensos males  á  todos  los  pueblos  de  la  República,  y 
especialmente  á  esta  provincia  de  Tucumán; 

Ha  acordado  y  decreta : 

Art.  1°  No  se  reconoce  en  el  carácter  de  gobernador 
de  Buenos  Aires   al  dictador  Juan  Manuel  de  Rosas. 

Art.  2.°  Se  le  retira  la  autorización  que,  por  parte 
de  esta  provincia,  se  le  había  conferido  jDara  mante- 
ner las  relaciones  de  amistad  y  buena  armonía  con 
las  potencias  extranjeras. 

Art.  3.°  No  se  entregarán  al  comisionado  de  Bue- 
nos Aires  las  armas  que  reclama  mientras  esta  pro- 
vincia sea  presidida  por  don  Juan  Manuel  de  Rosas, 
y  en  su  consecuencia  queda  concluida  la  misión  del 
general  don  Gregorio  Araos  de  I^amadrid. 


XXXIV 

Art.  4.°  La  H.  Sala  de  Representantes  publicará  un 
manifiesto  de  los  motivos  que  han  impulsado  al  pue- 
blo tucumano  á  pronunciar  esta  resolución,  declaran- 
do que  este  no  será  un  motivo  para  que  se  alteren 
nuestras  relaciones  con  los  gobiernos  hermanos,  muy 
principalmente  los  de  Rioja,  Catamarca,  Salta  y  Jujuy. 

Art.  5.°  Comuniqúese,  etc. 

Marco  x'Vvellaneda. 
José  F.  del  Cano. 

Secretario. 

Después  de  esto,  la  cabeza  de  Avellaneda  holgaba 
sobre  sus  hombros.  Por  eso.  Pago  Largo  y  Cagancha 
debieron  aparecer  ante  sus  ojos  como  un  funesto  pre- 
sagio de  su  destino. 

La  quimérica  visión  de  la  Legión  libertadora  que  se 
mostró  un  momento  triunfante  en  Don  Cristóbal^  se 
desvaneció  en  seguida  entre  las  sombras  de  Quebracho 
Llerrado.  Y  el  cortejo  de  héroes  que  encabezaba  la 
gallarda  figura  de  Lavalle,  se  convirtió  en  desgreñada 
partida  de  desarrapados  que  vivía  huyendo  de  sus 
sañudos  perseguidores. 

San  Cala^  Ulachigasfa  y  Sa?logasfa,  llevaron  al  últi- 
mo extremo  la  situación  de  los  gobiernos  aliados.  El 
joven  Avellaneda  era  entonces  Gobernador  de  Tucu- 
mán:  ¡tenía  27  años!  Sus  energías  eran  tan  grandes 
como  sus  entusiasmos;  y  no  contento  con  ser  el  alma 
del  movimiento  opositor,  se  trasladó  al  campamento 
del  general  Lamadrid,  para  dirigir  sus  encuentros  con 
las  fuerzas  federales. 


XXXV 

/  Rodeo  del  Medio  puso  punto  final  á  la  carrera  de 
aquel  valiente  militar,  y  Fauíailla  vio  deshacerse  v 
dispersarse  las  últimas  fuerzas  que  acompañaran  al 
héroe  de  Don  Cristóbal! 

Avellaneda  que  desde  el  campo  de  la  acción  se  diri- 
gía á  Tucumán  por  senderos  extraviados,  fué  encon- 
trado por  otra  partida,  también  fugitiva,  cuyo  coman- 
dante cometió  la  villanía  de  entregarlo  al  vencedor 
para  congraciarse  con  él.  Era  un  traidor  de  los  fe- 
derales, que  traicionaba  también  á  los  unitarios. 

De  la  suerte  del  joven  gobernador  no  podía  dudar- 
se. Fué  degollado  en  Metan  el  3  de  Octubre  de  1841, 
y  el  sanguinario  general  Oribe  hizo  colocar  en 
medio  de  la  plaza  pública  á  su  cabeza  enclavada  en 
lo  alto  de  una  pica. 

— La  brillante  cuanto  trágica  actuación  del  joven  go- 
bernador de  Tucumán,  da  intenso  relieve  á  toda  su 
personalidad,  y  presta  interés  á  todo  cuanto  sere- 
laciona  con  su  vida;  pero  su  inclusión  en  el  Parnaso 
argentino,  no  se  debe  á  los  manes  de  su  suerte  ó  su 
desgracia,  sino  á  su  musa,  graciosa  deidad  del  Pindó 
tucumano. 

IvOs  biógrafos  más  modernos  del  doctor  Avellaneda, 
que  han  hecho  mención  de  sus  poesías,  las  juzgan  como 
de  escaso  valor. 

Sin  embargo,  por  su  fondo  y  su  forma,  son  mejo- 
res que  de  las  de  muchos  de  sus  contemporáneos  que 
no  han  tenido  más  fama  que  la  de  poetas. 

El  estro  juvenil  y  patriótico  de  Avellaneda,  levanta 


XXXVI 


sus  ideas  en  arranques  de  verdadera  inspiración,  y 
armonizando  el  sentimiento  con  la  belleza  de  los  con- 
ceptos, sabe  encontrar  en  las  galas  del  lenguaje  las 
mejores  formas  de  su  expresión,  y,  en  el  verso,  las 
armonías  más  suaves  para  el  canto. 

Su  estilo  es  muy  parecido  al  de  don  Juan  Cruz  Vá- 
rela, y  por  el  aliño  y  la  prolijidad  con  que  mantiene 
el  parecido,  deja  entrever  que  la  imitación  ha  sido  con- 
ciente  y  voluntaria. 


DR.  DN.  FLORENCIO  VÁRELA 


De  la  autobiografía  que  publicó  Várela  en  Montevi- 
deo, en  1848,  sacamos  los  siguientes  datos:  (i) 

Nació  en  Buenos  Aires  el  23  de  Febrero  de  1807, 
á  las  9  1/2  a.  m.  Cursó  humanidades  en  el  «Colegio 
de  Ciencias  Morales»,  habiendo  hecho  sus  primeros 
estudios  en  el  Colegio  de  la  Unión  del  Sud. 


(i)  «Autobiografía  de  Dn.  Florencio  Várela,  natural  de  Buenos  Aires, 
redactor  del  Comercio  del  Plata,  jurisconsulto,  publicista,  corresponsal  del 
Initituto  Hhtórico  de  Francia  y  del  Instituto  Histórico  Geográfico  del  Brasil, 
etc.,  etc.,  acompañada  del  faccimil  de  su  letra  y  de  algunos  apuntes  sobre 
su  persona.»  Montevideo,  1848.  Folleto  de  64  pgs.  en  40. 


xxxvir 


Quedó  huérfano  á  la  edad  de  once  años,  á  raíz  de 
haber  perdido  su  señor  padre  su  fortuna,  y  mostran- 
do siempre  su  amor  al  trabajo  y  su  natural  inclinación 
por  el  estudio,  mientras  iba  haciendo  su  carrera  ga- 
naba honradamente  su  vida,  empleado  en  la  Secreta- 
ría del  Ministerio  de  Gobierno. 

Várela  renunció  este  puesto,  cuando  se  hizo  cargo 
de  la  administración  el  coronel  Borrego,  cuya  política 
había  él  siempre  combatido.  Pero  en  1828  volvió  á 
emplearse  en  el   Ministerio  de  Relaciones  Exteriores. 

Florencio  Várela  escribía  entonces  en  el  «Pampe- 
ro», que  era  el  órgano  oficial  de  los  unitarios,  y  lo 
redactaba  su  hermano  Dn.  Juan  de  la  Cruz. 

El  Gobernador  Borrego  inició  su  gobierno  toman- 
do medidas  de  rigor  contra  la  prensa  y  adoptando 
el  sistema  de  los  exclusivismos  y  de  las  destituciones 
para  dominar  la  situación  y  someter  á  los  contrarios. 

El  resultado  fué  contraproducente  y  precij)itó  la 
revolución. 

El  ejército  que  volvía  del  Brasil,  con  los  laureles  de 
Ituzaingó,  fué  la  base  del  movimiento;  y  el  i.°  deBi- 
ciembre  de  1829,  el  pueblo  y  el  ejército  proclamaban 
gobernador  al  Gral.  Lavalle,  obligando  á  Borrego  á 
huir  de  Buenos  Aires.  Estos  sucesos  terminaron  con 
el  drama  de  Navarro:  la  página  más  triste  y  estéril- 
mente sangrienta  de  nuestras  luchas  intestinas. 

El  reguero  de  sangre  de  la  lucha  fratricida  se  ex- 
tendió después  sobre  los  campos  de  !as  Palmitas  y 
Vizcacheras,  consagrando  en  victorias  campales  el 
triunfo  del  ejército  de  línea  alzado  contra  las  institu- 


XXXVIII 

Clones,  hasta  que  el  fracaso  del  Puente  de  Márquez  res- 
tableció nuevamente  el  equilibrio  de  las  opiniones. 

Celebróse  el  convenio  caudillesco  de  24  de  Junio  de 
1829,  sntre  el  representante  del  gobierno  de  la  ciudad  y 
el  del  pueblo  armado  de  la  campaña,  lo  que  puso  tregua 
á  la  lucha;  y  entre  las  sombras  del  odio,  la  ambición 
y  la  falsía,  se  preparó  el  gobierno  de  \?lS  facultades  ex- 
traordÍ72arias,  y  se  inició  la  época  siniestra  que  se  lla- 
mó de  la  restauración  de  las  leyes. 

El  8  de  Diciembre  de  aquel  mismo  año  subió  al 
poder  Dn.  Juan  Manuel  de  Rozas. 

La  Legislatura  que  lo  eligió  gobernador,  era  la  mis- 
ma que  acababa  de  declarar  que  eran  libelos  infama- 
torios los  periódicos  que  habían  sostenido  la  política 
del  General  Lavalle,  como  eran  El  Pampero  y  El 
Tiempo;  y  por  resolución  de  la  comisión  encargada  de 
este  proceso  á  la  libertad  dé  la  prensa,  7,  en  odio  de 
semejantes  piezas^  como  en  justo  desagravio  de  las  perso- 
nas en  ellas  injuriadas:  se  hizo  un  auto  de  fe  con  todos 
sus  números,  bajo  los  arcos  de  la  casa  de  justicia. 

— ¿Qué  les  esperaba  á  sus  autores? 

Entonces  fué  cuando  emigraron  á  Montevideo  la 
mayor  parte  de  los  literatos  argentinos. 

Florencio  Várela  se  encontraba  ya  allí  desde  el  12 
de  Agosto,  pero  Rozas  confirmó  por  decreto  su  ostra- 
cismo. 

Várela  se  casó  ese  mismo  año  con  la  distinguida 
señorita  argentina  doña  Justa   Cañé  (i),  debiendo  ce- 


(i)  Dn.  J.  M.  Torres  Caicedo  da  á  entender  que  esta  Señorita  era  oriental, 
pero  es  un  error  de  información  suya.  («Ensayos  biográficos  y  de  crítica 
literaria,  Segunda  serie,  pág.  45.) 


XXXIX 

lebrarse  el  matrimonio  por  poder,  á  causa  de  la  situa- 
ción en  que  aquél  se  hallaba,  yendo  ésta  después  á 
compartir  con  su  esposo  los  sinsabores  de  la  expa- 
triación. 

Várela  tuvo  una  actuación  muy  distinguida  en  Mon- 
tevideo; y  dando  muestras  del  valor  de  sus  energías  y 
de  su  amor  al  estudio  y  al  trabajo,  volvió  á  rendir 
exámenes  de  derecho,  doctorándose  en  aquella  univer- 
sidad el  año  1835. 

Florencio  había  sido  hasta  entonces  un  amante  apa- 
sionado de  las  musas,  y  había  publicado  muchísimas 
composiciones  que  habían  tenido  la  más  simpática 
acogida,  por  la  galanura  de  su  lenguaje,  el  pensamiento 
trascendental  de  sus  ideas,  y  la  intencionada  cultura 
de  sus  gracias;  pero  después  de  aquella  fecha,  su  es- 
tudio de  letrado  y  la  política  fueron  ya  sus  únicas 
preocupaciones. 

El  pleito  político  argentino  se  había  hecho  cuestión 
política  oriental,  y  estaba  allí  representado  por  las 
tendencias  de  los  generales  Oribe  y  Rivera. 

En  atención  á  su  condición  de  extranjero,  Várela  se 
abstuvo  de  tomar  parte  en  las  cuestiones  locales.  Pero 
los  expatriados  argentinos  residentes  en  Montevideo, 
que  eran  todos  miembros  de  la  Asociación  de  Mayo, 
habían  constituido  allí  la  Comisión  Argentina^  encar- 
gada de  arbitrar  medios  y  recursos  para  derrocar  á 
Rozas.  Y  como  Oribe  representaba  la  política  de  Ro- 
zas en  el  Plata,  y  acababa  de  secundar  la  acción  de 
Rozas,  persiguiendo  y  batiendo  á  Lavalle  en  Famai- 
11a,  al  regresar  á  sus  dominios  y  expulsar   de  su  go- 


XL 


bierno  á  su  rival  usurpador,  á  quien  derrotó  comple- 
tamente con  la  ayuda  de  Rozas,  extendió  las  represalias 
á  los  enemigos  de  su  aliado,  y  obligó  á  salir  del 
país  á  todos  los  unitarios,  por  suponerlos  aliados  de 
Rivera.  Dice  Dn.  J.  M.  Torres  Caicedo  (i):  «Desde 
que  el  general  Lavalle  se  puso  en  campaña,  hasta  que 
el  almirante  Mackau  celebró  una  transacción  funesta 
con  Rozas,  Florencio  Várela  trabajó  con  inteligencia 
y  sin  tregua  contra  la  dictadura  del  «Salvaje  de  las 
Pampas».  Pero  el  digno  hijo  de  la  República  Argenti- 
na no  dejó  pasar  desapercibido  ese  acto  de  un  almi- 
rante francés,  que  abandonaba  á  sus  aliados  y  entraba 
en  capitulaciones  inexcusables  con  el  más  desprecia- 
ble tiranuelo:  escribió  al  efecto  con  nervio  y  con  ra- 
zón, y  en  sus  escritos  «sobre  la  convención  de  20  de 
Octubre  de  1840,  desarrolló  el  desenlace  de  la  cuestión 
francesa  en  el  Río  de  la  Plata  con  documentos  dignos 
de  un  distinguido  publicista.» 

Várela  estuvo  en  el  Brasil,  desde  principios  de  1841 
hasta  mediados  de  1843.  Allí  trabajó  empeñosamente^ 
buscando  en  los  archivos  oficiales  cuanto  dato  podía 
servirle  para  escribir  la  Historia  de  la  República  Ar- 
gentina; y  al  regresar  á  Montevideo  estaba  tan  pobre, 
que,  según  afirma  su  distinguido  biógrafo  Dn.  Luis 
ly,  Domínguez:  no  tenía  con  que  cubrir  la  desnudez 
de  sus  hijos. 

¡Qué  temple  moral  el  de  aquellos  hombres!  Expatria- 
dos y  perseguidos,  aún  en  el  extranjero,  ¡su  pensa- 
miento   principal  era    la    patria;    sus   afanes   estaban 


(i)    Olira  citada,  Segunda  serie,  pág.  46. 


XLI 


siempre  puestos  en  ella,  y  su  trabajo  buscaba  en  to- 
das las  cosas  la  gloria  de  servirla! 

Cuando  Várela  llegó  á  Montevideo,  la  ciudad  estaba 
sitiada  por  Oribe.  Lloraba  entonces  la  muerte  de  su 
hermano  Rufino,  sacrificado  por  la  soldadesca  de  este 
jefe  cuando  acababa  aquel  de  cumplir  una  acción  ca- 
balleresca y  gentil  con  un  preso  político  de  su  parti- 
do, enseñándoles  así  á  respetar  al  adversario;  pero  su 
ánimo  no  decaía,  y  su  campaña  contra  Rozas  era  cada 
vez  más  intensa  y  apasionada. 

El  mismo  escritor  americano,  antes  citado,  dice  á 
este  respecto  (i):  <  En  tan  luctuosa  época,  Florencio 
Várela  no  abandonó  la  liza:  obró  como  escritor;  y  como 
hombre  de  alta  inteligencia  y  variados  conocimientos, 
ayudó  con  sus  consejos  al  gobierno  del  Uruguay. 

Por  aquel  entonces,  solo  la  Gran  Bretaña  parecía 
no  estar  contagiada  con  las  ideas,  falsas  á  todas  luces, 
que  habían  hecho  difundir  los  agentes  asalariados  de 
Rosas. 

Era  preciso  enviar  un  comisionado  á  Europa,  pero 
el  gobierno  Oriental  carecía  de  fondos.  Sin  embargo, 
se  resolvió  nombrar  ese  comisionado;  y  Várela  fué  el 
elegido  con  carácter  de  agente  confidencial,  y  reci- 
biendo en  pago  una  módica  retribución.  Aún  cuan- 
do era  pobre  y  cargado  de  familia,  el  patriota  acalló 
los  cálculos  del  padre  y  del  hermano,  y  aceptó  la  di- 
fícil misión  que  se  le  confiaba. 

Hacía  mucho  tiempo  que  la  Comisión  Argentina  y 


(i)    Torres  Caicedo,    Obr.  cit.,  pág.  4S. 


XLII 


el  gobierno  de  Montevideo  trabajaban  por  conseguir 
la  intervención  de  las  potencias  extranjeras  para  pa- 
ralizar de  ese  modo  á  Rozas,  cuyos  ejércitos  habían 
casi  concluido  con  las  fuerzas  unitarias  y  se  prepara- 
ban á  caer  sobre  aquel  baluarte  de  los  conspiradores. 
Várela  fué  pues  á  defender  la  mala  causa  de  ese  pleito^ 
ante  los  gabinetes  de  Londres  y  París,  presididos  por 
Lord  Aberdeen  y  Guizot. 

El  resultado  de  su  misión  no  fué  claro  en  el  primer 
momento,  pero  la  intervención  se  realizó  poco  tiempo 
después  de  haber  regresado  Várela  de  Europa. 

— Várela  fundó  el  Comercio  del  Plata,  el  órgano  más 
avanzado  de  los  ataques  á  la  tiranía,  donde  la  diatriba 
alcanzaba  las  formas  espeluznantes  de  su  brillante  men- 
talidad y  vestía  las  galas  de  su  lenguaje  culto  y  galano. 

Como  consecuencia  de  este  estado  de  cosas,  la  cri- 
minalidad adquirió  proporciones  nunca  vistas,  y  llegó 
á  ser  tal  el  terror  de  los  habitantes  de  Buenos  Aires 
y  Montevideo,  que  después  de  la  oración  (6  1/2  á 
7  p.  m.)  las  ciudades  quedaban  desiertas  porque  muy 
pocos  se  atrevían  á  salir  á  la  calle. 

Várela  sabía  que  su  vida  era  una  de  las  más  codi- 
ciadas por  los  seides  del  tirano;  pero  era  al  respecto 
muy  despreocupado,  por  lo  cual  sus  amigos  se  habían 
impuesto  la  obligación  de  que  siempre  lo  acompañara 
alguno  de  ellos. 

Dice  Saldías  (i) :  « Al^aer  la  tarde  del  20  de  Marzo 
de  1848,  y  dejando  á  medio  hacer  su  tarea  para  el  Co- 


(1)  Adolfo  Saldías  oHist.  de  la  Confederación  Argentina».  Tom.  5  pg. 


XLIII 

mercio  del  Plata  del  día  siguiente,  salió  de  su  casa  á 
hacer  una  visita. 

Una  hora  después  regresó  á  su  casa,  pero,  apenas 
hubo  saludado  á  varios  amigos  que  lo  esperaban,  vol- 
vió á  salir  acompañado  de  uno  de  ellos. 

Pasadas  las  ocho  de  la  noche,  fué  visto  en  la  calle 
25  de  Mayo,  frente  á  la  sala  de  Residentes,  hablando 
con  un  marino  extranjero,  y  en  la  cuadra  siguiente 
con  el  Ministro  de  Hacienda. 

En  seguida  continuó  solo  por  la  misma  calle,  adon- 
de había  afluido  la  gente  á  ver  pasar  un  batallón  que 
se  embarcaba.  Várela  dobló  por  la  calle  de  Misiones 
que  estaba  solitaria,  y  golpeó  en  el  núm.  90,  que  era 
el  de  su  casa.  Casi  simultáneamente  con  el  último 
golpe,  sus  amigos  oyeron  quejidos  lastimeros.  Corrie- 
ron á  abrir  y  en  la  acera  de  enfrente  encontraron  el 
cadáver  de  Várela  con  una  horrible  herida  de  daga, 
que  partiendo  de  la  espalda  le  atravesó  el  pecho  y  ter- 
minaba en  la  parte  inferior  del  cuello.  A  la  clara  luz 
de  esa  noche  de  luna,  el  asesino  había  desaparecido, 
y  la  familia  y  los  amigos  de  Várela,  desolados,  apenas 
si  podían  darse  cuenta  de  cómo  el  asesino  había  es> 
piado  momento  por  momento  los  pasos  de  este  hom- 
bre distinguido,  sin  darle  ni  siquiera  el  segundo  para 
mirarlo,  como  el  pérfido  Herennises  con  Cicerón.» 

Kl  mismo  historiador,  cuyas  inclinaciones  en  favor 
de  Rozas  son  bien  conocidas,  dice  también  lo  si- 
guiente (i): 


(i)    Ob.  cit    Tom.  5  pg.  96. 


XLIV 

«  Por  lo  demás,  ni  entonces  se  apartó  ni  hasta  ahora 
ha  podido  borrarse  la  creencia  general  de  que  el  doc- 
tor Várela  fué  asesinado  de  orden  de  Oribe.  »  (i) 

Por  tratarse  de  una  opinión  tan  sindicada  de  remi- 
nicencias  federales  como  es  la  del  Dr.  Saldías,  tiene 
mucho  valor  el  siguiente  bosquejo  sobre  la  personali- 
dad de  Várela  que  trae  en  su  «Hisioria  de  la  Confede- 
ración Argentina  » :  (2) 

«  Era  el  doctor  Florencio  Várela  un  hombre  distin- 
guido en  toda  la  acepción  de  la  palabra.  Encuadra- 
do en  esa  elegancia  rígida  de  los  hombres  de  la  Res- 
tanración  en  Francia,  cuyos  ejemplares  eran  Chateau- 
briand y  Lamartine,  había  realizado  un  voto  de  su 
espíritu  figurando  con  brillo  como  literato  de  la  es- 
cuela clásica  que  llegó  á  traducir  á  Horacio  en  limpio 
verso  castellano. 

Las  corrientes  de  la  política  revolucionaria  lo  en- 
volvieron cuando  su  mente  acariciaba  los  ideales  de  bo- 
nanza que  prometieron  los  progenitores  de  la  patria ; 
y  en  este  campo  de  la  acción  sedujéronlo  horizontes 
engañosos,  que  si  bien  popularizaron  su  nombre,  nada 
añadieron  á  su  reputación.  En  este  terreno  lució  do- 
tes poco  comunes.  Periodista  que  educaba  y  apasio- 
naba á  las  veces,  por  la  forma  elegante  y  por  la  expo- 
sición metódica  y  calculada  de  la  doctrina:  político 
hábil,  pero  sometido  al  rigorismo  formulista  de  la  es- 
cuela de  Rivadavia,  que  él  y  sus  amigos  interpretaban 


(i)    El  asesino  fué  un  tal  Andrés  Cabrera,  natural  de  Canarias,  y  contra- 
bandista de  oficio. 

(2)    Ob.  cit.  Tora.  3  pg.  77. 


XLV 


con  arreglo  á  las  exigencias  de  la  nueva  época  en  que 
les  tocaba  actuar  en  primera  línea:  orador  fácil,  más 
persuasivo  que  brillante,  pero  siempre  tranquilo  y 
dueño  de  si,  como  que  obedecía  á  las  inclinaciones  de 
su  carácter  manso ;  si  bien  transpiraba  cierta  vanidad 
por  los  méritos  que  no  sin  razón  él  mismo  se  atribuía,  y 
sabía  distanciarse  convenientemente  de  las  demás  per- 
sonas, encerrándose  en  una  especie  de  frialdad  severa, 
á  las  veces  sobre  un  pedestal  de  superioridad  desde 
el  cual  contemplaba  con  desdén  los  hombres  y  las 
cosas  que  no  le  tocaban  muy  de  cerca,  ó  aunque  le  to- 
casen; el  doctor  Várela  era  en  1839  un  ilustrado  ta- 
lento, fundido  en  el  molde  de  los  hombres  de  estado 
de  1826  en  Buenos  Aires;  un  político  doctrinario,  que 
así  podía  iluminar  las  cuestiones  de  gobierno  en  el 
-seno  del  gabinete,  como  debatirlas  con  éxito  en  el 
parlamento  y  en  la  prensa.  Bajo  los  triunviros  de  181 2 
habría  caído  con  éstos;  bajo  Pueyrredón  habría  per- 
tenecido al  partido  de  los  políticos ;  bajo  Rivadavia 
habría  sido,  á  tener  más  edad,  el  alter  ego  de  éste;  bajo 
Rozas  era  unitario,  y  lo  peor  era  que  seguía  siéndolo 
por  convicción  en  Montevideo;  y  á  haber  sobrevivido 
al  derrocamiento  de  Rozas  habría  sido  lo  que  fué  don 
Valentín  Alsina,  con  quien  tenía  muchos  puntos  de 
contacto,  además  del  parecido  de  la  esctiela  que  con 
tanta  exactitud  ha  descrito  Sarmiento  en  su  Facundo.-» 

Florencio  \'arela  no  tiene  la  fama  de  poeta  que  lleva 
su  hermano  don  Juan  de  la  Cruz,  pero  su  numen  no 
es  inferior  al  de  aquel. 

Esto  se  debe  en  gran  parte  á  que  don  Florencio  no 


XI.VI 


hizo  nunca  gala  de  sus  excelentes  disposiciones  para 
la  poética  y  el  verso ;  y  á  que,  siendo  él  de  un  gusto 
muy  refinado  y  muy  severo  en  sus  juicios  literarios, 
nunca  quiso  reimir  ni  corregir  sus  composiciones,  ni 
presentar  el  ramillete  de  sus  poesías  para  que  el  pú- 
blico gustase  su  delicadeza  y  su  mérito.  i 

Esta  es  también  la  razón  por  la  cual  nos  ha  sido 
muy  difícil  coleccionar  los  versos  de  este  distinguido 
compatriota;  porque  estaban  dispersos  en  los  diarios 
de  la  época  y  en  el  extranjero. 

Sin  embargo,  Florencio  Várela  ha  sido  uno  de  los 
amigos  más  sinceros  y  favorecedores  más  obsequiosos 
de  la  obra  de  los  poetas  argentinos :  veneraba  sus  tra- 
diciones literarias  y  se  complacía  en  revelarlas  fuentes 
predilectas  que  más  contribuirían  á  modificarla  en  el 
futuro ;  comprendía  el  anhelo  que  inspiraba  sus  estro- 
fas ;  respetaba  el  afán  que  había  tornasolado  el  mundo 
de  sus  sueños;  sonreía  sin  temor  al  estruendo  artifi- 
cioso de  sus  destemplanzas  más  horribles ;  se  extasiaba 
en  la  contemplación  del  porvenir  bosquejado  por  las 
musas  de  aquellos  sublimes  visionarios  de  la  grandeza 
de  la  patria,  y  se  embriagaba  con  el  perfume  de  sus 
virtudes  morales,  el  patriotismo  y  la  nobleza  que  ex- 
halan sus  versos,  que  bastan  para  embalsamar  el  am- 
biente de  su  existencia  en  los  días  más  aciagos  de  su 
historia. 

Por  eso  cuando  D.  Juan  Alaría  Gutiérrez  publicó  en 
Valparaíso  la  primera  antología  de  poetas  americanos 
que  se  conoce,  ( i )  Várela  aplaudió  su  obra  con  el  vivo 


(  I  )    América  poética.  «-.Colección  escogida  de  composiciones  en  verso,  es- 
critas por  americanos  en  el  presente  siglo>  1S4U.  \alparaiso. 


XLVII 


entusiasmo  de  su  más  sincera  complacencia;  5-  expli- 
cando la  trascendental  importancia  del  pensamiento 
que  había  guiado  al  distinguido  hombre  de  letras, 
decía :  ( I ) 

^;  Conocer  la  literatura  de  un  pueblo  en  una  época,  es 
conocer  su  estado  de  civilización  en  esa  época.  Entre 
nosotros  casi  toda  la  literatura,"  destinada  á  vivir  más 
allá  del  día,  está  limitada  á  la  poesía:  en  ella  está 
nuestra  historia,  en  ella  nuestras  costumbres,  en  ella 
nuestras  creencias,  ideas  y  esperanzas.  Lo  demás  que 
ha  producido  el  genio  americano  ha  pasado  como  el 
humo  de  los  combates  que  han  constituido  nuestra 
ocupación  y  aún  nuestra  existencia.  De  modo  que, 
quien  posea  una  colección  de  poetas  americanos,  ten- 
drá casi  todo  lo  que,  en  materia  de  letras,  puede  la 
América  reclamar  como  propiedad  suya». 

Bs  que  la  modestia  de  la  alta  cultura  intelectual 
de  Várela  lo  hacía  ser  crítico  implacable  para  consigo 
misino;  pero  su  temperamento  de  artista  y  su  inclina- 
ción natural  á  la  poesía  se  revelaba  por  encima  de  to- 
dos los  anatemas  con  que  desprestigiaba  á  sus  versos. 

<í.Son  los  poetas,  sacerdotes  encargados  de  las  festivi- 
dade:  de  la  patria>^  decía,  en  su  informe  como  Juez  del 
prirmr  certamen  poético  de  Mayo^  que  se  celebró  en 
Montevideo  el  año  1841  (2);  y  como  aquel  veredicto 
fué  redactado  por  él  y  contiene  el  resumen  de  sus 
ideas  sobre  poética  y  poesía  americana,  lo  transcribo 
en  lo  pertinente,  para  que  pueda  juzgarse  su   gusto: 


(  I  )     cComercio  del  Plata»  número  142.  del  24  de  Marzo  de  1S46. 
(  2  )    J.  B.  Alberdi,  «Obras  completas».  Tomo  II,  pg.  69. 


XLVIII 

«Colocada  en  la  altura  de  que  la  crítica  no  puede 
descender,  la  Comisión  ha  mirado  ante  todo  las  pie- 
zas que  examinaba,  bajo  el  aspecto  de  su  más  ó  me- 
nos armonía  con  el  carácter  presente  de  la  poesía  na- 
cional, ó  por  mejor  decir,  americana.  Ha  creído  que, 
aquel  merecía  más  en  este  punto,  que  mejor  hubiese 
comprendido  las  modificaciones,  los  decisivos  ¿ambios 
que  la  literatura  recibe  de  la  variación  y  progresos 
de  las  costumbres,  de  las  creencias,  de  los  elementos 
todos  que  constituyen  la  vida  de  los  pueblos. 

Ninguna  literatura  americana  pudo  haber  mientras 
duró  en  estas  regiones  la  dominación  de  la  España. 
Jamás  una  colonia  tuvo  ni  tendrá  literatura  propia; 
porque  no  es  propia  la  existencia  de  que  goza,  y  la 
literatura  no  es  más  que  una  de  las  muchas  fórmulas 
porque  se  expresan  las  condiciones  y  elementos  de  la 
vida  social. 

El  pensamiento  del  colono,  lo  mismo  que  sus  bra- 
zos y  su  suelo,  solo  producen  para  la  metrópoli,  de 
quien  recibe  hábitos  y  leyes,  preocupaciones  y  creen- 
cias. 

Si  alguna  luz  intelectual  le  alumbra,  es  apenas  el 
reflejo  (pálido  por  muy  brillante  que  sea)  del  grande 
luminar  á  quien  sirve  de  satélite. 

¿  Qué  escuchábamos  en  las  márgenes  de  nuestro  Pla- 
ta antes  de  1810?  Ecos  desfallecidos  de  los  cantos  que 
se  alzaban  en  las  orillas  del  Manzanares.  Las  liras  que 
llamábamos  americanas  solo  se  pulsaban  para  llorar 
oficiahiicnte  sobre  la  tumba  del  monarca  que  cerraba 
los  ojos,  ó  para  ensalzar  en  su  coronación  al  que  lo 


XLIX 


sucedía  sobre  el  trono.  Los  pueblos  del  Plata  arran- 
caban al  extranjero  triunfos  expléndidos  en  las  calles 
y  plazas  de  sus  ciudades;  adornaban  la  techumbre  de 
sus  templos  con  los  pendones  arrancados  al  vencido ; 
y  el  genio  apocado  de  los  hijos  de  la  lira  no  encon- 
traba para  tan  altas  hazañas  motivo  más  noble  que 
el  amor  de  esos  pueblos  á  Carlos  y  María  Luisa. 

¡  Mengua  grande  á  la  verdad,  borrada  después  por 
días  de  gloria  nacional!  Alumbró  la  llama  de  la  Li- 
bertad; alzóse  el  pueblo  de  la  condición  de  colono  á 
la  de  soberano ;  y  en  el  gran  sacudimiento  nació  tam- 
bién la  poesía  nacional,  hermana  gemela  de  la  inde- 
pendencia. 

Su  carácter  no  podía  ser  otro  que  el  de  la  época 
en  que  nacía.  La  inteligencia  y  los  brazos  del  pueblo 
nuevo  no  tenían  más  ocupación  que  meditar  empresas 
de  guerra,  ganar  batallas  y  reparar  los  descalabros  de 
las  derrotas.  Análoga  debía  ser  la  entonación  de  las 
liras  americanas.  Cantos  de  guerra,  himnos  de  victoria, 
lamentos  de  dolor  irocundo  sobre  la  tumba  del  guerre- 
ro caído  bajo  la  enseña  del  sol,  maldiciones  contra  sus 
verdugos;  esto  y  nada  más  podía  pedirse  á  los  que 
tenían  fuego  en  la  mente,  patriotismo  en  el  corazón. 
Y  este,  y  ningún  otro,  es  el  acerado  temple  de  nues- 
tra primera  poesía  nacional. 

Pero  la  lucha  de  la  independencia  terminó  y  con 
ella  los  odios  que  la  guerra  enciende. 

Intervalos  de  paz,  ■ —  breves  por  desgracia,  como  el 
relámpago  —  dieron  lugar  al  pensamiento  para  ele- 
varse á  la  contemplación  de  las  grandes  verdades  fi- 


losóficas  y  morales;  permitieron  mirar  en  derredor 
con  ojos,  que  no  anublaba  la  pólvora  délas  batallas: 
empezaron  los  pueblos  á  meditar  en  su  destino,  á  bus- 
car el  fin  porque  habían  derramado  su  sangre,  á  co- 
rrer tras  de  las  mejoras  y  el  progreso  social.  Levan- 
tóse entonces  una  genaración  que  no  había  asistido 
á  los  combates  de  sus  padres,  pero  que  había  apren- 
dido los  dogmas  santos  de  Mayo.  Imposible  era  que 
resonasen  en  sus  liras  ecos  de  una  guerra  que  ya  no 
ardía,  ni  clamor  de  venganza  contra  enemigos  que  ha- 
bían vuelto  á  ser  nuestros  hermanos.  La  poesía  em- 
pezó naturalmente  á  tomar  un  tinte  más  filosófico, 
más  templado :  se  vistió  por  la  primera  vez,  con  las 
riquísimas  galas  de  nuestro  suelo  que  los  poetas  de 
la  revolución  no  distinguieron  entre  el  polvo  y  el  es- 
traendo  de  los  combates;  y  reflejó,  por  fin,  esa  me- 
lancolía que  imprime  en  el  ánimo  el  espectáculo,  con- 
tinuado casi,  de  las  guerras  civiles  y  del  hondo  infor- 
tunio de  la  patria. 

Tal  es  el  carácter  de  nuestra  poesía  actual ;  y  la 
Comisión  ha  creído  deber  buscar  en  las  composiciones 
del  concurso  la  expresión  práctica  de  estas  verdades, 
como  un  mérito  de  la  más  alta  estima». 

— Las  poesías  de  Florencio  Várela  no  son  nada  comu- 
nes, ni  prosaicas,  ni  vulgares,  como  él  las  suponía,  sino 
muy  apreciables  por  la  belleza  de  sus  ideas,  la  galanura 
de  su  lenguaje,  la  elegancia  de  su  estilo  y  la  armonía 
de  sus  versos. 

Diríase  que  en  ellos,  la  elevación  del  pensamiento 


0 
LI 


apaga  á  veces  el  entusiasmo  de  la  expresión,  y  la 
magestad  del  lenguaje  olvida,  otras,  los  atavíos  de 
sus  galas  más  indispensables;  que  la  cadencia  del  rit- 
mo reemplaza  á  la  fuerza  de  entonación,  cuando  se 
echa  ésta  de  menos  ;  y  que  la  espiritualidad  y  la  gra- 
cia aligeran  siempre  el  recargo  de  su  tendencia  con- 
ceptualista y  razonadora. 

D.  Florencio  es  poeta  de  la  misma  escuela  que  su 
hermano  D.  Juan  de  la  Cruz. 

Sus  primeras  poesías :  «^  los  alumnos  del  Colegio  de 
Ciencias  Morales»,  «.El  2^  de  Mayo  de  iS2¿»,  «En  un 
comité  de  amigos-»  y  «A  la  Hermandad  de  caridad»  es- 
tán llenas  de  reminiscencias  de  Herrera,  R.ioja  y  Me- 
lendez  Valdez;  pero  al  caer  en  la  servidumbre  artís- 
tica de  aquellos  poetas,  su  propio  buen  gusto  lo  ha 
hecho  huir  de  aquella  semejanza  de  la  cual  D.  Fer- 
nando de  Rivas  decía: 

«Imitarás  la  suavidad  sublime 
Y  candorosa  de  León,  más  huye 
Tal  vez,  su  tosco  desaliño»  . . . 

Estos  versos  revelan  los  sentimientos  cristianos  de 
Várela  y  abonan  su  fe  tanto  como  su  ilustración,  su 
cultura  y  su  gusto  artístico;  siendo  también  en  ellos 
donde  mejor  se  ve  la  profunda  repugnancia  que  siem- 
pre le  inspiraron  los  tiranos. 

En  la  época  de  la  alianza  de  la  gloria  con  la  paz, 
de  la  grandeza  con  la  prosperidad,  ác\  bienestar  con 
la  alegría,  y  del  deber  con  el  patriotismo  y  el  ideal, 
el  sol  de  la  libertad  se    alzaba  sin  nube  sobre  el  ho- 


I.II 


rizonte  de  la  patria,  y  la  pasión  política  no  había  aún 
clavado  su  odiosa  garra  en  el  alma  del  pueblo  ar- 
gentino. Sin  embargo,  mirando  Várela  hacia  el  pasado 
y  escribiendo  para  el  porvenir  (representado  por  la 
juventud  del  colegio  de  ciencias  morales),  no  se  siente 
embriagado  por  el  triunfo  ya  anunciado  por  los  ca- 
ñones de  Ayacucho,  ni  canta  á  la  gloria,  ni  admira 
la  libertad,  ni  lo  entusiasma  el  heroismo;  sino  que, 
alzándose  todavía  ante  sus  ojos  el  fantasma  del  des- 
potismo español,  lo  excecra  y  anatematiza  con  el  fu- 
ror explicable  después  de  los  desastres  de  Ayohuma 
ó  Cancha  Rayada. 

Sus  composiciones  posteriores  no  presentan  ya,  si- 
no muy  débilmente,  esta  aberración  ó  lugar  poético 
tan  explotado  por  los  poetas  de  la  guerra  de  los  15 
años;  y  en  cambio,  dejan  entrever  con  toda  claridad 
sus  inclinaciones  personales  y  su  acuerdo  con  las  ten- 
dencias liberales  de  la  época,  así  como  sus  vincula- 
ciones políticas  y  su  admiración  por  Rivadavia,  á 
quien,  á  raíz  del  fracaso  de  su  presidencia  fugaz,  sa- 
luda en  los  siguientes  términos: 

«¡Gloria  eterna  á  su  nombre!  El  fué  primero 

Quien  del  vértigo   horrible  en   que  envolvía 

A  nuestra   triste    patria 

La  implacable  anarquía, 

La  sacó  al  explendor;  recto  y  severo, 

Por  la  senda  del  bien  marchó  constante; 

La  ignorancia  arrogante. 
El  fanatismo  audaz  y  sedicioso, 
De  la  columnia  el  soplo    venenoso, 
Todo,  todo  á  su  paso  se  oponía, 
Y  todo,  todo  á  su  poder  cedía.» 


Lili 


Pero  donde  Várela  ha  mostrado  realmente  su  nu- 
men, y  donde  resalta  más  el  vuelo  de  su  imaginación, 
es  en  su  canto  á  la  libertad  de  Grecia. 

Este  canto  tiene  para  nosotros  una  importancia  y 
significación  muy  grande.  Representa  el  pensamiento 
del  pueblo  argentino,  despreocupado  de  los  prejucios 
de  la  dominación  ibérica,  en  el  momento  en  que  aban- 
dona los  viejos  arquetipos,  para  fundir  su  propia  li- 
teratura al  calor  de  la  libertad,  en  los  moldes  de  la 
civilización  moderna.  Es  el  primer  grito  de  vida  que 
lanza  al  mundo  un  pueblo  nuevo,  que  acababa  de  ser 
levantado  por  el  heroísmo  á  la  faz  de  todas  las  sobe- 
ranías de  la  tierra,  al  sentir  en  el  horizonte  de  la  vie- 
ja Europa  el  estruendo  de  los  cañones  de  Navarino, 
que  despiertan  en  su  memoria  el  recuerdo  de  sus 
hazañas,  su  lucha  de  15  años  por  la  libertad,  y  re- 
frescan en  su  ánimo  los  placeres  del  triunfo,  ponién- 
dolo de  pie  el  hábito  de  escuchar  las  dianas  de  la 
victoria.  Es  un  impulso  espontáneo  de  los  sentimientos 
preponderantes  de  la  raza  restituida  al  ambiente  de 
sus  conquistas  más  grandes  en  la  historia  de  la  hu- 
manidad, sin  el  reato  de  las  instituciones  caducas 
que  fosilizaran  su  progreso :  floración  de  las  gallar- 
días castellanas  en  el  suelo  ensangrentado  de  los  in- 
cas y  retoño  de  los  alardes  entusiastas  que  la  pu- 
sieron al  frente  de  todas  las  cruzadas  redentoras.  Por 
eso  el  canto  de  Florencio  Várela  es  el  broche  de  oro 
con  que  se  cierra  aquel  primer  período  de  la  poesía 
americana,  al  que  dio  armonías  la  lira  de  bronce  de 
De  L^uca,  áureo    reflejo  la    imaginación  de    Olmedo, 


I.IV 


sentimiento  la  inspiración  de  Heredia  y  gracia  y  ver- 
dad la  musa  de  D.  Juan  de  la  Cruz  Várela. 

Este  canto  de  F.  Várela  es  del  más  puro  lirismo,  y 
no  se  percibe  en  él  ese  tinte  didáctico  que  tan  marca- 
do presentan  sus  otras  poesías,  pues  aún  cuando  aquí 
también  hace  frecuente  uso  de  elementos  históricos 
ello  es  solo  para  lanzarse  desde  allí  á  los  más  atrevi- 
dos vuelos  líricos  de  su  imaginación  creadora. 

— El  poeta  empieza  por  recordar  la  actuación  his- 
tórica del  pueblo  griego,  sus  glorias  militares,  sus  sa- 
bios, sus  poetas  y  sus  artistas,  que  han  sido  para- 
digmas para  el  mundo  entero,  y  dice: 

«Allí  en  Atenas  3^  en  Esparta  el  templo 

Miré  do  florecían 

Las  ciencias  y  las  artes,  que  de  ejemplo 

Alguna  vez  al  mundo  servirían, 

Y  de  grandes  modelos.  ¡Gloria  á  Grecia! 

Clamó  mi  labio  de   entusiasmo  lleno, 

¡Gloria  sin  fin  al  ilustrado   Heleno!» 

Luego  describe  su  caída  bajo  el  poder  de  los  tur- 
cos, con  lenguaje  vibrante  de  indignación,  y  frase  tan 
expresiva  como  precisa  y  correcta,  dejándose  llevar 
con  entusiasmo  pindárico,  en  alas  de  su  fantasía,  por 
los  regiones  que  resplandecen  á  la  luz  del  incns  divi- 
nior  de  que  nos  habla  Horacio,  para  llorar  la  suerte 
de  aquel  gran  pueblo   y  auspiciar  su  nuevo  triunfo:, 

¡Ay!    ¿que  se    hicieron 
Siis  antiguas  hazañas?   ¿Como  pudo 
Apagarse  la  antorcha  luminosa 


LV 


Que  aun  hoy,  la  senda  del  saber  nos  muestra; 
La  antorcha  que,  en  otra  época  dichosa, 
Hizo  á  la   Grecia  universal  maestra? 
Todo,  todo  pasó.  ¿Mas,  por  ventura, 
La  sangre  que  heredaron 
Los  hijos  de  Milciades  y  Leónidas 
Sin  sublevarse  de  ira  entre  las  venas 
Consentirá  la  servidumbre  dura? 

— Describe  luego  la  lucha  entre  ambos  pueblos,  pin- 
tando la  ferocidad  turca  y  realzando  el  heroísmo  de 
los  griegos;  y  rápidamente,  prepara  el  desenlace,  con 
la  siguiente  estrofa  de  la  más  clásica  sobriedad: 

Y  mientras  horrendo  Marte 
Siembra  por  todo  el  funeral  estrago, 
Y  al  flamear   de  mortífero  estandarte 
La  ruina  truena  do  se  oyó  el  amago; 
Mientras  la  humanidad  despedazada 
Alza  el  clamor  á  la  celeste  esfera, 
Del  eterno  implorando  la  clemencia, 
¿Será  que  Europa  entera 
Tolerará  con  fría  indiferencia 
La  desastrosa  ruina 
De  los  hijos  de  Esparta  y  Salamina? 

A  nuestro  juicio,  esta  oda  de  Várela  basta  para 
consagrar  su  numen. 


IvVI 


FIvORENCIO   BALCARCE 


Florencio  Balcarce,  hijo  de  don  Antonio  González 
Balcarce,  el  vencedor  de  Suipacha,  nació  en  Buenos 
Aires  á  fines  del  año  1818,  y  murió  en  esta  misma 
ciudad  el  día  16  de  Maj'o  de  1839,  cuando  solo  con- 
taba 21  años  de  edad. 

Habiéndose  distinguido  desde  muy  niño  por  su  ta- 
lento y  carácter  bondadoso,  su  laboriosidad  y  contrac- 
ción al  estudio  le  dieron  puesto  de  preminencia  entre 
sus  condiscípulos  de  humanidades;  pero  habiendo  con- 
traído de  pronto  la  atroz  enfermedad  que  lo  llevó  á  la 
tumba,  en  busca  de  salud  decidió  ir  á  Europa,  embar- 
cándose á  bordo  del  «Philadelphe»  en  el  mes  Abril  de 
1837,  con  destino  á  Francia. 

Allí  vivió  al  lado  del  vencedor  de  Maipo  y  Chaca- 
buco,  del  general  San  Martín,  (gran  amigo  y  compa- 
ñero de  su  padre,  de  quién  había  sido  el  más  invicto 
jefe),  que  de  este  modo  se  veía  rodeado  en  su  retiro 
por  las  vanguardias  de  la  intelectualidad  de  la  patria 
que  su  brazo  había  libertado. 

Durante  los  dos  años  que  el  joven  Balcarce  estuvo 
en  París  continuó  sus  estudios  de  humanidades  en  la 
Sorbona,  y  puede  juzgarse  de  su  carácter  observador 
así  como  de  la  seriedad  de  sus  pensamientos  y  ocupa- 
ciones por  los  siguientes  párrafos  de  una  carta  suya 
á  su  condiscípulo  don  Félix  Frias,  fechada  el   29  de 


LVII 


Octubre  de  1837,  es  decir,  poco  tiempo  después  de  su 
arribo  á  la  clásica  ciudad  de  los  placeres.  «Querido 
Félix :  Cuando  reciba  Vd.  ésta  habrá  ya  tenido  el  gus- 
to de  pasar  su  examen,  y  con  su  sobresaliente  agre- 
gado á  la  media  docena  de  antes,  estará  disfrutando 
de  aquellas  vacaciones  que  dejan  tantos  recuerdos  y 
de  que  no  puede  gozar  su  amigo  hace  dos  años. 

Yo  continúo,  como  siempre  atacado  por  ciertas  ideas 
que  me  persiguen  ó  me  acompañan  según  la  época 
y  el  lugar  donde  estoy ;  durante  los  dos  meses  de  na- 
vegación estuve  embebido  en  los  sueños  del  provecho 
que  sacaría  de  mi  viaje:  me  subía  á  la  gabía  y  señala- 
ba en  un  pedazo  de  papel  la  marcha  que  iba  á  seguir 
en  mis  estudios  como  las  planillas  que  hacíamos  en 
la  clase  de  filosofía.  Un  mes  después  empecé  á  echar 
menos  á  mis  amigos,  cobré  odio  al  francés^  y  por  no  ha- 
blarlo me  pasé  días  enteros  sin  saludar  d  nadie  y  leyen- 
do d  gritos  en  español.  Cuando  me  fijé  en  París  estuve 
otro  mes  aturdido  sin  saber  á  que  dedicarme,  inten- 
tando aprender  á  un  tiempo  todo,  y  conociendo  que 
no  aprendía  nada.  En  fin,  desde  que  empezó  el  mes 
de  Octubre  me  ha  entrado  la  manía  con  los  exáme- 
nes de  Buenos  Aires.  De  día  me  envuelvo  hasta  los 
ojos  en  mi  capotón  y  me  paso  horas  enteras  pensando 
en  aquellas  reuniones  que  teníamos  para  prepararnos 
en  el  año  35,  en  aquellas  noches  que  nos  pasábamos 
en  vela  en  el  33,  discutiendo  sobre  el  nominativo  de 
persona  que  hace  y  nominativo  de  persona  que  pa- 
dece; en  aquellos  días  que  nos  pasábamos  oyendo  al 
bueno  de  don  Mariano  Guerra  que  comentaba  el  texto 


LVIII 


de  Sintaxis  grace  latina  constructio.  De  noche  no  me 
duermo  hasta  tarde  con  el  mismo  recuerdo,  que  unas 
veces  me  hace  reír  y  otras  me  entristece,  y  siempre 
me  distrae  de  todo  otro  pensamiento. 

Hace  algún  tiempo  que  empezaron  en  la  Sorbona 
los  exámenes  de  los  que  aspiran  al  grado  de  bachiller 
en  letras  y  tuve  el  gusto  de  asistir  á  ellos  dos  días  se- 
guidos. A  primera  vista  nada  corresponde  allí  á  la 
grandeza  de  la  idea  que  nosotros  nos  formamos  de  la 
o'niversidad  de  París.  En  la  sala  caben  á  penas  cin- 
cuenta personas,  y  la  mayor  parte  de  éstas  tienen  que 
permanecer  en  pié,  porque  seis  bancos  de  pino  que 
hay  están  ocupados  por  los  examinadores.  La  falta  de 
ventilación  hace  imposible  estar  allí  más  de  media 
hora,  y  los  mismos  examinadores  se  levantan  así  que 
hacen  sus  preguntas,  y  pasan  á  una  habitación  conti- 
gua. Yo  creo  que  han  calculado  bien  al  cerrar  los  bal- 
cones: si  el  aire  circulase  todos  los  asistentes  se  de- 
jarían estar  hasta  el  fin  de  los  exámenes ;  pero  obliga- 
dos á  salir  de  media,  en  media  hora,  pueden  entrar  los 
que  están  en  las  escaleras,  y  por  medio  de  esta  reno- 
vación se  suple  á  los  inconvenientes  de  la  falta  de  es- 
pacio, evitando  al  mismo  tiempo  los  de  una  concurren- 
cia numerosa.  La  sala  es  una  habitación  comi'm  en  el 
segundo  alto,  sin  más  adorno  que  un  estante  con  los 
libros  necesarios,  y  una  baranda  de  madera  que  la  di- 
vide en  dos  partes :  una  destinada  para  el  público,  es 
decir,  para  cincuenta  personas,  y  otra  para  los  exami- 
nadores. Esta  es  una  circunstancia  que  merece  notarse, 
porque  remedia  un  mal  que  entre  nosotros  casi  no  ha 


LIX 

fijado  la  atención.  Allá  el  estudiante  que  no  sabe  pue- 
de deber  á  su  oído  una  clasificación  superior  á  su 
mérito:  los  estudiantes  que  saben  tienen  la  ocasión 
de  auxiliar  á  sus  compañeros  desde  que  el  orden  es- 
tablecido les  facilita  los  medios  para  ello;  pero  aquí 
no.  En  primer  lugar,  los  examinadores  no  están  allá 
en  el  fondo  de  una  sala,  escondidos  en  sillones  de  ja- 
caranda,  ni  sobre  una  tarima  que  elevándolos  los  se- 
para de  los  estudiantes;  en  segundo  lugar,  el  que  se 
examina  está  en  medio  del  espacio  desocupado,  sen- 
tado contra  la  mesa,  como  en  una  conversación  fami- 
liar con  sus  jueces.  Así  se  le  inspira  confianza  quitán- 
dole todos  los  medios  de  fraude.  Cuanto  mayor  es  el 
aparato  con  que  se  presenta  el  tribunal,  menor  es  la 
confianza  en  el  que  va  á  ser  juzgado,  y  un  estudiante 
tiene  ya  en  la  importancia  de  un  examen  bastante 
motivo  para  turbarse  sin  necesidad  de  que  la  tarima 
y  las  sillas  y  la  campanilla  vengan  á  aumentar  su  con- 
fusión, aumentando  la  distancia  que  hay  de  él  á  los 
jueces.  Además,  los  concurrentes  agrupados  sin  orden, 
en  la  parte  de  la  sala  que  tienen  destinada,  no  dejan 
ni  el  recurso  de  poner  un  amigo  en  un  lugar  fijo  para 
que  hagan  signos  en  los  casos  de  apuro.  Los  examina- 
dores lejos  de  mostrar  empeño  en  hacer  ver  la  ignoran- 
cia del  joven  que  examinan,  parecen  más  bien  amigos 
interesados  en  hacerle  salir  con  lucimiento.  Aquí  está 
la  verdadera  superioridad  sobre  nosotros.  Vd.  debe  ha- 
ber observado  que  tenemos  examinador  que  cree  com- 
prometida su  reputación  si  sus  preguntas  no  presentan 
dificultades  insuperables,  y  que  goza  como  de  haber 


LX 


alcanzado  un  triunfo  cuando  consigue  confundir  á  un 
estudiante.  El  grado  de  bachiller  en  letras  es  necesario 
para  obtener  matrícula  en  las  aulas  de  derecho,  así 
como  el  de  bachiller  en  ciencias  para  las  de  medicina. 
De  este  modo  se  reduce  el  número  de  los  abogados  y 
médicos  dando  solo  entrada  á  los  que  tienen  los  cono- 
cimientos elementales  necesarios.  Vea  Vd.  de  cuanta 
utilidad  sería  entre  nosotros  un  artículo  semejante. 
Pero  á  nadie  se  le  pasa  por  la  imaginación  preguntar 
si  los  estudios  han  sido  hechos  en  la  Universidad  ó  en 
la  orilla  del  río :  solo  es  necesario  presentar  certifica- 
dos de  haber  seguido  un  curso  de  filosofía  por  un  año 
en  su  casa  ó  en  un  colegio  establecido,  con  el  objeto 
de  evitar  las  consecuencias  de  los  estudios  precipita- 
dos. Los  jóvenes  admitidos  deben  tener  más  de  diesi- 
seis  años,  artículo  que  unido  con  el  del  examen,  hu- 
biera impedido  en  Buenos  Aires  la  admisión  ridicula 
de  U.  .  .en  la  clase  de  derecho.  Las  materias  del  exa- 
men son:  traducción  griega,  entre  veinte  obras  dis- 
tintas ;  traducción  latina,  entre  otras  tantas ;  retórica, 
historia  antigua,  de  la  edad  media,  y  moderna;  geo- 
grafía id ;  filosofía,  matemáticas  elementales,  física, 
química  y  astronomía.  Todas  estas  ciencias  están  di- 
vididas en  tres  series  de  cuestiones,  numeradas  éstas 
desde  uno  hasta  ciento.  En  el  momento  de  presentar- 
se un  estudiante  á  examen,  el  secretario  revuelve  en 
una  urna  cincuenta  bolitas  con  los  mismos  números, 
y  saca  una  de  ellas  que  indica  todas  las  cuestiones  á 
que  debe  responder  el  estudiante.  Por  ejemplo,  el  nú- 
mero 5°,  indica  la  5-'  cuestión  de  retórica,  la  5^  de  his- 


LXI 


tona  y  la  5^  de  la  3=^  serie,  que  comprende  la  filosofía, 
las  matemáticas,  etc.  Hay  un  examinador  para  cada 
serie,  además  del  de  latín  y  griego;  pero  todos  pueden 
exigir  explicaciones  al  estudiante  sobre  sus  respuestas. 
Esto  permite  que  un  examinador  se  retire  concluyen- 
do sus  preguntas,  sin  que  su  ausencia  perjudique,  por- 
que su  voto  solo  recae  sobre  un  ramo.  Aunque  cada 
uno  de  ellos  podría  examinar  sobre  todas  las  materias 
exigidas,  á  mi  modo  de  ver  se  prefiere  con  razón,  que 
cada  uno  se  limite  á  cuestionar  sobre  la  ciencia  á  que 
se  ha  consagrado  especialmente.  Un  individuo  que  po- 
see á  fondo  un  ramo  de  los  conocimientos  se  expresa 
naturalmente  con  más  claridad,  abunda  más  en  cues- 
tiones, 5^  las  dirije  á  los  puntos  que  la  experiencia  le 
ha  señalado  como  más  importantes.  Vd.  recordará  á 
este  respecto  la  diferencia  que  encontrábamos  entre 
las  preguntas  de  Masotti  ó  de  Alcorta  y  de  don  Igna- 
cio Ferros,  entre  las  de  Alsina  y  las  del  Rector,  ó  de 
Venegas.  Todos  los  examinadores  son  aquí  hombres 
distinguidos,  nombrados  ad  hoc  por  el  IMinistro  de  Ins- 
trucción Pública.  En  cuanto  á  su  integridad  como  jue- 
ces, Vd.  juzgará  por  lo  que  voy  á  decirle.  He  presen- 
ciado los  exámenes  de  quince  estudiantes,  entre  los 
cuales  uno  solo  ha  sabido  responder  á  todas  las  cues- 
tiones, y  uno  á  ninguna.  En  nuestra  Universidad  se 
hubiera  satisfecho  al  reglamento  poniendo  al  primero 
la  clasificación  de  sobresaliente  y  reprobado  al  segun- 
do. Clasificaciones  que,  anunciadas  por  escrito,  habrían 
dado  crédito  al  uno  y  hecho  perder  la  vergüenza  al 
otro.  Este  inconveniente   es   evitado  aqui  dando  un 


LXI[ 


carácter   entre   privado  y  público,  pero   terrible,  á  la 
clasificación. 

Los  asistentes  forman  un  auditorio  reducido  al  nú- 
mero necesario  para  dar  solemnidad  al  acto.  El  que 
respondió  bien  fué  elogiado  sucesivamente  por  los 
jueces,  presentado  como  un  ejemplo  á  los  otros,  é  in- 
citado á  estudiar  para  no  descender  de  la  considera- 
ción á  que  en  aquel  momento  se  elevaba:  el  que  no 
supo  fué  reprendido  enérgicamente  por  haber  osado 
presentarse  ante  un  tribunal  como  aquel,  sin  estar 
preparado;  se  le  pintó  el  porvenir  de  un  ignorante 
en  la  sociedad  actual;  la  influencia  que  el  crédito  ad- 
quirido en  la  edad  temprana  ejerce  sobre  el  resto  de 
la  vida;  y  se  le  incitó  á  estudiar  para  borrar  la  mancha 
que  aquel  examen  echaba  sobre  su  reputación.  Todos 
estos  elogios  y  amonestaciones  siguen  inmediatamen- 
te á  la  respuesta  del  estudiante  porque  los  jueces 
no  tratan  de  encubrir  su  voto.  Están  convencidos  de 
que,  desde  aquella  mesa  preparan  el  porvenir  del  país ; 
son  en  cierto  modo  responsables  de  los  errores  y  de 
las  injusticias  cometidas  por  los  magistrados  futuros  ; 
y  deben  además,  por  respeto  al  mérito  presente,  esta- 
blecer una  total  separación  entre  el  saber  y  la  igno- 
rancia. Pero  dejemos  á  un  lado  la  dignidad  de  los 
examinadores  para  que  mi  carta  no  degenere  en  plá- 
tica. De  los  quince  estudiantes  de  que  iba  hablando, 
seis  fueron  reprobados,  ocho  admitidos  con  una  clasi- 
ficación equivalente  á  nuestro  bueno,  y  uno  elogiado, 
que  nosotros  llamaríamos  sobresaliente.  El  resultado 
de  esta   visita  mía  á  la  Universidad  fué  el  proyecto 


0 

Lxiir 


que  formé  y  en  que  persisto,  de  dar  mis  exámenes 
para  bachiller.  Ya  ve  \á.  que  tengo  adelantada  la 
charla  para  merecer  el  título.  He  tomado  mi  proyec- 
to con  tanto  empeño  que  en  veinte  dias  he  estudiado 
la  historia  Antigua,  á  escepción  de  Roma;  un  largo 
período  de  la  Edad  .Media,  la  astronomía  elemental; 
una  parte  de  la  geografía  descriptiva  moderna,  y  es- 
toy haciendo  temas  griegos  como  si  dentro  de  algu- 
nos meses  hubiera  de  ir  á  conversar  con  Homero  y 
Platón.  Afortunadamente  yo  tenía  ideas  anteriores  so- 
bre todo:  el  trabajo  se  ha  reducido  á  metodizarlas,  y 
si  tuviera  un  maestro  habría  adelantado  tres  meses 
más.  Este  proyecto  lleva  ya  trazas  de  duradero:  yo 
conozco  palpablemente  lo  que  adelanto,  y  dentro  de 
seis  meses  pienso  hallarme  en  estado  de  pedir  mi  di- 
ploma de  Bachiller.  Las  vacaciones  me  favorecen  has- 
ta ahora.  Cuando  la  Universidad  se  habrá,  á  mediados 
del  entrante,  tendré  menos  tiempo  para  consagrar  á 
este  trabajo.  Como  estoy  incierto  del  tiempo  que  debo 
permanecer  aquí,  no  quiero  perder  las  lecciones  de 
derecho  de  gentes  y  economía  política  que  me  servi- 
rán notablemente  en  Buenos  Aires.  Escribo  á  Vd.  tan 
circunstanciadamente  sobre  la  Universidad  porque  su- 
pongo que  todo  lo  que  tiene  relación  con  ella  le  in- 
teresa tanto  como  á  mí.  Cuando  los  cursos  empiecen 
le  daré  razón  del  régimen  interior  del  establecimien- 
to. IvOS  medios  que  tienen  aqui  los  estudiantes  para 
instruirse  son  tantos,  que  llegan  al  exceso.  Hay  puen- 
tes alfombrados,  en  toda  la  parte  que  no  huellan  las 
carretas,   de  libros  usados   que  compra  uno  por  una 


LXIV 


friolera,  si  no  pone  en  cuenta  el  tiempo  que  emplea 
en  revolverlos  y  buscar  lo  que  necesita,  porque  el 
chalan  nunca  sabe  las  obras  que  tiene:  hay  además 
miles  de  librerías  en  que  alquilan  obras  por  tomo  ó 
por  mes:  en  todas  las  calles  hay  gabinetes  de  lectura^ 
donde  por  cinco  francos  mensuales  lee  uno  las  gace- 
tas francesas  y  muchas  veces  también  las  italianas  y 
españolas  ó  inglesas:  las  obras  recién  publicadas  y  las 
clásicas  todas.  Hay  gabinetes  hasta  de  30.0000  volú- 
menes, con  su  museo  de  anatomía,  un  laboratorio  de 
física,  etc.  Hay  además  cinco  grandes  bibliotecas  pú- 
blicas entre  las  cuales  están  distribuidos  dos  millones 
de  volúmenes  impresos  y  cien  mil  manuscritos.  En 
cuanto  á  las  láminas  para  los  que  cultivan  el  dibujo, 
la  biblioteca  real,  solamente,  posee  quince  millones. 

Hay  además  Museos,  de  medicina,  de  marina,  de 
artillería,  de  escultura,  de  arquitectura,  pintura,  etc., 
etc.  A  propósito  de  pintura,  se  me  olvidaba  decirle 
que  me  lie  hecho  concurrente  infalible  á  los  Museos 
del  Louxembourgo  y  del  Louvre,  los  domingos,  que 
son  los  días  de  entrada  pública.  Antes  me  reía  yo  de 
la  pintura  como  de  la  música:  ahora  me  detengo  un 
cuarto  de  hora  delante  de  cada  cuadro,  porque  des- 
cubro la  relación  más  íntima  entre  la  pintura  y  la 
poesía,  en  que,  de  paso,  siempre  meto  mi  cucharada. 
Pero  la  pintura  no  existe  entre  nosotros » 

¿No  parece  que  está  hablando  un  hombre  viejo  en 
esta  carta? 

Balcarce  publicó  sus  primeros   versos   en  Monte\i- 


LXV 

deo  el  año  1833,  cuando  todavía  no  era  más  que  un 
niño;  y  sin  embargo,  su  aparición  en  el  escenario  de 
las  letras  fué  saludada  y  festejada  con  todos  los  allia- 
gos  de  una  consagración  unánime. 

Florencio  Várela,  otro  espíritu  brillante  y  poeta 
como  él,  batallador  de  las  filas  del  periodismo  contra  la 
tiranía  que  desolaba  á  la  patria,  y  por  tal  causa  expa- 
triado en  la  vecina  repiiblica,  en  donde  seguía  escri- 
biendo y  combatiendo  á  la  situación  argentina  desde 
las  columnas  del  «Iniciador»,  saludó  al  novel  favorito 
de  las  musas  con  las  siguientes  palabras:  «Dn.  Flo- 
rencio Balcarce  aparece  ahora  en  la  excena  literaria 
para  ocupar  después  un  lugar  muy  distinguido  entre 
los  poetas  argentinos.  Cuenta  pocos  años,  y  sería  una 
injusticia  no  reconocerle  ya  acreedor  á  aquel  título 
tan  difícil  de  merecer.  En  las  dos  únicas  composicio- 
nes suyas  que  hemos  tenido  la  fortuna  de  ver:  «La 
partida»  y  «La  Canción  á  las  hijas  del  Plata»,  se 
descubren  ya  todas  las  dotes  del  verdadero  poeta: 
corazón  muy  sensible,  imaginación  ardiente,  inspira- 
ciones elevadas,  abundancia  y  propiedad  de  imágenes, 
colores  naturales,  animados,  vivísimos,  gala  de  dicción, 
pureza  de  lenguaje,  y  un  estilo  lleno  de  lozanía  y  de 
soltura,  capaz  de  prestarse  á  todas  las  entonaciones.» 

— A  pesar  de  haber  sido  tan  corta  su  vida,  la  obra 
literaria  de  Balcarce  es  bastante  importante  y  consi- 
derable, para  asegurarle  imperecedero  recuerdo  en  la 
historia  de  las  letras  argentinas. 

Se  citan  con  eiogio:  varios  discursos  filosóficos  su- 
yos; una  traducción  muy  buena  de   la  obra  filosófica 


LXVI 


de  Larromiguiere;  una  novela  sobre  asunto  de  carác- 
ter nacional,  y  una  elegante  traducción  de  Catalina 
Howard. 

En  las  poesías  de  Balcarce  campea  un  espíritu  nue- 
vo, y  revelan  un  carácter  distinto  y  una  cultura  muy 
diferente  á  la  de  los  poetas  anteriores. 

Primicia  de  una  juventud  bizarra,  bañada  en  las 
auras  de  la  gloria  con  que  sus  padres  bajaron  á  la 
tumba,  é  iluminada  en  su  camino  por  el  sol  de  liber- 
tad que  le  dejaron  alzado  sobre  el  cielo  de  la  patria: 
primer  retoño  de  una  civilización  retardada  por  el 
largo  proceso  de  la  campaña  emancipadora  y  luego, 
expuesta  á  los  más  desastrosos  contrastes  por  las  ra- 
chas de  la  anarquía:  pero,  fruto  de  amor  de  una  raza 
inteligente  y  noble:  soñadora  por  aspiración  ingénita 
á  todo  lo  grande:  gentil  por  tradición,  por  hábito  de 
no  ceder  sino  ante  la  gracia  de  una  dama  ó  la  des- 
gracia de  un  desdichado:  apenas  soltó  la  espada  y 
volvió  sobre  sí  misma  la  atención  de  sus  desvelos,  de- 
dicándose á  instruirse  en  las  universidades  y  á  traba- 
bajar  su  inmenso  patrimonio,  abandonando  el  dejo 
de  la  civilización  colonial,  se  revela  con  todos  los  ca- 
racteres de  su  temperamento  propio:  y  dejando  de 
lado  las  famosas  invocaciones  mitológicas  de  que  tanto 
uso  hacían  los  poetas  de  entonces,  nos  habla  de 
su  Dios,  de  su  patria,  de  su  río  y  de  sus  hijas,  sus 
gracias  }•  sus  amores. 

Su  entonación  es  más  firme,  su  voz  más  fresca,  su 
expresión  más  pura,  y  su  estro  tiene  palpitaciones  de 
numen  puramente  argentino;  ideas  de  civilización  ar- 


LXVII 


gentinas;  y  entusiasmos  y  alegrías  que  son  reflejos  de 
la  vida  de  un  país,  en  donde;  alienta  sus  esperanzas 
cantando  la  fé  de  sus  mayores,  como  lo  hace  en  la 
poesía  á  Víctor  Silva;  festeja  la  belleza  y  donaire  de 
sus  compatriotas  «I^as  hijas  del  Plata»,  ansiando  sus 
amores;  admira  al  criollo,  al  paisano,  que  es  el  hijo 
de  las  pampas,  cantando  sus  proezas  en  las  hermosas 
estrofas  de  «El  cigarro»;  y  se  goza  en  la  celebración 
de  tipos  populares  característicos,  poniendo  de  relieve, 
con  verdadero  amor  de  poeta,  la  estrafalaria  silueta 
de  uno  de  los  parroquianos  más  simpáticos  de  la  na- 
ciente metrópoli:  el  lechero;  y  gime,  noble,  viril  y  al- 
tivo, bajo  la  pesadumbre  de  su  fin,  que  comprende 
cercano,  preguntándose  á  sí  mismo,  en  medio  de  los 
entusiasmos  de  un  ensueño  en  que  aparece  como  feliz 
vidente  del  grandioso  futuro  de  la  repúlica: 

Y  aquella  corona  que  yace  marchita, 

Con  dos  ó  tres  hojas  de  tierno  laurel, 

¿A  quien  pertenece  que  el  mundo  no  habita? 

A  alguno  que  el  cielo ....  ¡I^a   mía  es  talvez! 

para  exclamar,  lleno  de  ansias  que  lo  colocan  al   ni- 
vel de  los  que  más  hicieron  por  su  progreso: 

¡Oh  Patria,  si  nada  tu  gloria  me  debe, 
Jamás  tu  destino  del  hombre  pendió: 
Yo  he  sido  una  gota  del  agua  que  llueve. 
Perdida  en  la  noche  que  el  polvo  bebió. 

La  crítica  de  dentro  y  fuera  del  país  ha  tenido 
siempre  las  más  elogiosas  frases  para  nuestro  joven 
compatriota,  incluyéndole  con  unánime  aplauso  entre 
sus  mejores  poeta*?. 


LXVIII 

Don  José  María  Torres  Caicedo  dice,  entre  otras 
cosas  lo  siguiente,  hablando  de  la  poesía  «Adiós  á  la 
patria»:  <E1  bardo  se  sentía  enfermo,  se  alejaba  de 
sus  hogares,  á  los  que  solo  debía  volver  para  dejar  de 
ser,  y  exhalaba  triste  y  resignado  su  hermoso  canto, 
como  los  últimos  que  es  fama  alza  el  cisne  próximo 
á  morir.  Ese  canto  es  triste,  sí,  como  un  suspiro,  y 
sublime  como  una  plegaria.  Recordando  el  poeta  que 
su  patria  estaba  subyugada  por  un  sanguinario  tira- 
no, entonaba  valientes  estrofas,  que  hacen  noble  con- 
traste con  las  que  le  preceden  y  las  que  le  siguen. 

El  más  ilustre  mantenedor  del  prestigio  de  las  le- 
tras nacionales,  nuestro  gran  crítico  D.  J.  M.  Gu- 
tiérrez ha  salvado  á  las  poesías  de  Balcarce  del  dédalo 
de  las  columnas  de  los  periódicos  en  que  aparecieron, 
legándolas  al  cariñoso  aprecio  de  la  patria  en  un  to- 
mito  de  140  pgs.,  publicado  en  1869,  con  una  biogra- 
fía hecha  por  él  y  recopilación  de  artículos  necroló- 
gicos, de  cuya  edición  hay  un  ejemplar  en  la  Biblio- 
teca Nacional. 


LUIS  L.    DOMÍNGUEZ 


Don  Luis  L.  Domínguez  nació  en  Buenos  Aires,  en 
el  mes  de  Febrero  de  1819  (i).  Como  todos  los  hom- 


(ij  El  Diccionario  Enciclopédico  Hispano  Americano,   dá  como  fecha  del 
nacimiento  el  año  iSio. 

Sin  duda  el  error  proviene  de  haberse  tomado  el   dato  de  la  obra    de  D. 
José  María  Torres  Caicedo,    sin  reparar    que    el    error  es  evidente,  puesto 
que,  si  el  señor  Domínguez  publicó  sus  primeros  versos  el  año  1839,  cuando, 
solo  contaba  20  años  de  edad,  no  ha  podido  nacer  en  i8io,   sino  en  1819. 


LXIX 

bres  de  su  generación  y  de  su  mérito  que  no  dobla- 
ron la  cerviz  ni  á  los  halagos  ni  á  las  persecuciones 
de  la  tiranía,  Domínguez  vivió  expatriado  en  la  ve- 
cina República  del  Uruguay,  al  lado  de  sus  parientes 
y  amigos  carísimos  D.  Juan  de  la  Cruz  y  D.  Floren- 
cio Várela,  colaborando  desde  muy  joven  en  la  re- 
dacción de  El  Correo. 

Tenía  20  años  cuando  publicó  su  primera  poesía 
«A  Orillas  del  Dacá»,  allá  por  los  primeros  meses  del 
año  1839;  y  en  1847,  redactaba  con  los  Várela  el  fa- 
moso diario  El  Comercio  del  Plata  honor  de  las  letras 
y  terror  del  despotismo  en  las  dos  orillas  del  Plata. 

Soportó  el  sitio  de  Montevideo  combatiendo  con  la 
espada  y  con  la  pluma,  ocupado  algunas  veces  en  el  co- 
mercio, dedicado  otras  á  estudios  históricos  y  literarios 
que  le  han  valido  justo  renombre,  y  escribiendo  ver- 
sos, muchos  de  los  cuales  han  quedado  sin  conocerse, 
porque  su  modestia  los  negaba  á  la  publicidad,  si- 
guiendo el  precepto  Horaciano  de  dejar  que  el  tiem- 
po modifique  nuestro  juicio  sobre  las  producciones  de 
nuestra  propia  inteligencia. 

En  aquella  célebre  epopeya  que  duró  más  de  siete 
años,  cuyos  rasgos  más  hermosos  y  característicos  no 
han  sido  todavía  separados  por  el  análisis  histórico 
del  block  informe  de  la  política,  para  tallar  el  brillante 
de  la  estructura  social  en  cuyo  medio  ambiente  se 
produjeron  tan  hondas  perturbaciones;  en  aquella  época 
en  que  una  gran  parte  déla  juventud,  social  é  intelec- 
tualmente  más  representativa  de  este  país,  vivió  asi- 
lada en  el  extranjero,  peleando  detrás  de  las  barricadas 


x,xx 


levantadas  en  las  calles  de  la  hospitalaria  Alontevideo, 
contra  la  barbarie  representada  por  el  sanguinario 
satélite  de  Rozas,  el  iracundo  Oribe,  y  en  que,  á  pesar 
de  todas  las  fatigas  y  privasiones  consiguientes  á  la 
situación  que  soportaban,  vivieron  haciendo  gala  de 
su  talento  y  su  cultura,  siendo  ellos  el  elemento  prin- 
cipal de  las  tertulias  sociales  para  las  bellas  urugua- 
yas, los  soldados  más  bravos  en  las  filas  avanzadas 
de  la  guerra,  las  plumas  mejor  cortadas  de  las  polé- 
micas de  sus  diarios,  y  los  pechos  más  nobles  y  ani- 
mosos en  la  mente  y  en  el  entusiasmo  de  su  invic- 
to jefe,  el  general  argentino  don  José  María  Paz, 
aquellos  hombres  excepcionales  encontraban  toda- 
vía tiempo  para  solazar  su  espíritu  en  continuos  co- 
loquios con  las  musas  ;  y  en  medio  de  los  combates, 
las  zozobras  y  vigilias  de  los  asaltos,  celebran  certá- 
menes poéticos,  dignos  por  su  forma  y  sus  circuns- 
tancias de  haber  sido  ellos  mismos,  cantados  por 
Homero. 

En  aquella  célebre  justa  literaria  celebrada  en  con- 
memoración del  25  de  Mayo  de  1841,  el  jurado  daba 
su  fallo  con    las   siguientes  palabras,  adjudicando  un 

premio  accessit: 

«Sigúela  de  cerca,  y  casi  le  rivaliza  en  mérito  la 
que  lleva  por  divisa  estas  palabras  del  Abate  La  ]\Ien- 
nais:  «La  libertad  es  la  gloria  de  los  pueblos»,  pro- 
ducción que  pertenece  al  señor  don  Luis  Domínguez, 
según  la  señal  de  reconocimiento  que  ha  presentado. 
■  Si  esta  pieza  no  alcanzó  á  la  majestad  y  altura  de  la 
que  precede,  no   se  le  puede  disputar  una  concepción 


LXXI 

vasta  y  feliz,  un  plan  acertadamente  distribuido,  fe- 
cundidad de  ideas,  entonación  elevada,  correctísima 
elocución  y  pasajes  que  revelan  el  genio  del  poeta. 
No  es  posible,  hablando  de  ella,  dejar  de  recordar  las 
estancias  que  le  dan  principio,  el  anatema  que  fulmina 
contra  los  tronos  que  usurpan  en  la  tierra  la  majestad 
del  trono  único  y  eterno  que  el  poeta  reconoce,  y  el 
tributo  que  paga  á  los  grandes  capitanes  de  la  Re- 
volución». 

Elogios  mucho  mas  entusiastas,  han  recibido  las 
poesías  del  señor  Domínguez  de  la  crítica  extranjera. 

García  del  Río  lo  incluye  en  la  galería  de  poetas, 
de  su  Museo  de  Ambas  A?u ericas;  y  dice  de  él,  que, 
tiene  todas  las  cualidades  de  un  vate  de  primer  orden. 

Don  José  María  Caicedo  (i)  dice:  «A  los  amantes 
de  las  Musas  se  les  puede  decir,  al  hablar  de  las  poe- 
sías de  Domínguez: 

Nochirna   vej'sate   maini,   vérsate  dmrna 

Después  de  la  caída  de  Rozas,  Domínguez  vol- 
vió á  la  patria  y  desempeñó  varios  altos  cargos  pú- 
blicos. Varias  veces  fué  electo  miembro  del  Congreso 
Nacional  y  de  la  Legislatura  de  la  Provincia  de  Bue- 
nos Aires;  desempeñó  la  cartera  de  Hacienda,  y  re- 
presentó después  al  país  como  Ministro  acreditado 
ante  varios  estados  de  América  y  Europa. 

En  unión  con  el  doctor  don  Félix  Frías  fundó  «El 
Orden»,  que  era  uno  de  los  diarios  de  más  prestigio 
en  su  tiempo. 


(i)     «Ensayos  Biográficos  y  de  Crítica  Literaria»  aa  Serie,  pág.  265. 


LXXII 

El  señor  Domínguez  es  también  muy  celebrado 
como  jurisconsulto  y  como  historiador,  habiendo  des- 
graciadamenie  dejado  inconclusa  su  «Historia  Argen- 
tina», editada  por  primera  vez  el  año  1848,  por  las 
prensas  del  «Comercio  del  Platas. 


JOSÉ  MARÍA   CANTILO 


Nació  en  Buenos  Aires,  el  14  de  Diciembre  de  18 16. 
Como  poeta,  ha  sido  incluido  por  el  señor  Gutiérrez 
en  su  «América  poética»,  y  en  la  nota  biográfica  con 
que  lo  precede  nos  dice  solamente  que,  cultivaba  des- 
de niño  un  ramo  importante  de  las  ciencias  naturales. 

Cantilo  era  profesor  de  Farmacia.  Sus  vinculacio- 
nes con  el  mundo  universitario  lo  hicieron  sospechoso 
á  los  ojos  de  la  mazorca;  y  para  evitarse  alguna  vio- 
lestia^  de  las  que  entonces  se  usaban  para  con  los  íi7ii- 
tarios^  el   año  40  emigró  á  Montevideo. 

Publicó  numerosas  poesías  que  solía  no  firmar,  ó 
firmaba  solamente  con  sus  iniciales,  algunas  de  las 
cuales  figuran  en  el  Cancionero  Argén  fino  y  en  los 
Cantos  á  Mayo.  Falleció  en  Buenos  Aires  el  año  1872. 


antología 

(tomo    V) 


ESTEBAN     ECHEVERRÍA 


ELVIRA  Ó  LA  NOVIA  DEL    PLATA 

AL   DR.   JOSÉ    MARÍA   FONSECA 

Ven,  Himeneo,  ven.    Ven  Himeneo, 

Moratin. 
This  said  that  some   have  died  for  love. 
Wordiivorth. 


Belleza  celestial  y  encantadora; 
Inefable  deidad  que  el  mundo  adora, 
Que  dominas  el  orbe  y  das  consuelo, 
Inspirando  con  pecho  generoso 
El  sentimiento  tierno  y  delicioso 
Que  prodigóte  el  cielo 

Ora  te  invoco :  favorable  inspira 
El  canto  melancólico  á  mi  lira, 

De  amor  y  de  ternura, 
Y  un  nuevo  lauro  á  mi  triunfal  corona. 
La  beldad  ciña  numen  de  Helicona 

De  mirto  y  rosa  pura. 


ANTOI.OGIA 

Alza  gozoso  tú,  casto  Himeneo, 

Y  halagüeño  el  semblante,  que  ya  veo 

A  tus  humeantes  aras 
Con  rubor  acercarse,  tierna  y  bella, 
A  consagrarse  tímida  doncella 

De  amor  primicias  caras. 

Cándidos  y  amorosos  corazones. 

En  tu  altar  sacrosanto  nunca  dones 

Más  puros  ofrecieron. 
Para  volver  á  tu  deidad  propicia, 

Y  del  tálamo  dulce  la  delicia 

Gozar  que  pretendieron. 


II 


La  aureola  celestial  de  virgen  pura, 
El  juvenil  frescor  y  la  hermosura, 
lyos  encantos  de  Elvira  realzaban. 
Dando  á  su  amable  rostro  un  poderío, 
Que  encadenaba  luego  el  albedrío. 
De  cuantos  la  miraban. 

Sus  ojos  inocencia  respiraban, 
Y  de  su  pecho  solo  se  exhalaban 

Inocentes  suspiros, 
Hijos  del  puro  y  celestial  contento. 
Que  de  las  dulces  ansias  vive  exento 

Del  amor  y  sus  tiros. 


# 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA 

Mas  vio  á  Lisardo  y  palpitó  su  pecho 
De  extraña  agitación,  y  satisfecho 

Se  gozó  enardecido, 
Cuando  de  amor,  arder  la  viva  llama 
Que  con  dulce  deleite  nos  inflama, 

Sintió,  no  apercibido. 

Como  la  planta  que  al  Favonio  aspira. 
Que  en  torno  de  ella  regalado  gira, 

Nueva  existencia  siente. 
Así  lyisardo  al  ver  de  su  querida 
El  amante  cariño,  nueva  vida 

Sintió  en  su  pecho  ardiente: 

El  noble  orgullo  dominó  su  alma 
Del  que  adornado  de  triunfante  palma 
Se  avanza  entre  despojos, 

Y  un  mundo  de  risueñas  ilusiones, 
De  esperanzas  felices  y  ambiciones, 

Se  reveló  á  sus  ojos. 

La  juventud  es  tierna  y  persuasiva, 

Y  fácilmente  con  amor  cautiva 

La  beldad  inocente. 
Cual  céfiro  apacible  con  su  arrullo 
Halagando  á  la  rosa,  en  su  capullo 

Meliflua  y  dulcemente. 

Así  el  amor  el  sentimiento  inspira, 

Y  así  Lisardo  el  corazón  de  Elvira 

Poseyó  satisfecho : 


antología 

Amáronse,  y  creciendo  su  ternura 
Apuraron  delicias  de  ventura 
Con  inocente  pecho. 

Así  pasaron  en  amantes  juegos 
Largo   tiempo  felices,  y  sus  fuegos 

Y  su  pasión  crecieron. 
Uno  era  su  sentir,  y  cual  hermanas, 
Con  inefable  hechizo,  soberanas 

Sus  dos  almas  se  unieron. 

III 

Tu  serás  mia, 
Tierno  decía 
Lisardo  á  Elvira; 
Aunque  el  destino 
Cierre  el  camino 
De  mi  ventura, 
La  pura  llama 
Que  al  sol  inflama. 
Antes,  Elvira, 
Que  mi  ternura 
Se  estinguirá. 
Serás  mi  esposa, 
Y  el  Himeneo 
Nuestro   deseo 
Satisfará ; 

Que  aunque  el  destino 
Cierre  el   camino 
De  mi  ventura. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 

La  llama  pura 
De  mi  tertura. 
No  estinguirá 

IV 

Así  Lisardo  de  su   dulce  amio-a 
La  esperanza  halagüeña  alimentaba, 

Y  con  ardua  fatiga 

El  campo  de  las  ciencias  exploraba, 
Para  volver  al  hado  mas  benigno, 

Y  arrancando  un  favor  á  la  fortuna 
Que  contraria  le  fué  desde  la  cuna. 
De  su  mano  y  amor  hacerse  digno. 
En  tanto  una  mirada  de  sus  ojos, 
De  su  boca  risueña  un  dulce  beso 
Hurtado  á  la  inocencia  entre  sonrojos, 
Aligeraban  de  su  afán  el  peso, 

Y  llenaban  su  ardiente  fantasía 
Con  la  imagen  feliz  y  encantadora 
Del  venturoso  día 

En  que,  triunfando  su  pasión  constante 

Del  ingrato  destino, 

Apurase  en  el  tálamo  divino 

Las  caricias  y  halagos  de  su  amante. 

v. 

Era  de  primavera  un  bello  día. 

Cuando  el  sol  en  la  esfera 

Mas  rutilante  y  magestuoso  impera, 


lo  antología 

Cuando  el  campo   se  viste  de  verdura, 

Y  risueña  y  brillante  la  natura, 
Ostentando  su  fuerza  y  lozanía, 
Nos  convida  al  placer  y  la  alegría. 
En  el  jardín  ameno 

Que  vio  nacer  sus  plácidos  amores, 
Respirando  el  aroma  de  las  flores, 

Y  á  la  sombra  sentada 
De  una  fresca  enramada, 
Elvira  recorría  en  su  memoria 
La  deliciosa  historia 

De  sus  amores,  y  la  vez  primera, 
Día  también  de  riente  primavera. 
En  que  á  Lisardo  vio  y  estremecida 
Se  sintió  palpitante 
Su  corazón  amante; 

Y  en  tan  dulces  recuerdos  embebida 
De  gozo  suspiraba, 

Y  su  angélico  rostro  se  animaba, 
Mostrándose  mas  bello 

Con  el  fugaz  destello 

Del  júbilo  que  en  su  alma  rebosaba; 

Mas  vagó  de  repente 

En  su  risueña  mente 

Como  triste  y  fatal  presentimiento; 

Oscureció  el  pesar  su   alegre  frente, 

Y  así   cantó  con  melodioso  acento : 

VI 

Creció  acaso   arbus'  ,  tierno, 
A  orillas  de  uf.  manso  no, 


# 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA  II 

Y  SU  ramaje  sombrío 
Muy  ufano  se  extendió: 
Mas,  en  el  sañudo  invierno 
Subió  el  río  cual  torrente, 

Y  en  su  túmida  corriente 
El  tierno  arbusto  llevó. 

Reflejando  nieve  y  grana 
Nació,  garrida  y  pomposa, 
En  el  desierto  una  rosa 
Gala  del  prado  y  amor; 
Mas  lanzó  con  furia  insana 
Su  soplo  inflamado  el  viento, 

Y  se  llevó  en  un  momento 
Su  vana  pompa    y  frescor. 

Así  dura  todo  bien ; 
Así  los  dulces  amores. 
Como  las  lozanas  flores. 
Se  marchitan  en  su  albor; 

Y  en  el  incierto  vaivén 
De  la  fortuna  inconstante, 
Nace  y  muere  en  un  instante 
La  esperanza  y  el  amor. 

VII 

Cuando   el  triste  infortunio  nos  amaga, 
Su  imagen  melancólica  divaga 
Cual  sombrío  fantasma  ante  los  ojos, 
Y  como  si  temiera  sus  enojos, 


12  antología 

A  su  pesar  el  corazón  empieza 
A  presentir  el  mal  en  la  tristeza. 
Así  pensó,  Lisardo,  que  escuchaba 
Con  asombro  y  encanto 
De  Elvira  el  triste  canto; 

Y  acongojado  y  con  inciertos  pasos 
A  consolar  su  pena  se  acercaba: 

Mas  violo  Elvira  y  se  arrojó  en  sus  brazos, 
Hechizadas  sus  bocas  se  encontraron, 
De  júbilo  sus  pechos  palpitaron, 

Y  en  deliquios  de  amor,  dulces  abrazos, 
Mundo,  pesar,  temor,  todo    olvidaron. 
¿Quién  á  mi  lira,  ó  á  mis  versos  diera 
La  fragancia  amorosa  y   hechicera 

Que  en  la  mansión  de  amor  se  respiraba, 

O  á  mi  marchito  corazón  el  fuego 

Que  en  días  más  felices  lo  animaba .  .  .  ? 

Mas    angélica  nunca  y  rozagante, 

Más  amable,  más  tierna,  más  hermosa, 

Más  llena  de   atractivo  y  amorosa, 

Se  mostró  Elvira  á  su  feliz  amante. 

Ángel,    astro  benigno,  ó  clara    estrella, 

Nunca  resplandeció  mas  pura  y  bella 

A  los  ojos  del  triste  caminante. 

El  jazmín  albo,  y  la  purpurea  rosa 

Con  su  matiz  brillante. 

Disputaban  el  premio  á  los  sonrojos 

De  realzar  sus  candidas  mejillas, 

Y  languidez  amable  de  sus  ojos 
El  fuego  moderaba. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I3 

Y  SU  dulce  atractivo  revelaba; 
Mientras  que  de  su  sien  por  las  orillas, 
En  madejas  ondeantes, 

Sus  cabellos  ardosos  se  estendían, 

Y  cual  oro  entre  perlas  relucían. 
Un  fuego  devorante 

Corría  de  Lisardo  entre  las  venas 
Al  apurar  de  Elvira  las  caricias; 
Y,  nadando  en  delicias, 
Palpitar  se  sentían  sus  dos  pechos. 
Sus  ardientes  suspiros  se  mezclaban, 

Y  sus  trémulos  labios  se  abrazaban 
En  mutuo  fuego . .  .   ¡Celestial  deleite, 
Éxtasis  del  amor,  dulces  primicias 
De  la  ternura  fiel  y  encantadora, 
Cuan  gratos  sois  al  corazón  que  adoral 
Lisardo,  rebosando 

De  júbilo  y  ternura, 

Le  dijo: — Amiga,  compasivo  el  cielo 

Al  fin  colma  mis  votos  y  mi  anhelo: 

La  fortuna  enemiga,  que  en  su  infancia, 

Con  envidia  miró  nuestros  amores. 

Ha  cedido  por  fin  á  mi  constancia. 

Aunque  con  mano  avara,  sus  favores; 

Y  tu  feliz  amante, 

A  par  su  mano,  en  holocausto  digno 
Puede  ofrecerte  un  corazón  constante. 
Tuyo  es  el  triunfo,  Elvira,  el  lauro  mió; 
Que  al  amor  yo  consagro,  pues  benigno 
Su  activo  fuego  al  corazón  dio  brío. 


14 


antología 

El  me  inflamó;  su  abrasadora  llama, 
Cuando  miré  tu  perfección  divina 

Y  consagré  á  su  culto  mi  albedrio, 
A  mi  existencia  dio  una  nueva  vida, 

Y  me  inspiró  á  la  par  del  sentimiento 
El  tierno  y  generoso  pensamiento 
De  idolatrarte  esposa, 

De  ser  feliz  y  hacerte  venturosa. 

Unida  á  tu  existencia  está  la  mía 

Por  siempre,  Elvira,  desde  aqueste  día; 

Este  anillo  nupcial  ligue  propicio 

Con  lazo  indisoluble  nuestros  seres, 

Hasta  el  día  feliz  en  que  Himeneo 

Ante  el  ara  sagrada 

Consagre  nuestra  unión  entre  placeres. 

Corra  el  tiempo  veloz  anonadando 

Cuanto  encuentre  en  su  rápida  carrera: 

Yo  nada  temo  su  terrible  mando, 

Pues  cuanto  adoro  y  cuanto  amé  poseo. 

Prodigue  la  fortuna  sus  favores 

Al  que  anhele  riquezas  ó  victorias, 

Que  Lisardo  feliz  ya  nada  espera: 

De  su  vaivén,  ni  ambicionó  más  glorias 

Que  ser  querido,  idolatrar  á  Elvira, 

Consagrarle  su  vida  y  sus  amores. 

Nuestras  almas,  Elvira,  abandonemos 

A  los  transportes  del  amor  supremos; 

Huya  de  tu  halagüeña  fantasía 

La  imagen  del  pesar;  su  saña  impía 

Ya  no  puede  alcanzarnos,  pues  que  unidas 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I5 

Nuestras  dos  almas  vivirán  por  siempre. 
Durará  nuestro  amor;  ya  la  esperanza 
Nos  sonríe  halagüeña, 

Y  la  senda  florida  nos  enseña, 

Por  do  á  su  fin  declinen  nuestras  vidas 
En  calma  siempre  y  próspera  bonanza. 
Nuestras  almas,  Elvira,  abandonemos 
A  los  transportes  del  amor  supremos, 
Al  júbilo,  al  placer  y  á  la  alegría. 
Tuyo  por  siempre  soy  y  tu  eres  mía, 
Mas,  ¿qué  pesar  recóndito  y  tirano 
Acibara  tu  gozo,  Elvira  mía? 
¿Por  qué  tristes  tus  ojos  y  sombríos. 
Esquivan  mis  miradas?  ¿Porque  vuelves 
A  otra  parte  su  encanto  soberano, 

Y  no  secundas  los  transportes  míos?» 
— Mi  corazón,  mi  vida,  mi  albedrío, 
Toda  yo,  tuya  so}',  Lisardo  amado; 

Y  aunque  el  destino  airado 

Separe  acá  en  la  tierra  nuestra  suerte 
Anonadando  nuestra  gloria  impío. 
Tuya  seré,  triunfando  de  la  muerte. 
Mas  no  sé  que  fatal  presentimiento 
Acibara  hoy  mi  dicha  y  mi  contento, 

Y  en  secreto  me  dice: — Tus  amores 
Finarán  pronto,  Elvira,  y  tu  ventura. 
Del  tálamo  halagüeño 

El  éxtasis  de  amor  y  de  ternura 
No  gozarás  en  brazos  de  tu  dueño. 
Porque  el  amor  y  la  esperanza  es  sueño, 


l6  ANTOLOGÍA 

Y  cual  la  flor  del  campo  solo  dura.» 
— Yo  no  se  que  fantasma  nos  rodea 

De  infortunio  y  pesar,  y  nuestras  glorias 
Amaga  devorar  en  un  momento. 
Tiemblo  al  pensar  que  el  Himeneo  sacro 
Ante  el  ara  de  Dios,  y  el  simulacro. 
Va  á  unirme  a  tí  con  título  de  esposa, 

Y  vacila  mi  planta  temerosa 
Cuando  anhelante  el  corazón  desea. 
Impresa  aun  en  mi  mente  veo  }'  siento 
La  imagen  de  fantasma  tenebrosa 
Que  anoche  vino  á  mi  tranquilo  lecho 
A  conturbar  y  acongojar  mi  pecho. 

VIII 

Yo  vi  en  mi  sueño 
Dos  corazones 
De  amor  ufanos 

Y  juventud, 
Que  se  buscaban 
Como  atraídos 
Por  un  hechizo 
De  gran  virtud. 

El  Himeneo 
Iba  á  enlazarlos 
Con  el  anillo 
Del  puro  amor, 

Y  ellos  ardientes 
Se  encaminaban 


í:STEBAN    ECHEVERRÍA  17 

A  la  ara  augusta 
Del  sacro  Dios: 
Mas,  de  repente, 
Bl  negro  brazo 
De  un  esqueleto 
Que  apareció. 
Su  mano  en  medio 
De  los  dos  pechos 
Puso,  y  con  furia 
Los  separó. 

Unirse  ansiosos 
Buscaban  ellos, 
Ardiendo  en  fuego 
Del  puro  amor; 
Pero  la  mano 
Los  separaba. 
Interrumpiendo 
Su  dulce  unión. 

Tocóles  luego 
Los  corazones : 
Se  marchitaron 
Como  la  flor, 
Y  en  el  semblante 
Del  negro  espectro 
Turbia  sonrisa 
Fugaz  vagó. » 

— Esas  tristes  imágenes  olvida. 
Visiones  de  la  mente  en  desvarío; 


i8  ■  antología 

Huya  de  tu  halagüeña  fantasía 
Iva  sombra  del  pesar,  Elvira  mía, 
Pues  tu  destino  al  mío. 
Colmando  nuestros  votos  y  deseo, 
Va  unir  por  siempre  plácido  Himeneo. 
Nuestras  almas,   Elvira,  abandonemos 
Al  júbilo  al  placer,  y  á  la  alegría, 
A  los  transportes  del  amor  supremos: 
¡Tuyo  por  siempre  soy,  y  tú  eres  mía!. 

IX 

Ivisardo,  solo,  en  su  campestre  albergue,. 

Los  pasos  melancólicos  contaba 

Del  tiempo,  siempre  lentos 

Para  el  que  halaga  la  esperanza  vana. 

La  noche  era  sombría,  triste  el  cielo 

Y  cubierto  de  nubes  anunciaba 

La  tempestad,  y  solo  por  momentos 

La  luna  melancólica  asomaba, 

Com.o  fúnebre  antorcha  sobre  el  mundo, 

Su  amortiguada  faz,  mientras  profundo 

El  eco  de  los  vientos  resonaba, 

Penetrando  con  lúgubre  silbido 

De  Lisardo  en  la  estancia,  que  transido 

De  congoja  y  terror  se  estremecía. 

Mil  imágenes  triste  revolvía 

En  su  agitada  mente, 

Y  en  vez  del  rostro  afable 
De  la  esperanza  riente, 

Que  otro  tiempo  en  silencio  lo  halagaba^ 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I9 

Atónito  y  confuso  solo  vía 

El  de  fantasma  tétrica  y  sombría, 

Que  su  pecho  constante 

Del  de  su  Elvira  amante 

Con  furor  separaba, 

Y  con  ojos  de  envidia  devoraba 
Su  gloria,  sus  amores  y  ventura. 
Vagando  por  los  aires  mustiamente, 
Parecióle  que  oía 

Acento  funeral  que  repetía: 

—  Como  la  flor  del  campo  tierna  y  pura, 

Así  el  amor  y  la  esperanza  dura.— 

Y  el  eco  délos  vientos  resonando. 
Penetraba  con  fúnebre  armonía 
En  su  tranquila  estancia,  y  poseído 
Lisardo  de  terror,  se  estremecía. 
Ei  fatídico  bronce  sonó  la  hura 
Fatal  de  los  espíritus  malignos: 
Lisardo  á  su  balcón  salió  impelido 
Al  parecer  por  astros  no  benignos,, 
A  contemplar  la  tempestad  sonora 

Y  buscar  de  sus  ansias  el  olvido: 
Cuando  visión  nocturna  de  repente. 
Hirió  sus  ojos  y  absorvió  su  mente. 


X 


Del  espeso  bosque  y  prado, 
De  la  tierra,  el  aire,  el  cielo, 
Al  fulg-or  de  fatuas  lumbres 


antología 

Con  gran  murmullo  salieron 
Sierpes,  grifos  y  demonios, 
Partos  del  hórrido  averno, 
Vampiros,  gnomos  y  larvas. 
Trasgos,  lívidos  espectros, 
Animas  en  pena,  errantes. 
Vanas  sombras  y  esqueletos, 
Que  en  la  tenebrosa  noche 
Dejan  sus  sepulcros  yertos. 
Hadas,  brujas,  nigromantes 
Cavalgando  en  chivos  negros, 
Hienas,  sanguales  y  lamias 
Que  se  alimentan  de  muertos, 
Aves  nocturnas  y  monstruos 
Del  profundo  turbios  sueños; 
Precita  raza  que  forma 
De  Lucifer  el  cortejo: 
Todos,  todos  blasfemando 
Con  gran  tumulto  salieron. 
De  infernales  alaridos 
Llenando  el  espacio  inmenso. 

Y  el  eco  de  los  vientos  penetraba, 
Resonando  con  hórrida  armonía, 
De  Lisandro  en  la  estancia,  que  miraba 
Como  pasmado  la  visión  sombría. 

Lucifer  con  cetro  y  tiara 
Descollaba  en  medio  de  ellos, 
Y  los  demonios  cantaban 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  21 

Salmos  al  rey  del  averno; 

Mientras  fantasmas  y  monstruos,. 

Formando  un  círculo  inmenso, 

Para  el  sabático  baile 

Se  preparaban  contentos. 

Ya  la  orgía  comenzaba.  .  . 

Mas,  de  repente  se  vieron 

Centelleando  en  las  tinieblas, 

Como  serpientes  de  fuego 

Que  por  el  aire  trazaban 

Este  emblema  del  infierno: 

— El  amor  y  la  esperanza 

No  son  sino  un  vano  sueño. — 

Un  espectro  entre  sus  manos 

Dos  corazones  sangrientos 

Oprimía  palpitantes, 

Llenos  de  amoroso  fuego, 

Y  con  diabólica  risa, 

Deleitándose  en  poseerlos, 

Los  unía  y  separaba. 

Su  amor  burlando  y  anhelo. 

Y  el  eco  de  los  vientos  penetraba, 
Resonando  con  hórrida  armonía 
De  Lisardo  en  la  estancia,  que  miraba 
Como  pasmado  la  visión  sombría. 

Entre  la  turba  infernal 

Reinó  el  silencio  un  momento  .  .  . 

Cuando  de  lumbres  cercados 


22  antología 

Dos  fantasmas  parecieron, 
Una  virgen  bella  y  joven 
Sobre  sus  hombros  trayendo, 
Con  las  galas  adornada 
Del  venturoso  Himeneo. 
La  aparición  repentina 
Todos  miraron  atentos, 
Mientras  los  torvos  fantasmas 
Con  huesosos  largos  dedos 
La  doncella  despojaron 
De  sus  nupciales  arreos, 

Y  con  la  negra  mortaja 
Del  sepulcro  la  vistieron. 
Luesfo  entre  la  turba  inmensa 
Todos  tres  se  confundieron, 
Continuaron  los  aullidos 

Y  los  infernales  juegos.  . 
Cantó  el  gallo  en  la  alquería; 

Y  con  murmullo  tremendo. 
La  turba  infernal  de  sombras 
Se  perdió  cual  humo  al  viento. 

Y  el  eco  de  los  vientos,  aplacado, 
Penetraba  con  fúnebre  armonía 
De  Lisardo  en  la  estancia,  que  pasmado 
Vio  disiparse  la  visión  sombría. 

XI 

En  su  trono  de  fuego  el  Mediodía 
Reinaba  rutilante  y  majestuoso, 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  23 

Y  Lisai'do  infeliz,  desde  la  aurora, 
Sumergido  yacía 

En  letargo  profundo  y  silencioso. 
Despertó  al  fin;  la  fiebre  consumía 
Su  desolado  pecho,  y  el  delirio, 
Monstruo  infernal  que  la  razón  devora, 
De  espantosas  imágenes  llenaba 
Su  ardiente  fantasía.  Ya  la  noche 
Se  encaminaba  en  su  enlutado  coche 
Por  el  opaco  empíreo,  y  anunciaba 
Encapotado  el  cielo, 
A  la  tierra  infeliz  nuevas  escenas 
De  tempestad  y  duelo. 
Cuando  molesto  y  grave 
Bajó  el  sopor  á  adormecer  sus  penas. 

Pero  á  atormentarlo  entonces 
Vino  la  turba  de  engendros 

Y  tenebrosas  visiones 

Que  aborta  en  la  noche  el  sueño. 
Contemplaba  ora  pasm.ado 
Bajo  el  nocturno  velo 
La  precita  muchedumbre, 
A  la  orgía  inferna  acudiendo; 
Ora  por  el  aire  vago 
Como  serpientes  de  fuego, 
Trazando  emblemas  fatales 
De  desolación  y  duelo; 
Ora  entre  sus  secas  manos 
Un  descarnado  esqueleto 


24  antología 

Oprimiendo  palpitantes 

Dos  corazones  sangrientos; 

Ora  dos  negros  fantasmas 

Sobre  sus  hombros   trayendo 

Engalanado  y  vestido 

De  una  doncella  el  espectro: 

— Elvira,  Elvira, —Lisardo 

Agitándose  en  su  lecho 

Exclamó  entonces,  y  «Elvira» 

Repitió  lánguido  un  eco. 

— Dadme  á  mi  esposa  y  mi  vida^ 

Horrorosos  esqueletos. 

Dadme  á  mi  Elvira — y  «Elvira» 

Por  los  aires  repitieron. 

Calló  Lisardo:  una  antorcha 

Brilló  con  fulgor  incierto 

En  la  puerta  de  su  estancia. 

Y  vio  al  pálido  reflejo 

¡Oh  terror!  ¡oh  encanto!  á  Elvira 
Acercarse  á  pasos  lentos, 
De  alba  túnica  vestida, 
Suelto  el  dorado  cabello, 
— Elvira,  Elvira,  mi  esposa,— 
Exclamó  entonces  de  nuevo, 
Transportado  de  alegría, 
¿Como  es  que  á  esta  hora  te  veo? 
Ven  á  mis  brazos,  querida. 
Ven  á  mi  amoroso  seno, 

Y  disipa  las  angustias. 
Que  por  tí  sufre  mi  pecho. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  25 

¿Porqué  tan  lánguida  te  hallas, 
Hermosa  flor  del  desierto? 
¿Es  que  el  rigor  has  sufrido 
De  algún  inflamado  viento? 
¿Porque  tus  ojos  se  fljan 
Sobre  mí  mustios  y  yertos, 
Del  dulce  encanto  desnudos, 

Y  del  amoroso  fuego 

Que  hechizaba  mis  sentidos 

Y  mis  potencias  á  un  tiempo? 
Algún  pesar  inhumano, 
Algún  cuidado  secreto 
Envidioso  de  tu  dicha 

Roe  tu  inocente  pecho. 
Mi  Elvira,  y  sobre  tu  rostro 
Vierte  su  infausto  veneno. 
Ven  á  olvidar  tus  congojas. 
Ven  á  mi  amoroso  seno, 
Ven,  idolatrada  amiga. 
Que  ya  plácido  Himeneo 
Ante  el  ara  sacrosanta 
Consagró  nuestros  afectos. 
Pero  ¡  oh  placer,  oh  delicia ! 
Elvira  mía,  aun  te  veo 
Con  las  galas  adornada 
Del  venturoso  Himeneo. 
Deja  esas  joyas  preciosas. 
Deja  ese  rubor  secreto 
Que  la  inocencia  te  inspira 
Ven  á  mi  amoroso  seno, 


2Ó  ANTOLOGÍA 

Ven,  Elvira,  y  venturosos 
A  los  transportes  supremos 
Del  tierno  amor  nuestras  almas 
Sin  temor  abandonemos. 
— De  Lisardo  á  los  trasportes, 
Cuál  si  fuera  mármol  yerto 
Yacía  Elvira,  guardando 
Mudo  y  tétrico  silencio. 
— Muerta  al  placer  es  tu  Elvira, 
Lisardo,  que  el  mismo  fuego 
Que  corría  en  sus  entrañas, 
Ha  devorado  su  pecho. 
Una  ley  fatal,  temprano 
Ha  congelado  en  mi  cuerpo 
La  sangre  que  por  tí  ardía, 
Pero  no  ha  helado  mi  afecto; 

Y  esta  misma  ley,  me  obliga 
A  sofocar  en  el  seno 

Mi  pasión  y  cuanto  encierra 
Por  tí  de  amoroso  y  tierno. 
Por  el  vigor  inhumano 
Yo  he  burlado  de  su  imperio, 

Y  cual  sombra  de  la  noche, 
A  verte,  Lisardo,  vengo: 

Mi  alma  á  la  tuya  está  unida, 
A  pesar  del  hado  adverso. 
Con  los  inefables  lazos 
Del  amor  y  el  Himeneo — • 
— Calló  Elvira:  misterioso 
Reinó  el  silencio  de  nuevo. 


0 
ESTEBAN    ECHEVERRÍA 

Y  suspiros  amorosos 
Interrumpidos  se  oyeron. 
—Frío  está,  mi  dulce  amiga, 
Como  la  nieve  tu  cuerpo; 
Tendré  el  poder  de  animarlo 
Con  mis  inflamados  besos, 
Aunque  despojo  insensible 
Fuera  del  sepulcro  yerto. 

Corred  torrentes 
De  amor  ardientes, 
¿Cómo  me  inflama 
Toda  la  llama 
De  amor  no  sientes?» 

El  voluptuoso  delirio 

De  amor  lo  transporta  luego, 

Y  las  caricias  y  halagos 

Pábulo  dan  al  incendio. 

—¡Oh  que  delicia!  ¡Oh  que  encanto! 

¡Oh  que  deleite  supremo, 

Del  objeto  idolatrado 

Sentir  palpitar  el  pecho; 

Beber  amor  de  sus  labios. 

Bañarse  en  halagos  tiernos! 

Corred  torrentes 
De  amor  ardientes. 
¿Cómo  me  inflama 
Toda  la  llama 
De  amor  no  sientes? 


27 


28  antología 

Mas  ¡oh  terror!  yo  deliro.  .  . 
Trémula,  Elvira,  te  siento. 
Insensible  á  mis  halagos 
Cuando  yo  todo  me  enciendo. 
El  casto  rubor  sin  duda 
Vierte  en  tu  sangre  su  hielo. 

Déjame  ser  venturoso 

— Joven  insano  ¿qué  has  hecho? 

Ya  para  tí  se  acabaron 

Amor,  esperanza  y  sueños 

De  felicidad  y  dicha: 

Has  abrazado  á  un  espectro? — 

Resonó  fúnebre  entonces 

La  hora  fatal  de  los  muertos, 

Y  de  repente  en  la  puerta 
Del  silencioso  aposento 
Clamó  una  voz  imperiosa: 

— Elvira,  Elvira,  ya  es  tiempo — 
Despertó  Lisardo  al  punto, 

Y  la  visión  de  su  sueño 
Como  fantástica  sombra 
Se  disipara  al  momento. 

XII 

El  luminar  del  día 

Reclinaba  su  frente. 

Sereno  y  majestuoso  en  Occidente, 

Y  fugaz  el  crepúsculo  esparcía 
Melancólico  velo  sobre  el  mundo. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA 

Multitud  silenciosa  y  pensativa 

En  rededor  de  un  féretro  marchaba, 

Donde  mortal  despojo  se  veía 

Cubierto  con  el  candido  ropaje 

De  la  inocencia,  y  en  su  sien,  ceñidas 

De  azucenas  y  violas  amorosas, 

Corona  virginal  aun  no  marchitas. 

Mas  de  repente  en  medio  del  concurso 

Un  joven  se  arrojó:  tendió  su  vista 

Sobre  aquel  ataúd,  y  repitiendo 

Con  grito  de  dolor  «Elvira,  Elvira,» 

Examine  cayó  en  el  duro  suelo. 

Con  pasmo  de  la  triste  comitiva. 

Así  se  desvanece  la  esperanza 

Que  dio  un  instante  á  la  existencia  vida, 

Y  el  encanto  de  amor  y  la  hermosura 

Como  flor  del  desierto  solo  dura. 


29 


30  ANTOLOGÍA 


LA     CAUTIVA 


PRIMERA  PARTE 


EIv  DESIERTO 


lis  vont,  Iv'espace  est  grand. 
Víctor  Hugo. 

En  todo  clima  el  corazón  de  la  mujer 
es  tierra  fértil  en  afectos  generosos :  ellas 
en  cualquier  circunstancia  de  la  vida  sa- 
ben, como  la  Samaritana,  prodigar  el  óleo 
y  el  vino. 

Birón. 


Era  la  tarde,  y  la  hora 

En  que  el  sol  la  cresta  dora 

De  los  Andes.  El  desierto 

Inconmensurable,  abierto 

Y  misterioso  á  sus  pies 

Se  estiende,  triste  el  semblante, 

Solitario  y  taciturno 

Como  el  mar,  cuando  un  instante, 

Al  crepúsculo  nocturno, 

Pone  rienda  á  su  altivez. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  3I 

Gira  en  vano,  reconcentra 
Su  inmensidad,  y,  no  encuentra 
La  vista  en  su  vivo  anhelo, 
Do  fijar  su  fugaz  vuelo, 
Como  el  pájaro  en  el  mar. 
Doquier  campos  y  heredades 
De  ave  y  bruto  guaridas, 
Doquier  cielo,  y  soledades 
De  Dios  solo  conocidas, 
Que  El  solo  puede  sondar. 

A  veces  la  tribu  errante, 
Sobre  el  potro  rozagante 
Cuyas  crines  altaneras 
Flotan  al  viento  ligeras, 
Lo  cruza  cual  torbellino, 
Y  pasa,   ó  su  toldería  (i) 
Sobre  la  grama  frondosa 
Asienta,  esperando  el  día 
Duerme,  tranquila  reposa, 
Sigue  veloz  su  camino. 

¡Cuantas,  cuantas  maravillas 
Sublimes  y  á  par  sencillas, 
Sembró  la  fecunda  niano 
De  Dios  allí! — ¡Cuanto  arcano 
Que  no  es  dado  al  mundo  ver ! 
La  humilde  yerba,  el  insecto. 


(i)     Toldería  :     El  conjunto  de   chozas  6  el  aduar  del   salvaje.    (Nota    del 
poeta) . 


32 


ANTOLOGÍA 

La  aura  aromática  y  pura, 
El  silencio,  el  triste  aspecto 
De  la  grandiosa  llanura. 
El  pálido  anochecer, 

Las  armonías  del  viento 
Dicen  más  al  pensamiento. 
Que  todo  cuanto  á  porfía 
La  vana  filosofía 
Pretende  altiva  enseñar. 
¡Qué  pincel  podrá  pintarlas 
Sin  deslucir  su  belleza! 
.  jQué  lengua  humana  alabarlas! 
Solo  el  genio,  su  grandeza 
Puede  sentir  y  admirar. 

Ya  el  sol  su  nítida  frente 
Reclinaba  en  occidente 
Derramando  por  la  esfera 
De  su  rubia  cabellera 
El  desmayado  fulgor. 
Sereno  y  diáfano  el  cielo, 
Sobre  la  gala  verdosa 
De  la  llanura,  azul  velo 
Esparcía,  misteriosa 
Sombra  dando  á  su  color. 

El  aura  moviendo  apenas 
Sus  olas  de  aroma  llenas, 
Entre  la  yerba  bullía 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  33 

Del  campo,  que  parecía 
Como  un  piélago  ondear, 
Y  la  tierra  contemplando 
Del  astro  rey  la  partida 
Callaba,  manifestando, 
Como  en  una  despedida. 
En  su  semblante  pesar. 

Solo  á  ratos,  altanero 

Relinchaba  un  bruto  fiero 

Aquí  ó  allá,  en  la  campaña; 

Bramaba  un  toro  de  saña, 

Rugía  un  tigre  feroz, 

O  las  nubes  contemplando, 

Como  extático  gozoso, 

El  yajá  (i),  de  cuando  en  cuando, 

Turbaba  el  mudo  reposo 

Con  su  fatídica  voz. 

Se  puso  el  sol;  parecía 
Que  el  vasto  horizonte  ardía : 
La  silenciosa  llanura 
Fué  quedando  más  oscura, 


(i)  El  P.  Guevara  hablando  de  esta  ave,  en  su  historia  del  Paraguay, 
dice  : 

El  Va/td  justamente  le  podemos  llamar  el  volador  y  centinela.  Es  grande 
de  cuerpo  y  de  pico  pequeño.  El  color  es  ceniciento  con  un  collarín  de 
plumas  blancas  que  le  rodean.  Las  alas  están  armadas  de  un  espolón  co- 
lorado duro  y  fuerte  con  que  pelea. .  .En  su  canto  repiten  estas  voces,  Yahá, 
Yahá,  que  significa  en  guaran!  «Vamos,  vamos*,  de  donde  se  les  impuso  el 
nombre.  El  misterio  y  significación  es  que  estos  pájaros  velan  de  noche, 
y  en  sintiendo  ruido  de  gente  que  viene,  empiezan  á  repetir  yahá,  yahá, 
como  si  dijeran  :  ..vamos,  vamos,  que  hay  enemigos,  y  no  estamos  seguros 
de  sus  asechanzas».  Los  que  saben  esta  propiedad  de  el  Yahá,  luego  que 
oyen  su  canto  se  ponen  en  vela,  temiendo  vengan  enemigos  para  acome- 
terlos . . . 

En  la  provincia  se  llama  Chajá  ó  Yajá  insdistiutamente. 


34 


antología 

Más  pardo  el  cielo,  y  en  él, 
Con  luz  trémula  brillaba 
Una  que  otra  estrella,  y  luego 
A  los  ojos  se  ocultaba, 
Como  vacilante  luego, 
En  soberbio  chapitel. 

El  crepúsculo  entretanto, 
Con  su  claroscuro  manto. 
Veló  la  tierra ;  una  faja, 
Negra  como  una  mortaja, 
El  occidente  cubrió; 
Mientras  la  noche  bajando 
Lenta  venía,  la  calma 
Que  contempla  suspirando, 
Inquieta  á  veces  el  alma. 
Con  el  silencio  reinó. 

Entonces,  como  el  ruido 

Que  suele  hacer  el  tronido 

Cuando  retumba  lejano, 

Se  oyó  en  el  tranquilo  llano 

Sordo  y  confuso  clamor ; 

Se  perdió.  .  .y  luego  violento. 

Como  baladro  espantoso 

De  turba  inmensa,  en  el  viento 

Se  dilató  sonoroso. 

Dando  á  los  brutos  pavor. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  35 

Bajo  la  planta  sonante 
Del  ágil  potro  arrogante 
El  duro  suelo  temblaba, 

Y  envuelto  en  polvo  cruzaba 
Como  animado  tropel, 
Velozmente  cabalgando. 
Veíanse  lanzas  agudas. 
Cabezas,  crines  ondeando; 

Y  como  formas  desnudas 
De  aspecto  extraño  y  cruel. 

¿  Quién  es?  ¿Qué  insensata  turba 
Con  su  alarido  perturba 
Las  calladas  soledades 
De  Dios,  do  las  tempestades 
Solo  se  oyen  resonar? 
¿Qué  humana  planta  orgullosa 
Se  atreve  á  hollar  el  desierto 
Cuando  todo  en  él  reposa? 
¿  Quién  viene  seguro  puerto 
En  sus  yermos  á  buscar? 

¡Oid!  ya  se  acerca  el  bando 
De  salvajes,  atronando 
Todo  el  campo  convecino. 
¡]\iirad!  Como  torbellino 
Hiende  el  espacio  veloz; 
El  fiero  ímpetu  no  enfrena 
Del  bruto  que  arroja  espuma; 
Vaga  al  viento  su  melena. 


36  ANTOLOGÍA 

Y  con  ligereza  suma 
Pasa  en  ademán  atroz. 

¿Donde  va?  ¿de  donde  viene? 
¿De  qué  su  gozo  proviene? 
¿  Por  qué  grita,  corre,  vuela 
Clavando  al  bruto  la  espuela, 
Sin  mirar  al  rededor? 
¡Ved!  que  las  puntas  ufanas 
De  sus  lanzas,  por  despojos 
Llevan  cabezas  humanas, 
Cuyos  inflamados  ojos 
Respiran  aún  su  furor. 

Asi  el  bárbaro  hace  ultraje 
Al  indomable  coraje 
Que  abatió  su  alevosía, 
Y  su  rencor  todavía 
Mira,  con  torpe  placer, 
Las  cabezas  que  cortaron 
Sus  inhumanos  cuchillos. 
Exclamando: — «ya  pagaron 
Del  cristiano,  los  caudillos, 
El  feudo  á  nuestro  poder. 

Ya  los  ranchos  (i)  do  vivieron, 
Presa  de  las  llamas  fueron, 
Y  muerde  el  polvo  abatida 
Su  pujanza  tan  erguida. 


(i)     Ranchos:   cahañas  pajizas  de  nuestros  campos. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  37 

¿Donde  sus  bravos  están? 
Vengan  hoy  del  vituperio, 
Sus  mujeres,  sus  infantes, 
Que  gimen  en  cautiverio, 
A  libertar,  y  como  antes, 
Nuestras  lanzas  probarán.  ■» 

Tal  decía,  y  bajo  el  callo 
Del  indómito  caballo 
Crugiendo  el  suelo  temblaba ; 
Hueco  y  sordo  retumbaba 
Su  grito  en  la  soledad; 
[Mientras  la  noche,  cubierto 
El  rostro  en  manto  nubloso, 
Echó  en  el  vasto  desierto 
Su  silencio  pavoroso, 
Su  sombría  magfestad. 


SEGUNDA    PARTE 


EL    festín 


. .  .orribile  favelle, 
Parole  di  dolore,  accenti  d'ira, 
Voci  alte  e  fioche,   e  suon  di  man   con  elle 
Facevan  un  tumulto... 

Daníe. 


Noche  es  el  vasto  horizonte. 
Noche  el  aire,  cielo  y  tierra; 
Parece  haber  apiñado 


38  ANTOLOGÍA 

El  genio  de  las  tinieblas, 
Para  algún  misterio  inmundo, 
La  lobreguez  del  abismo 
Don  inalterable  reina. 
Solo  inquietos  divagando, 
Por  entre  las  sombras  negras, 
Los  espíritus  foletos 
Con  viva  luz  reverberan, 
Vienen,  van,  brillan,  se  alejan; 
Mientras  el  insecto  chilla, 

Y  en  fachinales  ( i )  ó  cuevas. 
Los  nocturnos  animales 

Con  triste  aullido  se  quejan. 
La  tribu  aleve  entretanto, 
Allá  en  la  pampa  desierta 
Donde  el  cristiano  atrevido 
Jamás  estampa  la  huella. 
Ha  reprimido  del  bruto 
La  estrepitosa  carrera; 

Y  campo  tiene  fecundo 

Al  pié  de  una  loma  estensa, 
Lugar  hermoso  do  á  veces 
Sus  tolderías  asienta. 
Feliz  la  maloca  (  2 )  ha  sido ; 
Rica  y  de  estima  la  presa 
Que  arrebató  á  los  cristianos  :- 
Caballos,  potros  y  yeguas. 


(  I  )    lylámanse  así  en  la  provincia,  ciertos  sitios  húmedos  y  bajos  en  don- 
de crece  confusa  y  abundantemente  la  maleza 

(2)     Maloca  :   lo  mismo  que  incursión  ú  correría. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 

Bienes  que  en  su  vida  errante 
Blla  más  que  el  oro  aprecia; 
Muchedumbre  de  cautivas, 
Todas  jóvenes  y  bellas. 
Sus  caballos,  en  manadas, 
Pacen  la  fragante  yerba, 

Y  al  lazo,  algunos  prendidos, 
A  la  pica  ó  la  manea, 

E>e  sus  indolentes  amos 
El  grito  de  alarma  esperan. 

Y  no  lejos  de  la  turba, 

Que  charla  ufana  y  hambrienta. 
Atado  entre  cuatro  lanzas, 
Como  víctima  en  reserva. 
Noble  espíritu  valiente 
Mira  vacilar  su  estrella; 
Al  paso  que  su  infortunio 
Sin  esperanza  lamentan, 
Rememorando  su  hogar. 

Los  infantes  y  las  hembras. 

Arden  ya  en  medio  del  campo 

Cuatro  estendidas  hogueras 

Cuyas  vivas  llamaradas 

Irradiando  colorean 

El  tenebroso  recinto 

Donde  la  chusma  hormiguea. 

En  torno  al  fuego  sentados 

Unos  lo  atizan  y  ceban; 

Otros  la  jugosa  carne 

Al  rescoldo  ó  llama  tuestan; 


39 


40  ANTOLOGÍA 

Aquel  come,  este  destripa, 
Más  allá  alguno  degüella 
Con  afilado  cuchillo 
La  yegua  al  lazo  sujeta, 

Y  á  la  boca  de  la  herida, 
Por  donde  ronca  y  resuella 

Y  á  borbollones  arroja 
La  caliente  sangre  fuera. 
En  pié,  trémula  y  convulsa. 
Dos  ó  tres  indios  se  pegan 
Como  sedientos  vampiros. 
Sorben,  chupan,  saborean 

La  sangre,  haciendo  mormullo, 

Y  de  sangre  se  rellenan. 
Baja  el  pescuezo,  vacila, 

Y  se  desploma  la  yegua, 
Con  aplauso  de  las  indias 
Que  á  descuartizarla  empiezan. 
Arden  en  medio  del  campo, 
Con  viva  luz  las  hogueras; 
Sopla  el  viento  de  la  pampa 

Y  el  humo  y  las  chispas  vuelan. 
A  la  charla  interrumpida. 
Cuando  el  hambre  está  repleta, 
Sigue  el  cordial  regocijo. 

El  beberaje  y  la  gresca. 
Que  apetecen  los  varones 

Y  las  mujeres  detestan. 
El  licor  espirituoso 

En  grandes  vacías  echan, 


4 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA  4I 


Y,  tendidos  de  barriga 

En  derredor,  la  cabeza 

Meten  sedientos,  y  apuran 

El  apetecido  néctar 

Que,  bien  pronto  los  convierte 

En  abominables  fieras. 

Cuando  algún  indio  medio  ebrio, 

Tenaz  metiendo  la  lengua 

Sigue  en  la  preciosa  fuente, 

Y  beber  también  no  deja 
A  los  que  aguijan  furiosos, 
Otro  viene,  de  las  piernas 
Lo  agarra,  tira  y  arrastra, 

Y  en  lugar  suyo  se  espeta. 
Así  bebe,  ríe,  canta, 

Y  al  regocijo  sin  rienda 
Se  dá  la  tribu.  Aquel  ebrio 
Se  levanta,  bambolea, 

A  plomo  cae,  y  gruñendo 
Como  animal  se  revuelca; 
Este  chilla,  algunos  lloran, 

Y  otros  á  beber  empiezan. 
De  la  chusma  toda  al  cabo 
La  embriaguez  se  enseñorea 

Y  hace  andar  en  remolino 
Sus  delirantes  cabezas. 
Entonce  empieza  el  bullicio 

Y  la  algazara  tremenda. 
El  infernal  alarido 

Y  las  voces  lastimeras. 


42  ANTOLOGÍA 

Mientras  sin  alivio  llor:in 
Las  cautivas  miserables 

Y  los  ternezuelos  niños, 

Al  ver  llorar  á  sus  madres. 
Las  hogueras  entretanto 
Bn  la  oscuridad  flamean, 

Y  á  los  pintados  semblantes 

Y  á  las  largas  cabelleras 
De  aquellos  indios  beodos, 
Da  su  vislumbre  siniestra 
Colorido  tan  extraño, 
Traza  tan  horrible  y  fea, 
Que  parecen  del  abismo 
Precita,  inmunda  ralea, 
Entregada  al  torpe  gozo 
De  la  sabática  fiesta.  ( i ) 
Todos  en  silencio  escuchan ; 
Una  voz  entona  recia 

Las  heroicas  alabanzas 

Y  los  cantos  de  la  guerra: 

Guerra,  guerra  y  esterminio 
Al  tiránico  dominio 
Del  Huinca ;  {  2  )  engañosa  paz : 
Devore  el  fuego  sus  ranchos; 
Que  en  su  vientre  los  caranchos 


(  I  )    Junta  nocturna  do  los  espíritus    malignos,  según  tradición  comuni- 
cada á   los  pueblos  cristianos  por  los  judíos.  (Nota  del  poeta). 

(  2  )     Huinca  :  voz  con  que  designan  los  indios  al  cristiano  ú  hombre  que 
no  es  de  su  raza. 


0 
ESTEBAN   ECHEVERRÍA  43 


Ceben  el  pico  voraz. 
Oyó  gritos  el  caudillo, 

Y  en  su  fogoso  tordillo 

Salió  Brián; 
Pocos  eran  y  él  delante 
Venía,  al  bruto  arrogante, 
Dio  una  lanzada  Quillán; 
Lo  cargó  al  punto  la  indiada : 
Con  la  fulminante  espada 

Se  alzó  Brián ; 
Grandes  sus  ojos  brillaron, 

Y  las  cabezas  rodaron 
De  Quitúr  y  Callupán. 
Echando  espuma  y  herido. 
Como  toro  enfurecido 

Se  encaró, 
Ceño  torvo  revolviendo 

Y  el  acero  sacudiendo. 
Nadie  acometerle  osó. 
Valichú  ( I )  estaba  en  su  brazo, 
Pero  al  golpe  de  un  bolazo  ( 2 ) 

Cayó  Brián, 
Como  potro  en  la  llanura  : 
Sebo  en  su  cuerpo  y  hartura 
Encontrará  el  gavilán. 


(i)  Valichú:  nombre  que  dan  al  espíritu  maligno  Ijs  indígenas  de  la 
pampa.  Hemos  leído  en  el  Falkner:  Valichú,  comunmente  se  dice  Gualichú. 

(  2  )  Bolas  :  arma  arrojadiza,  que  se  compone  de  tres  correas  trenzadas, 
ligadas  por  un  extremo,  y  sujetando  en  el  otro  otras  tantas  esferas  sólidas 
de  metal  ó  piedra. 


44  antología 

Las  armas  cobarde  entrega 
El  que  vivir  quiere  esclavo, 
Pero  el  indio  guapo  nó. 
Chañil  murió  como  bravo, 
Batallando  en  la  refriega, 
De  una  lanzada  murió. 

Salió  Brián  airado, 
Blandiendo  la  lanza 
Con  fiera  pujanza 
Chañil  lo  embistió ; 
Del  pecho  clavado 
En  el  hierro  agudo. 
Con  brazo  forzudo, 
Brián  lo  levantó. 
Funeral  sangriento 
Ya  tuvo  en  el  llano; 
Ni  un  solo  cristiano 
Con  vida  escapó. 
¡  Fatal  vencimiento ! 
Lloremos  la  muerte 
Del  indio  más  fuerte 
Que  la  pampa  crió. 

Quienes  su  pérdida  lloran. 
Quienes  sus  hazañas  mentan. 
Oyense  voces  confusas, 
Medio  articuladas  quejas, 
Baladros,  cuyo  son  ronco 
En  la  llanura  resuena. 
De  repente  todos  callan 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  45 

Y  un  solo  murmullo  reina, 
Semejante  al  de  la  brisa 
Cuando  rebulle  en  la  selva ; 
Pero,  gritando,  algún  indio 
En  la  boca  se  palmea, 

Y  el  disonante  alarido 
Otra  vez  el  campo  atruena. 
El  indeleble  recuerdo 

De  las  pasadas  ofensas 

Se  aviva  en  su  ánimo  entonces, 

Y  atizando  su  fiereza, 
Al  rencor  adormecido 

Y  á  la  venganza  subleva: 
En  su  mano  los  cuchillos, 
A  la  luz  de  las  hogueras 
Llevando  muerte  relucen; 
Se  ultrajan,  riñen,  vocean, 
Como  animales  feroces 

Se  despedazan  y  bregan. 

Y  asombradas  las  cautivas, 
La  carnicería  horrenda 
Miran,  y  á  Dios  en  silencio 
Humildes  preces  elevan. 
Sus  mujeres  entretanto. 
Cuya  vigilancia  tierna 

En  las  horas  del  peligro 
Siempre  cautelosa  vela, 
Acorren  luego  á  calmar 
El  frenesí  que  los  ciega, 
Ya  con  ruegos  y  palabras 


46  ANTOLOGÍA 

De  amor  y  eficacia  llenas; 

Ya  interponiendo  su  cuerpo 

Entre  las  armas  sangrientas. 

Ellos  resisten  y  luchan, 

Las  desoyen  y  atropellan 

Lanzando  injuriosos  gritos, 

Y  los  cuchillos  no  sueltan 

Sino  cuando,  ya  rendida 

Su  natural  fortaleza 

A  la  embriaguez  y  el  cansancio, 

Dobla  el  cuello  y  cae  por  tierra. 

Al  tumulto  y  la  m.atanza 

Sigue  el  llorar  de  las  hembras 

Por  sus  mandos  y  deudos; 

Las  lastimosas  endechas, 

A  la  abundancia  pasada, 

A  la  presente  miseria, 

A  las  víctimas  queridas     • 

De  aquella  noche  funesta. 

Pronto  im  profundo  silencio 

Hace  á  los  lamentos  tregua. 

Interrumpido  por  ayes 

De  moribundos,  ó  quejas. 

Risas,  gruñir  sofocado 

De  la  embriagada  torpeza; — 

Al  espantoso  ronquido 

De  los  que  durmiendo  sueñan, 

Los  gemidos  infantiles 

Del  ñacurutú  ( i )  se  mezclan ; 


(  1  )    Ñacuri/iú  :  especie  de  lechuza  grande,  cuyo  grito  se  asemeja  al  so* 
llozar  de  un  niño. 


ESTEBAN    ECHEVERKIA  47 

Chillidos,  aúllos  tristes 
Del  lobo  que  anda  á  la  presa 
De  cadáveres,  de  troncos, 
Miembros,  sangre  y  osamentas, 
Entremezclados  con  vivos, 
Cubierto  aquel  campo  queda. 
Donde  poco  antes  la  tribu 
Llegó  alegre  y  tan  soberbia. 
La  noche  en  tanto  camina 
Triste,  encapotada  y  negra; 
Y  la  desmayada  luz 
De  las  festivas  hogueras. 
Solo  alumbra  los  estragos 
De  aquella  bárbara  fiesta. 


TERCERA     PARTE 


EL  PUÑAL 


Yo  iba  á  morir  es  verdad 
Entre  bárbaros   crueles, 
Y  alií  el  pesar  me  mataba 
De  morir,  mi  bien,   sin  verte. 
A  darme  la  vida    tú 
Sr.liste,  hermosa,  y  valiente. 

Calderón. 


Yace  en  el  campo  tendida. 
Cual  si  estuviera  sin  vida. 
Ebria  la  salvaje  turba, 


48  antología 

Y  ningún  ruido  perturba 
Su  sueño  ó  sopor  mortal. 
Varones  y  hembras  mezclados, 
Todos  duermen  sosegados. 
Solo,  en  vano  tal  vez,  velan 
Los  que  libertase  anhelan 
Del  cautiverio  fatal. 


Paran  la  oreja  bufando 
Los  caballos  que  vagando 
Libres  despuntan  la  grama; 

Y  á  la  moribunda  llama 
De  las  hogueras  se  vé, 
Se  vé  sola  y   taciturna, 
Simil  á  sombra  nocturna, 
Moverse  una  forma  humana 
Como  quien  lucha  y  se  afana 

Y  oprime  algo  bajo  el  pié. 

Se  oye  luego   triste  aúllo, 

Y  horrisonante  murmullo 
Semejante  al  del  novillo 
Cuando  el  filoso  cuchillo 
Lo  degüella  sin  piedad, 

Y  por  la  herida  resuella, 

Y  aliento  y  vivir  por  ella, 
Sangre  hirviendo  á  borbollones, 
En  horribles  convulsiones, 
Lanza  con   velocidad. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  49 

Silencio;  ya  el  paso  leve 
Por  entre  la  yerba  mueve, 
Como  quien  busca  y   no  atina, 

Y  temeroso  camina 

De  ser  visto  ó   tropezar, 
Una  mujer;  en  la  diestra 
Un  puñal  sangrieto  muestra, 
Sus  largos  cabellos  flotan 
Desgreñados,  y  denotan 
De  su  ánimo  el  batallar. 

Ella  va.  Toda  es  oídos ; 
Sobre  salvajes  dormidos 
Va  pasando.  Escucha;  mira; 
Se  para;  apenas   respira; 

Y  vuelve  de  nuevo  á  andar. 
Ella  marcha,  y  sus  miradas 
Vagan  en  torno  azoradas. 
Cual  si  creyesen   ilusas 

En  las  tinieblas  confusas 
Mil  espectros  divisar. 

Ella  va;  y  aun  de  su  sombra. 
Como  el  criminal,  se  asombra; 
Alza,  inclina  la  cabeza ; 
Pero  en  un  cráneo  tropieza 

Y  queda  al  punto  mortal. 

Un   cuerpo  gruñe  y    resuella, 

Y  se  revuelve  ....  mas  ella 
Cobra  espíritu  y  coraje, 


50  antología 

Y  en  el  pecho  del  salvaje 
Clava  el  agudo  puñal. 

El  indio  dormido  espira, 

Y  ella  veloz  se  retira 

De  allí,  y  anda  con  más  tino 
Arrostrando  del  destino 
La  rigorosa  crueldad. 
Un  instinto  poderoso, 
Un  afecto   generoso 
La  impele  y  guía  segura, 
Como  luz  de  estrella  pura, 
Por  aquella  oscuridad. 

Su  corazón  de  alegría 
Palpita.  ^ — Lo  que  quería, 
Lo  que  buscaba  con  ansia 
Su  amorosa  vigilancia 
Encontró  gozosa  al  fin. 
Allí,  allí  está   su  universo, 
De  su  alma  el  espejo  terso, 
Su  amor  esperanza  y  vida; 
Allí  contempla  embebida 
Su  terrestre  serafín. 

—  Brián,  dice,  mi  Brián   querido,. 
P)usca  durmiendo   el  olvido; 
Quizás  ni    soñando  espera 
Oue  yo  entre  esta  gente  fiera 
Le  venga  á  favorecer. 


4 
ESTEBAN   KCHHVERRIA  5I 


Lleno  de  heridas,  car.tivo, 
No  abate  su  ánimo  altivo 
La  desgracia,  y  satisfecho 
Descansa,  como  en  su  lecho^ 
Sin  esperar,  ni  temer. 

Sus  verdugos,  sin    embargo, 
Para  hacerle  mas  amargo 
De  la  muerte  el  pensamiento, 
Deleitarse  en  su  tormento, 
Y  más  su  rencor  cebar 
Prolongando  su  agonía, 
La   vida  suya,  que  es  mía, 
Guardaron,  cuando  triunfantes, 
Hasta  los  tiernos  infantes 
Osaron  despedazar. 

Arrancándolos  del  seno 
De  sus  madres — ¡día  lleno 
De  execración  y  amargura, 
En  que  murió  mi  ventura, 
Tu  memoria  nie  da  horror! — 
Así  dijo,  y  ya  no  siente. 
Ni  llora,  porque  la  fuente 
Del  sentimiento  fecunda 
Que  el  femenil  pecho  inunda^ 
Consumió  el  voraz  dolor. 

Y  el  amor  y  la  venganza 
Bn  su  corazón  alianza 


52 


antología 

Han  hecho,  y  solo  una  idea 
Tiene  fija  y  saborea 
Su  ardiente  imaginación. 
Absorta  el  alma,  en  delirio 
Lleno  de  gozo  y  martirio 
Queda,  hasta  que  al  fin  estalla 
Como  volcan,  y  se  explaya 
La  lava  del  corazón. 

Allí  está  su  amante  herido. 
Mirando  al  cielo,  y  ceñido 
El  cuerpo  con  duros  lazos. 
Abiertos  en  cruz  los   brazos, 
Ligadas  manos  y  pies. 
Cautivo  está,  pero  duerme; 
Inmoble,  sin  fuerza,  inerme 
Yace  su  brazo  invencible; 
De  la  pampa  el  león  terrible 
Presa  de  los  buitres  es. 

Allí,  de  la  tribu  impía. 
Esperando  con  el  día 
Horrible  muerte,  está  el  hombre 
Cuya    fama,  cuyo  nombre, 
Era  al  bárbaro  traidor. 
Más  temible  que  el  zumbido 
Del  hierro  ó  plomo  encendido; 
Más  aciago  y  espantoso 
Que  el  valichú    rencoroso 
A  quien  ataca  su    error. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  53 

Allí  está; — silenciosa  ella, 
Como  tímida  doncella, 
Besa  su   entreabierta  boca. 
Cual  si  dudara  le   toca 
Por  ver  si  respira  aún. 
Entonces  las  ataduras, 
Que  sus  carnes  roen  duras. 
Corta,  corta  velozmente. 
Con  su  puñal  obediente, 
Teñido  en  sangre  común. 

Brián  despierta, — su  alma  fuerte, 
Conforme  3a  con   su  suerte. 
No  se  conturba,  ni  azora; 
Poco  á  poco  se   incorpora, 
Mira  sereno,  y  cree  ver 
Un  asesino; — echan  fuego 
Sus  ojos  de  ira;  mas  luego 
Se  siente  libre,   y  se  calma; 

Y  dice:— ¿eres  alguna  alma 
Que  pueda  y  deba  querer? 

¿  Eres  espíritu  errante, 
Ángel  bueno,  ó  vacilante 
Parto  de  mi  fantasía? — 
— Mi  vulgar  nombre   es  María, 
Ángel  de  tu  guarda  soy; 

Y  mientras  cobra  pujanza. 
Ebria  la  feroz  venganza 
De  los  bárbaros,  segura. 


54  antología 

En  aquesta   noche  oscura, 
Velando  á  tu  lado  estoy. 

Nada  tema  tu  congoja. — 

Y  enajenada  se  arroja 

De  su  querido  en  los  brazos, 
Le  da  mil  besos  y  abrazos, 
Repitiendo:  Brián,  mi  Brián. 
— La  alma  heroica  del   guerrero 
Siente  el  gozo  lisonjero 
Por  sus  miembros   doloridos 
Correr,  y  que  sus  sentidos 
Libres  d,'  ilusión   están. 

Y  en  labios  de  su  querida 
Apura  aliento  de  vida, 

Y  la  estrecha  cariñoso 

Y  en  éxtasis  amoroso 
Ambos  respiran  así. 
Mas,  súbito  él  la  separa, 
Como  si  en  su  alma    brotara 
Horrible  idea,  y  la  dice: 

— María,  soy  infelice, 
Ya  no  eres  digna  de  mí. 

Del  salvaje  la  torpeza 
Habrá  ajado  la  pureza 
De  tu  honor,   y  mancillado 
Tu  cuerpo  santificado 
Por  mi  cariño  y  tu  amor; 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  55 

Ya  no  me  es  dado  quererte. — 
Ella  le  responde: — advierte, 
Que  en  este  acero  está  escrito 
Mi  pureza  y  mi   delito, 
Mi  ternura  y  mi  valor. 

Mira  este  puñal  sangriento, 

Y  saltará  de  contento 
Tu  corazón  orgulloso; 
Diómele  amor  poderoso, 
Diómele  para  matar 

Al  salvaje  que  insolente 
Ultrajar  mi  honor  intente, 
Para,  á  un  tiempo,  de  mi  padre, 
De  mi  hijo  tierno  y  mi  madre 
La  injusta  muerte   vengar; 

Y  tu  vida,  mas  preciosa 
Que  la  luz  del  sol  hermosa, 
Sacar  de  las  fieras  manos 
De  estos  tigres  inhumanos, 
O  contigo  perecer. 
Loncoy,  el   cacique    altivo 
Cuya  saña  al  atractivo 
Se  rindió  de  estos  mis  ojos, 

Y  quiso  entre  sus  despojos 
De  Brián  la  querida  ver, 

Después  de  haber  mutilado 
A    su  hijo   tierno,   anegado 


56  ANTOLOGÍA 

En  su   sangre  yace  impura; 
Sueño  infernal  su  alma  apura : 
Diole  muerte   este  puñal. 
Levanta,  mi  Brián,  levanta, 
Sigue,  sigue  mi  ágil  planta; 
Huyamos  de  esta  guarida 
Donde  la  turba  se  anida 
Más  inhumana  y  fatal. — 

— ¿Pero  adonde,  adonde  iremos? 
¿  Por  fortuna  encontraremos 
En  la  pampa  algún  asilo 
Donde  nuestro  amor  tranquilo 
Logre  burlar  su  furor? 
¿  Podremos,  sin  ser  sentidos, 
Escapar,   y  desvalidos. 
Caminar  á  pie,  ijadeando. 
Con  el  hambre  y  sed  luchando, 
El  cansancio  y  el  dolor?  — 

—  Sí,  el  anchuroso  desierto 
Más  de  un  abrigo  encubierto 
Ofrece,  y  la  densa  niebla. 
Que  el  cielo  y  la  tierra  puebla, 
Nuestra  fuga  ocultará. 
Brián,  cuando  aparezca  el  día, 
Palpitantes  de  alegría 
Lejos  de  aquí  ya  estaremos, 
Y  el  alimento  hallaremos 
Que  el  cielo  al   infeliz    da. — 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  57 


— Tú  podrás,  querida  amiga, 
Hacer  rostro  á  la  fatiga, 
Mas  yo  llagado  y  herido, 
Débil,  exangüe,  abatido, 
¿Cómo  podré  resistir? 
Huye  tú,  mujer  sublime, 

Y  del  oprobio  redime 
Tu  vivir  predestinado ; 
Deja  á  Brián  infortunado. 
Solo,  en  tormentos  morir. — 

--No,  no,  tú  vendrás  conmigo, 
O  pereceré  contigo 
De  la   amada   patria  nuestra 
Escudo  fuerte  es  tu  diestra, 
¿Y,  qué  vale  una  mujer? 
Huyamos,  tú  de  la  muerte, 
Yo  de  la  oprobiosa  suerte 
De  los  esclavos.  Propicio 
El   cielo  este  beneficio 
Nos  ha  querido  ofrecer. 

No  insensatos  lo  perdamos: 
Huyamos,  mi  Brián,  huyamos; 
Que  en  el   áspero  camino. 
Mi  brazo  y  poder  divino 
Te  servirán  de  sostén. — 
— Tu  valor  me  infunde  fuerza, 

Y  de  la  fortuna    adversa, 
Amor,  gloria,  ó  agonía, 


58  ANTOLOGÍA 

Participar  con  María 

Yo  quiero.  Huyamos,  ven;  ven. — 

Dice  Brian  y  se  levanta; 
El  dolor  traba  su  planta, 
Mas   devora  el  sufrimiento, 
Y  ambos  caminan  á  tiento 
Por  aquella  oscuridad. 
Tristes  van;  de  cuando  en  cuando, 
La  vista  al  cielo  llevando, 
Que  da  esperanza  al  que  gime: 
¿Qué  busca  su  alma   sublime? 
La  muerte  ó  la  libertad. 

— Y  en  esta  noche  sombría 
¿Quién  nos  servirá  de  guía? — 
— Brián  ¿no   ves  allá  uña  estrella 
Que  entre  dos  nubes  centella. 
Cual  benigno  astro  de  amor 
Pues  esa  es  por  Dios  enviada. 
Como  la  nube  encarnada 
Que  vio  Israel  prodigiosa; 
Sigamos  la   senda  hermosa 
Que  nos  muestra  su  fulgor. 

Ella  del  triste  desierto 
Nos  llevará  á  feliz  puerto. — 
Ellos  van.  Solas,  perdidas, 
Como  dos  almas  queridas 
Que  amor  en  la  tierra  unió. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  59 

Y  en  la  misma  forma  de  antes, 
Andan   por  la  noche  errantes, 
Con  la  memoria  hechicera 

Del  bien  que  en  su  primavera 
La  desdiclia  les  robó. 

Ellos  van.   Vasto,  profundo 
Como  el  páramo  del  mundo 
Misterioso   es  el  que  pisan. 
Mil  fantasmas  se  divisan, 
Mil  formas  vanas  hallí, 
Que  la  sangre  joven  hielan : 
Mas  ellos    vivir  anhelan. 
Brián   desmaya  caminando, 

Y  al   cielo  otra  vez  mirando, 
Dice  á  su   querida  así: 

—  Mira:   ;no   ves?   la  luz    bella 
De  nuestra  polar  estrella 
De  nuevo  se   ha  oscurecido; 

Y  el  cielo  más   denegrido 
Nos  anuncia  algo  fatal. — 

—  Cuando  contrario  el  destino 
Nos  cierre,    Brián,    el  camino. 
Antes   de    volver  á  manos 
De  esos  indios  inhumanos. 
Nos  queda  algo:  este  puñal. — 


6o  ANTOLOGÍA 


CUARTA  PARTE 


LA    ALBORADA 


Ya  de  muertos  la  tierra  está 
cubierta. 

V    la    vasta   llanura    toda  es 
sangre. 

Manzoiii. 


Todo  estaba  silencioso: 
La  brisa  de  la  mañana 
Recién  la  yerba  lozana 
Acariciaba,  y  la  flor; 

Y  en  el  oriente  nubloso, 
La  luz  apenas  rayando. 
Iba  el  campo  matizando 
De  claroscuro  verdor. 

Posaba  el  ave  en  su  nido: 
Ni  del  pájaro  se  oía 
La  variada  melodía, 
Música  que  al  alba  da; 

Y  solo  al  ronco  bufido 

De  algún  potro  que  se  azora, 
Mezclaba  su  voz  sonora 
El  agorero  y  aja. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  6l 

En  el  campo  de  la  holganza, 
So  la  techumbre  del  cielo, 
Libre,  agena  de  recelo 
Dormía  la  tribu  infiel; 
Mas  la  terrible  venganza 
De  su  constante  enemigo 
Alerta  estaba,  y  castigo 
Le  preparaba  cruel. 

Súbito,  al  trote  asomaron 

Sobre  la  estendida  loma, 

Dos  jinetes,  como  asoma 

El  astuto  cazador. 

Al  pie  de  ella  divisaron 

La  chusma  quieta  y  dormida; 

Y  volviendo  atrás  la  brida, 
Fueron  á  dar  el  clamor 

De  alarma  al  campo  cristiano. 
Pronto  en  brutos  altaneros 
Un  escuadrón  de  lanceros 
Trotando  allí  se  acercó, 
Con  acero  y  lanza  en  mano; 

Y  en  hileras  dividido 
Al  indio,  no  apercibido. 
En  doble  muro  encerró. 

Entonces,  el  grito:  ¡cristiano,  cristiano! 

Resuena  en  el  llano. 
¡Cristiano!  repite  confuso  clamor. 


62  .  ANTOLOGÍA 

La  turba  que  duerme  despierta  turbada, 

Clamando  azorada: 
¡  Cristiano  nos  cerca,  cristiano  traidor ! 

Niños  y  mujeres  llenos  de  conflicto, 

Ivcvantan  el  grito. 
Sus  almas  conturba  la  tribulación. 
Los  unos  pasmados  al  peligro  horrendo. 

Los  otros  huyendo. 
Corren,  gritan,  llevan  miedo  y  confusión. 

Quien  salta  al  caballo  que  encontró  primero; 

Quien  toma  el  acero; 
Quien  corre  su  potro  querido  á  buscar. 
Mas  ya  la  llanura  cruzan,  desbandadas, 

Yeguas  y  manadas. 
Que  el  cauto  enemigo  las  hizo  espantar. 

Bn  trance  tan  duro  los  carga  el  cristiano. 
Blandiendo  en  su  mano 

La  terrible  lanza,  que  no  da  cuartel. 

Los  indios  más  bravos  luchando  resisten: 
Cual  fieras  embisten; 

Bl  brazo  sacude  la  matanza  cruel. 

El  sol  aparece;  las  armas  agudas 

Relucen  desnudas. 
Horrible  la  muerte  se  muestra  doquier, 
En  lomos  del  bruto,  la  fuerza  y  coraje 

Crece  del  salvaje; 
Sin  su  apoyo,  inerme  se  deja  vencer. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  65 

Pie  en  tierra  poniendo,  la  fácil  victoria 

Que  no  le  da  gloría 
Prosigue  el  cristiano  Heno  de  rencor. 
Caen  luego  caciques,  soberbios  caudillos, 

Los  fieros  cuchillos 
Degüellan,  degüellan,  sin  sentir  horror. 

Los  ayes,  los  gritos,  clamor  del  que  llora, 

Gemir  del  que  implora 
Puesto  de  rodillas  en  vano  piedad; 
Todo  se  confunde:  del  plomo  el  silbido, 

Del  hierro  el  crugido, 
Que  ciego  no  acata  ni  sexo,  ni  edad. 

Horrible,  horrible  matanza 
Hizo  el  cristiano  aquel  día; 
Ni  hembra,  ni  varón,  ni  cría 
De  aquella  tribu  quedó. 
La  inexorable  venganza 
Siguió  el  paso  á  la  perfidia, 

Y  en  no  cara  y  breve  lidia 
Su  cerviz  al  hierro  dio. 

Viose  la. yerba  teñida 
De  sangre  hedionda,  y  sembrado 
De  cadáveres  el  prado 
Donde  resonó  el  festín. 

Y  del  sueño  de  la  vida 
Al  de  la  muerte  pasaron 

Los  que  poco  antes  holgaron. 
Sin  temer  aciago  fin. 


é4  ANTOLOGÍA 

Las  cautivas  derramaban 
Lágrimas  de  regocijo ; 
Una  al  esposo,  otra  al  hijo 
Debió  allí  la  libertad; 
Pero  ellos  tristes  estaban, 
Porque  ni  vivo  ni  muerto 
Halló  á  Brián  en  el  desierto, 
Su  valor  y  su  lealtad. 


QUINTA    PARTE 

EL    PAJONAL 


....  y  el  ánimo  cansado. 
De  esperanza  feliz,  uutre 
y  conforta. 

Dante. 


Así,  huyendo  á  la  ventura, 
Ambos  á  pié  divagaron 
Por  la  lóbrega  llanura, 
Y  al  salir  la  luz  del  día, 
A  corto  trecho  se  hallaron 
De  un  inmenso  pajonal,  (i) 
Brián  debilitado,  herido, 
A  la  fatiga  rendido. 


(i)  Pajonal:  paraje  anegado,  en  donde  crece  la  paja  enmarañada  y  alta. 
Iv03  hay  muy  extensos,  y  algunos  á  la  distancia  aparecen  en  la  planicie 
como  bosque  :  son  los  Oasis  de  la  pampa.    (Nota  del  poema). 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  65 

La  planta  apenas  movía; 
Su  angustia  era  sin  igual. 
Como  un  ángel,  su  querida, 
Siempre  á  su  la^o  velaba, 

Y  el  espíritu  y  la  vida. 

Que  su  alma  heroica  anidaba, 
La  infundía  al  parecer, 
Con  miradas  cariñosas, 
Voces  del  alma  profundas 
Que  debieran  ser  eternas, 

Y  aquellas  palabras  tiernas, 
O  armonías  misteriosas, 
Que  solo  manan  fecundas 
Del  labio  de  la  mujer. 

Temerosos  del  salvaje, 
Acogiéronse  al  abrigo 
De  aquel  pajonal  amigo. 
Para  de  nuevo  su  viaje 
Por  la  noche  continuar, 
Descansar  allí  un  momento, 
Y  refrigerio  y  sustento 
A  la  flaqueza  buscar. 
Era  el  adusto  verano  : 
Ardiente  el  sol  como  fragua. 
En  cenagoso  pantano 
Convertido  había  el  agua 
Alli  estancada,  y  los  peces, 
Los  animales  inmundos 
Que  aquel  bañado  habitaban, 


66  ANTOLOGÍA 

iVIuertos,  el  aire  infestaban, 
O  entre  las  impuras  heces 
Aparecían  á  veces 
Boqueando  moribundos, 
Como  del  cielo  implorando 
Agua  y  aire.  Aquí  se  vía 
Al  voraz  cuervo,  tragando 
Lo  más  asqueroso  y  vil; 
Allí  la  blanca  cigüeña, 
El  pescuezo  corvo  alzando, 
En  su  largo  pico  enseña 
El  tronco  de  algún  reptil. 
Más  allá  se  ve  al  carancho, 
Que  jamás  presa  desdeña, 
Con  pico  en  forma  de  gancho, 
De  la  espirante  alimaña 
Zajar  la  fétida  entraña. 
Y  en  aquel  páramo  yerto, 
Donde  á  buscar  como  á  puerto 
Refrigerio,  van  errantes 
Brián  y  María  anhelantes, 
Solo  divisan  sus  ojos, 
Feos,  inmundos  despojos 
De  la  muerte,  ¡  Que  destino 
Como  el  suyo  miserable! 
Si  en  aquel  instante  vino 
La  memoria  perdurable 
De  la  pasada  ventura 
A  turbar  su  fantasía, 
;  Cuan  amarga  les  sería ! 
¡Cuan  triste,  yerma  }•  oscura! 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  67 

Pero  con  pecho  animoso 
En  el  lodo  pegajoso 
Penetraron,  ya  cayendo, 
Ya  levantando  ó  subiendo 
El  pie  flaco  y  dolorido; 

Y  sobre  un  flotante  nido 
De  yajá   (columna  bella. 
Que  entre  la  paja  descuella, 
Como  edificio  construido 
Por  mano  hábil),  se  sentaron 
A  descansar  ó  morir. 
Súbito  allí  desmayaron 

Los  espíritus  vitales 
De  Brián  á  tanto  sufrir; 

Y  en  los  brazos  de  María, 
Que  inmóvil  permanecía. 
Cayó  muerto  al  parecer. 

¡  Cómo  palabras  mortales 
Pintar  al  vivo  podrán 
El  desaliento  y  angustias, 
O  las  imágenes  mustias 
Que  el  alma  atravesarán 
De  aquella  infeliz  mujer 
Flor  hermosa  y  delicada. 
Perseguida  y  conculcada 
Por  cuantos  males  tiranos 
Dio  en  herencia  á  los  humanos 
Inexorable  poder! 

Pero,  á  cada  golpe  injusto. 


63  ANTOLOGÍA 

Retoñece  más  robusto 

De  su  noble  alma  el  valor; 

Y  otra  vez,  con  paso  fuerte, 
Huella  el  fango,  do  la  muerte 
Disputa  un  resto  de  vida 

A  indefensos  animales, 

Y  rompiendo  enfurecida 
Los  espesos  matorrales. 
Camina  á  un  sordo  rumor 
Que  oye  próximo,  y  mirando 
El  hondo  cauce  anchuroso 
De  un  arroyo  que  copioso 
Entre  la  paja  corría, 

Se  volvió  atrás,  exclamando 
Arrobada  de  alegría : 
— ¡  Gracias  te  doy.  Dios  Supremo ! 
¡  Brián  se  salva;  nada  temo !  — 

Pronto  llega  al  alto  nido 
Donde  yace  su  querido, 
Sobre  sus  hombros  le  carga, 

Y  con  vigor  desmedido 
Lleva,  lleva,  á  paso  lento, 
Al  puerto  de  salvamento. 
Aquella  preciosa  carga. 

Allí  en  la  orilla  verdosa 
El  inmoble  cuerpo  posa, 

Y  los  labios,  frente  y  cara 
En  el  agua  fresca  y  clara 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  69 

Le  embebe.   Su  aliento  aspira, 
Por  ver  si  vivo  respira; 
Trémula  su  pecho  toca 

Y  otra  vez  sienes  y  boca 

Le  empapa.  En  sus  ojos  vivos 

Y  en  su  semblante  animado, 
Los  matices  fug^itivos 

De  la  apasionada  guerra 
Que  su  corazón  encierra. 
Se  muestran.  Brián  recobrado 
Se  mueve,  incorpora,  alienta, 

Y  débil  mirada  lenta 
Clava  en  la  hermosa  ]\Iaría, 
Diciéndola:  amada  mía, 
Pensé  no  volver  á  verte, 

Y  que  este  sueño  sería 
Como  el  sueño  de  la  muerte. 
Pero  tú  siempre  velando, 

Mi  vivir  sustentas,  cuando 
Yo  en  nada  puedo  valerte, 
Sino  doblar  la  amargura 
De  tu  extraña  desventura. 
— Que  vivas  tan  solo  quiero; 
Porque  si  mueres  yo  muero. 
Brian  mío:  alienta,  triunfamos; 
En  salvo  y  libres  estamos ; 
No  te  aflijas.  Bebe,  bebe. 
Esta  agua  cuyo  frescor 
El  estenuado  vigor 
Volverá  á  tu  cuerpo  en  breve, 


yo  ANTOLOGÍA 

Y  esperemos  con  valor 

De  Dios  el  fin  que  imploramos. 

Dijo  así  y  en  la  corriente 

Recoje  agua,  y  diligente, 

De  sus  miembros  con  esmero 

Se  aplica  á  lavar  primero 

Las  dolorosas  heridas, 

Las  hondas  llagas  henchidas 

De  negra  sangre  cuajada, 

Y  á  sus  inflamados  pies 
Bl  lodo  impuro.  Después, 
Con  su  mano  delicada 

Las  venda.  Brián  silencioso 
Sufre  el  dolor  con  firmeza ; 
Pero  siente  á  la  flaqueza 
Rendido  el  pecho  animoso. 

Ella  entonces  alimento 
Corre  á  buscar;  y  un  momento, 
Sin  duda,  el  cielo  piadoso 
De  aquellos  finos  amantes 
Infortunados  y  errantes, 
Quiso  aliviar  el  tormento. 


0 
ESTEBAN    KCHEVERRIA  71 


SEXTA    PARTE 


LA    ESPERA 


¡  Que  larg;as  son  las  horas  del  deseo  ! 
Morete. 


Triste,  oscura,  encapotada, 
Llegó  la  noche  esperada; 
La  noche  que  ser  debiera 
Su  grata  y  fiel  compañera. 

Y  en  el  vasto  pajonal 
Permanecen  inactivos 
Los  amantes  fugitivos. 

Su  astro,  al  parecer,  declina. 
Como  la  luz  vespertina, 
Entre  sombra  funeral. 

Brián  por  el  dolor  vencido 
Al  margen  yace  tendido 
Del  arroyo.    Probó  en  vano 
El  paso  firme  y  lozano 
De  su  querida  seguir. 
Sus  plantas  desfallecieron, 

Y  sus  heridas  vertieron 
Sangre  otra  vez.  Sintió  entonces 
Como  una  mano  de  bronce 

Por  sus  miembros  discurrir. 


72  ANTOLOGÍA 

María  espera  á  su  lado, 
Con  corazón  agitado, 
Que  amanecerá  otra  aurora 
Más  bella  y  consoladora. 
El  amor  la  inspira  fe 
En  destino  mas  propicio, 

Y  la  oculta  el  precipicio 
Cuya  idea  solo  pasma: 
El  descarnado  fantasma 
De  la  realidad  no  ve. 

Pasión  vivaz  la  domina; 
Ciega  pasión  la  fascina. 
Mostrando  á  su  alma  el  trofeo 
De  su  impetuoso  deseo 
La  dice:  tú  triunfarás. 
Ella  infunde  á  su  flaqueza 
Constancia  allí  y  fortaleza. 
Ella  su  hambre,  su  fatiga, 

Y  sus  angustias  mitiga 
Para  devorarlas  más. 

Sin  el  amor  que  en  sí  entraña, 
¿Qué  sería?  Frágil  caña 
Que  el  más  leve  impulso  quiebra; 
Ser  delicado,  fina  hebra. 
Sensible  y  flaca  mujer. 
Con  él  es  ente  divino 
Que  pone  á  raya  el  destino; 
Ángel  poderoso  y  tierno 


0 
ESTEBAN    ECHEVERRÍA  73 


A  quien  no  haría  el  infierno 
Vacilar,  ni  extremecer. 

De  su  querido  no  advierte 
El  mortal  abatimiento, 
Ni  cree  se  atreva  la  muerte 
A  sofocar  el. aliento 
Que  hace  vivir  á  los  dos : 
Porque  de  su  llama  intensa 
Es  la  vida  tan  inmensa, 
Que  á  la  muerte  vencería, 

Y  en  sí  eficacia  tendría 
Para  animar  como  Dios. 

El  amor  es  fe  inspirada ; 
Es  religión  arraigada 
En  lo  íntimo  de  la  vida; 
Fuente  inagotable,  henchida 
De  esperanza,  su  anhelar 
No  halla  obstáculo  invencible 
Hasta  conseguir  victoria : 
Si  se  estrella  en  lo  imposible, 
Gozoso  vuela  á  la  gloria 
Su  heroica  palma  á  buscar. 

María  no  desespera. 
Porque  su  ahinco  procura 
Para  lo  que  ama,  ventura ; 

Y  al  infortunio  supera 
Su  imperiosa  voluntad. 


74  ANTOLOGÍA 

Mañana,  el  grito  constante 
De  su  corazón  amante 
La  dice,  mañana  el  cielo 
Hará  cesar  tu  desvelo; 
La  nueva  luz  esperad. 

La  noche  cubierta  en  tanto 
Camina  en  densa  tiniebla, 

Y  en  el  abismo  de  espanto 
Que  aquellos  páramos  puebla, 
Ambos  perdidos  se  ven. 
Parda,  rojiza,  radiosa, 

Una  faja  luminosa 
Forma  horizonte  no  lejos: 
Sus  amarillos  reflejos 
En  lo  oscuro  hacen  vaivén. 

La  llanura  arder  parece, 

Y  que  con  el  viento  crece. 
Se  encrespa,  aviva  y  derrama 
El  resplandor  y  la  llama 
En  el  mar  de  lobreguez. 
Aquel  fuego  colorado, 

En  tinieblas  engolfado, 
Cuyo  esplendor  vaga  horrendo, 
Era  trasunto  estupendo 
De  la  infernal  terriblez. 

Brián,  recostado  en  la  yerba, 
Como  ageno  de  sentido. 


# 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA  75 

Nada  ve.    Ella  un  ruido 
Oye,   pero  solo  observa 
La  negra  desolación, 
O  las  sombrías  visiones 
Que  engendran  las  turbaciones 
De  su  espíritu.  ¡  Cuan  larga 
Aquella  noche  y  amarga 
Sería  á  su  corazón ! 

Miró  á  su  amante.  Espantoso, 

Un  bramido  cabernoso 

La  hizo  temblar,  resonando. 

Era  el  tigre,  que  buscando 

Pasto  á  su  saña  feroz 

En  los  densos  matorrales, 

Nuevos  presagios  fatales 

Al  infortunio  traía. 

En  silencio,  echó  María 

Mano  á  su  puñal,  veloz. 


76  ANTOLOGÍA 


SÉPTIMA    PARTE 


I.A   QUEMAZÓN 


Mirad  ja   en    torrente  se  extiende 
la  llama. 

I.uhiartine. 


El  aire  estaba  inflamado; 
Turbia  la  región  suprema; 
Envuelto  el  campo  en  vapor, 
Rojo  el  sol,  y  coronado    ' 
De  parda  oscura  diadema, 
Amarillo  resplandor 
En  la  atmósfera  esparcía. 
El  bruto,  y  el  pájaro  huía; 
Y,  agua,  la  tierra  pedía 
Sedienta  y  llena  de  ardor. 

Soplando  á  veces  el  viento 
Limpiaba  los  horizontes, 

Y  de  la  tierra,  brotar 

De  humo  rojo  y  ceniciento 
Se  veían  como  montes, 

Y  en  la  llanura  ondear. 
Formando  espiras  doradas 
Como  lenguas  inflamadas 
O  melenas  encrespadas 
De  ardiente,  agitado  mar. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA 

Cruzándose  nubes  densas, 
Por  la  esfera  dilataban. 
Como  cuando  hay  tenijj estad, 
Sus  negras  alas  inmensas ; 
Y  más  y  más  aumentaban 
El  pavor  y  oscuridad. 
El  cielo  entenebrecido, 
El  aire,  el  humo  encendido, 
Eran,  con  el  sordo  ruido, 
Signo  de  calamidad. 

El  pueblo  de  lejos 
Contempla  asombrado 
Los  turbios  reflejos; 
Del  día  enlutado 
La  ceñuda  faz. 
El  humilde  llora; 
El  piadoso  implora,; 
Se  turba  y  azora 
La  malicia  audaz. 

Quien  cree  ser  indicio 

Fatal,  estupendo. 

Del  día  del  juicio. 

Del  día  tremendo 

Que  anunciado  está. 

Quien  piensa  que  al  mundo, 

Sumido  en  lo  inmundo, 

El  cielo  iracundo 

Pone  á  prueba  ya. 


77 


78  ANTOI,OGÍA 

Era  la  plaga  que  cría 
La  devorante  sequía 
Para  estrago  y  confusión : 
De  la  chispa  de  una  hoguera 
Que  llevó  el  viento  ligera, 
Nació  grande,  cundió  fiera, 
La  terrible  quemazón. 

Ardiendo  sus  ojos 
Relucen,  chispean ; 
En  rubios  manojos 
Sus  crines  ondean. 
Flameando  también: 
La  tierra  gimiendo, 
Los  brutos  rugiendo, 
Los  hombres  huyendo, 
Confusos  la  ven. 

Sutil  se  difunde, 
Camina,  se  mueve. 
Penetra,  se  infunde; 
Cuanto  toca  en  breve. 
Reduce  á  tizón. 
Ella  era;  y  pastales. 
Densos  pajonales, 
Cardos  y  animales. 
Ceniza,  humo  son. 

Raudal  vomitando 
Venía  de  llama, 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  79 

Que  hirviendo,  silbando, 
Se  enrosca  y  derrama 
Con  velocidad. 
Sentada  Alaría 
Con  su  Brián  la  vía: 
— ¡  Dios  mío !  decía, 
De  nos  ten  piedad. — 

Piedad  María  imploraba, 

Y  piedad  necesitaba 
De  potencia  celestial. 
Brián  caminar  no  podía, 

Y  la  quemazón  cundía 
Por  el  vasto  pajonal; 

Allí  pávulo  encontrando, 
Com.o  culebra  serpeando, 
Velozmente  caminó ; 

Y  agitando  desbocada 
Su  crin  de  fuego  erizada. 
Gigante  cuerpo  tomó. 

Lodo,  paja,  restos  viles 
De  animales  y  reptiles. 
Quema  el  fuego  vencedor, 
Que  el  viento  iracundo  atiza. 
Vuelan  el  humo  y  ceniza, 

Y  el  inflamado  vapor, 

Al  lugar  donde,  pasmados. 
Los  cautivos  desdichados. 


83  ANTOLOGÍA 

Con  despavoridos  ojos 
Están,  su  hervidero  oyendo, 
Y  las  llamaradas  viendo 
Subir  en  penachos  rojos. 

No  hay  como  huir;  no  hay  efugio, 
Esperanza  ni  refugio; 
¿Dónde  auxilio  encontrarán? 
Postrado  Brián  yace  inmoble 
Como  el  orgulloso  roble 
Que  derribó  el  huracán. 

Para  ellos  no  existe  el  mundo. 
Detrás,  arroyo  profundo, 
Ancho  se  extiende;  y  delante, 
Formidable  y  horroroso, 
Alza  la  cresta  furioso 
Mar  de  fuego  devorante. 

— Fluye  presto,  Brián  decía 
Con  voz  débil  á  María, 
Déjame  solo  morir. 
Este  lugar  es  un  horno : 
Pluye  ¿no  miras  en  torno 
Vapor  cárdeno  subir?  — 

Ella  calla,  ó  le  responde : 

— Dios  largo  tiempo  no  esconde 

Su  divina  protección. 

¿Crees  tú  nos  haya  olvidado? 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  8 I 


Salvar  tu  vida  ha  jurado 
O  morir  mi  corazón. — 

Pero  del  cielo  era  juicio 
Que  en  tan  horrendo  suplicio 
No  debían  perecer; 

Y  que  otra  vez  de  la  muerte 
Inexorable,  amor  fuerte 
Triunfase,  amor  de  mujer. 

Súbito  ella  se  incorpora; 
De  la  pasión  que  atesora 
El  espíritu  inmortal 
Brota  en  su  faz  la  belleza, 
Estampando  fortaleza 
De  criatura  celestial. 

No  sujeta  á  ley  humana; 

Y  como  cosa  liviana 
Carga  el  cuerpo  amortecido 
De  su  amante,  y  con  él  junto. 
Sin  cejar,  se  arroja  al  punto 
En  el  arroyo  extendido. 

Cruje  el  agua,  y  suavemente 
Surca  la  mansa  corriente 
Con  el  tesoro  de  amor. 
Semejante  á  Ondina  bella, 
Su  cuerpo  airoso  descuella, 

Y  hace  nadando,  rumor. 


82  ANTOLOGÍA 

Los  cabellos  atezados, 
Sobre  sus  hombros  nevados, 
Sueltos,  reluciendo  van; 
Voga  con  un  brazo  lenta, 

Y  con  el  otro  sustenta 

A  flor,  el  cuerpo  de  Brián. 

Aran  la  corriente  unidos. 
Como  dos  cisnes  queridos 
Que  huyen  de  águila  cruel. 
Cuya  garra  siempre  lista. 
Desde  la  nube  se  alista 
A  separar  su  amor  fiel. 

La  suerte  injusta  se  afana 
En  perseguirlos.  Ufana 
En  la  orilla  opuesta  el  pié 
Pone  María  triunfante, 

Y  otra  vez  libre  á  su  amante 
De  horrenda  agonía  ve. 

¡  Oh  del  amor  maravilla ! 
En  sus  bellos  ojos  brota 
Del  corazón  gota  á  gota. 
El  tesoro  sin  mancilla, 
Celeste,  inefable  unción ; 
Sale  en  lágrimas  deshecho 
Su  heroico  amor  satisfecho; 

Y  su  formidable  cresta 
Sacude,  enrosca  y  enhiesta 
La  terrible  quemazón. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  8^ 

Calmó  después  el  violento 
Soplar  del  airado  viento: 
El  fuego  á  paso  más  lento 
Surcó  por  el  pajonal, 
Sin  tocar  ningún  escollo ; 
Y  á  la  orilla  de  un  arroyo 
A  morir  al  cabo  vino, 
Dejando  en  su  ancho  camino, 
Negra  y  profunda  señal. 


OCTAVA    PARTE 


BRIAN 


Los  guerreros  y  aun  los  bridones  de  la  batalla. 
Existen  para  atestiguar  las  victorias  de  mi  brazo. 
Debo  ini  renombre  á  mi  espada. 

Aníar  (i). 


Pasó  aquel,  llegó  otro  día. 
Triste,  ardiente,  y  todavía 
Desamparados  como  antes, 
A  los  míseros  amantes 
Encontró  en  el  pajonal. 
Brián,  sobre  pajizo  lecho 


(:)  Antar;  célebre  poeta  árabe,  de  quien  M.  de  Lamartine  cita  algunos  frag- 
mentos en  su  viaje  á  Oriente:  de  ellos  se  ha  tomado  el  tema  que  encabeza 
este  canto. 


84  "  ANTOLOGÍA 

Inmoble  está,  y  en  su  pecho 
Arde  fuego  inextinguible; 
Brota  en  su  rostro  visible 
Abatimiento  mortal. 

Abrumados  y  rendidos. 
Sus  ojos  como  adormidos, 
La  luz  esquivan,  ó  absortos 
En  los  pálidos  abortos 
De  la  conciencia  (legión 
Que  atribula  al  moribundo) 
Verán  formas  de  otro  mundo, 
Imágenes  fugitivas, 
O  las  claridades  vivas 
De  fantástica  región. 

Triste  á  su. lado  María 
Revuelve  en  la  fantasía 
Mil  contrarios  pensamientos, 

Y  horribles  presentimientos 
La  vienen  allí  á  asaltar; 
Espectros  que  engendra  el  alma 
Cuando  el  ciego  desvarío 

De  las  pasiones  se  calma, 

Y  perdida  en  el  vacío 
Se  recoje  á  meditar. 

Allí,  frágil  navecilla 

En  mar  sin  fondo  ni  orilla. 

Do  nunca  ríe  bonanza. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  85 

Se  encuentra  sin  esperanza 
De  poder  al  fin  surgir. 
Allí  ve  su  afán  perdido, 
Por  salvar  á  su  querido, 

Y  cuan  lejano  y  nubloso 
El  horizonte  radioso 
Está  de  su  porvenir. 

¡  Cuan  largo  é  incierto  camino 
La  desdicha  le  previno! 
¡Cuan  triste  peregrinaje! 
Allí  ve  de  aquel  paraje 
La  yerta  inmovilidad; 
Allí  ya  del  desaliento 
Sufre  el  pausado  tormento, 

Y  abrumada  de  tristeza, 
Al  cabo  á  sentir  empieza 
Su  abandono  y  soledad. 

Echa  la  vista  delante, 

Y  al  aspecto  de  su  amante 
Desfallece  su  heroísmo; 

La  vuelve,  y  hórrido  abismo 

Mira  atónita  detrás. 

Allí  apura  la  agonía 

Del  que  vio  cuando  dormía 

Paraíso  de  dicha  eterno, 

Y  al  despertar,  :in  infierno 
Que  no  imaginó  jamás. 


86  ANTOLOGÍA 

En  el  empíreo  nublado 
Flamea  el  sol  colorado, 

Y  en  la  llanura  domina 
La  vai3orosa  calina, 

El  bochorno  abrasador. 
Brián  sigue  inmoble;  y  María, 
En  formar  se  entretenía 
De  junco  un  denso  tejido, 
Que  guardase  á  su  querido 
De  la  intemperie  y  calor, 

Cuando  oyó  como  el  aliento 
Que  al  levantarse  ó  moverse 
Hace  animal  corpulento, 
Crujir  la  paja  y  romperse 
De  un  cercano  matorral. 
Miró  ¡oh  terror!  y  acercarse 
Vio,  con  movimiento  tardo 

Y  hacia  ella  encaminarse. 
Lamiéndose,  un  tigre  pardo, 
Tinto  en  sangre; — ¡atroz  señal! 

Cobrando  ánimo  al  instante 
Se  alzó  María  arrogante, 
En  mano  el  puñal  desnudo, 
Vivo  el  mirar,  y  un  escudo 
Formó  de  su  cuerpo  á  Brián. 
Llegó  la  fiera  inclemente; 
Clavó  en  ella  vista  ardiente, 

Y  á  compasión  ya  movida, 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  87 

O  fascinada  y  herida 
Por  sus  ojos  y  ademán, 

Recta  prosiguió  el  camino, 

Y  al  arroyo  cristalino 

Se  echó  á  nadar.  ¡Oh  amor  tierno! 

De  lo  más  frágil  y  eterno 

Se  compaginó  tu  ser. 

Siendo  solo  afecto  humano, 

Chispa  fugaz,  tu  grandeza 

Por  impenetrable  arcano, 

Es  celestial.  Oh  belleza! 

No  se  anida  tu  poder 

En  tus  lágrimas,  ni  enojos; 
Sí,  en  los  sinceros  arrojos 
De  tu  corazón  amante. 
María  en  aquel  instante 
Se  sobrepuso  al  terror, 
Pero  cayó  sin  sentido 
A  conmoción  tan  violenta. 
Bella  como  ángel  dormido 
La  infeliz  estaba,  exenta 
De  tanto  afán  y  dolor. 

Entonces  ¡ah!   parecía 
Que  marchitado  no  había 
La  aridez  de  la  congoja, 
Que  á  lo  más  bello  despoja, 
Su  frescura  juvenil. 


88  ANTOLOGÍA 

¡Venturosa  si  más  largo 
Hubiera  sido  su  sueño! 
Brián  despierta  del  letargo: 
Brilla  matiz  más  risueño 
Hn  su  rostro  varonil. 

Se  sienta;  extático  mira, 
Como  el  que  en  vela  delira; 
Lleva  la  mano  á  su  frente 
Sudorífera  y  ardiente, 
¿Qué  cosas  su  alma  verá? 
La  luz,  noche  le  parece; 
Tierra  y  cielo  se  oscurece; 

Y  rueda  en  un  torbellino 
De  nubes. — Este  camino 
Lleno  de  espinas  está: 

Y  la  llanura,  María 

¿No  vés  cuan  triste  y  sombría? 
¿Dónde  vamos?  A  la  muerte. 
Triunfó  la  enemiga  suerte, — 
Dice  delirando  Brián. 
¡Cuan  caro  mi  amor  te  cuesta! 
¡Y  mi  confianza  funesta, 
Cuanta  fatiga  y  ultrajes! 
Pero  pronto  los  salvajes 
Su  deslealtad  pagarán. — 

Cobra  María  el  sentido 
Al  oir  de  su  querido 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  89 

La  VOZ,  y  en  gozo  nadando, 
Se  incorpora,  en  él  clavando 
Su  cariñosa  mirada. 
— Pensé  dormías,  le  dice, 

Y  despertarte  no  quise. 
Fuera  mejor  que  durmieras 

Y  del  bárbaro  no  oyeras 
La  estrepitosa  llegada. 

— ¿Sabes? — sus  manos  lavaron, 
Con  infernal  regocijo, 
En  la  sangre  de  mi  hijo; 
Mis  valientes  degollaron. 
Como  el  huracán  pasó. 
Desolación  vomitando. 
Su  vigilante  perfidia. 
Obra  es  del  inicuo  bando. 
¡Qué  dirá  la  torpe  envidia! 
Ya  mi  gloria  se  eclipsó. 

De  paz  con  ellos  estaba, 

Y  en  la  villa  descansaba. 
Oye;  no  te  fíes;  vela; 
Lanza,  caballo  y  espuela 
Siempre  lista  has  de  tener. 
Mira  donde  me  han  traído; 
Atado  estoy  y  ceñido; 

No  me  es  dado  levantarme, 
Ni  valerte,  ni  vengarme. 
Ni  batallar,  ni  vencer. 


90  antología 

Venga,  venga  mi  caballo; 
Mi  caballo  por  la  vida. 
Venga  mi  lanza  fornida 
Que  yo  basto  á  ese  tropel. 
Rodeado  de  picas  me  hallo: 
Paso,  canalla  traidora, 
Que  mi  lanza  vengadora 
Castigo  os  dará  cruel. 
¿No  miráis  la  polvareda 
Que  del  llano  se  levanta? 
No  sentís  lejos  la  planta. 
De  los  brutos  retumbar? 
La  tribu  es;  huyendo  leda, 
Como  carnicero  lobo. 
Con  los  despojos  del  robo, 
No  de  intrépido  lidiar. 

Mirad  ardiendo  la  villa, 

Y  degollados,  dormidos. 
Nuestros  hermanos  queridos, 
Por  la  mano  del  infiel. 

¡Oh  mengua!  ¡oh  rabia!  ¡oh  mancilla! 
Venga  mi  lanza  ligero; 
]\Ii  caballo  parejero; 
Daré  alcance  á  ese  tropel. 

Se  alzó  Brián  enajenado, 

Y  su  bigote  erizado 

Se  mueve;  chispean,  rojos 
Como  centellas  sus  ojos. 


0 
ESTEBAN   ECHEVERRÍA  91 

Que  hace  el  entusiasmo  arder; 
El  rostro  y  talante  fiero, 
Do  resalta  con  viveza 
El  valor  y  la  nobleza, 
lya  majestad  del  guerrero 
Acostumbrado  á  vencer. 

Pero  al  punto  desfallece; 
Ella  atónita  enmudece, 
Ni  halla  voz  su  sentimiento; 
En  tan  solemne  momento 
Plaquea  su  corazón. 
El  sol  pálido  declina: 
En  la  cercana  colina 
Triscan  las  gamas  y  ciervos; 

Y  de  caranchos  y  cuervos 
Grazna  la  impura  legión. 

De  cadáveres  avara, 
Cual  su  merte  presagiara. 
Así  la  caterva  estulta, 
Vil  al  heroísmo  insulta. 
Que  triunfante  veneró. 
María  tiembla.  El  alzando 
La  vista  al  cielo  y  tomando 
Con  sus  manos  casi  heladas 
Las  de  su  amiga,  adoradas, 
A  su  pecho  las  llevó. 

Y  con  voz  débil  la  dice: 


92  ANTOLOGÍA 

— Oye;  de  Dios  es  arcano 

Que  más  tarde  ó  más  temprano 

Todos  debemos  morir. 

Insensato  el  que  maldice 

La  ley  que  á  todos  iguala; 

Hoy  el  término  señala 

A  mi  robusto  vivir. 

¡Resígnate!  bien  venida 
Siempre,  mi  amor,  fué  la  muerte 
Para  el  bravo,  para  el  fuerte, 
Que  á  la  patria  y  al  honor 
Joven  consagró  su  vida. 
¿Oué  es  ella?  una  chispa,  nada, 
Con  ese  sol  comparada, 
Raudal  vivo  de  esplendor. 

La  mía  brilló  un  momento, 
Pero  á  la  patria  sirviera; 
También  mi  sangre  corriera 
Por  su  gloria  y  libertad. 
Lo  que  me  da  sentimiento 
Es  que  de  tí  me  separo, 
Dejándote  sin  amparo 
Aquí  en  esta  soledad. 

Otro  premio  merecía 
Tu  amor  y  espíritu  brioso; 
Y  galardón  más  precioso 
Te  destinaba  mi  fe. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  93 

Pero  ¡ay  Dios!  la  suerte  mía 
De  otro  modo  se  eslabona; 
Hoy  me  arrancan  la  corona 
Qué  insensato  ambicioné; 

¡Si  al  menos  la  azul  bandera 
Sombra  á  mi  cabeza  diese! 
¡O  antes  por  la  patria  fuese 
Aclamado  vencedor! 
¡Oh  destino!  quien  pudiera 
Morir  en  la  lid,  oyendo 
El  alarido  y  estruendo, 
La  trompeta  y  atambor. 

Tal  gloria  no  he  conseguido; 
Mis  enemigos  triunfaron; 
Pero  mi  orgullo  no  ajaron 
Los  favores  del  poder. 
¡Qué  importa!  mi  brazo  ha  sido 
Terror  del  salvaje  fiero: 
Los  Andes  vieron  mi  acero 
Con  honor  resplandecer. 

Oh  estrépito  de  las  armas! 
Oh  embriaguez  de  las  victorias! 
Oh  campos,  soñada  gloria! 
Oh  lances  del  combatir! 
Inesperadas  alarmas. 
Patria,  honor,  objetos  caros. 
Ya  no  volveré  á  gozaros; 
Joven  yo  debo  morir. 


94  antología 

Hoy  es  el  aniversario 
De  mi  primera  batalla, 

Y  en  torno  á  mi  todo  calla.  . 
¡Guarda  en  tu  pecho  mi  amor, 
Nadie  llegue  á  su  santuario! . 
Aves  de  presa  parecen  .... 
Ya  mis  ojos  se  oscurecen  .... 
Pero  allí  baja  un  cóndor .... 

Y  huye  el  enjambre  insolente 
Adiós,  en  vano  te  aflijo.  . .  . 
jVive!  ¡vive  para  tu  hijo! 
Dios  te  impone  ese  deber. 
¡Sigue;  sigue,  al  occidente, 
Tu  trabajosa  jornada .... 
Adiós,  en  otra  morada, 

Nos  volveremos  á  ver. 

Calló  Brián  y  en  su  querida 
Clavó  mirada  tan  bella. 
Tan  profunda  y  dolorida, 
Que  toda  el  alma  por  ella 
Al  parecer  exhaló. 
Bl  crepúsculo  esparcía 
En  el  desierto  luz  mustia. 
Del  corazón  de  María, 
El  desaliento  y  angustia, 
Solo  el  cielo  penetró. 


0 
ESTEBAN    ECHEVERRÍA  95 


NOVENA    PARTE 


MARÍA 


La  muerte  parecía  bella  en  su  rostro  bello. 
Petrarca. 


¿Qué  hará  María?  En  la  tierra 
Ya  no  se  arraiga  su  vida. 
¿Dónde  irá?  Su  pecho  encierra 
Tan  honda  y  vivaz  herida, 
Tanta  congoja  y  pasión, 
Que  para  ella  es  infecundo 
Todo  consuelo  del  mundo, 
Burla  horrible  su  contento; 
Su  compasión  un  tormento; 
Su  sonrisa  una  irrisión. 

¿Qué  le  importan  sus  placeres, 
Su  bullicio  y  vana  gloria, 
Si  ella,  entre  todos  los  seres, 
Como  desechada  escoria. 
Lejos,  olvidada  está? 
¿  En  qué  corazón  humano. 
En  que  límite  del  orbe, 


96  ANTOLOGÍA 

El  tesoro  soberano, 

Que  sus  potencias  absorbe, 

Ya  perdido  encontrará? 

Nace  del  sol  la  luz  pura, 

Y  una  fresca  sepultura 
Encuentra:  lecho  postrero, 
Que  al  cadáver  del  guerrero 
Preparó  el  más  fino  amor. 
Sobre  ella  hincada,  María, 
Muda  como  estatua  fría. 
Inclinada  la  cabeza, 
Semejaba  á  la  tristeza 
Embebida  en  su  dolor. 

Sus  cabellos  renegridos 

Caen  por  los  hombros  tendidos, 

Y  sombrean  de  su  frente. 
Su  cuello  y  rostro  inocente, 
La  nevada  palidez. 

No  suspira  allí,  ni  llora ; 
Pero  como  ángel  que  implora 
Para  miserias  del  suelo 
Una  mirada  del  cielo. 
Hace  esta  sencilla  prez: 

— Ya  en  la  tierra  no  existe 
El  poderoso  brazo 
Donde  hallaba  regazo 
Mi  enamorada  sien : 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  97 

TÚ  ¡oh  Dios!  no  permitiste 
Que  mi  amor  lo  salvase, 
Quisiste  que  volase 
Donde  ñorece  el  bien. 

Abre,  Señor,  á  su  alma 
Tu  seno  regalado. 
Del  bienaventurado. 
Reciba  el  galardón. 
Encuentre  allí  la  calma, 
Encuentre  allí  la  dicha 
Que  busca  en  su  desdicha 
Mi  viudo  corazón. — 

Dice.    Un  punto  su  sentido 
Queda  como  sumergido. 
Echa  la  postrer  mirada 
Sobre  la  tumba  callada 
Donde  toda  su  alma  está. 
Mirada  llena  de  vida, 
Pero  lánguida,  abatida. 
Como  la  última  vislumbre 
De  la  agonizante  lumbre, 
Falta  de  alimento  ya. 

Y  alza  luego  la  rodilla, 

Y  tomando  por  la  orilla 
Del  arroyo  hacia  el  ocaso. 
Con  indiferente  paso, 

Se  encamina  al  parecer. 


98  ANTOLOGÍA 

Pronto  sale  de  aquel  monte 
De  paja,  y  mira  delante 
Ilimitado  horizonte, 
Llanura  y  cielo  brillante, 
Desierto  y  campo  doquier. 

;  Oh  noche !,  ¡oh  fúlgida  estrella, 
Luna  solitaria  y  bella: 
Sed  benignas!  El  indicio 
De  vuestro  influjo  propicio 
Siquiera  una  vez  mostrad. 
Bochornos,  cálidos  vientos, 
Inconstantes  elementos 
Preñados  de  temporales: 
Apiadaos.    Fieras  fatales. 
Su  desdicha  respetad. 

Y  tú,  ¡  oh  Dios !  en  cuya  manos 
De  los  míseros  humanos 
Está  el  oculto  destino, 
Siquiera  un  rayo  divino 
Haz  á  su  esperanza  ver. 
Vacilar,  de  alma  sencilla. 
Que  resignada  se  humilla. 
No  hagas  la  fe  acrisolada. 
Susténtala  en  su  jornada; 
No  la  dejes  perecer. 

¡Adiós,  pajonal  funesto! 
jAdios,  pajonal  amigo! 


ESTEBAN    EC  HEVERRIA  99 

Se  va  ella  sola  ¡  cuan  presto 
De  su  júbilo,  testigo, 
Y  su  luto  fuistes  vos ! 
El  sol  y  la  llama  impía 
Marchitaron  tu  ufanía; 
Pero  ho}'  tumba  de  un  soldado 
Eres,  y  asilo  sagrado. 
¡Pajonal  glorioso,  adiós! 

Gózate;  ya  no  se  anidan 
En  tí  las  aves  parleras, 
Ni  tu  agua  y  sombra  convidan 
Solo  á  los  brutos  y  fieras. 
Soberbio  debes  estar. 
El  valor  y  la  hermosura, 
lyigados  por  la  ternura. 
En  tí  hallaron  refrigerio : 
De  su  infortunio  el  misterio 
Til  solo  puedes  contar. 

Gózate;  votos,  ni  ardores 
De  felices  amadores, 
Tu  esquividad  no  turbaron 
Sino  voces  que  confiaron 
A  tu  silencio  su  mal. 
En  la  noche  tenebrosa. 
Con  los  ásperos  graznidos 
De  la  legión  ominosa. 
Oirás  ayes  y  gemidos : 
¡Adiós,  triste  pajonal! 


loo  antología 

De  tí  María  se  aleja, 

Y  en  tus  soledades  deja 
Toda  su  alma.  Agradecido, 
El  depósito  querido 
Guarda  y  conserva.    Quizá, 
Mano  generosa  y  pía 
Venga  á  pedírtelo  un  día; 
Quizá,  la  viva  palabra 
Un  monumento  le  labra 
Que  el  tiempo  respetará. 

Día  y  noche  ella  camina; 

Y  la  estrella  matutina, 
Caminando  solitaria, 
Sin  articular  plegaria, 
Sin  descansar  ni  dormir, 

La  ve.  En  su  planta  desnuda 
Brota  la  sangre  y  chorrea; 
Pero  toda  ella,  sin  duda, 
Va  absorta,  en  la  única  idea 
Que  alimenta  su  vivir. 

En  ella  encuentra  sustento. 
Su  garganta  es  viva  fragua; 
Un  volcán  su  pensamiento; 
Pero  mar  de  hielo  y  agua 
Refrigerio  inútil  es 
Para  el  incendio  que  abriga. 
Insensible  á  la  fatiga; 
A  cuanto  ve  indiferente ; 


9 
ESTEBAN    ECHEVERRÍA  lOX 


Como  mísera  demente 
Mueve  sus  heridos  pies. 

Por  el  desierto.  Adormida 
Está  su  orgánica  vida; 
Pero  la  vida  de  su  alma 
Fomenta  en  sí  aquella  calma 
Que  sigue  á  la  tempestad, 
Cuando  el  ánimo  cansado 
Del  afán  violento  y  duro, 
Al  parecer  resignado. 
Se  abisma  en  el  fondo  oscuro 
De  su  propia  soledad. 

Tremebundo  precipicio, 
Fiebre  lenta  y  devorante, 
Ultimo  efugio,  suplicio 
Del  infierno,  semejante 
A  la  postrer  convulsión 
De  la  víctima  en  tormento : 
Trance  que  si  dura  un  día 
Anonada  el  pensamiento, 
Encanece,  ó  deja  fría 
La  sangre  en  el  corazón. 

Dos  soles  pasan.  ¿Adonde 
Tu  poder  ¡olí  Dios!  se  esconde? 
¿Está  por  ventura  exhausto; 
Más  dolor  en  holocausto 
Pide  á  una  flaca  mujer? 


102  ANTOLOGÍA 

No;  de  la  quieta  llanura 
Ya  se  remonta  á  la  altura 
Gritando  el  yajá.  Camina; 
Oye  la  voz  peregrina 
Que  te  viene  á  socorrer. 

¡  Oh  ave  de  la  Pampa  hermosa, 

Cómo  te  meces  ufana ! 

Reina  sí,  reina  orguliosa 

Eres,  pero  no  tirana 

Como  el  águila  fatal. 

Tuyo  es  también  del  espacio 

El  trasparente  palacio. 

Si  ella  en  las  rocas  se  anida, 

Tú  en  la  esquivez  escondida 

De  algún  vasto  pajonal. 

De  la  víctima  el  gemido, 
El  huracán  y  el  tronido 
Ella  busca,  y  deleite  halla 
En  los  campos  de  batalla. 
Pero  tú,  la  tempestad, 
Día  y  noche  vigilante, 
Anuncias  al  gaucho  errante; 
Tu  grito  es  de  buen  presagio, 
Al  que  asechanza  ó  naufragio 
Teme  de  la  adversidad. 

•    Oye  sonar  en  la  esfera 
La  voz  del  ave  agorera. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I03 

Oye,  María,  infelice: 

Alerta,  alerta,  te  dice; 

Aquí  está  tu  salvación. 

¿No  la  ves  como  en  el  aire 

Balancea  con  donaire 

Su  cuerpo  albo-ceniciento? 

¿No  escuchas  su  ronco  acento? 

Corre  á  calmar  tu  aflicción. 

Pero  nada  ella  divisa, 
Ni  el  feliz  reclamo  escucha; 
Y  caminando  va  á  prisa. 
El  demonio  con  que  lucha 
La  turba,  impele  y  amaga. 
Turbios,  confusos  y  rojos 
Se  presentan  á  sus  ojos 
Cielo,  espacio,  sol,  verdura. 
Quieta  insondable  llanura 
Donde  sin  brújula  vaga. 

IMas  ¡ah!  que  en  vivos  corceles 
Un  grupo  de  hombres  armados 
Se  acerca.  ¿Serán  infieles, 
Enemigos?  No,  soldados 
Son  del  desdichado  Brián. 
Llegan;  su  vista  se  pasma; 
Ya  no  es  la  mujer  hermosa, 
Sino  pálido  fantasma ; 
Mas  reconocen  la  esposa 
De  su  fuerte  capitán. 


104  ANTOLOGÍA 

¡Creíanla  cautiva  ó  muerta! 
Grande  fué  su  regocijo. 
Ella  los  mira,  y  despierta: 

—  ¿No  sabéis  qué  es  de  mi  hijo?- 
Con  toda  el  alma  exclamó. 
Tristes  mirando  á  ISIaría 
Todos  el  labio  sellaron. 

Mas  luego  una  voz  impía: 

—  Los  indios  lo  degollaron  — 
Roncamente  articuló. 

Y  al  oir  tan  crudo  acento, 
Como  quiebra  al  seco  tallo 
El  menor  soplo  de  viento, 
O  como  herida  del  rayo, 
Cayó  la  infeliz  allí. 
Viéronla  caer,  turbados, 
Los  animosos  soldados. 
LTna  lágrima  la  dieron; 

Y  funerales  la  hicieron 
Dignos  de  contarse  aqui. 

Aquella  trama  formada 

De  la  hebra  más  delicada, 

Cuyo  espíritu  robusto 

Lo  más  acerbo  é  injusto 

De  la  adversidad  probó, 

Un  soplo  débil  deshizo. 

Dios  para  amar,  sin  duda,  hizo 

Un  corazón  tan  sensible; 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I05 

Palpitar  le  fué  imposible 
Cuando  á  quien  amar  no  halló. 

Murió  María.  ¡Oh  voz  fiera! 
¡  Cuál  entraña  te  abortara ! 
Mover  al  tigre  pudiera 
Su  vista  sola,  y  no  hallara 
En  ti  alguna  compasión, 
Tanta  miseria  y  conflicto, 
Ni  aquel  su  materno  grito; 

Y  como  flecha  saliste; 

Y  en  los  más  profundo  heriste 
Su  anhelante  corazón. 

Embates  y  oscilaciones 
De  un  mar  de  tribulaciones 
Ella  arrostró;  y  la  agonía 
Saboreó  su  fantasía; 

Y  el  punzante  frenesí 

De  la  esperanza  insaciable, 
Que  en  pos  de  un  deseo  vuela. 
No  alcanza  el  blanco  inefable; 
Se  irrita  en  vano  y  desvela ; 
Vuelve  á  devorarse  á  sí. 

Una  á  una,  todas  bellas, 
Sus  ilusiones  volaron, 

Y  sus  deseos  con  ellas. 
Sola  y  triste  la  dejaron 
Sufrir  hasta  enloquecer. 


I06  ANTOLOGÍA 

Quedaba  á  su  desventura 
Un  amor,  una  esperanza, 
Un  astro  en  la  noche  oscura, 
Un  destello  de  bonanza, 
Un  corazón  que  querer. 

Una  voz  cuya  armonía 
Adormecerla  podría. 
A  su  llorar  un  testigo; 
A  su  miseria  un  abrigo; 
A  sus  ojos  que  mirar. 
Quedaba  á  su  amor  desnudo 
Un  hijo,  un  vastago  tierno. 
Encontrarlo  aqui  no  pudo, 
Y  su  alma  al  regazo  eterno 
Lo  fué  volando  á  buscar. 

Murió;  por  siempre  cerrados 
Están  sus  ojos  cansados 
De  errar  por  llanura  y  cielo; 
De  sufrir  tanto  desvelo ; 
De  afanar  sin  conseguir. 
El  atractivo  está  yerto 
De  su  mirar.  Ya  el  desierto, 
Su  último  asilo,  los  rastros 
De  tan  hechiceros  astros 
No  verá  otra  vez  lucir. 

Pero  de  ella  aún  hay  vestigio. 
¿  No  veis  el  raro  prodigio  ? 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  I07 

Sobre  su  candida  frente 
Aparece  nuevamente 
Un  prestigio  encantador. 
Su  boca  y  tersa  mejilla 
Rosada  entre  nieve  brilla, 

Y  revive  en  su  semblante 
La  frescura  rozagante 
Que  marchitara  el  dolor. 

La  muerte  bella  la  quiso, 

Y  estampó  en  su  rostro  hermoso 
Aquel  inefable  hechizo, 
Inalterable  reposo 

Y  sonrisa  angelical, 

Que  destellan  las  facciones 
De  una  virgen  en  su  lecho, 
Cuando  las  tristes  pasiones 
No  han  ajado  de  su  pecho 
La  pura  flor  virginal. 

Entonces  el  que  la  viera. 
Dormida  i  Oh  Dios !  la  creyera. 
Deleitándose  en  el  sueño 
Con  memorias  de  su  dueño. 
Llenas  de  felicidad; 
Soñando  en  la  alba  lucida 
Del  banquete  de  la  vida, 
Que  sonríe  á  su  amor  puro: 
Mas  jay!  que  en  el  seno  oscuro 
Duerme  de  la  eternidad. 


I08  ANTOLOGÍA 


EPILOGO 


¿  Eres,  plácida  luz,  el  alma  de  ellos  ? 
Lamartine. 


\  Oh  María !  Tu  heroismo, 
Tu  varonil  fortaleza, 
Tu  juventud  y  belleza, 
Merecieran  fin  mejor. 
Ciegos  de  amor  el  abismo 
Fatal  tus  ojos  no  vieron, 

Y  sin  vacilar  se  hundieron 
En  él  ardiendo  en  amor. 

De  la  más  cruda  agonía 
Salvar  quisiste  á  tu  amante, 

Y  lo  viste  delirante 
En  el  desierto  morir. 

¡  Cuál  tu  congoja  sería ! 

¡  Cuál  tu  dolor  y  amargura ! 

Y  no  hubo  humana  criatura 
Que  te  ayudase  á  sentir. 

Se  malogró  tu  esperanza. 

Y  cuando  sola  te  viste, 
También  mísera  caíste, 
Como  árbol  cuya  raíz 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  IO9 

En  la  tierra  ya  no  afianza 
Su  pompa  y  florido  ornato. 
Nada  supo  el  mundo  ingrato 
De  tu  constancia  infeliz. 

Naciste  humilde  y,  oculta 
Como  diamante  en  la  mina; 
La  belleza  peregrina 
De  tu  noble  alma  quedó. 
El  desierto  la  sepulta: 
Tumba  sublime  y  grandiosa, 
Do  el  héroe  también  reposa 
Que  la  gozó  y  admiró. 

El  destino  de  tu  vida 
Fué  amar;  amor  tu  delirio; 
Amor  causó  tu  martirio; 
Te  dio  sobrehumano  ser; 

Y  amor,  en  edad  florida, 
Sofocó  la  pasión  tierna, 
Que,  Omnipotencia,  de  eterna 
Trajo  consigo  al  nacer. 

Pero,  no  triunfa  el  olvido, 

De  amor,  ¡oh  bella  María! 

Que  la  virgen  poesía 

Corona  te  forma  ya 

De  ciprés,  entretegido 

Con  flores  que  nunca  mueren, 

Y  que  admiren  y  veneren 

Tu  nombre  v  su  nombre  hará. 


lio  ANTOI.OGIA 

Hoy,  en.  la  vasta  llanura, 
Inhospitable  morada 
Que  no  siempre  sosegada 
Mira  el  astro  de  la  luz, 
Descollando  en  una  altura. 
Entre  agreste  flor  y  yerba, 
Hoy  el  caminante  observa 
Una  solitaria  cruz. 

Fórmale  grata  techumbre 

La  copa  extensa  y  tupida 

De  un  ombú  (i)  donde  se  anida 

La  altiva  águila  real ; 

Y  la  varia  muchedumbre 

De  aves,  que  cría  el  desierto, 

Se  pone  en  ella  á  cubierto 

Del  frío  y  sol  estival. 

Nadie  sabe  cuya  mano 
Plantó  aquel  árbol  benigno. 
Ni  quien  á  su  sombra,  el  signo. 
Puso  de  la  redención. 
Cuando  el  cautivo  cristiano 
Se  acerca  á  aquellos  lugares, 
Recordando  sus  hogares, 
Se  postra  á  hacer  oración. 


(i)  Ombú:  árbol  corpulento,  de  espeso  y  vistoso  follaje,  que  descuella 
solitario  en  nuestras  Uanurns  como  la  palmera  en  los  arenales  de  Arabia. 
Ni  leña  para  el  hogar,  ni  fruto  brinda  al  hombre,  pero  sí  fresca  y  regalada 
sombra  en  los  ardores  de  estío.    (Nota  del  poema) 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  m 

Fama  es,  que,  la  tribu  errante, 
Si  hasta  allí  llega  embebida 
En  la  caza  apetecida 
De  la  gama  y  avestruz, 
Al  ver  del  ombú  gigante 
La  verdosa  cabellera. 
Suelta  al  potro  la  carrera 
Gritando:— ¡allí  está  la  cruz! 

Y  revuelve  atrás  la  vista, 
Como  quien  huye  aterrado. 
Creyendo  se  alza  el  airado. 
Terrible  espectro  de  Brián. 
Pálido  el,  indio  exorcista, 
El  fatídico  árbol  nombra; 
Ni  á  hollar  se  atreven  su  sombra 
Los  que  de  camino  van. 

También  el  vulgo  asombrado, 
Cuenta  que  en  la  noche  oscura 
Suelen  en  aquella  altura 
Dos  luces  aparecer; 
Que  salen  y  habiendo  errado 
Por  el  desierto  tranquilo, 
Juntas  á  su  triste  asilo 
Vuelven  al  amanecer. 

Quizá  mudos  habitantes 
Serán  del  páramo  aerio; 
Quizá  espíritus,  ¡misterio! 


112  antología 

Visiones  del  alma  son. 
Quizá  los  sueños  brillantes 
De  la  inquieta  fantasía, 
Forman  como  en  la  armonía 
De  la  invisible  creación. 


LA  HLSTORIA 

FRAGMKNTO    (l) 


No  hay  ya  esperanza  para  las  naciones. 
Recorred  las  páginas  de  los  siglos  ¿qué 
nos  han  enseñado  sus  vicisitudes  periódi- 
cas, el  flujo  y  reflujo  délas  edades,  y  esa 
eterna  repetición  de  acontecimientos?  Na- 
da ó  muy  poco. 

Bvron. 


Encantada  y  atónita  mi  mente 
Registra  los  anales  de  los  siglos 
Que  pregona  la  Fama  más  gloriosos, 
Y  del  pasado  tiempo  y  del  futuro 

El  tenebroso  velo 
Quiere  rasgar  en  su  impaciente  anhelo. 

Monumentos,  pirámides  alzadas 

Por  el  humano  orgullo  en  su  demencia, 

Fatídicos  emblemas  esculpidos 


(i)  Dedicado  en  la  primera  edición  á  D.  J.  M.  G.  (Juan  María  Gutiérrez). 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  II3 

Por  manos  mercenarias  y  serviles, 
Que  adulación  respiran, 

Y  vergüenza  y  oprobio  solo  inspiran: 

Todo  interroga,  y  á  la  vez  responden 
Con  dolorosos  gritos  que  estremecen. 
Los  mármoles,  los  pueblos  y  los  tiempos, 
Que:  ignorancia  y  miseria  sempiterna. 

Inevitables  males, 
Son  la  herencia  fatal  de  los  mortales. 

Con  lívido  semblante  y  torvo  ceño, 
Sus  pasos  gira  en  rededor  del  orbe 
El  tiempo  inexorable,  como  fiera 
Famélica,  sedienta,  enfurecida. 
Que  sus  hierros  quebranta 

Y  mueve  libre  su  sañuda  planta. 

Sin  cesar  marcha  y  donde  quier  imprime 
Su  gigantesca  mole  el  pié  tremendo; 
Monumentos  humildes  y  arrogantes 
Tiemblan  y  caen  y  desparecen  luego. 

Lo  fértil  y  lozano 
Se  seca  y  muere  entre  su  yerta  mano. 

Allí  donde  se  muestra  portentosa 
La  vanidad  del  hombre  y  la  pujanza, 
Acorre  presuroso,  sepultando. 
Con  baldón  de  su  orgullo,  en  el  abismo 

Profundo  de  la  nada. 
Dioses  y  templos  y  soberbia  airada. 


114  ANTOIvOGIA 

De  asolación  y  llanto  se  alimenta: 
Ni  la  acerba  agonía,  ni  los  ayes, 
Del  que  cansado  de  esperar  fenece, 
Ni  los  férvidos  ruegos  que  á  herir  suben 

Los  dombos  celestiales. 
Nos  libran  de  sus  garras  infernales. 

Las  ciencias  y  las  artes  más  sublimes, 
Los  héroes  y  los  genios  que  lograron 
Legar  vano  renombre  á  un  mundo  vano, 
Nuestros  desvelos  todos,  nuestra  vida, 

¿Qué  son?  ....  tristes  despojos, 
Consagrados  en  ara  á  sus  enojos. 

Míseras  ruinas  que  otro  tiempo  alzasteis 
Vuestra  soberbia  frente  hasta  las  nubes, 
Bn  hombros  del  orgullo  y  la  demencia, 
Al  cielo  y  á  la  tierra  amenazando; 

Arbitras  de  memoria, 
Respondedme:  ¿qué  fué  de  vuestra  gloria? 

Lisonjeros  relámpagos  de  fama. 
Prosperidad  volubre  y  pasajera. 
Gozaron  las  naciones  un  momento; 
Mas  voraces  del  bien  las  negras  furias 
Del  averno  salieron, 

Y  en  el  olvido  eterno  lo  sumieron. 

¿Dónde  está  Egipto  y  el  saber  y  nombre,, 
Que  fueron  maravilla  á  las  edades, 

Y  con  eco  monótono  la  historia 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 

Trasmite  sin  cesar  de  siglo  á  siglo  ? 
Un  instante  brillaron, 

Y  en  el  caos  del  tiempo  se  engolfaron. 

¿Qué  importa  que  pirámides  tuviese, 
Con  el  sudor  de  esclavos  fabricadas; 
Qué  derramando  el  Nilo  sus  corrientes 
Del  limo  fecundante  enriquecidas, 
Sus  comarcas  bañase 

Y  próvida  la  tierra  se  mostrase? 

Si  el  mísero  habitante  embrutecido 
Por  astutos,  hipócritas,  y  sabios, 
De  religiosa  máscara  encubiertos. 
Yace  sumido  en  fanatismo  astroso, 

Y  siervo   sin  coraje, 

Al  ídolo  bestial  rinde  hom.enaje. 

Ante  los  muros  de  Pelusa  un  día 
Las  pérsicas  falanges  se  extendieron. 
De  inmundos  animales  precedidas;  (i) 
El  Egipcio  los  ve,  se  hinca  á  adorarlos, 

Y  sus  armas  entrega, 

Y  su  cerviz  al  opresor  doblega. 

En  dias  de  esplendor  el  Asia  tuvo 
Imperios  que  ala  tierra  conturbaron, 

Y  allí  encontró  la  adulación  rastrera 


115 


(i)  Habiendo  puesto  largo  tiempo  las  murallas  de  Pelusa  dinup  á  io= 
conquistas  de  Cambíses  hizo  colocar  este  rey  de  los  Dersa^  «f  fr^nl^^i  ^ 
legiones  un  enjambre  de  animales  que  ado^raMn°'o^s  eg  pe  os  quien^'l? 
ver  que  los  dioses  patrocinaban  la  empresa  de  aquel  tirano  aA-oraronI«^ 
armas  y  prefirieron  la  esclavitud  al  sacrilegio.  (Nota  de  ^^  coSosidó^i.) 


Il6  ANTOLOGÍA 

En  coronados  asesinos,  héroes; 

Y  allí  templo  el  Romano, 

Al  renombre  de  un  solo  Soberano,  (i) 

¿Mas,  qué  fué  de  la  fuerza  y  poderío 
Que  al  universo  atónito  asombraron  ? 
Todo  entre  pompa  feneció  y  deleites; 

Y  aun  el  vigor  del  alma :  allí  ora  esclavos 

Y  molicie  contemplo 

Entre  las  ruinas,  para  grande  ejemplo.     " 

La  Grecia  libre  fué  de  los  tiranos 
El  inclemente  azote  justiciero, 

Y  el  foco  de  las  luces  y  la  gloria; 
Mas  también  á  su  vez  la  devoraron, 

La  monstruosa  anarquía 

Y  la  nefanda,  inicua  tiranía. 

Platea,  IMaraton  y  Salamina, 
Fueron  vanos  y  estériles  trofeos 
A  un  ídolo  sin  culto  consagrados,  (2) 
Por  un  pueblo  ambicioso  y  corrompido, 

Que,  al  oro  de  un  protervo 
Se  vendió  con  baldón  y  se  hizo  siervo.  (3) 

Al  ostracismo  fulminó  la  envidia, 

Y  los  brazos  tremendos  que  en  mil  lides 
Las  pérsicas  falanges  deshicieron. 


(i)    Mitridates  el  grande,  rey  del  Ponto. 

(2)  La  Libertad. 

(3)  Filipo,  rey  de  Macedonia. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  II7 

Sin  patria,  sin  asilo,  fugitivos, 

Inermes  mancillaron 
La  gloria  de  la  patria  que  salvaron. 

Como  huracán  violento,  que  repente. 
Se  desata  furioso  en  negra  noche. 
De  la  sirte  volcánica  rugiendo, 

Y  por  el  ancho  espacio  se  dilata. 

Doquier  despedazando, 
y  estrago  y  ruinas  y  terror  sembrando; 

Asi  el  águila  audaz  de  los  romanos. 
Henchida  de  ambición  y  de  pujanza, 
Con  alas  de  terror  cubre  la  tierra. 
Desolando,  aterrando  las  naciones, 

Que  doblan  la  rodilla 
Ante  el  fatal  poder  que  las  humilla. 

Y  altiva  sobre  ruinas  asentando 

En  Asia,  África,  Europa,  los  cimientos 
De  un  imperio  que  eterno  juzgaría. 
Con  escarnio  y  baldón  del  universo 

Vé,  desde  el  capitolio. 
Medio  mundo  rendido  ante  su  solio. 

Pero  á  la  vez  los  pueblos,  fatigados 

De  la  inicua  opresión  é  indigno   yugo,. 

Sacuden  la  cerviz  con  fiero  brío, 

Y  se  derroca  al  suelo  que  abrumaba 

El  inmenso  coloso. 
Con  estallido  horrendo  y  espantoso.. 


Il8  ■  ANTOLOGÍA 

Sobre  su  informe  cuerpo  los  enjambres 
De  bárbaros    se  ceban,  vengativos, 
Como  plagas  de  Dios  que  impele  el  soplo 
De  la  muerte.    lyO  befan,  lo  despojan, 

Y  dan  para  escarmiento, 
Hecha  cenizas  su  corona  al  viento. 

Ya  Víctores  no  suenan  en  el  foro;  (i) 
Ni  poderosos  reyes,  ni  caudillos 
En  la  sangrienta  lid  avasallados, 
O  con  perfidia  negra  seducidos, 

Bl  triunfador  bizarro 
Arrastra  en  pos  de  su  vistoso  carro. 

Do  en  otro  tiempo  el  águila  soberbia 
Desplegaba  sus  alas  sobre  el  mundo. 
Do  asentaba  sus  bases  el  Olimpo,  (2) 
Do    triunfó  IManlio    del  impío  Galo,  (3) 

Ya  la  tiara  se  ostenta, 
Y  al  universo  oprime  y  amedrenta. 

El  fanatismo  entonces,  cual  si  averno 
Lo  forjara  gigante  en  sus  furores, 
]\Iás  terrible,  más  cruel,  más  sanguinario, 
Que  cuanta  plaga  el  mundo  en  sí  encerrara, 

Encendió  las  naciones 
Que  tremolan  de  Cristo  los  pendones. 


(i)  Alúdese  á  las  fiestas  del  triunfo  destinadas  á  ensalzar  las   victoiias  de 
los  generales  romanos. 

(2)  Tómase  el  Olimpo  por  el  Capitolio,   morada  de  los  dioses. 

(3)  Manlio  Capitolino  que  salvó  á  Roma  de  los    galos. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  II9 

Y  SU  férvida  lava  derramando, 

Como  un  Etna  de  Europa  en  las  comarcas, 
Por  religioso  celo  aguijoneadas, 
Las  pasiones  más  bárbaras  del  hombre 
En  tropel  despertaron, 

Y  á  los  pueblos  al  crimen  arrastraron. 

En  oriente  desatan  furibundas 
Su  saña,  su  ambición  y  fanatismo. 
Las  cristianas  legiones  por  enjambres  :  (i) 
El  blasón  de  la  cruz  y  omnipotencia, 
Aleves   proclamando, 

Y  el  inclemente  acero   fulminando. 

De  sangre  se  atosigan,  sobre  montes 
De  ruinas  y  cadáveres  caminan 
Sembrando  como  el  ángel  de  la  muerte, 
Doquier  desolación,  y  recogiendo 

Para  homenage  santo 
Del  Dios  que  vilipendian,  sangre  y  llanto. 

Los  fieles  del  Islam  vuelan,  henchidos 
De  fanático  ardor,  á  poner   dique 
Al  torrente  impetuoso  que  amenaza 
Asolar  de  Mahoma  el  templo  augusto; 

Y  anhelando  venganza. 
Provocan  al  cristiano  á  la  matanza. 


(i)  Alude    á  las  Cruzadas. 


I20  antología 

Huye  por  fin  el  temerario  bando, 
Que  arrastró  el  fanatismo  á  mil  maldades, 
Como  fatal  meteoro  de  la  saña, 
Huye  del  huracán,  dejando  solo. 

En  su  huella  sangrienta, 
Padrones  indelebles  de    su  afrenta. 

En  tremendo  luchar,  por  largos  siglos, 
Procuraron  su  ruina  mutuamente 
Fascinados  los  pueblos  las  naciones; 

Y  barbarie  ominosa,  sangre,  muerte, 

Y  despotismo  inmundo. 
Inundaron  los  ámbitos  del  mundo. 

Por  largos  siglos,  fanatismo  y  fuerza, 
La  tierra  avasallaron  cual  dos  furias ; 

Y  entre  fango  de  males  sumergida 
Se  encontró  la  razón,  de  donde  fuera 

El  hombre  descarriado. 
En  el  volver  del  tiempo  arrebatado. 

En  las  fojas  fatídicas  del  tiempo, 
Con  sanguinosas  letras  está  escrito 
De  terrible  poder  aqueste  fallo : 
Inacabable  mal,  mal  sempiterno 
Pesará  sobre  el  mundo 

Y  la  precita  raza  del  profundo. — 

Sin  que  pueda  valerle  la  soberbia, 
Ni  el  doloroso  llanto,  ni  los  ayes. 
Para  acallar   su  pálida  conciencia, 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  121 

Al  hombre  que,  azorado,  del  vil  lodo 

La  cabeza  levanta, 
Y  el  inapeable  abismo  ve  á  su  planta. 

París,  Agosto,    1827. 


EL   REGRESO 


Still  ene  great  cHme,  in  ful  and  free  defiance. 
Yet  hears  her  crest,  iinconquer  d'and  sublime 
Abo  ve  the  far  Atlantic...! 

liyron. 


\  Oh  patria,  patria,  nombre  sacrosanto, 

A  pronunciarte  vuelvo  con  encanto! 

Tu  halagüeño  semblante 

Ya  rebuscan  mis  ojos  cuidadosos 

Por  el  vasto  horizonte, 

Y  cual  airosa  cima  de  alto  monte, 

Ya  lejos  lo  perciben,  y  mi  seno 

De  júbilo  rebosa  palpitante. 

Pasaron  ya  los  días. 

En  que  con  grato  anhelo. 

Canté  un  adiós  á  tu  querido  suelo; 


122  antología 

Y  pasaron  también  las  ilusiones, 
Que  de  mis  dulces  lares 

Me  llevaron  gustoso  á  otras  regiones, 

Y  á  atravesar  los  procelosos  mares. 

Entonces  ambicioso 

De  ver  el  ancho  mundo, 

Y  de  espaciar  mi  mente 

Por  los  cielos  y  piélago  profundo; 
De  sondar  el  saber  de  las  naciones, 

Y  pesar  los  blasones 

Que  ostentan  los  imperios,  las  edades. 

Abandoné  sin  pena  mi  reposo. 

Mas  ora  satisfecho 

Vuelvo  á  tu  dulce  seno. 

Cual  tierno  esposo  al  suspirado  lecho. 

De  gozo  puro  y  de  esperanza  lleno. 

¿Y  cómo  no,  cuando  tu  solo  aspecto 
Me  dice  que  soy  libre,  y  que  la  tierra 
Voy  á  ver  de  los  libres,  do  mi  planta, 
Mi  pensamiento  altivo  se  levanta? 
Cuando  pronuncio  tu  sagrado  nombre. 
Oh  libertad ,  de  mi  laúd  sonoro 
Se  estremecen  las  cuerdas  resonando; 
En  mi  boca  rebosan  las  palabras, 

Y  con  mil  armonías. 

En  alabanza  tuya  voy  cantando. 
El  viejo  continente 

Tan  solo  desengaños  me  ha  mostrado  : 
.   Entre  sus  pueblos  cultos  he  buscado 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  12;: 

Tu  imágfeii  celestial,  resplandeciente, 
Y  simulacros  vanos  he  encontrado, 
O  con  incienso  impuro  veneradas 
Tus  efigies  sagradas. 

Fueron  los  tiempos  en  que  Europa  libre 
Diera  ejemplo  á  la  tierra  suficiente ; 
Mas  la  fuerza  triunfó,  y  el  duro  cetro 
Cayó  sobre  los  pueblos  inclemente. 
Desde  entonces  la  cruda  tiranía 
Abate  de  los  hombres  la  energía, 
Que  mansos  doblan  la  cerviz  paciente, 
Y  el  supremo  albedrío 
De  reyes  ó  tiranos, 
A  los  pueblos  conculca,  cual  gusanos, 
vSin  aliento  ni  brío. 

La  miserable  España, 

En  vergonzosa  nulidad  apenas 

Se  mueve,  y  aun  pretende 

Que  la  América  gima  en  sus  cadenas ; 

Pero  el  león  rampante. 

Ya  no  brama  arrogante. 

Sino  en  baldón  de  su  impotente  sana. 

Tan  solo  en  las  montañas  de  la  Helvecia 

I/a  libertad  respira. 

Burlando  á  sus  tiranos; 

Y  en  el  suelo  glorioso  de  la  Grecia, 

Sin  aliento  ya  espira 

En  las  garras  de  tigres  otomanos. 


124  ANTOLOGÍA 

Confuso,  por  tu  vasta  superficie 
Europa  degradada,  yo  no  he  visto 
Más  que  fausto  y  molicie, 

Y  poco  que  el  espíritu  sublime; 
Al  lujo  y  los  placeres 
Encubriendo  con  rosas, 

Las  marcas  oprobiosas 

Del  hierro  vil  que  á  tu  progenie  oprime. 

La  libertad  de  Europa  fugitiva, 

Un  asilo  buscando. 

Ha  pasado  al  océano, 

Su  dignísimo  trono  levantando 

Do  se  agitan  los  pechos  á  su  nombre, 

Y  do  con  dignidad  respira  el  hombre: 
En  el  hermoso  suelo  americano. 

Y  en  el  tuyo  también  ¡  oh  patria  mía ! 
Tus  hijos,  los  primeros  elevaron 

A  su  imagen  altares; 

En  su  divino  fuego  se  inflamaron, 

Y  con  rara  osadía, 

El  fanatismo  y  la  opresión  hollaron. 

Tú  el  rayo  fulminaste. 

Que  su  terrible  saña  dilatando. 

Rompió  de  un  hemisferio 

El  largo  y  degradante  cautiverio. 

¡Gloria  al  pueblo  argentino. 

Terror  de  los  tiranos 

Que  oprimían  al  Sud  con  férreas  manos ! 

¡  Gloria  inmortal  al  pueblo  peregrino ! 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  125 

Y  tú,  patria  querida, 

Muestra  un  ejemplo  más  á  las  naciones  : 
La  maldad  atrevida 

Y  las  bajas  pasiones, 
Confesarán  al  fin  avergonzadas, 
Que  no  son  nombres  vanos 

De  libertad  los  fueros  soberanos, 
Sino  para  las  almas  degradadas. 

Modera  un  tanto  ¡  oh  Plata  magestuoso ! 

Esas  ondas  altivas; 

No  á  un  hijo  de  tus  márgenes  recibas 

Airado  y  tumultuoso ; 

Que  con  giro  suave 

Fluyan  y  den  camino  silenciosas 

A  los  flancos  estrechos  de  mi  nave. 

Que  juega  con  tus  crines  espumosas. 

Junio  13,   1830. 


126  ANTOLOGÍA 


EN  CEIvEBRIDAD  DE  MAYO 


¡Libertad!    ¡Libertad!    no  mas  resuena. 
Por  todo  el  continente. 

Várela. 


Dadme  la  lira  de  oro 

¡  Oh  musas !  al  ingenio  reservada, 

Y  con  plectro  sonoro, 

Y  con  trompa  no  usa.da, 
Cantaré  de  mi  patria 

lyos  triunfos  y  la  gloria  celebrada. 

Cantaré  las  cadenas 

Y  la  oprobiosa  y  dura  servidumbre, 
Que  con  infandas  penas 

Rompió  la  muchedumbre 

Hollada  de  tiranos, 

Que  la  razón  fuscaban  y  su  lumbre. 

De  Mayo  los  portentos 
Escuchen  las  naciones  admiradas, 

Y  á  los  ledos  acentos, 

Y  á  las  voces  sagradas, 
Libertad  y  derechos. 

Treman  del  solio  las  soberbias  gradas. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  127 

De  Mayo  el  sol  parece, 

Y  en  el  Plata  sus  rayos  reflejando, 
Los  pechos  enardece, 

Súbito  fecundando 

Los  gérmenes  divinos. 

Que  al  universo  la  natura  ofrece. 

Crecen  y  se  derraman 

Por  todo  el  continente  americano; 

Y  los  pueblos  se  aclaman 
Libres  ya,  y  el  indiano. 
Sus  cadenas  rompiendo. 

Se  ostenta  independiente  y  soberano. 

Despareció  del  mundo 

Kl  oprobio  del  hombre  amancillado; 

El  monstruo  furibundo 

Pereció  conculcado, 

Y  de  Mayo  la  lumbre 

Ha  déspotas  y  tronos  derribado. 

¿  Mas  do  la  musa  mía. 

Por  entusiasmo  patrio  enagenada. 

Vuela  con  osadía, 

Y  no  oye  la  algarada 

Que  en  el  foro  se  enciende; 
Cual  acorre  la  turba  presurada? 

Derrocaos  á  mi  anhelo, 

Del  espacio  anchurosos  valladares; 


128  antología 

Cíñanse  el  vasto  suelo 

Y  los  profundos  mares; 
Que  hasta  la  dulce  patria 

Mi  vista  enagenada  extienda  el  vuelo. 

¿  Cómo  cantar  podría, 

En  medio  de  los  tronos  degradados, 

Los  himnos  de  alegría 

En  mi  patria  entonados, 

Ni  los  sublimes  votos 

De  seres  libres  al  Olimpo  alzados? 

Sin  vuestro  puro  aliento, 

Libertad  sacrosanta,  se  enmudece 

La  lira,  y  tremulento 

El  canto  se  obscurece,  'f: 

Con  las  densas  tinieblas. 

Que  el  trono  aciago  al  pensamiento  ofrece. 

Mas  ya  rasgóse  el  velo. 

Que  tu  querido  rostro  me  ocultaba 

j  Oh  patria !  y  desde  el  suelo 

Que  el  tosco  galo  hollaba. 

Tu  gloria  noble  canto, 

Y  á  tus  sacros  transportes  me  levanto. 

¡Salud,   oh  sol,  fecundo 

En  portentosos  frutos! 

¡Salud,  padre  del  mundo. 

Que  el  germen  infecundo 

Del  fanatismo  y  la  opresión  rompiste, 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  129 

Y  á  la  América  diste 
Libertad  y  derechos, 

Y  con  tu  lumbre  inmensa, 
De  una  región  extensa 

La  noche  de  ignorancia  disipaste, 

Y  al  argentino  tu  fulgor  prestaste! 

En  Mayo  venturoso 

El  argentino  levantó  radiosa 

Su  frente,  y  al  instante, 

Sublimóse  del  indio  el  pensamiento; 

Y  triunfante  y  gloriosa 
La  razón  aparece, 

Y  la  ominosa  esclavitud  perece. 

Cantad,  cantad  ovantes 

De  Mayo  el  sol  que  asoma  por  la  esfera; 

Sus  colores  brillantes, 

Anuncian  á  la  tierra 

De  América  el  gran  día, 

Y  del  crudo  tirano  la  agonía. 

Sepúltase  al  abismo 

El  soberbio  dosel  del  ambicioso; 

Confuso  el  despotismo, 

Y  con  mortal  desmayo, 

En  los  antros  se  oculta  del  reposo, 
Cuando  tu  faz  ostentas, 
¡  Oh  hermoso  sol  de  Mayo ! 
Enagenado  acorre  el  argentino, 


130  antología 

Y  en  tu  rostro  divino 

Ve  trazados,  con  letras  inmortales, 

De  su  triunfo  y  su  gloria  los  anales. 


A  LA  INDEPENDENCIA  ARGENTINA 


Independencia  al  suelo  americano. 
L74ca. 


Prestadme  oh  sacras  musas 
Vuestro  divino  aliento, 
Prestadme  aquel  acento 
Que  resuena  en  los  coros  celestiales, 

Y  haré  que  el  corazón  de  los  mortales, 
De  entusiasmo  arrobado. 

Palpite  como  el  mío  en  el  instante, 

Y  que  ensalzen  los  libres  el  gran  día 
En  que  la  patria  mía 
Independiente  al  fin  y  soberana, 
Llena  de  gloría  respiró  triunfante. 

Ni  el  trueno  aterrador  que  se  desata 
De  los  preñados  senos  de  la  nube, 

Y  retumbando  fragoroso  sube, 

Y  por  el  ancho  espacio  se  dilata, 
Al  espíritu  flaco  aterra  tanto ; 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I31 

Ni  el  mortífero  rayo  desprendido 

Del  bronce  comprimido, 

Que  hiende  por  las  filas  y  escuadrones, 

Con  zumbido  terrible. 

Es  al  débil  soldado  tan  temible, 

Como  son  á  los  crudos  opresores 

Los  vivas  y  clamores 

Que  del  foro  argentino  se  levantan 

Con  tumultuoso  grito  y  vehemencia. 

Alegres,  proclamando  independencia; 

Y  nada  es  tan  gozoso 
A  los  hijos  del  Plata 

Como  el  día  de  Julio  venturoso. 

Fudo  en  los  siglos  de  ignorancia  torpe, 
En  que  el  hombre  adormido 
Sus  sagrados  derechos  olvidaba. 
Con  el  salvaje  bruto  confundido, 
Dominar  arrogante  el  despotismo ; 
Más  luego  que  la  ciencia 
Al  espíritu  humano  iluminara, 
Audaz  se  levantó  la  inteligencia, 

Y  el  coloso  infernal  que  la  abrumara 
Derrocóse,  humillado,  al  hondo  abismo. 

Así  doquier  los  simulacros  viles 

De  la  opresión  cayeron ; 

Pues  los  humanos  pechos,  quebrantando 

Los  vínculos  serviles 

Que  su  elación  divina  comprimían, 

En  sacrosanto  fuego  se  encendieron. 


1^2  antología 

La  libertad  prendió  en  los  corazones, 

Y  doquier  las  estúpidas  pasiones 
Al  despotismo  aciago  entronizaron, 
Los  rayos  refulgentes 

De  los  pechos  ardientes 

Que  de  divino  soplo  eran  movidos, 

Al  fiero  despotismo  destronaron. 

Así  fué  en  Grecia  y  Roma; 

Y  en  las  comarcas  todas  de  la  tierra, 
En  incesante  guerra, 

La  libertad  al  despotismo  doma, 

Y  doquier  que  asoma 
Aquella  victoriosa, 

Las  ciencias  y  las  artes  en  las  alas 
Del  genio  prepotente  se  subliman, 
Ostentando  sus  galas; 

Y  todo  es  gloria,  paz,  felicidades; 

Y  el  genio  de  la  guerra  furibundo, 
Su  aterradora  faz  y  sus  maldades 
Hunde  allá  en  los  abismos  del  profundo. 

Solo  entonce,  inspirando 
Las  musas  al  poeta,  lanzó  el  canto 
Su  profética  voz  por  todo  el  orbe, 
A  los  siglos  atónitos  marcando 
Sus  futuros  destinos, 

Y  en  versos  peregrinos. 

Los  prodigios  del  genio  eternizando. 

Cantemos,  pues,  cantemos 

La  independencia  de  la  patria  amada, 

Y  con  voz  acordada, 

A  la  aurora  de  Julio  celebremos. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  133 

Cantemos  el  gran  día 

Que  vio  nuestra  cadena  quebrantada, 

Y  del  león  domada 

La  arrogante  cerviz  y  valentía. 

Cantemos  la  agonía 

Del  monstruo  que  oprimiera 

La  América  inocente  entre  sus  manos 

Por  tres  centurias,  y  á  la  tierra  diera 

El  ejemplo  inaudito,  en  un  instante, 

Del  instable  poder  de  los  tiranos. 

Cantemos  el  momento 

En  que  á  la  faz  del  mundo  y  de  la  patria. 

Con  encanto  juramos 

Vivir  independientes, 

O  con  la  sacra  libertad,  valientes, 

Exhalar  antes  el  postrer  aliento. 

Así  el  cóndor  ostenta  su  alegría 

Cuando  con  libertad  gira  su  vuelo 

Por  el  inmenso  cielo; 

Así  el  león  en  bosques  espaciosos, 

Con  hórrido  bramido, 

Y  los  seres  que  encierra  el  universo. 

En.  su  tosco  lenguaje  no  aprendido. 

Himnos  entonan  saludando  el  día 

En  que  finó  su  largo  cautiverio; 

Así  lo  canta  el  hombre  que  el  imperio 

Sufrió  de  la  opresión  y  tiranía; 

Julio,  1831, 


134 


antología 


RUEGO 


Inclina  aurem  tuaní  ad  precetn  meam. 


En  tí.  Señor,  confío; 

A  tí,  mi  Dios,  me  entrego; 

Mi  humilde  y  triste  ruego 

Implora  tu  piedad ; 

No  mires  con  desvío 

Mi  llanto  y  amargura. 

Que,  aunque  mi  alma  está  impura, 

No  abriga  la  impiedad. 

Mi  espíritu  se  humilla 
A  tu  divina  planta, 
Y  su  dolor  levanta 
Esperanzado  á  tí; 
Acoge  la  sencilla 
Plegaria  que  te  envía, 
Señor,  y  tu  faz  pía 
Vuelve  un  instante  á  mí. 

Henchido  de  pasiones 
Mí  corazón  demente. 
Se  abandonó  al  torrente 
Del  mundo  seductor; 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 

Mas  ya,  sus  ilusiones 
Falaces  desdeñando, 
Se  vuelve  á  tí  implorando 
Consuelo  en  su  dolor. 

Si  algún  tiempo  embriagado 
De  deleites  mundanos 
Los  tuyos  soberanos 
Insensato  olvidé, 
Perdona  á  un  descarriado 
Que,  buscando  hoy  ansioso 
Tu  bálsamo  precioso. 
Va  en  alas  de  la  fe. 

Soy  pecador  indigno: 
Pero  mi  alma  sincera, 
Arrepentida  espera 
En  tu  inmensa  bondad. 
Contempla,  pues,  benigno. 
Señor,  y  no  indignado, 
A  quien  atribulado. 
Se  acoge  á  tu  piedad. 

De  dolor  consumido, 
De  angustias  y  dolencia. 
Tu  divina  asistencia 
Necesito,  Señor; 
Levanta  mi  abatido 
Corazón,  vuelve  á  mi  alma, 
Vuelve  la  dulce  calma 
Que  le  roba  el  dolor. 


135 


136  ANTOI<OGÍA 

Atiende  á  tu  criatura 
Que  misera  fenece; 
Sus  penas  adormece; 
Escucha  su  clamor; 
Pues  en  mar  de  amargura 
Se  anega  mi  existencia: 
Mírame  con  clemencia 
Aunque  soy  pecador. 

Noviembre  6,  de  1831. 


MI   ESTADO 


II  est  chez  les  vivans  comme  une  'ir.v.v  éteinte. 


Cual  sombra  vana  mis  lozanos  días 
Se  han  disipado,  y  ni  vestigios  quedan 
De  lo  que  fueron  en  su  bella  aurora 
Mis  verdes  años. 

Nada  ha  quedado  á  mi  existencia  frágil 
Más  que  la  herida  del  pesar  tirano; 
Nada  que  pueda  á  mi  infortunio  triste 
Dar  un  consuelo. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  137 

Como  fantasma  tétrico  y  sombrío 
Sin  esperanza  vago  entre  los  hombres ; 
Ningún  prestigio  ó  juvenil  halago 
Brilla  en  mi  frente. 

Nada  yo  espero  en  el  desierto  mundo, 
Nada  que  endulce  mis  amargas  penas; 
Y  desolado,  el  corazón  marchito, 
Ni  aun  amor  siente. 

¡  Oh  si  sintiera  cual  sintió  otro  tiempo ! 
Amor,  al  menos,  en  el  pecho  triste. 
Vierte  halagando  como  sierpe  astuta, 
Dulce  veneno. 

¡Solo  el  reposo  de  la  tumba  aguardo! 
Pero  la  muerte  de  mis  crudas  ansias 
Ríe  inclemente,  y  á  mi  amargo  lecho 
Lenta  se  acerca. 

Cuento  los  días  de  aflicción  cargados; 
Cuento  las  horas  de  pesar  exentas; 

Y  veo  entonces  que  mejor  sería 

No  haber  nacido. 

Pronto  despojo  de  la  muerte  fiera 
Será  mi  cuerpo,  que  angustiado  gime; 
Dulce  alimento  á  reptiles  inmundos, 
Pasto  á  gusanos. 

Y  el  fuego  sacro  que  mi  mente  llena, 
Ansia  sublime,  inspiración  divina, 


138  ANTOLOGÍA 

Don  de  las  musas,  como  frágil  humo 
Va  á  disiparse. 

Cuantas  pasiones  abrigó  mi  pecho, 
Cuanto  elevado  sentimiento  cupo 
En  mi  alma  noble,  á  convertirse  vuelven 
En  polvo  y  nada. 

Octubre  2  de  1S31. 


EL  POETA  ENFERMO 


¡  Oh  juicio  divinal ! 
Cuando  más  ardía  el  fuego, 
Echaste  el  agua. 

Jor^e  Manrique. 


El  sol  fulgente  de  mis  bellos  días 
Se  ha  oscurecido  en  su  primer  aurora, 

Y  el  cáliz  de  oro  de  mi  frágil  vida 

Se  ha  roto  lleno. 

Como  la  planta  en  infecundo  yermo 
Mi  vida  yace,  moribunda  y  triste; 

Y  el  sacro  fuego,  inspiración  divina, 

Devora  mi  alma. 

¡Don  ominoso!  en  juventud  temprana 
Yo  me  consumo  sin  que  el  canto  exelso 


9 
ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I39 

Eco  sublime  de  mi  dulce  lira. 
Admire  el  mundo. 

Gloriosos  lauros  las  divinas  musas 
Me  prometieron,  y  guirnalda  bella 
A  la  sien  tierna  de  la  patria  mia 
Yo  j)reparaba. 

Mas  el  destino  inexorable  corta, 
Con  mano  impía,  los  frondosos  ramos : 
!Que  el  frío  soplo  de  dolencia  infausta 
Hiela  mi  vida! 

Un  foco  inmenso  de  divinos  ecos 
Mi  alma  era  un  tiempo,  que  el  activo  soplo 
De  las  pasiones  exhalaba  ardiente, 
Voces  sublimes. 

Cuanto  tocaba  en  su  celeste  fuego 
Ardía  al  punto;  el  universo  un  himno 
Kra  ]3ara  ella,  de  armonías  puras 
Coro  grandioso. 

Mas  negra  sombra  su  esplendor  eclipsa ; 
Ángel  de  muerte  de  mi  lira  en  torno 
Mueve  sus  alas,  y  suspira  solo 
Fúnebre  canto. 

Como  la  lumbre  de  meteoro  errante, 
Como  el  son  dulce  de  arm.oniosa  lira. 
Asi  la  llama  que  mi  vida  alienta 
Veo  extingfuirse. 


140  antología 

Adiós  por  siempre  aspiraciones  vanas, 
Vanas,  mas  nobles,  que  abrigó  mi  mente; 
Adiós  del  mundo  lisongeras  glorias, 
Deleites  vanos. 

Adiós,  morada  de  tiniebla  y  llanto. 
Tierra  infeliz  que  la  virtud  repeles, 
Y  desconoces  insensato  al  genio 
Que  te  ilumina. 

Mi  mente  siempre  en  tu  región  impura 
Se  halló  oprimida;  peregrino  ignoto. 
Por  ti  he  pasado,  y  sin  pesar  ninguno, 
De  ti  me  alejo. 

Lira  enlutada  melodiosa  entona 
Funeral  canto.  Acompañadla  gratas. 
Musas  divinas:  mi  postrer  suspiro 
Un  himno  sea. 

Agosto  13  de  1831. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I4I 


CONTESTACIÓN 


i  Ah  !  ya  agostada 
Siento  mi  juventud,  mi  faz  marchita, 
Y  la  profunda  pena  que  me   agita 
Ruga  mi  frente  de  dolor  nu'o'.ada. 

lieredia. 


Feliz  tú  que  de  bellas  ilusiones 
Sin  cesar  halagado,  á  las  visiones 

Inefables  del  alma 
Librar  puedes  tu  ardiente  fantasía, 

Y  de  éxtasi  embriagar  y  de  armonía 

Tu  corazón  en  calma. 

Feliz  tú  que  aspirando  el  aura  pura 
Del  magestuoso  Plata,  la  hermosura 

Contemplas  de  la  luna 
Que  asoma  melancólica  su  frente. 
Como  gentil  beldad  que  de  amor  siente 

La  congoja  importuna. 

Mecido  allí  por  sueño  delicioso. 
Oyes  solo  el  susurro  misterioso 

De  las  olas  serenas 
Que  al  rayo  de  la  luna  resplandecen, 

Y  en  cadencia  armoniosa  se  adormecen 

Sobre  muelles  arenas. 


142  antología 

Allí  tu  alma  inflamada  en  su  desvelo, 
Hasta  el  trono  de  Dios  levanta  el  vuelo, 

Y  olvidada  del  mundo. 
Escucha  la  armonía  soberana 
Que  de  su  eterna  gloria  eterna  mana 

Cual  venero  fecundo. 

Allí  anhela  calmar  su  sed  ardiente 
En  esa  viva,  inagotable  fuente 
Que  al  universo  anima; 

Y  con  alas  de  fuego  divagando, 
El  infinito  abarca  y  remontando 

Más  y  rnás  se  sublima. 

¡  Quién  como  tú  pudiera,  el  pecho  lleno 
De  esperanza  y  de  fe,  por  el  ameno 

Camino  de  la  vida 
Esparcir  sus  miradas  halagüeñas, 

Y  ver  por  todo  imágenes  risueñas. 

Como  en  la  edad  florida! 

¡Quién  en  su  lira,  modular  sonora 
Dulce  amor  y  amistad  consoladora, 
Tesoros  celestiales, 

Y  al  son  de  la  hechicera  melodía. 
Derramar  esperanza  y  alegría 

En  los  pechos  mortales! 

¡  Quién  fuese  como  tú  que  atrás  dejando 
Un  pasado  feliz,  y  contemplando 
El  porvenir  brillante. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  I43 

Un  mundo  de  esperanzas  y  delicias 
Ante  tus  ojos  ves,  y  no  codicias 
Nada  al  vulgo  anhelante. 

Mi  juventud  también  tuvo  visiones 
De  ambición  y  de  gloria,  y  mil  pasiones 

Terribles  la  agitaron ; 
Amor  fué  su  delirio  y  su  ventura; 

Y  en  brazos  apuró  de  la  hermosura, 

Delicias  que  volaron. 

Mas  cual  roble  soberbio  que  derriba 
El  feroz  huracán  de  cumbre  altiva, 

Al  impulso  violento 
De  fogosas  pasiones,  abatida 
Cayó  mi  juventud,  que  solo  vida 

Tiene  para  el  tormento. 

¡  Oh  si  en  himnos  de  excelsa  poesía 
Yo  pudiera  el  torrente  de  armonía 

Hxalar  de  mi  pecho, 
O  en  tristes  tonos  modular,  suaves, 
De  mi  fiero  dolor  las  ansias  graves, 

Las  dudas  y  el  despecho ! 

El  canto  entonces  de  la  musa  mía 
Al  eco  de  la  tuya  se  uniría 
En  soberano  coro; 

Y  esos  pechos  de  bronce,  casi  yertos. 
Latirían  oyendo  los  conciertos 

De  vuestra  lira  de  oro. 


144  ANTOLOGÍA 

Pero  vano  delirio ;  mi  destino 
Es  batallar  con  el  dolor  con  tino, 

Hasta  que  suene  la  hora, 
Y  consumirme  en  agonía  lenta, 
Como  el  ave  inmortal  que  en  sí  alimenta 

Fuego  que  la  devora. 


ESTANCIAvS 


Heureux  ceux  qni  n'ont  point  vue  la 
fumé  des  fétes  de  l'étranger,  et  qui 
ne  se  sont  assis  qu'aux  festins  Je 
leurs  peres! 

Ch  a  tea  ubria  nd. 


Feliz  aquel  que  de  su  patrio  suelo 
Contempló  solo  el  halagüeño  cielo, 

Y  libre  de  pesares, 
Vivió  seguro  del  cariño  amante 
De  la  beldad  que  idolatró  constante 

En  sus  quietos  hogares. 

Nacen  sus  días  sin  cesar  serenos. 
De  gozo  puro  y  de  esperanzas  llenos, 

Dulcemente  halagados; 
Y  como  en  valle  arroyo  cristalino. 
Corren  sin  agitarse  á  su  destino 

Por  entre  bellos  prados. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  145 

Bl  borrascoso  mar  de  las  pasiones 
Su  corazóu  no  mueve,  ni  ilusiones 

De  bien  frágil  y  vano 
Brindan  á  su  serena  fantasía 
De  fugases  deleites  la  ambrosía, 

Con  fementida  mano. 

De  la  ambición  se  ríe  prepotente 

Que  se  engolfa  con  tino  en  la  corriente 

De  la  varia  fortuna, 
Ni  acibaran  funestos  desengaños 
Va.  dulcífera  copa  de  sus  años 

Con  su  hiél  importuna. 

¡Quién  me  diera  los  días  venturosos 
Que  á  mi  anhelo  ofrecían  deliciosos 

Placeres  sin  mudanza. 
Cuando  todo  á  mi  vista  era  risueño, 
Y  mi  existencia  grata  un  largo  sueño 

De  gloriosa  esperanza! 

¡Quién  diera  á  mi  agitado  pensamiento 
La  dulce  calma  y  el  feliz  contento 

Que  disfrutara  un  día! 
¡Quién  por  lo  bello,  el  entusiasmo  ciego, 
ha.  pasión  noble  y  el  divino  fuego 

Bn  que  mi  pecho  ardía! 

¡Quién  sentir  cual  sentí,  ó  el  llanto  largo 
Que  embalsamaba  el  sentimiento  amargo 
Del  corazón  herido! 


1^6  antología 

¡Quién,  á  mi  juventud  su  lozanía 
Marchita  en  flor,  sin  esperanza  y  fría! 
¡Quién,  el  ser  lo  que  he  sido! 

¡Si  al  menos  á  piedad  movido  el  cielo 
Con  la  angustia  voraz  diese  el  consuelo 

Del  olvido  á  la  mente! 
Mas  por  siempre  la  imagen  ilusoria 
Del  bien  perdido  vaga  en  la  memoria, 

Cual  si  fuera  presente. 

El  astro  de  mi  vida  se  ha  eclipsado 
Y  muerto  á  la  esperanza,  desolado; 

El  porvenir  oscuro 
Aparece  á  mi  vista,  cual  desierto, 
O  borrascoso  piélago  sin  puerto 

Donde  arribar  seguro. 

]\Ii  corazón  un  tiempo  palpitaba 
Al  mirar  la  hermosura,  y   adoraba 

Su  irresistible  encanto; 
Amó  también,  y  en  amorosos  lazos 
Se  gozó  insano,  y  apuró  en  sus  brazos 

Deleite  sacrosanto. 

Mas  disipóse  todo  y  la  amargura, 
El  recuerdo  fatal  tan  solo  dura 

Y  aviva  el  sentimiento 
Del  triste  corazón,  que  aun  inflamado, 
De  amar,  sentir  ó  aborrecer  privado, 

No  halla,  no  halla  alimento. 


# 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA  147 

Todo  he  perdido;  en  mi  insensata  mano 
Las  flores  de  la  vida  bien  temprano 
Todas  se  han  deshojado, 

Y  confusos  y  atónitos  mis  ojos, 
Solo  contemplan  míseros  despojos 

Del  huracán  pasado. 

Ven  á  mis  votos  silenciosa  muerte, 

Y  en  reposo  feliz  la  ansia  convierte 

Con  que  me  aqueja  el  tiempo  y  el  destino; 
Ven,  me  arrebata  donde  no  se  siente. 
Así  cantaba  de  su  patria  ausente 
Por  consolarse  un  triste  peregrino. 

Junio,  1S31. 


RECUERDO 

In  vain,  alas!  in  vain. 
Campbell. 

En  vano  busco  la  mujer  hermosa. 
Imán  de  mi  alma  que  llenó  mis  días 
De  tiernas  ansias,  deliciosos  sueños. 
De  amor  y  dichas. 

La  busco  en  vano,  que  doliente  siempre, 
Voz  ominosa  de  la  negra  tumba 
Burla  mi  anhelo,  y  me  responde  triste: 
— Aquí  se  oculta. 


148  ANTOI,OGÍA 

— Se  oculta  sí ...  .  ¿mas  sempiterna  noche 
Cubrirá  el  lecho  do  mi  amor  descansa? 
¿No  verá  un  ángel  que  moró  en  la  tierra 
La  luz  de  otra  alba? 

¿Pero  qué  importa,  si  su  imagen  bella 
Mientras  yo  aliente  vivirá  en  mi  pecho, 
Do  el  aura  aspira  que  á  los  serafines 
Destina  el  cielo, 

Hasta  que  airada  la  insaciable  muerte 
Corte  la  trama  de  mi  frágil  vida. 
Una  mis  restos  á  los  suyos  caros, 
Y  todo  estinga? 

Enero  17,  1831. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 


AIv  CI.AVEL  DEL  AIRE 


A    LUISA 


149 


Sweet  scented  flower 
Kirke   White. 


Flor  fragante  y  vistosa, 

Que  del  seno  de  rosa 

De  mi  amable  hechicera 

Vienes,  fiel  mensagera 

De  su  pasión  ardiente, 

A  disipar  las  sombras  de  mi  mente, 

Dime  ¿do  fué  tu  aurora? 

¿  Quién  te  dio  esa  fragancia 

Eficaz,  penetrante,  encantadora, 

Y  la  hermosa  elegancia 

Con  que  gentil  descuellas 

Entre  las  flores  bellas 

Que  orna  y  matiza  la  divina  Flora  ? 

¿Quién  esa  candidez  y  esa  pureza 

Adorno  celestial  de  la  belleza, 

Que  mi  pecho  enamora? 

¿Fué,  por  ventura,  tú  dichoso  oriente 

En  la  región  ardiente 

Donde  naturaleza 

Ostenta  más  vigor  y  gentileza? 


150  antología 

¿o  acaso  la  inconstante 

Madre  de  los  amores, 

Menospreciada  de  su  ingrato  amante, 

Le  pidiera  á  la  reina  de  las  flores 

Te  llenase  de  encantos  seductores, 

Para  que  fueses  poderoso  hechizo 

De  aquel  infiel  que  abandonarla  quiso? 

No,  flor  hermosa,  no;  que  tú  naciste 

Para  más  alta  gloria, 

Bn  la  región  que  el  Paraná  famoso 

Baña  en  curso  grandioso. 

Naciste  de  sus  linfas, 

Para  grato  recreo 

Y  halagüeño  deseo 

De  sus  hermosas  ninfas. 

Que  al  mirarte  en  tu  cuna  se  gozaron, 

Y  su  flor  predilecta  te  nombraron. 

Tu  trono  digno  y  tu  morada  hiciste 
Del  aire  puro,  y  si  las  otras  flores 
Reciben  de  la  tierra  su  alimento. 
Tú  del  sereno  viento. 
Del  céfiro  apacible 
Que  divaga  invisible, 

Y  del  plácido  aliento 

Que  los  silfos  exhalan  voladores. 

Con  magestad  sentada. 
Ya  en  la  verde  enramada. 
Ya  en  el  frondoso  espino. 


ESTKBAN    ECHEVERRÍA  151 

Ya  en  las  rocas  soberbias  y  jardines, 

Tu  candor  peregrino 

Ostentas  y  te  meces  con  donaire, 

Embalsamando  el  aire 

Con  tu  aroma  divino. 

El  picaflor  voltario 

En  su  círculo  vario, 

Se  deleita  tan  solo  en  halagarte, 

Y  no  osa  de  tu  seno 
Libar  el  suco  ameno 

Que  te  dá  vida,  y  tu  vigor  robarte. 
No  así  la  juventud;  ella  anhelante 
Siempre  gira  inconstante; 
De  una  flor  á  otra  flor;  todas  codicia, 
A  todas  acaricia, 

Y  al  fin  bebe,  inexperta,  entre  sus  hojas. 
Saciedad  y  congojas. 

Emula  del  jazmín  en  la  blancura. 

Lo  eres  también  en  la  fragancia  pura. 

Que  de  tu  seno  exhalas. 

Con  que  el  cuerpo  y  espíritu  regalas 

De  toda  criatura. 

Cuando  ostenta  sus  galas. 

Con  magestad  el  sol  en  occidente, 

Entonces  el  ambiente 

Se  llena  de  tu  espíritu  oloroso, 

Y  se  engolfa  amoroso 

El  corazón,  al  apurar  tu  aliento. 
En  un  mar  de  delicias  y  contento. 


1 52  antología 

Y  cuando  más  feliz,  alguna  hermosa 
Te  arrebata  con  mano  temerosa 

De  tu  alcázar  aereo, 

Para  darte  en  su  seno  dulce  abrigo^ 

O  en  su  negro  cabello: 

Brillas  con  el  destello 

De  estrella  rutilante, 

Y  dilatas  fragante 

Tu  encantador  imperio, 

Y  de  las  flores  reina  entonces  eres, 
Del  amor,  del  deleite  y  los  placeres, 

¿Quién  como  tú  en  el  aire 
Morara,  respirando  aura  de  vida, 

Y  burlando  el  desaire 

De  la  fortuna  vil  con  frente  erguida? 

O  trasformado  en  silfo  ó  en  sílfida.  ( i ) 

¿  Quién  en  tu  cáliz  albo 

Encontrase  guarida 

Donde  ponerse  en  salvo 

Del  rigor  de  la  suerte  y  sus  mudanzas, 

Que  siempre  al  infeliz  tiende  asechanzas? 

Cuando  feliz  te  miro. 

Bella  flor,  me  parece 

Que  veo  de  mi  amada  el  albo  seno 

De  encantadora  magia  todo  lleno, 

La  nieve  sin  mancilla 


(i)    silfos,  espíritus  aéreos,  que  han  ilustrado  Pope,  Hugo  y  otros. 
Creo  no  se  estrañará    esta    alusión,   pues  los  espíritus  son    cosmopolitas. 
(Nota  del  poeta.) 


0 

ESTEBAN    ECHEVERRÍA 

De  SU  fresca  mejilla, 

Y  el  candor  celestial  de  su  semblante. 

Y  al  aspirar  tu  espíritu  fragante, 
Me  parece  que  aspiro 

De  su  risueña  boca 

El  delicioso  aroma  que  provoca 

Al  deleite,  al  amor  y  la  ventura; 

Y  rebosando  en  júbilo  y  ternura^ 

Mi  corazón  palpita,  y  se  abandona 

Olvidando  su  pena, 

A  la  dulce  ilusión  que  lo  enajena. 

Octubre  17,  de  183 1. 


153 


EL  CEMENTERIO 


Misterios  de  la  vida  y  de  la  muerte. 
Calderón. 

Creation  Sleeps. 

i  'o7ing. 


Al  resplandor  sereno  de  la  luna, 
Yo  andaba  por  los  sitios  solitarios 
Que  al  vulgo  atemorizan,  pesaroso 
Y  en  lúgubres  ideas  embebido ; 


154  ANTOLOGÍA 

Y  mis  inciertos  pasos  me  llevaron 

A  la  mansión  sagrada  de  los  muertos. 
Religioso  pavor  cubrióme  al  punto, 

Y  esclamé  sofocando  mis  angustias : 

— Silencio  ¡  oh  corazón !  he  aquí  el  asilo 
Donde  rema  la  paz  inalterable; 
Do  no  alcanza  el  tumulto  de  los  hombres  ; 
Do  se  acaban  las  ansias  y  tormentos 
De  la  altiva  ambición  y  el  infortunio; 
Do  se  estrella  el  poder  y  la  grandeza; 
Do  el  amor  y  el  deleite  se  anonadan; 
Donde  la  gloria  es  humo  y  las  pasiones 
Que  agitan  al  mortal.    Aquí  el  esclavo 
De  sus  hierros  se  olvida,  y  con  el  polvo 
De  la  víctima  suya  á  confundirse 
Viene  el  fiero  opresor.   Aquí  del  crimen 
Cesa  el  remordimiento,  y  los  gemidos 
De  la  virtud  paciente  se  sepultan. 
Aquí  se  abisman,  sin  cesar,  los  siglos, 

Y  mil  generaciones  y  mil  otras. 
Con  rapidez  se  agolpan,  no  dejando 
Vestigio  de  su  ser.   Aquí  su  cetro 
Levantan  el  misterio  y  el  olvido, 

Las  esperanzas  mueren,  y  en  su  aurora 
El  ingenio  brillante  se  disipa. 
Salud,  tristes  despojos,  monumentos 
Fúnebres  del  dolor:  á  visitaros 
Viene  una  alma  enlutada  y  borrascosa. 
Si  los  profanos  ecos  de  la  tierra 
Hasta  vosotros  llegan,  respondedme : 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  1 55 

¿Hay  vida  más  allá?  —  ¿Pero  que  veo? 
Un  espectro  confuso  se  levanta 

Y  con  faz  melancólica  me  mira: 

— Tú,  quienquiera  que  seas,  habitante 
De  esta  mansión  de  luto  misteriosa. 
Responde  hoy  á  las  dudas  de  quien  viene 
A  interrogar  la  muerte  y  los  sepulcros,  . 
Transido  de  dolor:  ¿por  qué  tus  ojos 
Brotan  lágrimas  tristes,  y  en  tu  frente 
Del  funesto  pesar  vagan  las  sombras? 
¿Hay  dolor,  por  acaso,  aun  en  la  tumba? 
¿Siente  el  polvo?  —  Silencio,  reptil  vano; 
La  mansión  del  misterio  es  el  sepulcro — 
Un  eco  moribundo  respondióme; 
Y,  silencio,  silencio,  repitieron 
Los  cóncavos  helados  de  las  tumbas. 
Se  oscureció  la  luna  de  repente, 

Y  un  pálido  fulgor  cubrió  la  tierra,  • 
Semejante  al  de  antorcha  suspendida 

En  medio  de  un  panteón;  Y  3^0  miraba. 
Pasmado  de  terror,  sin  movimiento, 
De  la  tumba  fatal  aquel  portento. 
Cuando  un  eco,  al  de  un  ángel  parecido, 
Hechicero  sonó:  Ven,  ven  conmigo; 
Ven,  ven  á  descansar  infeliz  joven. 
La  tumba  es  el  amor.    Aquí  las  almas 
Kn  himeneo  eterno,  eternas  viven. 
¡Ay!  ¡ay!  por  tí  padezco  hace  diez  años; 
Ven,  seremos  felices,  ven  conmigo. 
Esperándote  estoy  —  Y  3-0  miraba, 


156  ANTOLOGÍA 

Pasmado  de  terror,  sin  movimiento, 
De  la  tumba  fatal  aquel  portento : 

Y  vi  de  una  mujer  la  vaga  sombra. 
De  una  mujer  que  conocí  en  la  tierra 

Y  que  profano  labio  nunca  nombra. 

Y  otro  acento  de  amor,  voz  inefable 
Que  aprendí  á  conocer  desde  la  cuna 
Oí  que  repitió:  — Ven,  hijo  mío. 
Ven,  te  consolaré.  ¡Qué  infeliz  eres! 

Tu  alma  no  es  de  ese  mundo,  aquí  es  su  centro 

El  lodo  es  del  reptil.  —  Un  grito  entonces 

Quise  dar  y  no  pude;  y,  madre,  madre. 

Articuló  mi  lengua.  —  Y  yo  miraba 

Pasmado  de  terror,  sin  movimiento. 

De  la  tumba  fatal  aquel  portento .... 

Quedó  todo  en  silencio  nuevamente; 

Se  disipó  el  fulgor  como  la  llama 

De  un  astro  consumido;  y  las  tinieblas, 

La  oscuridad  fatal,  se  condensaron. 

Todo  era  noche  y  noche.  Uno  por  uno 

Los  astros  de  la  esfera  se  extinguieron. 

Como  antorchas  sin  pábulo;  y  la  tierra, 

Y  el  cielo  y  el  espacio,  no  formaron 

Más  que  un  lúgubre,  denso,  opaco  abismo 
De  tinieblas  palpables  á  mis  ojos. 
Me  estremecí  de  horror.  F'ormas  confusas, 
Fábricas  gigantescas  del  orgullo. 
Cadáveres  inmensos  de  los  siglos, 
Pueblos,  generaciones,  seres,  hombres .... 
Cual  rápido  torrente  descendían 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  157 

En  la  inapeable  sima  confundidos; 
Y  al  caos  daban  ser.  .  ,  Un  mortal  hielo 
Cubrió  todo  mi  cuerpo.  Mis  potencias 
Como  de  un  largo  sueño  despertaron : 
Miré:  vi,  con  asombro,  que  la  tierra, 
Al  resplandor  sereno  de  la  luna, 
Mientras  yo  solitario  cavilaba, 
Como  el  callado  asilo  de  los  muertos 
Bn'^silenciosa  calma  reposaba. 


MEIv  ANCOLIA 


Profunda  melancolía 
En  tu  semblante  se  vé. 
Calderón. 


Cuando  en  mi  frente  marchita 
La  melancolía  estienda 
Su  opaco  velo,  y  mis  ojos 
Llenos  de  lágrimas  veas, 
Cuando  los  caros  objetos, 
Que  en  otra  hora  me  recrean, 
Y  aun  tus  encantos  divinos 
Mire  con  indiferencia  : 
No  hagas  caso,  mi  querida. 
Que  el  pesar  que  me  atormenta 
Sobre  mi  faz  un  instante 
Esparce  sus  sombras  negras  ; 
Luego,  á  mi  seno  afligido, 
Do  sin  cesar  se  apacentan 
Los  pensamientos  sombríos, 
Silencioso  se  repliega. 

Julio  29,  1830. 


158  ANTOLOGÍA 


profí:cia  del  plata 


Se  conmvteven  del  Inca  las  tumbas. 
Lo^ez. 

Cuando  con  garra  impía, 

El  hispano  león  tan  arrogante, 

El  nuevo  mundo  asía, 

Y  su  fuerza  pujante 

Dominaba  en  los  piélagos  de  Atlante; 

Cuando  sus  naos,  preñadas 

De  avaricia  y  furor,  lanzaba  España 

A  las  tierras  domadas 

Y  á  las  playas  que  baña 

El  raudo  Plata  á  vomitar  su  saña; 

El  portentoso  río. 

Enfurecido  al  ver  tanta  osadía. 

Terrífico  y  sombrío. 

Su  ceño  mostró  al  día, 

Por  revelar  aquesta  profecía. 

— Tiranos  alevosos. 

Gózaos,  gózaos  en  la  obra  pasajera 

De  designios   odiosos. 

Que  ya  se  acerca  la  era 

A  vuestro  orgullo  y   suerte  lastimera. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  1 59 

Gózaos  si,  que  esta  tierra, 

De  vuestro  cetro  duro  fatigada, 

Acudirá  á  la  guerra, 

Y  será  quebrantada 

Vuestra  arrogancia,  y  á  su  vez  domada. 

Ya  la  lumbre  fulgente 

Veo  de  JMayo  alzase  por  la  esfera, 

Y  la  turba  insolente 
Que  vuestra  ley  venera, 

Se  aturde  al  verla  cual  si  rayo  fuera. 

El  argentino  entonces 

Tremola  el  estandarte  victorioso, 

Y  los  tremendos  bronces 

Y  el  acero  filoso 

Anima  con  su  aliento  poderoso. 

Las  cadenas  quebranta 

Que  oprimen  á  la  patria  moribunda, 

Y  su  cerviz  levanta 
Airada  y  tremebunda, 

Que  conturba  la  hueste  furibunda. 

Su  voz  truena  potente, 

Y  á  los  pueblos  concita  á  la  venganza 
De  todo  el  continente. 

Que  acorrren  sin  tardanza 

Al  campo  de  la  lid  y  la  matanza. 

Del  Sud  en  las  regiones 

La  libertad  arbola  su  estandarte, 


1 6o  ANTOLOGÍA 

Y  celestes  blasones 
A  sus  hijos  reparte, 

Marcial  aliento  les  infunde  y  arte. 

¿No  miráis  cómo  el  trueno 

Que  se  enciende  en  mis   márgenes  de  plata, 

De  muerte  y  poder  lleno, 

Por  el  sud  se  dilata, 

Y  vuestros  solios  rompe  y  desbarata? 

¿No  escucháis  cual   retumba 

Bn  los  Andes  con  hórrido  estampido, 

Y  conmueve  la  tumba 
Del  inca  que  ofendido 

Del  polvo  se  alza  de  furor  ceñido, 

Y  á  sus  hijos  convoca 

Y  á  su  progenie  toda  á  la  venganza 
Con  su  acento  provoca, 

Que  ardida  se  abalanza 

De  imo  á  otro  campo  con  espada  y  lanza? 

¿No  veis  cual  se  encamina 

Por  el  indiano  suelo  desprendiendo 

Mil  rayos  que  fulmina, 

A  polvo  reduciendo 

De  vuestras  armas  el  poder  tremendo? 

Temblad,  temblad  tiranos 

Que  oprimís  á  la  América  inocente 

Con  aceradas  manos; 


# 

ESTEBAN   ECHEVERRÍA  l6l 


Temblad;  que  ya  el  torrente 

De  asolación  desata  mi  corriente. 

Cual  rayo  amenazante 

Que  de  la  parda  nube  se  desprende, 

Y  ardiendo,  fulminante, 
Con  ímpetu  desciende, 
Deslumbra,  aterra,  despedaza,  hiende. 

Así  con  saña  airada 

Desplomará  su  furia  y  vehemencia, 

Y  será  desquiciada 
Vuestra  vana  insolencia. 
Caduco  poderío,  omnipotencia. 

Y  el  vasto  continente 

De  vuestro  inicuo  yugo  libertado, 

Gozará  independiente 

El  venturoso  hado. 

A  su  heroísmo  y  gloria  reservado  ^>. 

De  Mayo  el  sol  brillante 

Se  mostró  al  argentino,  y  confundidos 

Huyeron   al  instante 

Los  bandos  atrevidos. 

Por  sus  valientes  haces  perseguidos. 

Y  como  astutos  lobos 

Que  bravos  cazadores  acecharon. 
Devorando  sus  robos, 
Al  verlas  se  pasrharon, 

Y  la  sangrienta  presa  abandonaron 

Jlayo,   1831. 


1 62  antología 


EL    PENSAMIENTO 


o  ílor  de  alta  fortuna, 
Rioja. 


Yo  soy  una  flor  oscura 
De  fragancia  y  hermosura 

Despojada; 
Flor  sin  ningún  atractivo, 
Que  solo  un  instante  vivo 

Acongojada. 

Nací  bajo  mala  estrella, 
Pero  me  miró  una  bella 
Enamorada, 

Y  me  llamó  pensamiento, 

Y  fui,  desde  aquel  momento: 

Flor  preciada. 

No  descuello  en  los  jardines 
Como  los  albos  jazmines 

O  las  rosas; 
Pero  me  buscan  y  admiran, 
Me  contemplan  y  suspiran 

Las  hermosas. 

Si  me  mira  algún  ausente 
Que  de  amor  la  pena  siente, 
Cobra  vida; 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  1 63 

Y  es  feliz  imaginando 
Que  en  él  estará  pensando 

Su  querida. 

Yo  soy  grata  mensagera, 
Que  bajo  forma  hechicera 

Voy  volando 
A  llevar  nuevas  de  dicha 
Al  que  vive  en  la  desdicha 

Suspirado. 

Símbolo  del    pensamiento 
Del  amor  y  el  sentimiento, 

Mi  destino 
Es  deleitar    al  que  adora, 

Y  consolar  al  que  llora 

Peregrino. 

Uruguay,   Noviembre  1832. 


El.   DESAMOR 


CANCIÓN 


Acongojada  mi  alma 
Día  y  noche  delira, 
El  corazón  suspira 
Por  ilusorio  bien; 


*    El  Cancionero  Argentino,    pag.    13   del   cuaderno    lO. — Fué   puesta    en 
música  por  el  maestro  don  J.  P.  Esnaola. 


164  ANTOLOGÍA 

Mas  las  horas  fugaces 
Pasan  en  raudo  vuelo, 
Sin  que  ningún  consuelo 
A  mi  congoja  den. 

Entre  mis  venas  corre 
Sutil,  ardiente  llama. 
Que  sin  cesar  me  inflama 
Y  llena  de  dolor; 
Pero  una  voz  secreta 
Me  dice:  ¡infortunada, 
Vivirás  condenada 
A  eterno  desamor! 

Como  muere  la  antorcha 
Escasa  de  alimento, 
Así  morir  me  siento 
En  mi  temprano  albor; 
Ningún  soplo  benigno 
Da  vigor  á  mi  vida, 
Pues  vivo  sumergida 
En  triste  desamor. 

Como  fatuo  destello 
Que  brilla  y  se  evapora. 
Se  disipó  en  su  aurora 
El  astro  de  mi  amor; 
Fuese  con  él  mi  dicha, 
Fuese  con  él  mi  calma. 
Quedóle  solo  á  mi  alma 

Perpetuo  desamor. 

1837- 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  ló^ 


LA   DIA^IELA 


CANCIÓN 


Diome  un  día  una  bella  portena 
Que  en  mi  senda  pusiera  el  destino, 
Una  flor  cuyo  aroma  divino 
Llena  el  alma  de  dulce  embriaguez. 
Me  la  dio  con  sonrisa  halagüeña, 
^Matizada  de  puros  sonrojos, 

Y  bajando  hechicera  los  ojos 
Incapaces  de  engaño  y  doblez. 

En  silencio  y  absorto  tómela, 
Como  don  misterioso  del  cielo 
Que  algún  ángel  de  amor  y  consuelo 
Me  viniese  durmiendo,  á  ofrecer. 
En  mi  seno  inflamado  guárdela, 
Con  el  suyo  mezclando  mi  aliento'; 

Y  un  hechizo  amoroso  al  momento 
Yo  sentí  por  mis  venas  correr. 

Desde  entonces,  doquiera  que  miro 
Allí  está  la  diamela  olorosa, 

Y  á  su  lado  una  imagen  hermosa 


•    El  Cancionero  Argentino,  pag.  23  del  cuad.  lO.     Puesta  en  música  por 
J.  P.  Esnaola. 


1 66  antología 

Cuya  frente  respira  candor. 
Desde  entonces,  por  ella  suspiro; 
Rindo  el  pecho  inconstante  á  su  halago; 
Con  su  aroma  inefable  me  embriago; 
A  ella  sola  consagro  mi  amor. 

1837- 


UN   RECUERDO  * 

¡Tierra  querida  do  mis  tiernos  padres 
Vieron  gozosos  mi  reir  primero, 
Mi  alma  te  envía  en  su  infortunio  amargo, 
Un  pensamiento! 

Bn  este  día  de  tan  bella  aurora 
Que  el  tiempo  cuenta  en  su  incesante  vuelo, 
Un  año  cumple,  que  á  mi  patria  enviara 
Mi  adiós  postrero. 

¡Oh  cuantas  horas  de  amargura  el  alma 
Sufrió  en  un  año  de  fatal  recuerdo! 
¡Cuanto  suspiro  en  mi  abandono  triste 
Exhaló  el  pecho! 


*    M.  S.  de  la  Colección  de  don  J.  M.  Gutiérrez,  existente   en    el  Senado 
Nacional. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  167 

Yo  en  los  instantes  de  mi  dulce  infancia 
Miraba  siempre  el  porvenir  risueño, 
Contando  ufano  del  vivir  las  horas 
Por  mis  contentos. 

Cual  mira  y  ríe  el  caminante  incauto, 
Corto  el  camino  y  de  viajeros  lleno, 

Y  en  él  se  lanza  sin  contar  peligros 

Que  le  den  miedo; 

Y  en  vez  de  flores  que  encontrar  creía, 
En  vez  de  amigos  que  le  den  consuelos, 
Hállase  solo,  abandonado  y  triste, 

Con  sus  ensueños: 

Así  yo,  en  vano  procuré  á  mi  lado 
Los  gratos  seres  que  dejé  en  mi  suelo. 
Que  solo  el  viento  se  llevó  en  los  aires 
Mis  tristes  ecos. 

Ni  en  mis  oídos  sonarán  tampoco 
Aquellas  voces  que  escuché  en  un  tiempo; 
Voces  queridas  que  en  mi  tierna  infancia 
Me  adormecieron. 

Que  todo  es  solo,  desabrido  y  triste; 
La  flor  no  es  grata,  ni  es  azul  el  cielo; 

Y  los  cantares  de  las  aves  bellas 

Ya  no  son  tiernos. 


i68  antología 

Vendrá  la  aurora  sin  su  sol  dorado, 
Vendrá  la  noche  con  su  velo  denso, 
Y  no  en  la  luna  encontraré  tampoco 
Suaves  reflejos. 

i  Ah !  que  la  noche  al  que  sufriendo  vive, 
Sin  un  amigo  y  de  su  patria  lejos. 
Es  un  castigo  que  en  su  enojo  enviara 
Airado  el  cielo. 

¿  Qué  sirve  entonces  la  algazara  y  risa 
De  los  que  cerca  de  nosotros,  vemos 
Que  alegres  pasan  las  cansadas  horas 
Del  cruel  invierno? 

¿  Qué  vale  el  canto  de  placer  que  entonan 
Seres  dichosos  de  ventura  llenos, 
Si  son  palabras  que  en  idioma  extraño 
No  conocemos? 

¿Si  no  hay  quien  diga  con  acento  suave: 
¡Hijo  querido!  y  al  materno  pecho 
Del  hijo  amado  la  cabeza  ardiente 
Estreche  luego? 

¿Si  no  hay  quien  diga  con  sonrisa  grata: 
¡Amado  mío!  y  con  afán  sincero. 
Me  busque  ansioso,  y  en  mi  frente  estampe 
Un  dulce  beso? 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  1 69 

Y  en  tanto  el  tiempo  discurriendo  siempre, 
Va  aumentando  en  su  incansable  vuelo 
Unas  tras  otras,  las  amargas  horas 

Que  yo  no  cuento; 

Hasta  que  el  soplo  de  mi  vida  mísera 
En  el  silencio  se  evapore  luego, 
Como  la  nube  que  al  venir  el  día 
Disipa  el  viento. 

¡Oh!  patria  entonces  al  morir  cercano 
Será  tu  nombre  mi  postrer  aliento, 

Y  por  tu  dicha  la  plegaria  mía 

Alzaré  al  cielo. 


A 


Ven,  encanto  de  mi  vida. 
Ven,  de  mis  penas  consuelo. 

Por  piedad; 
Que  tu  sonrisa  querida 
Rasgará  este  oscuro  velo 

De  orfandad. 

Vea  yo  tus  bellos  ojos 
Lucir  llenos  de  ternura 
Y  de  amor: 


•    M.  S.   de  la  Colee,  de  Dn.  J.  M.  Gutiérrez  existente  en  la  Eibl.  del  Se- 
nado Nacional. 


I  yo  antología 

Vea  los  tiernos  sonrojos 
En  tu  faz  serena  y  pura 
Del  candor. 

Sienta  yo  el  suave  latido 
Amoroso  de  tu  seno 

Virginal; 
Y  de  tu  voz  el  sonido 
Llegue  á  mí,  de  encanto  lleno 

Celestial. 

Yo  me  vi  en  tierra  extranjera 
Sin  esperanza  ni  amparo, 

Sin  amar; 
Corno  una  nave  se  viera 
Correr  sin  seguro  faro 

Por  el  mar. 

Como  planta  en  la  llanura 
De  los  vientos  combatida, 

Yo  me  vi; 
Cual  viajero  en  noche  oscura 
Por  senda  desconocida 

]Me  perdí. 

Así  de  mi  ingrata  vida 
A  la  noche  me  acercaba 

Con  placer, 
Como  quien  mira  concluida 
La  vía  en  que  solo  hallaba 

Padecer. 


ESTEBAN   ECHEVJÍRRIA  17I 

Y  tu  en  el  mundo  existías 
Mujer  pura  á  quien  adoro; 
Tu  en  esta  tierra  vivías, 
Para  mí,  de  bendición. 
Como  escondido  tesoro 
Tu  vivir  se  disipaba; 
Como  el  mío  palpitaba 
Huérfano  tu  corazón. 

Te  vi  criatura  hermosa, 

Y  te  amé;  que  tu  semblante 

Y  tu  sonrisa  graciosa 

Me  embriagó  el  alma  de  amor. 
Yo  te  vi;  ¡supremo  instante. 
Hora  feliz  la  más  bella. 
En  que  mi  pálida  estrella 
Se  cubriera  de  fulgor! 

Tu  llenastes  el  vacío 
De  mi  joven  existencia, 

Y  humilde  yo  te  confío 
Mi  infelice  porvenir: 
Quizás  así  la  inclemencia 
Cesará  de  mi  destino; 
Tu  allanarás  el  camino 
Que  escabroso  siempre  vi. 


Ven  encanto  de  mi  vida. 
Mi  amor,  luz  apetecida, 


I 72  antología 

De  quien  existe  por  tí; 
Ven,  que  solitario  velo, 

Y  derrama  algún  consuelo 
En  este  pecho  infeliz. 

Tu  eres  el  bien  que  yo  aspiro; 
Si  estás  ausente  deliro 

Y  si  te  veo  también; 
Tu  eres  para  mi  nacida; 
Sin  tí  no  quiero  la  vida .... 
Ángel  de  mi  dicha,  v^^n. 

Que  goce  yo  en  tus  caricias 
Inocentes,  las  primicias 
De  tu  prometida  fe, 

Y  olvidaré  lo  pasado. 
Iris  de  paz,  y  á  tu  lado 
Solo  amor  alentaré. 


LA  AUSENCIA  * 

(canción) 

Fuese  el  hechizo 
Del  alma  mía 
Y  mi  alegría 
Se  fué  también; 


•    El  Cancionero  Argentino,  pág.  11,  cuaderno  20. 


ESTEBAN    ECHEVERRÍA  173 

En  un  instante 
Todo  he  perdido: 
¿Donde  te  has  ido 
Mi  amado  bien? 

Cubrióse  todo 
De  oscuro  velo, 
El  bello  cielo 
Que  me  alumbró; 
Y  el  astro  hernioso 
De  mi  destino, 
En  su  camino 
Se  oscureció. 

Perdió  su  hechizo 
ha.  melodía 
Que  apetecía 
Mi  corazón; 
Fúnebre  canto 
Solo  serena 
La  esquiva  pena 
De  mi  pasión. 

Doquiera  llevo 
Mis  tristes  ojos 
Hallo  despojos 
Del  dulce  amor; 
Doquier  vestigios 
De  fugaz  gloria 
Cuya  memoria 
Me  da  dolor. 


174  antología 

Vuelve  á  mis  brazos 
Querido  dueño, 
Sol  halagüeño 
Me  alumbrará: 
Vuelve  tu  vista, 
Que  todo  alegra, 
Mi  noche  negra 
Disipará. 

Año  1837 


A   BERRO 


Era  sin  duda  una  esperanza  bella, 
Era  una  pura  y  misteriosa  estrella 

Que  empezaba  á  brillar; 
Era  un  árbol  de  vida,  que  en  tributo, 
Al  suelo  do  naciera,  rico  fruto, 

Prometió  al  germinar. 

Era  un  genio  tal  vez  meditabundo 
Que  llevaba  en  su  cerebro  de  un  mundo 

La  alta  revelación ; 
Era  un  ser  condenado  á  los  martirios, 
Los  inefables  raptos  y  delirios 

De  ideal  concepción. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  I 75 

Era  una  audaz  y  noble  inteligencia 
Que  en  el  oscuro  libro  de  la  ciencia 

Buscaba  la  verdad; 
Y  culto  vivo  al  pensamiento  daba, 
O  la  omisión  sublime  ambicionaba 
De  apóstol  de  progreso  y  libertad. 

Era  un  hijo  de  la  musa, 

Y  en  la  tierra  su  destino 
Tener  un  sueño  divino 

Y  pasar  tan  solo  fué, 
Sin  probar  de  sus  deleites 
La  congojosa  amargura. 
Guardando  en  el  alma  pura 
Flores  de  esperanza  y  fe. 

Y  pasó  cual  peregrino: 
Pesares,  amigo,  lloro. 
De  memorias  un  tesoro 
En  pos  llevando  de  si. 

Y  pasó,  los  ecos  tristes. 
Como  de  voz  que  suspira. 
De  su  melodiosa  lira 
Dejándonos  solo  aquí, 

Y  melancólico  y  grave 
Yo  también  pasar  le  viera, 

Y  simpatía  sincera 

Nació  entre  ambos  de  amistad; 

Y  no  pensé  que  al  saludo 


176  ANTOLOGÍA 

De  SU  lira  pagana 
Con  recuerdo  ó  melodía 
Fúnebre  y  de  eternidad. 

¡Tan  temprano,  y  una  á  una 
Sus  visiones  ideales 
Entre  sombras  funerales, 
Ver  ocultarse  y  morir! 
¡Tan  joven,  y  ya  la  noche 
Divisar  en  su  agonía 
Donde  engolfarse  debía 
Su  ambición  y  porvenir! 

Y  esa  noche  era  un  abismo 
Insondable  y  tremebundo. 
Era  el  cadáver  de  un  mundo 
Que  su  espíritu  engendró ; 
Era  un  helado  sepulcro, 
Fetidez,  polvo,  gusanos; 
Eran  los  deseos  vanos 

Que  en  su  vida  alimentó. 

Y  entonces  una  blasfemia 
Casi  su  labio  murmura: 
Farsa,  irrisión,  impostura, 
La  vida  en  el  trance  aquel 
Le  parece,  y  muerte  y  vida 
Se  confunden  en  su  mente, 
Pues  anonadarse  siente 

Su  pensamiento  con  él. 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  l^^ 

I  Para  qué,  diría,  acaso 

Me  otorgó  Dios  la  existencia, 

Y  el  don  de  la  inteligencia 
Puso  en  frágil  juventud? 

¿  Para  qué  pasiones  tantas 
En  mi  corazón  hervían, 

Y  esos  que  morir  debían. 
Sueños  de  gloria  y  virtud  ? 

Si  cada  ser  que  en  la  tierra 
Se  arrastra,  vegeta  ó  mueve. 
Seguir  una  senda  debe. 
Para  un  destino  nació, 
¿Por  qué  joven  se  aniquila 
Con  su  concepción  el  hombre, 
Sin  dejar  en  su  obra  y  nombre 
La  encarnación  de  su  yó: 

¡Pobre  poeta!  delira 

Porque  de  un  sueño  despierta, 

Y  desnuda,  horrible  y  yerta 
Viendo  está  la  realidad. 
Delira  porque  el  arcano 

De  la  vida  y  de  la  muerte 
No  alcanza,  y  recién  advierte 
Que  aquí  todo  es  vanidad, 
¡Vanidad  vanidad!  Pero  sin  duda, 
Un  perfume  divino  es  para  el  hombre 
Ese  aplauso  común  que  le  saluda 

Y  hace  en  el  tiempo  resonar  su  nombre. 


178  ANTOLOGÍA 

¿  Qué  importa  que  la  muerte  le  sorprenda 
Al  conquistar  el  lauro  que  ambiciona, 
Si  ha  hecho  á  su  patria  generosa  ofrenda 
O  ceñido  á  su  frente  una  corona ! 

Poeta!  tu  mansión  fué  transitoria 
En  este  valle  de  tiniebla  y  luto ; 
Pero  al  pasar  dejaste  una  memoria 
Digna  de  llanto  y  singular  tributo. 

Montevideo,  Octubre  de  1841. 


LA  MADRESELVA 

Tan  humilde  como  bella, 
Aunque  á  cercos  destinada^ 
Es  tu  aroma  delicada 
Como  el  aliento  de  amor. 
Tú  mitigas  los  tormentos 
Con  que  me  abruma  el  destino, 
Tú  eres  bálsamo  divino 
En  mis  ansias  y  dolor. 

Tú  me  acuerdas  los  momentos 
Mas  felices  de  mi  vida 
Que  con  Elina  querida 
Bajo  tu  sombra  pasé; 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA 


En  ella  un  amor  ardiente 
Puro  y  santo  nos  juramos; 
¡Cuan  poco  lo  disfrutamos! 
¡Veloz  el  tiempo  pasó! 

Buenos  Aires,  Octubre  5  de  1847. 


179 


ESTROFAS  PARA  CANTO 


El  viento  de  la  pampa 
Cruzando  velozmente 
Tiene  para  el  proscripta 
iMagnético  poder; 
Que  perfumado  llega 
Con  el  aliento  puro 
Del  beso  que  á  la  patria 
Diera  al  pasar  ayer. 

Envíale  recuerdos 
Si  quieres  oir  su  canto, 
Simpática  memoria 
De  lo  que  fué  su  amor. 
Envíale  esperanzas 
En  alas  del  pampero; 
Heraldos  que  le  anuncien; 
Algo  consolador. 


1 8o  ANTOLOGÍA 

El  cisne  alegre  canta 
A  orillas  de  su  lago, 
Donde  bañarse  puede 
Nadando  en  libertad; 
Canta  cuando  lo  aruUa 
La  brisa  de  los  campos, 
Do  vuela  libremente 
Desde  la  tierna  edad. 

Pero  ¡ah!  pobre  del  cisne 
Si  de  su  hermoso  lago 
A  la  extranjera  playa 
Lo  lleva  el  huracán : 
El  canto  melodioso 
Se  ahoga  en  su  garganta; 
No  encuentra  ni  gemidos 
Para  expresar  su  afán. 

Los  ecos  de  una  lira 
En  horas  de  tristeza, 
Te  hablaron  un  idioma 
Querido  al  corazón: 
Y  en  la  memoria  tuya 
Rusuena  todavía, 
Con  hechicero  halago, 
Su  tierna  vibración. 

¡Silencio!  ya  se  han  roto 
Las  cuerdas  de  esa  lira; 
En  torno  de  ella  suena 


ESTEBAN   ECHEVERRÍA  i8l 

Murmullo  aterrador. 
¡  Silencio !  ya  está  muda; 
No  tiene  una  armonía, 
Ni  alientos  de  esperanza, 
Ni  cánticos  de  amor. 

Recuerdos  de  la  patria, 
Venid,  venid  veloces. 
En  alas  del  pampero 
A  refrescar  mi  sien; 
Venid,  traedme  esperanzas. 
El  hálito  de  vida. 
De  amor  y  gloria  ensueño. 
La  inspiración  del  bien. 

Montevideo,    Octubre  3  de  1847. 


MARCO   AVELLANEDA 


AL  25  DE  MAYO  DE  1839   * 


— Mas  allá  de  los  mares  se  que  existe 
Opulento  hemisferio, 
Que  es  preciso  domar,  porque  no  basta 
A  saciar  mi  ambición  mi  solo  imperio. 
La  libertad  proscripta  de  la  Europa 
Allí  trono  encontró  y  adoraciones; 
Marchen   allí  triunfantes  mis  legiones, 
Derroquen  sus  altares;  y  el  oriente 
A  sus  cadenas  ate  el  Occidente — 
Un  déspota  cruel  así  en  España 
Clamara  un  día,  y  al  Eterno  plugo. 
Que  el  terrible  decreto  se  cumpliera, 

Y  mi  patria  infeliz  esclava  fuera. 

Y  se  humilló;  y  lo  fué.  Su  vasto  imperio 
Tristes  los  Incas  derrocarse  vieron; 

Y  en  cadenas  gimieron, 

Y  en  vil   esclavitud.  Fieros  tiranos, 
Con  su  planta  insolente, 

De  América  inocente 

La  virginal  pureza  mancillaron; 

Y  en  su  llanto  y  sus  hierros  se  gozaron. 
Su  maldecida  frente  luego  alzaron 

La  insaciable  codicia,  el  fanatismo. 


*  Cop.  del  original  autógrafo    existente  en   el    archivo  de  Dn.  J.    M.  Gu- 
tiérrez, en  la  Bibl.  del  Senado  Nacional. 


l86  ANTOLOGÍA 

Y  la  torpe  ambición,  el  egoismo, 

Y  mil  y  mil  delitos  ....  Y  en  mazmorra 
De  míseros  esclavos 

Trocóse  ....  ¡maldición!  ....  en  un  momento 
Bl  reino  de  los  Incas  opulento.  . .  . 

Pero  ¡ay!  que  nunca  á  los  tiranos  fieros 
Su  imperio  eternizar  les  fuera  dado. 
g.       Un  día  y  otro  día  el  cielo  dora 

El  sol  de  esclavitud,  y  el  pueblo  gime, 

Y  en  el  silencio  su  infortunio  llora. 
Pero  despierta  al  fin  del  triste  sueño, 
Que  aterrado  durmiera,  y  negro  ceño 
En  su  llorosa  faz  ostenta  airado. 

¡Ay  entonces  temblad!  ¡temblad  tiranos. 
Que  con  ojos  injustos 
Le  mirasteis  gemir! . .  .  ¡Temblad  insanos! 
Que  el  puñal  vengador  brilla  en  las  manos 
De  nuevos  Casios  y  de  heroicos  Brutos. 

Asi  de  los  Tiberios  y  Nerones 
Desparece  el  reinado.  Asi  de  Atila 
El  poder  ominoso  se   aniquila. 

Y  ved  á  Napoleón  ....  audaz  gigante, 
Colosal  como  Atlante, 

Triunfa  en  Marengo,  en  Austerlitz,  en  Jena, 
Allana  las  murallas 
De  la  altiva  Moscow.  A  Europa  llena 
De  matanza  y  sangre;  y  ya  no  es  ella 
Mas  que  un  inmenso  campo  de  batallas .  .  . 
¡Es  el  señor  del  mundo! 

Y  al  mundo  dicta  de  su  solio  leyes; 


MARCO   AVKLIvANEDA  187 

Ata  á  SU  carro  los  vencidos  reyes; 

Y  soberbio  adelanta  en  el  camino 

De  la  gloria  engañosa ....  A  su  destino 
Se  juzga  superior  ....  JMas,  desde  el  cielo 
La  diosa  libertad  sus  rayos  lanza, 
Al  hijo   ingrato  hiere, 

Y  en  una  roca  encadenado  muere .... 

¡Y  mi  patria  también!. .  .  .Ya  tres  centurias 
Al  yugo  férreo  la  cerviz  doblaba 

Y  entre  hierros  gemia, 

Y  su  existir  infame  deploraba, 

Y  su  destino  horrible  maldecía. 
¡Pero  Mayo  brilló!  Su  luz  radiosa 
En  los  cóncavos  huecos  de  la   tumba. 
Donde  el  Inca  reposa. 

Penetra  y  a^za  la  pesada  loza. 

Sus  sombras  indignadas 

Por  las  ciegas  tinieblas  se  derraman, 

Y,  ¡guerra  eterna  á  los  tiranos!  claman; 

¡Sangre  y  venganza  y  exterminio!  gritan; 

Y  furiosos   se  agitan, 

Y  á  los  esclavos   tímidos  alientan, 

Y  á  los  tiranos  turban  y  amedrentan. 
Sus  gritos  oye  el  argentino  heroico, 

Y  de  vengajiza  y  guerra  el  bronco  tono 
Repite  aterrador.    Tiembla  espantado 
El  bárbaro  opresor  sobre  su  trono. 

¡El  día   del  destino  ya  ha  llegado! 

Y  al  mirarlo  lucir,  los  nobles  hijos 
Del  Plata  celebrado, 


1 88  antología 

Trozan  sañudos   los  serviles  grillos. 

¡De  sus  gruesos  anillos 

Espadas  vengadoras  se  formaron, 

Y  con  ellas   feroces  batallaron, 

Y  en  mil  y  mil  combates  vencedores, 

La  libertad  de  un    mundo  conquistaron ! 
Bl  Plata  undoso,  la  encumbrada  cima 
De  los  eternos  Andes,  Chile  opimo, 

Y  hasta  tus  muros,  orgullosa  Lima, 
Testigos  fueron  del  heroico  brío 
Con  que  el  brazo  argentino 

Supo  vencer  al  déspota  insolente, 
Supo  domar  su  bárbaro   destino, 

Y  libertar  al  nuevo  continente .... 
Pero  no  les  bastara  ....  Aún,  todavía 

Por  defender  la  independencia  cara, 

En  Colombia  infeliz  se  batallara. 

Hay  esclavos  aún;  aún  hay  tiranos 

Que  es  preciso  vencer  ....  y  los  vencieron: 

¡Y  en  Junin  y  Ayacucho 

Nuevos  laureles  á  la  patria  dieron! 

¡Sol  de  Mayo,  salud!  Tu   presenciaste 
De  tus  heroicos  hijos  la  victoria, 

Y  tu  carro  apuraste 

Para  anunciar  al  mundo  su   alta  gloria.  . .  . 
¡Tornas  hoy  á  lucir ! .  .  .  .  ¿Por  qué  en  silencio 
La  triste  patria  te  contembla  y  mira? 
¿Y  tu  radiante  luz  por  qué  no  inspira 
Patriótico  ardimiento  al  argentino? 
Ya  no  escucho  entonar  himno  divino. 


9 

MARCO  AVELLANEDA  189 

Ni  el  hueco  bronce  en  derredor  retumba 
Para  anunciar  ¡oh  Mayo!  tu  presencia. .  . . 
¡Silencio  y  soledad  como  en  la  tumba!,  .  .  . 
¿Qué  es  de  mi  patria  ya?  .  . .  .  ¡Mi  patria  fué! 
¡Y  fueron  )^a  sus  glorias!  Se  acabaron 
Su  dichoso  existir  y  sus  laureles 
¡Ay!  para  siempre  ya  se  marchitaron. 
¡  Fieros  tiranos,  opresores  crueles, 
Al  déspota  de  España  reemplazaron! 
Los  monstruos,  los  feroces,  invocando 
De  ¿ey  y  libertad  los  dulces  nombres. 
Leyes  y  libertad  asesinaron, 

Y  á  la  patria  en  su  tumba  sepultaron . .  . 
¡Patria  argentina!  ¡virgen  inocente! 

¿Qué  es  de  tus  timbres  y  adquirida  gloria? 
¡Ay!  que  borrar  lo  veo  de  la  historia 
Con  mano  cruel,  sacrilega,  inclemente, 
A  pérfidos  traidores.  Los  feroces 
Ligan  tus  manos  á  cadena  dura, 

Y  marchitan  la  flor  de  tu  hermosura, 

Y  se  parten  tranquilos  los  despojos 
De  tu  pesada  dicha. .  .  .El  despotismo 
Con  mas  furia  cien  veces,  con  mas  saña, 
Que  el  de  los  monstruos  que  abortó  la  España, 
Rasga  tu  seno  virginal,  en  donde 

Tanto  tesoros  encondió  natura, 
Para  que  eterna  fuese  tu  ventura. 
Ya  el  ídolo  cayó  del  patriotismo, 

Y  en  los  altares  donde  fué  incensado, 
Ora  miro  ¡que  horror!    vil  egoísmo. 


igo  ANTOI.OGÍA 

Infernal  ambición,  negro  delito .... 
¡Doquier  miserias,  infortunio  y  hambre! 
¡Doquier  cadalzos,  y  matanza  y  sangre!. .  . 
¡  Oh  Dios  inexorable!  ¿estará  escrito. 
En  el  libro  eternal  de   los  destinos, 
Por  tu  mano  terrible,  el  triste  lema: 
«Esclavos  morirán  los  argentinos»? 
Tanta  sangre  vertida  en  la  lid  dura 
Por  defender  la  independencia  cara 

Y  que  el  baldón  de  América  acabara 
¿Estéril  nos  será? — ¿Son  por  ventura 
lyos  destinos  ¡gran  Dios!  que  reservaste 
Al  argentino  aquestos? — ¡Tú  acabaste 
Con  un  déspota,  y  mil  se  han  levantado! 

¿Será  que  tu  justicia  lo  ha  ordenado? 
¿O  es  el  genio  del  mal  el  que  ora  rige 
Los  hados  de  mi  patria;  el  que  ha  cegado 
Las  fuentes  del  vivir,  y  la  condena 
A  arrastrar  su  existencia   en  vil  cadena?.  . 
¡Oh  santo  de  Israel! — Alza  tu  diestra, 

Y  al  despotismo  y  sus  esclavos  viles 
En  el  polvo  y  la  nada  otra  vez  hunde, 

Y  á  su  soberbia  fiera  la  confunde. 
Asi  otro  día  de  Faraón  altivo 

La  numerosa  hueste  anonadaste, 

Y  justiciero  y  grande  en  el  profundo 
Abismo  de  la  mar  la  sepultaste. 

Terror  poniendo  y  escarmiento  al  mundo.  . 

¡Oh  Dios  del  argentino!  ¡Sol  de  Mayo! 


MARCO  AVELLANEDA  19I 

Escucha  y  cumple  mi  postrero  ruego: 
¡Nunca  más  brille  de  luz  tu  el  rayo 
Del  soberbio  Anconquija  en  la  alta  cumbre, 
Hasta  que  el  día  de  tu  triunfo  llegue, 
Hasta  que  el  día  de  venganza  alumbre! 


El.  MONTE  DE  NARANJOS  * 

Manso  arroyuelo,  que  corres 
Por  entre  guijas  saltando, 

Y  al  naranjo  fecundando, 
Me  embriagas  con  su  azahar, 
— ¿  A  donde  corres  ?  ¡  Detente ! 
Que  tu  caudal  cristalino. 
Quiere  brutal  su  destino 

En  vil  fango  sepultar. 

Tierno  arbusto  que  hasta  el  cielo 
Quieres  cubrir  orgulloso. 
Para  ofrecer  piadoso 
Grata  sombra  al  caminante, 
— ¡Te  engañas!.  .  .mañana  el  rayo 
Descenderá  abrazador, 

Y  tu  pompa  y  tu  verdor 
Nos  robará  en  un  instante. 

Y  tú,  dádiva  del  cielo. 
Bosque  umbrío,  delicioso. 


•   Cop.  del  original    autógrafo  existente   en  el    archivo  de  Dn.  J.  M.  Gu- 
la Bibl.  del  Senado  Nacional. 


192 


ANTOI.OGIA 

Do  un  templo  misterioso 
Tiene  escondido  el  amor; 
Asilo  sagrado  en  donde 
Mi  pecho  siempre  palpita, 

Y  á  mi  corazón  agita 
Melancólico  dulzor. 

¡  Tan  solo  á  tu  sombra  amiga 
Mis  tristes  penas  alejo ! 
¡Tan  solo  á  tu  sombra  dejo 
De  gemir  y  padecer! 

El  muro  que  me  separa 
De  mi  amada  desparece, 

Y  un  instante  resplandece 
Para  mi  fugaz  placer. 

¡Solo  en  tu  seno  no  siento 
De  mi  infortunio  el  rigor! 
Solo  en  tu  seno  el  dolor 
Suspende  mi  cruel  penar. 

Las  sombras  de  los  amantes 
Que  aqui  encontraron  su  dicha, 
Me  cercan,  y  mi  desdicha 
Olvido  á  mi  hado  fatal. 

i  Todo  es  fatídico  aquí ! 
De  hombres  y  aves  el  acento 
Sus  risas  y  su  lamento, 
Todo  es  aqui  misterioso. 

En  dulce  paz  aqui  el  alma 
Deja  alegre  de  sufrir, 

Y  sonríe  el  porvenir 

Cual  pensamiento  amoroso. 


M.4.RCO   AVELLANKDA 

Pero  el  día  del  destino 
El  huracán  bramará, 
Bosque  amigo,  y  solo  habrá 
El  sitio  hermoso  do  fuiste. 

Las  avecillas  en  vano 
Buscarán  do  fué  su  nido, 

Y  en  su  cantar  dolorido 
Dirán  su  infortunio  triste. 

Si  en  su  blanca  cima  el  Bayo 
Pardas  nubes  amontona: 
Sentado  el  sol  desmorona 
Ya  desde  allí  un  nuevo  día. 

Este  momento  5'a  pasa, 

Y  con  él  las  ilusiones. 
Que  del  cielo  á  las  regiones 
Llevaron  la  mente  mía. 

¡Adiós  bosque  delicioso; 
Adiós  soñada  mansión. 
Do  solo  mi  corazón 
Goza  paz,  siente  alegría! 

En  tiempos  más  venturosos, 
Nuevo  Edén,  te  he  visitado 
De  la  hermosa  acompañado, 
Que  sola  me  comprendía. 

Pero  este  tiempo  ya  fué; 
Hoy  proscripto,  abandonado. 
Lloro  lejos,  apartado 
De  la  dulce  patria  mía. 

¡Memoria!  por  tí  el  dolor 


193 


194  ANTOLOGÍA 

Vuelve  mi  alma  á  desganar, 
Mi  cruel  y  horrible  penar, 
Ay  !  de  nuevo  siento  yo . .  . 

¡  Venid  amigos ! ,  .  .  ¡cercadme ! .  .  . 
¡Ingratos! — ¿me  abandonan.  .  .  ? 
¡Ay!  ¡ven  Manuel!.  .  .  ¿no  escucháis? 
Responde  el  eco:  ¡pasó! .  .  . 

Ven,  acércate,  no  temas 
Ven,  devuélveme  la  calma, 
Sola  mujer,  á  quien  mi  alma 
Sobre  la  tierra  adoró. 

¿Y  tú  también  me  abandonas 
Mujer  ingrata,  y  me  dejas? 
¿  Mujer  cruel  y  te  alejas 
Del  hombre  que  más  te  amó  ? 


¡  Dios  del  cielo !  solo  os  pido, 
Que  mi  tránsito  acortéis, 
Y  esta  vida  aniquiléis, 
Que  solo  dolor  sintió! 


s 

MARCO   AVELLAREDA  I95 


A  LA  MUERTE  DEL    OBISPO  DE  CAMACO  * 

DR.    D.   JOSÉ     AGUSTÍN    MOLINA 


Nací  sensible. 

Y  sentir   y  llorar  es  mi   destino. 
Várela. 


¿  Porqué  tiembla  el  sepulcro  y  por  sus  huecos 
Hondo  gemido  vaga  y  lastimero? 
¿Porqué  la  tierra  gime?  ¿y  porqué  el  cielo 
Airado  truena,  y  su  fulgor  esconden 
Las  lucientes  estrellas?  Ni  la  luna 
Palidece  á  la  tierra  con  su  lumbre 
Que  á  meditar  dulcísimo  convida, 

Y  nuestra  mente  abisma  contemplando 
El  portentoso  enigma  de  otra  vida .  .  , 
Las  nubes  pavorosas  se  amontonan 
Sobre  la  cima  del  nevado  cerro, 

Y  fantasmas  doquier  mis  ojos  miran.  .  . 
Y  el  carro  del  Señor  se  precipita.  .  . 

Su  espada  justiciera, 

Yo  la  miro  brillar,  bien  como  brilla 

Flamígero  el  relámpago  en  la  esfera, 

Y  truenan  á  su  voz  las  tempestades, 

Y  aborta  rayos  la  preñada  nube, 


*  Publicóse  en  hoja  suelta  en  Tucumán.  Existe  un  ejemplar  en  el  ar- 
chivo de  Dn.  J.  M.  Gutiérrez,  en  la  Biblioteca  del  Senado  Nacional,  v.  «Co- 
lección de  poesías  americanas  antiguas  y  modernas,  impresas,  manuscritas 
y  autógrafas.» 


ig5  antología 

Y  un  eco  de  pavor  al  cielo  sube .  .  . 
¡Ay!  bramando  ya  viene  el  huracán, 
Ya  al  laurel  lo  derriba, 

Como  á  la  encina  altiva, 

Y  á  los  robles  atierra, 

Y  con  bramido  horrible 

Allá  se  estrella  en  la  fragosa  sierra. 
Los  ríos  se  embravecen 

Y  sus  corrientes  túmidas  divierten; 
Las  campiñas  hermosas  desparecen 

Y  en  fango  se  convierten ; 

Y  pútridos  miasmas  despidiendo, 

Y  el  aire  que  aspiramos  corrompiendo. 
Viene  en  su  pos  dolencia  asoladora, 

Y  su  pestífera  ala  sacudiendo 
Con  saña  aterradora, 

A  cien  generaciones 

Un  momento  infeliz  traga  y  devora. .  . 

Su  lluvia  fecundante 
A  la  tierra  infeliz  le  niega  el  cielo, 

Y  brota  llamas  abrasando  el  suelo. 
No  el  verde  limonero, 

Ni  el  naranjo  florece, 

Ni  su  dulce  azahar  embriaga  el  ahna, 

Y  la  hunde  en  suave,  deliciosa  calma ; 
Inconsolable  el  labrador  ya  mira 
Marchitarse  la  mies    que  cultivaba, 

Y  en  polvo  convertirse 

La  abundante  cosecha    que  esperaba : 

Y  el  mísero  infeliz  ¡  ay  Dios !  mañana 


MARCO   AVELLANEDA  I97 

Maldecirá  sii  suerte  rigorosa, 

Y  huirá  á  sus  hijos  y  á  su  esposa, 
Que  de  hambre  devorados, 

Con  rostro  macilento 
Le  pedirán  sustento, 

Y  ¡pan! — le  gritarán  desesperados.  .  . 

¡  Y  lo  niegan,  que  horror,   los  poderosos ! 
¡  Y  no  temen  morir  sin  ser  llorados ! 
Ya  la  dulce  quietud  miro  cambiada 
En  bélico  aparato; 
Ya  el  fogoso  alazán  bate  la  tierra 
Con  su  cuádruple  pie;  y  el  hueco  bronce 
Ya  truena  en  derredor  el  grito  ¡guerra  / 
Ya  desnuda  su  acero 
El  terrible  guerrero, 
Que  en  Chacabuco  y  Maipo 
Miedo  pusiera  al  orgulloso  ibero; 
El  colono  pacífico  ya  cambia 
El  bienhechor  arado  por  la  lanza, 

Y  feroz  se  prepara  á  la  matanza; 
Ya  la  madre  infelice,  desolada, 

Al  hijo  llora  que  á  la  lid  partiera, 
One  fiel  imagen  del  perdido  esposo 

Y  dulce  apoyo  y  su  esj^eranza  fuera. 
Riega  la  esposa  con  su  llanto  el  lecho 
Que  yermo  y  sin  amores  le  dejaran; 
Ya  la  ambición  maldice  y  los  delitos 
Que  á  enojosa  viudez  le  condenaran; 
Ya  ronco  suena  el  atambor,  y  la  orden 
De  volar  al  combate  ya  se  ha  dado; 


198  ANTOLOGÍA 

Y  al  agitar  el  viento  los  pendones, 
Dos  pueblos  infelices,  dos  naciones 

Que  el  cielo  al  levantar  llamara  hermanas, 
A  pasiones  odiosas  y  tiranas 
Cederán,  lidiarán  con  faz  osada, 

Y  hundiránse  en  el  polvo  y  en  la  nada. 
Así  doquiera  que  mis  tristes  ojos 

Ora  revuelvo,  míseros  despojos 
Hallo  y  desolación,  ruinas  y  espanto. 
Así  su  triste  y  denegrido  manto 
Tiende  el  dolor  doquier,    y  es  la  natura 
Inacabable  manantial  de  llanto.  .  . 
¡  Padece  el  mundo  como  el  pecho  mío ! 

Y  las  generaciones 

De  insensatas  pasiones 
¡Oh  Dios  inexorable!  ¿porqué  el  dardo 
Con  que  el  dolor  á  nuestros  pechos  hiere 
No  se  embota  jamás?  ¿y  su  ponzoña 
Pestífera  y  cruel  porqué    no  muere? 
¡  Naturaleza  humana :  infeliz  raza : 
Para  el  dolor  naciste  y  para  el  llantol 
En  vano  al  cielo  compasión  demandas : 
¡Ay!  nunca  alcanza  tu  plegaria  tanto. 
Luce  un  día  feliz  y  al  punto  se  hunde 
En  el  abismo  que  á  los  siglos  traga. 
Pero  el  dolor.  .  .¡oh  Dios!.  .  .   el  es  eterno, 
Es  inmenso,  infinito  y  siempre  amaga. 
Si  un  rayo  brilla  de  esperanza  y  vida. 
En  su  pos,  cual  traidor,  viene  en  cubierto, 

Y  más  segura  y  cruel  será  la  herida .  .  . 


MARCO  AVELLANEDA  I99 


¡Ay!  tiemble  el  infeliz  al  goce  abierto! 

Su  momento  fugaz  de  dicha  y  gloria, 

¿No  lo  veis?  ¿no  lo  veis ?... ¡ está  ya  lejos!, 

Y  un  martirio  cruel  ya  es  su  memoria . .  . 
¿Y  olvidas  á  tu  grey  pastor  amado? 

¡Tú  en  cuyo  pecho  la  virtud  se  anida, 
Que  conservar  supiste 
Pura,  sin  mancha,  tu  preciosa  vida; 
Manso,  benigno,  humilde,  bondadoso, 
Llamas  amigo,  estrechas  en  tu  seno 
Lo  mismo  al  infeliz  que  al  poderoso, 

Y  cual  padre  amoroso, 

Al  mendigo  le  tiendes  larga  mano: 

Tú  junto  al  lecho  del  dolor  sentado 

Eres  un  ángel  á  la  tierra  enviado! 

«  No  es  tu  patria  este  mundo  » 

Dices  al  moribundo ; 

Le  enseñas  á  romper  la  vil  cadena 

Que  ata  el  ser  al  no  ser;  calmas  su  pena; 

Y  del  bajo  nivel  do  mira  y  siente. 
Su  pensamiento  elevas  á  la  altura 
De  su  destino  hermoso  y  refulgente. 

Aunque  libre  de  penas  y  sereno, 
Tú  aprendiste  á  llorar  el  mal  ageno. 
Yo  de  fieras  borrascas  combatido 
Corrí  á  tu  lado,  te  llamé  mi  amigo, 

Y  enjugaste  mi  llanto  y  mi  gemido, 

Y  hallé  en  tu  seno  paternal  abrigo. 
Si  la  discordia  brama,  sus  furores, 

Miel  y  néctar  tus  labios  destilando. 


20O  antología 

Consiguen  aplacar;  torna  la  calma. 

La  celestial  unción  de  tus  palabras 

-  '    Bálsamo  consolador  vierte  en  el  alma; 

Y  al  percibir  su  aroma  delicioso, 
El  porvenir  sonríe 

Cual  pensamiento  dulce  y  amoroso 

Al  mundo  engañador,  por  siempre  hielo, 
Tu  ardorosa  mirada 
¡  Ay  !  solo  se  dirige  al  Dios  del  cielo  : 
Al  Dios  que  sus  favores 
Te  prodigó  al  nacer, 
Cuya  diestra  potente,  soberana, 
Abrió  tus  ojos  á  la  luz  del  día, 

Y  envidia  te  hizo  de  la  especie  humana, 

Y  honor  y  orgullo  de  la  patria  mía.  .  . 
De  tu  sublime  caridad  ardiente 

¿Será  que  se  ha  extinguido  el  blando  fuego?. 
Ay !  alza  al  cielo  tu  ferviente  ruego, 
¡Escogido  de  Dios!  ¡Calma  sus  iras!.  .  .. 
¿  A  tu  patria  infeliz  ora  no  miras 
Envuelta  en  luto  y  en  horror  y  espanto? 
¿  No  veis  cual  brota  de  su  dulce  seno 
Fuente  fecunda  de  amargura  y  llanto? 
¿Y  no  veis  como  yermo  se  tornara 
El  campo  venturoso,  el  suelo  ameno. 
Que  del  mundo  el  Edén  se  apellidara?. .  . 
Tú  eres  su  amparo  solo  y  su  consuelo; 
¡  Por  tu  grey  piadosa. 
Intercede,  Molina,  con  el  cielo. 
El  nunca  despreciara 


MARCO  AVELLANEDA  201 


Tu  súplica  ardorosa. 

¡  A  su  amor  infinito  y  su  bondad, 

Consuelo  pide,  y  obtendrás  piedad ! .  .  . 

¡  Mas  solo  el  buho  á  mi  clamor  responde ! , 
Negra  nube  de  polvo  se  levanta, 

Y  al  triste  suelo  con  su  luz  no  dora 
El  astro  refulgente 

Que  el  fanático  persa  humilde  adora.  . . 
Ave  siniestra  en  derredor  vagando 
Sus  alas  bate,  y  gime  pavorosa, 
Nuevas  iras  celestes  presagiando . .  . 
¡Y  el  presagio  fatal  ¡ay!  ya  se  cumple! 
La  enfermedad  cruel  ya  va  volando 
En  las  alas  del  tiempo. 
Como  buitre  voraz  y  carnicero .  . . 
jAy  !  ya  se  asienta  en  el  querido  lecho 
Donde  Molina  yace,  y  ya  en  su  pecho 
Con  horrible  furor  sus  garras  clava . .  . 
Se  lanza  un  carro  aterrador,  y  brota 
De  sus  ruedas  alígeras  la  lava. 
De  su  carrera  el  ruido. 
Cual  del  averno  un  hórrido  gemido, 
Derrama  luto  por  doquier  y  espanto, 

Y  anuncia  destrucción  y  nada  y  llanto. 
A  Molina  se  acerca.  .  .¡Allí  la  muerte 


Ya  alza  ¡oh  Dios!  el  descarnado  brazo; 

Ya  su  segur  agita; 

Ya  le  tiende  su  abrazo ; 

Ya  en  la  tumba  fatal  lo  precipita!.  .  . 

¡Y  hundióse  ya  en  el  piélago  insondable 


202  antología 

De  la  honda  eternidad!.  .  . 

Y,  ¡ay  del  rebaño!  dice 

Bco  triste  de  horror: 

Que  el  celoso  pastor 

Volóse  ¡ingrato!  hasta  el  lejano  mundo 

Do  ni  llega  el  clamor,  ni  el  ¡  ay !  profundo. 


EL  TROVADOR  * 


A  LA   SEÑORITA   DONA    xMARIA   SILVA   EN   SUS    DÍAS 


¡Oh  cuanto  vale 
Más  que  el  amor, 
lya  amistad  pura 
Que  el  corazón 
Blando,  sin  mancha. 
De  un  trovador. 
Te  ofrece  hoy  día, 
Y  ese  soy  yo! 

Tal  vez  los  celos 
De  la  pasión, 
O  de  la  ausencia 
Sentido  adiós. 
El  dulce  seno 
Que  el  cielo  os  dio, 


•  Cop.  de  la  colee,  de  m.  s.  de  Dn.  J.  M.  Gutiérrez    existente  en  la  Bibl. 
del  Senado  Nacional. 


MARCO   AVELLANEDA 

Rasgara  impío, 

Sin  compasión, 

Si  como  amante 

Te  hablase  }o. 
Es  de  mis  deudos 

Tierna  mansión 

Esta  alma  ardiente. 

Que  perfumó 

Un  ángel  bello 

Cual  eres  vos, 

Cuando  de  un  soplo 

Me  la  infundió. 

Vivo  por  ellos; 

Y  si  el  dolor 

Mi  cuerpo  aflige, 
O  el  corazón. 

Pensando  en  ellos 
Calma  el  dolor. 

Si  duermo,  sueño 
Que  en  derredor 
De  mi  entonan 
Tierna  canción; 
O  que  en  sus  palmas 
A  la  región 
Del  aire  vago. 
Del  almo  sol, 
Raudo  me  llevan; 
Creóme  un  Dios. 

También  en  sueños 
Pienso  que  son 


203 


204 


antología 

Monarca  el  uno, 
Conquistador 
El  otro,  y  todos, 
Cuanto  el  amor 
Más  puro  pide 
Rendido  á  Dios, 
Que  dé  al  objeto 
De  su  afección. 

A  tí  te  he  visto 
¡Dulce  ilusión! 
En  ancha  copa 
Que  un  Dios  forjó, 
Beber  mil  dichas. 
Beber  amor. 

Vi  que  al  latirte 
Del  corazón. 
Un  Niño  hermoso, 
Cual  lo  es  el  sol. 
Se  adormecía 
Sonriendo  vos; 
Vi  que  un  esposo, 
Lleno  de  ardor, 
Besos  te  daba. 
Besos  de  amor; 

Vi  que  tu  madre. 
La  bendición 
Trajo  á  su  frente 
De  aquel  Señor 
Que  al  cielo  llena 
De  resplandor; 


MARCO  AVELLANADA  20=; 

Leí  en  los  astros 
•  Que  Dios  crió 
Cuanto  el  destino 
Te  reservó, 
Y  eterna  dicha 
Solo  leyó 
Lleno  de  gozo 
Tu  trovador. 


FLORENCIO  VÁRELA 


A  LOS    ALUMNOS 
DEL  COLEGIO  DE  CIENCIAS  MORALES  * 


CON  MOTIVO  DE  LA  REPARTICIÓN  DE  PREMIOS  PRACTI- 
CADA POR  EL  EXCMO.  GOBIERNO  DE  BUENOS  AIRES, 
EN  2  2   DE   ENERO   DE    1 824. 

En  vano  fué  que  el  hado, 

Contrario  en  otro  tiempo  á  los  destinos 

Que  á  la  gran  patria  mía 

De  largo  tiempo  estaban  reservados, 

Quiso  robar  el  día 

Que  en  la  mente  de  Dios  marcado  estaba 

Para  mostrar  al  mundo  los  caminos 

Que  llevan  á  la  gloria, 

Y  eternizan  del  hombre  la  memoria. 

Hubo  un  tiempo  ¡oh  recuerdo!  en    que    mi  patria, 

Bajo  el  imperio  vil  del  despotismo, 

Gimió  sin  libertad.  Airado  el  cielo 

Vertió  su  cruda  saña 

Sobre  el  dichoso  suelo 

Que  el  grande  río  de  la  Plata  baña. 


*  La  Colección  de  Poesías  Patrióticas  pág.  244. 


2IO  antología 

Y  en  sil  furia  inclemente, 
Humillaba  á  la  América  inocente 

Eaj  o  el  poder  de  la  orgullosa  España. 

La  ilustración  entonces 

Oyó  despavorida 

El  horrísono  estruendo  de  los  bronces 

Que  en  toda  la  comarca  retumbaba, 

Y  temiendo  tal  vez  verse  oprimida, 
En  la  lejana  Europa  se  ocultaba. 

¿Qué  fué  entonces  mi  patria?   ¿Qué  es    un   pueblo 

Do  no  hay  ilustración,  donde  los  hombres 

Desconocen  tal  vez  hasta  los  nombres 

De  ciencia  y  de  virtud.?  Nada,  las  Leyes 

Impunes  se  atropellan; 

Entran  del  hombre  en  lucha  las  pasiones; 

Y  todas  sus  acciones 

Con  el  oprobio  y  la  maldad  se  sellan. 
Con  el  oprobio  y  la  maldad  se  huellan 
Los  derechos  más  santos; 

Y  aquel  es  reputado  más  virtuoso. 

Que  es  más  bajo,  más  vil,  más  orgulloso, 

Y  que  tiene  la  fuerza  entre  las  manos. 
¡La  fuerza  es  la  razón  de  los  tiranos! 

Esta  época  de  horror,  en  algún  día, 

Por  desgracia  nos  cudo: 

Los  grandes  hombres  de  la  patria  mía 

Agobiados  de  penas, 

Mordiendo  sus  cadenas, 


FLORENCIO  VÁRELA  211 


Lloraron  de  despecho, 

Y  creyeron  tal  vez,  entre  su  pecho, 
Ser  de  viles  tiranos. 

Esclavos  sin  honor  eternamente, 

Y  entre  prisiones  duras, 

I  or  siempre  ver  sus  valedoras  manos 
Atadas  con  indignas  ligaduras. 

Pero  no:  la  mudanza 
Estaba  decretada, 

Y  el  cambio  inmenso,  que  á  la  tierra  entera 
Debió  dejar  atónita,  admirada. 

•  El  Ser  eterno,  velador  del  mundo 
De  su  esfera  de  luz  nuestra  plegaria 
Al  cabo  oyó  benigno, 

Y  en  su  saber  profundo. 
Caiga,  dijo,  el  hispano, 
Trózese  la  cadena, 

Y  que  nazca  la  paz  en  esa  arena 

Y  que  nazca  el  saber  americano — 
Dijo  el  Genio  divino, 

Y  al  decreto  del  cielo 

Se  alzó  la  libertad  al  argentino, 

Se  alzó  la  ilustración  en  nuestro  suelo. 

¡La  libertad!  ¡La  ilustración!  ¡Oh  nombres 
Caros  á  nuestra  patria!   ¡Cuantos  hombres, 
Cambiándose  el  destino  que  regía. 
Dais  en  su  apoyo!  El  mundo  al  escucharos 
;Mira  o-ozoso  alzarse 


2 I 2  ANTOLOGÍA 

Tras  la  noche  de  errores  y  de  oprobio, 
Del  saber  y  la  gloria  el  bello  día. 

Buenos  Aires  lo  vio;  vio  congregada 

Su  juventud  hermosa, 

No  ya  como  solía 

En  más  aciago  día, 

En  la  época  de  guerra  despiadada, 

Ver  sus  hijos  armados. 

Defendiendo  empeñados 

En  los  campos  de  Marte 

Las  glorias  de  la  patria  y  su  estandarte: 

Un  motivo  más  noble,  más  sublime, 

Los  reúne  este  día: 

El  empeño  laudable,  la  porfía 

De  conseguir  un  premio 

De  todos  esperado, 

Empero  no  de  todos  alcanzado. 

Yo  los  vi,  yo  los  vi  cuando  orgullosos 

De  su  saber  y  su  moral  luchaban 

Con  esfuerzos  honrosos, 

Y  ante  el  público  inmenso  derramaban 

El  caudal  de  talentos 

Que  les  donó  natura  en  sus  portentos. 

Yo  sus  trabajos  vi:  yo  vi  pasmado 

Que  el  tiempo  á  nuestra  era  había  tornado 

De  Atenas  y  de  Esparta; 

Yo  vi  que,  por  sus  Genios  elevada 

Mi  patria  hasta  la  cumbre  de  la  gloria, 


FLORENCIO   VÁRELA  213 

Borrará  de  la  historia 

El  saber  y  moral  de  aquellos  tiempos, 

Y  hará  que  solo  en  su  lugar  se  lean 
Los  de  sus  caros  hijos; 

Y  en  los  siglos  que  sean, 

Al  mirarse  con  ellos  comparada, 

La  antigüedad  remota 

La  mirará  tal  vez  avergonzada. 

Yo  lo  vi,  lo  admiré;  y  el  pecho  mió. 

De  placer  inundado. 

Exclamó  enagenado, 

¡Jóvenes!  ¡  quien  me  diera 

Que  todavía  entre  vosotros  fuera! 

LoMije'y  lo  sentí:  ¿Quién  no  querría. 

Alumnos  apreciables. 

Hallarse  en  vuestro  centro  en  aquel  día? 

Mas  los  premios  se  dieron.  ¡Oh  vosotros 

Que  alcanzarlos  supisteis!  ¡Qué  de  gloria 

Os  cubre!  ¡Qué  de  honores 

Sobre  vosotros  caen!  ¡Con  cuanto  gozo 

Mirarán  vuestros  dignos  preceptores 

El  fruto  delicioso 

Que  produjo  ?u  afán!  No  han  sido  vanos, 

Estériles  no  han  sido 

Los  cuidados  asiduos  que  han  tenido 

En  educaros  bien.  No,   que  ellos  miran 

Con  ese  sufrimiento. 

De  gran  satisfacción  y  de  contento 


214 


antología 


Que  vuestra  gloria  y  vuestro  honor  inspiran, 

Que  del  augusto  templo 

Do  supieron  llevaros  empeñados, 

Imitando  su  ejemplo, 

Salís  de  ciencias  y  virtud  cargados. 

Seguid  vuestra  carrera 

Con  afanoso  empeño.  Nuestro  suelo 

En  vosotros  espera 

En  adelante  descansar  erguido. 

Seguid,  mientras  la  fama  con  su  vuelo 

Trasmite  vuestros  nombres 

De  una  edad  á  otra  edad.  Doquier  haya  hombres 

Sonará  vuestra  gloria.  Nuestro  río, 

Al  correr  á  perderse  entre  los  mares, 

Plácido  revolviendo  el  raudal  frío, 

Y  al  son  de  su  corriente,  por  el  mundo 

Os  nombrará  también;  y  el  universo, 

A  la  par  de  mi  verso. 

Admirará  vuestro  saber  profundo. 


FLORENCIO    VÁRELA  21 


AL  VEINTICINCO  DE  Mx\YO   DE  1825 


ODA* 

¡Temblad,  temblad,  monarcas, 

Los  que  insolentes  oprimís  al  mundo! 

Ya  el  trono  abominable. 

Que  tres  siglos  enteros  fué  el  asiento 

De  la  ambición  y  el  crimen,  derrocado 

Cayó  desde  la  base,  y  sus  escombros 

Son  hoy  el  monumento 

Que  la  justicia  alzó  por  nuestras  manos 

En  la  tumba  de  todos  los  tiranos. 

Allí  su  oprobio  durará  estampado; 

Allí  su  infamia;  como   eterna  seña 

Del  odio  universal  á  los  malvados, 

Que  siguen  ciegos  las  inicuas  leyes 

Que  la  maldad  enseña 

En  la  escuela  ominosa  de  los  reyes. 

¡Temblad!    ¡Llegó  la  era 

De  nuestra  gran  venganza!    El  justo  cielo 

Os  detuvo  por  fin  en  la  carrera 

De  crímenes  y  horrores. 

Con  que  pensasteis  devastar  el  suelo 

*    La  Colección  de  Poesías  Patrióticas  págr.  280. 


2l6  ANTOLOGÍA 

Que  ya  rendido  á  la  opresión  gemía. 
¡Quince  años  nos  costó  de  guerra  y  duelo! 
¡  Quince  años  de  penar!  Pero  de  Mayo 
Al  fin,  la  luz  divina, 
Alumbró  nuestra  gloria  y  vuestra  ruina. 

¡Mayo,  mes  de  la  patria!  Tú  miraste 

La  primer  vez  armarse  nuestras  manos 

Del  vengador  acero;  tú  escuchaste 

Lanzar  el  primer  grito 

Que  llevó  al  corazón  de  los  tiranos 

Confusión  y  pavor;  y  hoy,  coronado 

Como  nunca  de  glorias. 

Cuando  ya  quince  Mayos  han  pasado 

Alumbrando  victorias, 

Ves  concluida  la  obra 

De  "nuestra  libertad,  que  en  tí  juramos, 

Y  á  nuestro  voto  fieles. 

En  tí  llenos  de  gloria  consumamos, 

Orlando  á  nuestra  patria  de  laureles. 

¡  Mayo,  mes  de  la  patria !  El  mundo   viejo 

Desde  hoy  en  más  se  cubrirá  de  duelo, 

Cuando  el  primer  reflejo 

De  tu  divina  luz  alumbre  el  suelo; 

Mientras  la  patria  mía, 

La  inmortal  Buenos  Aires,  entre  gloria, 

Recordará  aquel  día 

En  que  lanzó  los  hijos  de  su  seno 

A  los  campos  de  Marte, 


FLORENCIO  VÁRELA  217 

Y  el  lauro  los  cubrió  de  la  victoria 
Doquiera  tremolaron  su  estandarte. 

Chile  cobró  su  libertad  perdida 
Apenas  desnudaron  los  aceros; 
De  Chacabuco  la  soberbia  cumbre, 
Vio  la  sangre  de  iberos 
A  raudales  vertida; 

Y  el  venerado  Maipo 

Arrastró  en  su  corriente  cristalina 

Los  restos  miserables  de  su  ruina. 

•Ayacucho  y  Junín!  vosotros  visteis 

En  su  última  agonía 

Al  protervo  ;español;  vosotros  fuisteis 

El  último  sepulcro 

De  la  despedazada  tiranía: 

¿Qué  más  patria  querida,  qué  más  quieres 

Para  tu  eterna  gloria?  Ya  la  guerra 

Desastrosa  cesó :  }'a  los  tiranos 

Abandonaron  nuestra  dulce  tierra, 

Y  en  su  desecha  flota 

Van  á  ocultar  su  oprobio  vergonzoso, 

En  el  clima  ominoso 

Donde  solo   maldad  la  tierra  brota. 

Gózate,  patria  amada:  todo  junto, 

El  poder  de  los  déspotas  no  alcanza 

A  robarte   tu  gloria.    No  hay  tirano 

Que  te  pueda  imponer.  En  vano,  en  vano, 

Allá  en  Europa  en  orgulloso  amago 

Su  estandarte  levanta 


2l8  antología 

La  infame  alianza  que  se  llama  satita. 

Goza  tu  libertad:  este  tesoro 

Es  la  herencia  opulenta 

Que  á  tus  hijos  darás:  ¡él  se  derrame 

Por  doquier  haya  humanos; 

Y  apenas  sea  sentido,  el  pecho  inflame 

En  odio  y  en  horror  á  los  tiranos! 

Tus  hijos  la  amarán;  y  cada  Mayo, 

Henchidos  de  contento, 

Renovarán  el  sacro  juramento 

De  aniquilar  los  déspotas  crueles 

Que  intenten  dominarte;  y  tu  alma  freí 

Ceñirán  de  laureles, 

Viendo  la  España  sumergida  en  duelo, 

Viendo  tus  glorias  levantarse  al  cielo. 

Ano  de  1825. 


Á    LA    HERMANDAD    DE    CARIDAD 


¿Con  qué  es  verdad  que  el  vicio  entronizado 

Rige  nuestros  destinos;  qué  su  aliento 

Pestilente  ha  apagado 

De  la  virtud  la  antorcha;  derrocado 

Con  su  mano  el  altar  desde  el  cimiento. 


# 

FLORENCIO    VÁRELA  210 

Y  que  yace  en  el  mundo 

El  germen  de  los  bienes  infecundo  ? 

No,  que  en  la  excelsa  cima, 

Do  el  Eterno  fijó  su  solio  augusto. 

Arde  sin  fin  la  llama,  y  ella  anima 

Con  su  sagrado  fuego  al  hombre  justo. 

Al  fin  los  ojos  mios, 

Que  tanto  tiempo  con  dolor  vagaron, 

Huyendo  de  espectáculos  im.píos. 

Un    objeto  encontraron 

En  que  fijarse  sin  horror,  }•  mi  alma. 

Marchita,   acongojada 

Con  tanto  crimen  como   el  suelo  encierra, 

Halla  por  fin  do  reposar  en  calma 

La  agitación   pasada, 

Y  revive,  al  mirar  que  aun  en  la  tierra 
Se  adora  la  virtud.   Si,  que  hasta   el  cielo 
Veo  elevarse  el  grande  monumento 
Que,  con  noble  desvelo. 

Alzó  la  fraternal    beneficencia. 

Para  ofrecer  asilo  y  valimiento 

Al  mísero  que  gime  en  la  indigencia. 

A  su  vista,  de  gozo  arrebatado 

Late  mi  corazón;   mi  fantasía 

Se  inflama  en  el  momento; 

Un  numen  celestial  mueve  mi  aliento; 

Y  á  su  impulso  lanzado, 
Entona  ya  con  grata  melodía 

El  canto  de  alabanza,  que  m.erece 
La  virtud  que  en  silencio  resplandece. 


220  antología 

¿Ni  cómo  he   de  callar?  ¿Pues  qué,  podría 

Reservarse  tan  solo  el  don  del  verso 

Para   ensalzar  al  opulento  erguido, 

Que  de  escándalo  sirve  al  universo, 

Viviendo  en  el  deleite  sumergido. 

Mientras  una  parte  del  linaje  humano 

Sin   sustento  perece?   ¿O  solamente 

Es  digno  de  cantarse  el  inhumano, 

Cuyo  orgullo  insolente 

El  carro  precipita  de  la  guerra 

En  la  azorada  tierra, 

Y  furioso  atropella 
Al  joven,  al   anciano, 
Al  niño  á  la  doncella, 

Y  por  doquier  pasó  la  ronca  rueda 
Yermo  el   terreno  y   asolado  queda  ? .  .  . 
¡Esto,  gran  Dios,  se  canta!   ¿Y  se  venera 
El  nombre  del  coloso,  que  algún  día 
Con  su  mano  abarcó  la  Europa  entera. 
Cuando  á  su  carro  triunfador  la  uncía, 

Y  de  su  acero  el  formidable  filo 
Sañudo  devastó  cuanto  se  encierra 

Desde  el  Rhin  á  Moscow,  de  Italia  al  Nilo, 

En  tanto  que  á  la  tierra 

No  hay  quien  enseñe  los  sagrados  nombres 

De  los  ilustres  hombres. 

Que  en  enjugar  las  lágrimas  agenas 

Hallan  tan  solo  ocupación  constante, 

Ni  viven  más  que  de  endulzar  las  penas 

Con  que  ven  oprimido  al  semejante? 


FLORENCIO   VÁRELA.  221 

Mas  yo  los  cantaré.  . .  .¿Qué  importa  ahora 

Que  el   venenoso  diente 

Cebe  en  ellos  la  envidia  roedora, 

Y  sus  trabajos  la  maldad  desdeñe? 
¿Que  importa  que  un  demente 

Con  solo  un  soplo  en  apagar  se  empeñe 
La  lámpara  del  sol?  El  astro  hermoso 
Sigue  su  curso   que  ninguno  ataja, 

Y  derrama  su  lumbre  bondadoso 
Sobre  el  mismo  incensato  que  le  ultraja. 
Venid,  venid  vosotros   los  que  erguidos 
En  ociosa  opulencia, 

En  jamás  escuchasteis  los  gemidos, 
Ni  el  doliente  clamor  déla  indigencia; 
Los  que  á  la  compasión   siempre  negados. 
Ignoráis  la  amargura, 

Y  que  la  suerte  dura 

Condenó  á  tantos  seres  desgraciados. 
Venid  al  rico  suelo  del  oriente 

Y  contemplad  el  edificio  hermoso  (i) 
Que  alzó  la  Caridad  pura  y  ardiente 
De   un  hombre  generoso 

Que  ya  la  oscura  eternidad  abarca. 
Mas  que  dejó  en  el  suelo, 
Por  vengar  el  ultraje  de  la  parca. 
Diseños  imitadores  de  su  celo. 


(i)  El  Hospital  de  Montevideo,  levantado  al  pie  en  que  se  halla,  y  sos- 
tenido por  los  Hermanos  de  la  Caridad,  es  sin  dula,  uuo  de  tos  mejores 
edificios  de  esta  capital.  A  él  está  unida  la  casa  de  Expósitos,  que  también 
sostiene  la  Hermandad.  Acaba  de  co'.ocarse  sobre  la  puerta  principal  del 
edificio  tres  estatuas  de  mármol    blanco  que     representan  l.\  maternidad, 

LA    RELIGIÓN,    Y   LA   COMSTANCIA.    (>Í0ta   de   la    CO  Jlposición). 


22  2  antología 

Mirad  ese  edificio:   entre  sus  muros, 

Ni  brilla  el  oro,  ni  deslumhra  el  lujo, 

Que  con  afanes  duros, 

De  remotas  regiones 

El  orgullo  condujo 

Para  adornar  espléndidos  salones 

Donde  engaña  la  vida  el  poderoso 

Con  el  bullicio  del  festín  pomposo, 

Modesta  sencillez,  silencio  santo 

En  sus  muros  abriga,  y  solamente 

Se  interrumpe  algún  tanto 

Con  el  clamor  del  mísero  doliente, 

Que  desde    el  triste  lecho. 

Donde  la  caridad  sus   males  cura. 

Bendice  entre  su  pecho 

La  mano  que  el  alivio  le  procura. 

Penetrad  su  recinto  religioso, 

Sus  males  recorred,   y   confundidos, 

Resonar  sentiréis  en  los  oídos. 

Un  eco  misterioso 

Que  doquiera  os  dice: 

Aprende  á  socorrer  al  infelice. 

Y  se  aprende,  es  verdad.  Las  vastas  salas 

Pobladas  vi  de  semejantes  míos, 

Que  en  dolores  impíos 

Hundió  la  enfermedad  cuando  sus  alas 

Sobre  ellos  desplegó;    y  en  su  morada, 

Desvalida,  indigente, 

Esperaban  la  muerte  lentamente, 

Del  hambre  y  la  miseria  acompañada; 


FLORENCIO   VÁRELA  223 

Pero  la  candad  que  siempre  vela 
En  bien  del  desgraciado, 
Asilo  y  protección  allí  le  ofrece, 

Y  auxilia  y  le  consuela; 

Y  con  blando  cuidado, 
A    la  parca  homicida 

La  víctima  arrebata,  y  restablece 

La  fuente  casi  exhausta  de  la  vida. 

Yo  lo  vi  por  mi  bien,  y  de  mi  pecho. 

De  placer  y  ternura  conmovido, 

El  suspiro  lanzóse  en  el  momento. 

Que  prolongaba  el  silencioso  techo 

Con  eco  repetido 

Mientras  mi  llanto  sin  cesar  bañaba 

El  santo  pavimento 

Que  con  respeto  religioso  hollaba. 

Mas  ¿qué  nuevo    espectáculo  se  ofrece 
A  mi  alma  enternecida?  ¿Quién  me  llama 
Con  más  grande  interés,   y  más  acrece 
La  grata  admiración  que  ya  me  inflama? 
¿  Con  qué  en  esta  morada  bienhechora 
Tan  solamente  á  la  virtud  se  adora? 
Sí,  que  en  los  mismos  muros  levantado 
También  se  halla  el  benéfico  instituto. 
Donde  se  abriga  el  inocente  fruto 
De    un  amor  desgraciado. 
Por  la  moral  severa  condenado. 
Instituto  de  bien;  honor  eterno 
Del  pueblo  que  le  funda; 


224  ANTOI.OGÍA 

Prodigio  de  cordial  beneficencia; 
Fuente  siempre    fecunda 
De  todo  sentimiento  noble  y  tierno ; 
Obra  inmortal  que  la  virtud  dirige, 

Y  ofrenda  la  más    digna,  en  la  presencia 
Del  Dios    excelso  que  los  mundos  rige, 

¡Ay!  el  amor  que  todo  lo  trastorna, 
El  frenético  amor,   asaltó  el  pecho 
De  una  incauta  mujer:    cayó   marchita 
La  gracia  virginal  que  al    sexo  adorna, 

Y  en  criminoso   lecho 

El  fruto  nace  de  la  unión  velada. 

Desde  el  fondo  del  alma  al  punto  grita 

El  austero  pudor,  y  desolada 

La  madre  miserable. 

Apura  del  dolor  la  hiél  amarga, 

Mientras  que  á  la  opinión    inexorable 

Sus  desagravios   el  pudor  encarga. 

Entonces  la  infeliz  sufre  la  pena 

A  su  culpa  debida. 

Cuando  de  angustia  y  de  tormentos  llena 

A  la  voz  del  honor  obedeciendo. 

Lejos  arroja  al  ser  á  quien  dio  vida, 

Que  el  pecho  maternal  está  pidiendo. 

¿Y  quién  le  abrigará?  ¿solo  y  tendido 

Sobre  el  helado  suelo, 

Ninguno  oirá  su  llanto  dolorido? 

¿Será  que  la  miseria  le  destruya, 

Y  pague  el  inocente  pequeñuelo 


FLORENCIO   VÁRELA  225 

Con  la  vida  una  culpa  que  no  es  suya? 
No,  no  será:  la  caridad  sublime 
De  los  hombres  benéficos  que  miran 
En  cada  semejante  un  nuevo  hermano 

Y  al  bien  de  los  hermanos  solo  aspiran, 
Al  huerfanillo  que  desnudo  gime 
Tienden  alpunto  la  oficiosa  mano. 
Ellos  allí  le  dan  albergue  y  cuna; 
Ellos  educación,  ellos  fortuna. 

¡Salud,  hombres  ilustres!  Mientras  brama 

El  implacable  genio  de  la  guerra 

Bañando  en  sangre  la  preciada  tierra 

Que  en  otros  siglos  á  Colón  dio  fama; 

Mientras  tantos  millares  de  insensatos 

Solo  se  ocupa  en  soplar  la  llama 

De  la  discordia  atroz,  que  entre  el  estruendo 

Del  campo  y  los  guerreros  aparatos 

Una  generación  va  consumiendo; 

Vosotros,  en  silencio  reunidos, 

Empleáis  vuestras  vigilias  meditando 

El  modo  de  aliviar  más  desvalidos. 

De  hacer  que  sea  el   infortunio  blando, 

Y  llevadera  la  miseria.  El  mundo 
Hoy  vuestras  obras  todavía  ignora. 
Por  que  el  siglo  de  ahora. 

En  maldades  fecundo, 

Las  más  nobles  acciones 

Por  medio  ve  del   engañoso  prisma 

Que  á  los  hombres  presentan  las  pasiones. 

Siempre  que  la  moral  es  un  sofisma, 


226  ANTOLOGÍA 

Y  un  sueño  la  virtud.  Mas  vendrá  día 
Kn  que  alzada  hasta  el  cielo 

La  voz  de  tantos  hombres 

Como  deben  la  vida  á  vuestro  celo, 

Proclamará  á  porfía 

Vuestros  grandes  trabajos,    vuestros  nombres, 

Y  el  mundo  agradecido 

Sabrá  pesarlos  en  m-ás  fiel  balanza, 

Y  os  pagará  el  tributo  merecido 
De  dulce  gratitud  y  de  alabanza. 
Seguid  vuestra  tarea,  y  entretanto, 
Permitidme  siquiera 

Oue  mi  menguado  canto 

A  la  luz  saque,  por  la  vez  primera. 

Tantas  obras  de  bien.  Si  entre  mi  pecho, 

Por  mi  mal,  algún  día 

Desmaya  la  virtud,  yo  iré  volando 

A  penetrar  bajo  el  sagrado    techo 

De  ese  asilo  feliz;  el  alma  mía, 

Entonces  vuestro  ejemplo  contemplando, 

Al  sendero  perdido 

Conseguirá  volver.  Arrepentido, 

La  huella  siguiré  que  me  revela 

Pvl  genio  que  bendice 

A  la  ilustre  Hermandad,  y  en  esa  escuela 

Aprenderé  á  aliviar  al  infelice. 

Año  1830. 


FLORENCIO   VÁRELA  227 


A  I.A  MUERTE  DE  D.  JOSÉ  MARÍA  VARGAS 


SÁFICOS   ADÓNICOS 


Vaga  en  la  sombra  de  enlutada  noche 
Ave  siniestra  de  fatal  presagio, 

Y  en  torno  al  lecho  donde  Vargas  gime, 

Lúgubre  grita. 

Él  batallando  con  dolencia  amarga, 
Mira  á  sus  plantas  el  sepulcro  abierto; 
Mas  no  se  abate,  ni  la  noble  frente 
Pávida  muestra. 

Al  que  inocente  la  virtud  adora 

Y  vida  lleva  de  delito  pura. 

No  le  atormenta  en  el  terrible  lance 
Duda  sombría. 

Tranquilo  espera  que  su  juez  supremo 
De  sus  acciones  le  demande  cuenta, 
Que  no  corrieron  por  su  causa  nunca 
Lágrimas  tristes. 


228  ANTOLOGÍA 

Así,  en  el  lecho  del  dolor  hundido, 
Ves  resignado  que  á  romperse  empieza 
La  frágil  trama  de  inmatura  vida. 
Vargas  amado. 

Solo  te  aflige,  en  el  instante  extremo, 
De  tierna  madre  el  desolado  lloro, 

Y  última  vez  en  su  mejilla  imprimes 

Cárdeno  labio. 

A  consolarte  en  tu  agonía  viene 
La  sombra  cara  de  perdida  esposa. 
Que  á  unirte  á  ella,  junto  al  trono  augusto, 
Dulce  te  llama. 

Ella  cuidara  tus  hijuelos  tiernos, 
Por  cuya  dicha  te  afanaste  tanto, 

Y  que  la  muerte  que  te  amarga  en  tomo 

Huérfanos  deja. 

Pero  tu  madre  velará  constante 
Bn  que  practiquen  la  virtud  que  heredan, 
En  que  conserven,  como  tú,  la  vida 
Cándida  y  pura. 

Mas  ya  la  hora  maldecida  suena, 
Vaga  en  tus  labios  el  adiós  postrero, 

Y  cruda  parca  sobre  tí  descarga 

Pérfido  golpe. 


FLORENCIO  VÁRELA  229 

¡  Ay !  que  á  ninguno  revocar  es  dado 
Del  Dios  inmenso  los  terribles  juicios; 
Jamás  la  muerte  en  su  furor  distingue 
Víctima  alguna. 

El  mismo  día  que  al  magnate  se  alza 
Soberbia  tumba  con  letreros  de  oro, 
Se  abre  en  silencio  para  el  pobre  humilde 
Mísera  huesa. 

Cubre  una  loza  la  virtud  y  el  crimen, 

Y  las  exequias  del  anciano  débil 

Con  las  del  joven  juntamente  alumbra 
Pálida  antorcha. 

Llora  á  tu  hijo  desolada  madre, 
Que  nunca,  nunca  volverás  á  verle, 

Y  es  á  tus  penas  el  amargo  llanto 

Único  alivio; 

Llora  que  en  tanto  la  amistad  doliente 
Paga  á  sus  manes  funeral  tributo; 

Y  sus  virtudes  hasta  el  cielo  elevan 

Fúnebre  canto. 

Esas  virtudes  que  del  justo  forman 
La  dicha  pura,  y  que  el  ingrato  siglo 
Que  no  las  mira  porque  son  modestas 
í^ácil  olvida. 


230  ANTOLOGÍA 

Muere  el  malvado  y  á  la  tumba  baja 
De  execraciones  y  baldón  cubierto, 

Y  sus  exequias  maldiciendo  siguen 

Víctimas  suyas; 

Mas  muere  el  justo  cual  murió  tu  hijo, 

Y  todos  vierten  en  su  tumba  flores, 

Y  luto  visten,  y  en  tributo  pagan 

Lágrimas  tiernas. 

Los  infelices  que  alivió  su  mano 

Y  en  él  perdieron  oficioso  padre. 

Su  nombre  ensalzan,  y  al  Olimpo  elevan 
Preces  devotas. 

Tiernos  amigos,  que  en  mejores  días 
Con  él  gozaron  los  placeres  puros, 
A  su  memoria  monumento  eterno 
Fieles  consagran. 

Este  consuelo  en  tu  dolor  terrible 
Te  queda  al  menos,  desgraciada  madre: 
Murió  tu  hijo,  mas  dejó  en  el  mundo 
Nítida  fama. 


FLOSENCIO   VÁRELA  23I 


AL  CIUDADANO 
DON  BERNARDINO   RIVADAVIA 


Hoy  ya  es  libre  mi  voz.  Cuando  tu  mano 
Las  riendas  del  Estado  gobernaba, 

Y  en  tu  puesto  elevado 

El  prestigio  del  mando  te  rodeaba, 

Yo,  libre  ciudadano, 

Respeté  siempre  al  noble  magistrado. 

Que  con  virtuoso  anhelo, 

El  lustre  procuró  de  nuestro  suelo; 

lyO  respeté  y  callé :  fácil  el  vulgo 

Acaso  entonces  confundido  hubiera 

La  voz  del  patriotismo  agradecido 

Con  el  astuto  y  pérfido  silbido 

De  vergonzosa  adulación;  mi  nombre 

Acaso  entonces  ultrajado  viera 

Con  la  infame  sospecha 

De  prostituir  mi  dignidad  á  otro  hombre. 

Empero  hoy  no  es  así :  ya  de  tu  mano 
Depender  no  ve  el  vulgo  los  favores 
Que  tientan  al  abyecto  cortesano 

Y  sirven  de  pretexto  á  la  calumnia 
De  malignos  censores : 

Ya  en  el  nivel  estás  del  ciudadano. 


232  antología 

Y  libre  de  temores, 

Puedo  el  canto  entonar  de  la  alabanza 
Al  patriota  eminente, 
Que  á  despecho  del  odio  maldiciente, 
En  su  conciencia  y  su  virtud  descansa. 

¡  Gloría  eterna  á  su  nombre !  El  fué  primero 

Que  del  vértigo  horrible  en  que  envolvía 

A  nuestra  triste  patria 

Iva  implacable  anarquía, 

La  sacó  al  esplendor.  Recto  y  severo 

Por  la  senda  del  bien  marchó  constante; 

La  ignorancia  arrogante, 

El  fanatismo  audaz  y  sedicioso. 

De  la  calumnia  el  soplo  venenoso, 

Todo,  todo,  á  su  paso  se  oponía, 

Y  todo,  todo,  á  su  poder  cedía. 

Entonces  fué  que  libre  y  magestuoso. 
Alzó  la  frente  el  noble  ciudadano. 
El  pueblo  fué  del  pueblo  soberano, 

Y  el  santuario  grandioso 
Donde  tiene  la  ley  su  nacimiento 
Vimos  fundar  en  eternal  cimiento; 
Entonces  fué  que  en  límites  estrechos, 
El  poder  se  mirara  contenido, 

Ni  con  brazo  atrevido 

Usurpó  ya  del  pueblo  los  derechos 

Y  el  juez  independiente 
Administró  justicia  rectamente. 


FLORENCIO  VÁRELA  233 

De  tantos  dones  al  celeste  influjo 
Osó  la  industria  desplegar  su  vuelo, 

Y  en  sus  alas  condujo 

Benéfica  abundancia  á  nuestro  suelo. 
El  Comercio,  en  activo  movimiento, 
Abrió  nuevos  canales 
Para  los  frutos  que  brindarnos  quiso 
Con  mano  liberal  naturaleza, 

Y  en  valioso  retorno  los  raudales 
Vimos  correr  de  nacional  riqueza. 

La  mano  del  Ministro  infatigable 
Alzó  á  la  ilustración  nuevos  altares, 
Do  con  ardor  loable 
Los  jóvenes  corrieron  á  millares, 

Y  su  alta  inteligencia 

Penetró  los  misterios  de  la  ciencia. 

El  sexo  de  las  gracias,  sepultado 

Por  tanto  tiempo  en  abandono  obscuro, 

Se  vio  de  pronto  alzado 

A  nivel  superior:  nuevos  caminos 

Su  genio  halló  por  do  marchar  seguro 

A  los  grandes  destinos 

A  que  el  sexo  en  el  mundo  era  llamado, 

Y  que  el  genio  del  mal  le  había  usurpado. 

¡  Perspectiva  halagüeña !  ¡  Cuanto  gozo 
Siente  mi  pecho,  al  traer  á  la  memoria 
El  nombre  del  varón  grande  y  virtuoso 
Que  dio  á  mi  patria  tan  brillante  gloria! 


234 


antología 


¡Inmortal  Rivadavia!  No  es  el  mundo 

ha.  tierra  de  los  héroes ;  no :  sus  nombres 

Pertenecen  al  reino  de  la  historia, 

Cuyo  espejo  no  empaña  el  soplo  inmundo 

De  la  envidia  rastrera  de  los  hombres. 

Aquel  es  tu  destino.  El  siglo  ingrato 

En  que  el  mérito  brilla,  nunca  sabe 

El  mérito  apreciar:  ciego  en  su  daño, 

Desdeña  la  fortuna  que  le  cabe. 

El  error,  las  pasiones,  el  engaño. 

El  interés  aleve. 

Se  amotinan  furiosos  y  su  boca 

Emponzoñada  á  profanar  se  atreve 

El  genio  y  la  virtud.    En  su  habla  lo     » 

Es  ambición  el  noble  patriotismo, 

L,a  justicia  favores, 

Y  la  recta  firmeza  despotismo. 
¡Infructuosa  perfidia!  Los  vapores 
De  la  frígida  noche  condensados 
Intentan  oponerse  á  la  salida 

Del  astro  grande  que  á  la  tierra  dora: 
Pero  no  bien  sus  rayos  inflamados 
Asoman  á  las  puertas  de  la  aurora. 
Con  su  calor  deshace  los  nublados, 

Y  recorriendo  su  anchuroso  imperio, 
Inunda  con  su  luz  un  hemisferio. 

¿Que  teme  el  hombre  cuyo  pecho  abriga 
Las  semillas  del  bien,  y  que  inflamado 
Del  amor  nacional,  á  ardua  fatiga 


FLORENCIO   VÁRELA  235 

Se  condena  por  él?    Recto  y  confiado, 

Solo  en  su  rectitud,  ve  con  desprecio 

Iva  insultante  algazara 

Que  levanta  contra  él  el  vulgo  necio. 

Así  filé  Rivadavia.  ¿Quién  bastara 

Su  firmeza  á  arredrar?  La  ley  augusta. 

El  timón  de  la  nave  zozobrante 

Depositó  en  su  mano  diestra  y  justa: 

¡  Cuál  entonces  le  vimos !  ¡  Qué  constante 

Resistió  la  injusticia!  En  vano,  en  vano 

lya  envidia  y  la  calumnia  lo  oprimían 

Amargando  su  vida.  Incontrastable, 

Doquier  tendió  su  protectora  mano, 

Su  celo  infatigable 

lyos  males  todos  á  la  vez  sentía, 

Y  solícito  á  todos  acudía. 

Aquí,  á  su  voz,  alzóse  de  repente 
El  Ejército  Grande  á  cuya  marcha 
Presidió  la  victoria, 

Y  que  humillando  al  despota  de  oriente 
Selló  en  Ituzaingó  su  eterna  gloria. 
Allí  las  ondas  con  que  el  Plata  azota 
Nuestra  costa  elevada. 

Vieron  de  pronto  la  invencible  armada 
Que  fué  terror  de  la  enemiga  flota. 
Cuando  Pereira  el  pabellón  osado 
Al  indomable  Brown  rindió  humillado. 

i  Dias  de  gloria  y  de  esplendor  aquellos  ! 
Dias  en  que  la  patria  agradecida. 


236  ANTOLOGÍA 

De  Rivadavia  el  nombre  respetado 
Unió  á  los  nombres  de  sus  seres  bellos, 
En  himnos  de  alabanza  merecida! 
¡  Dias  de  gloria  y  de  esplendor  aquellos ! 
¡  Ah !  Yo  feliz  al  menos  nací  en  ellos, 
Yo  pude  en  mi  entusiasmo  arrebatado 
Mezclar  mi  voz  al  popular  acento, 
Que  los  hechos  del  grande  i\íagistrado 
Alzaba  con  placer  al  firmamento. 

Y  más  los  alzaré.  Mientras  la  silla 
Ocupó  del  poder,  pura  su  fama 
Fué,  como  es  pura  la  celeste  llama 
Del  sol  engendrador;  y  sin  mancilla 
Su  fama  conservó,  cuando,  agobiado 
Del  rudo  peso  con  que  al  bueno  oprime 
La  injusticia  cruel,  ante  el  Senado 
Vino,  grande  y  sublime, 

A  deponer  el  mando  por  su  mano, 

Y  al  rango  descender  del  ciudadano. 
Esta  acción  era  de  él.  ¡  Hombre  eminente ! 
Descansa  en   tu  conciencia:   aunque  la   envidia 
En  tí  cebó  su  venenoso  diente, 

Y,  llamando  al  engaño. 
Pretende  conjurar  todo  en  tu  daño, 
La  patria  agradecida  siempre  te  ama. 
Respeta  de  tus  hechos  la  memoria, 

Y  por  tu  nombre  llama 

La  época  más  brillante  de  su  historia. 


FLORENCIO   VÁRELA  237 

¡Ay!  de  los  miserables  que  pretenden 
Dominar  la  opinión  como  señores! 
La  opinión  á  ninguno  se  esclaviza; 
Confunde  á  los  infames  detractores, 

Y  al  genio  y  la  virtud  inmortaliza. 
Es  loca  presunción.  Allá  en  la  Grecia 
Quiso  Gerges  un  día 

Con  arrogancia  necia 

Ostentar  su  poder,  encadenando 

Al  mar  que  á  sus  conquistas  se  oponía. 

Mas  sus  ondas  serenas 

El  Helesponto  continuó  paseando, 

Y  sepultó  en  su  centro  las  cadenas. 


A  LA  VICTORIA  NAVAL 
SOBRE  LA  ESCUADRILLA  BRASILERA 

(brindis  improvisado) 

El  Dios  que  rige  al  universo  entero 
Se  alzó  un  día  en  su  trono, 

Y  decretó  el  oprobio  brasilero, 

Y  la  gloria  argentina.     En  el  momento 
Se  alza  Brown  en  su  nave  triunfadora. 


Mensajero  Argentino  núm.  220. 


238  ANTOLOGÍA 

Clavó  sobre  ellos  la  espumante  prora, 
Llegó,  miró,  venció....   ¡Bebed,  amigos! 
Que  la  Patria  el  contento  nos  inspira, 
Pues  ya  el  tirano  mira 
Humillar  en  sus  naves  altaneras 
Las  diecinueve  estrellas  brasileras 

viernes  i  de  Junio  de  1827. 


EN  ELOGIO   DEL   SEÑOR 
DON  JOSÉ  JOAQUÍN  DE  MORA  * 

CON   MOTIVO   DE   LA.   PUBLICACIÓN   DE   SUS   RIMAS 
EN    CELEBRIDAD    DE  LAS    FIESTAS   MAYAS 

De  Dios  es  hijo  el  genio,  mas  sus  dones 
El  genio  no  prodiga 
Donde  un  tirano  imbécil  las  naciones 
A  sus  caprichos  liga, 

Y  ley  brutal  el  pensamiento  enferma, 

Y  la  razón  á  esclavitud  condena. 
Así  la  tierra  clásica  que  el  templo 

De  las  ciencias  fué  un  día, 
Cuando  de  libertad  daba  el  ejemplo, 
El  saber  protegía. 


Mensajero  Argentino  niím.  146.     Lunes  12  de  Febrero  de  1827. 


FLORENCIO   VÁRELA  239 

Y  el  contrato  social  en  sus  lecciones 
Los  derechos  fijó  de  las  naciones; 

Hoy,  bajo  el  cetro  cruel  del  despotismo, 
Vé  al  saber  humillado. 
La  imprenta  abandonada  al  fanatismo. 
Que  insolente  y  osado, 
Esparce  las  tinieblas  en  la  Francia, 

Y  la  prepara  á  estúpida  ignorancia. 

Así  los  hombres  que  ilustrar  á  España 
Pudieron  noblemente, 
Temiendo  de  su  déspota  la  saña. 
Los  dones  de  su  mente. 
En  su  patria  proscriptos  ocultaron, 
O  un  asilo  en  el  Támesis  buscaron ; 

Desde  entonces  Madrid  miró  desnuda 
La  nacional  escena; 
La  lengua  de  Talía  en  ella  muda, 
No  de  gracias  la  llena; 
Ni  se  oye  ya  el  aplauso  que  se  oía. 
Cuando  festivo  Moratin  reía. 

La  poesía  en  abyección  obscura 
No  vierte  alli  sus  flores; 
La  invención,  el  valor  y  la  hermosura. 
Ya  no  alcanzan  loores; 
Que  la  crueldad  y  la  ignorancia  hispana 
Destemplaron  la  lira  de  Quintana. 

Y  también  destemplaron  algún  día 
La  lira  con  que  Mora 
En  buenos  Aires  ostentar  debía 
Los  dones  que  atesora 


240  antología 

En  su  mente  riquísima  y  fecunda, 
Bello  modelo  de  instrucción  profunda. 

Ya  aquí  su  fama  resonado  había, 
Cuando,  oyendo  el  llamado 
De  la  amistad,  al  mar  su  vida  fía 
El  proscripto   ilustrado, 

Y  llega  al  cabo  al  caudaloso  Plata, 

Y  el  placer  de  ser  libre  lo  arrebata. 
Lo  arrebata,  y  en  verso  rumoroso 

Saluda  entusiasmado 

Al  astro  de  los  libres  magestuoso ; 

Y  el  mes  afortunado. 

En  que  al  golpe  terrible  del  colono, 
Retembló  lejos  el  soberbio  trono. 

Triste  recuerda  el  tiempo  en  que  oprimido 
Por  la  atroz  tiranía. 
De  esclavitud  apenas  el  gemido 
En  sus  labios  se  oía: 
Más  llegó  al  Paraná,  su  pompa  admira, 
/  Soy  libre !  exclama,  y  retempló  la  lira. 

La  rica  mente  del  insigne  vate, 
La  barrera  elevada. 
Del  tiempo  que  pasó  fácil  abate; 
Su  inspiración  sagrada 
La  sombra  de  Colón  le  representa 
Llorando  de  la  América  la  afrenta. 

Pero  á  su  vista  rápida  pasaron 
Tres  siglos  oprobiosos; 
Al  ínclito  argonauta  entusiasmaron 
Nuestros  tiempos  dichosos, 


FLORENCIO   VÁRELA  24I 

Oyó  á  Mora  cantar  nuestra  grandeza, 

Y  volvió  alegre  á  la  callada  huesa. 
]\Iientras  el  noble  poeta  arrebatado 

En  gratitud  rebosa, 

Y  ora  celebra  en  verso  delicado 
La  institución  honrosa 

Que  á  nuestras  bellas  el  saber  revela, 

Y  al  rango  de  los  hombres  la  nivela; 
Ora  al  monstruo  feroz  de  la  anarquía 

Con  su  voz  amedrenta. 

De  sus  secuaces  la  caterva  impía 

Al  hondo  Averno  ahuyenta, 

Y  á  nuestra  patria  en  contemplar  se  goza 
¡Organizada,  libre  y  venturosa! 

Mas  ya  en  su  mente  á  contener  no  alcanza 
Los  dones  que  amontona; 

Y  en  luminosos  metros  la  alabanza 
De  las  ciencias  entona; 

Y  el  poeta,  en  imágenes  fecundo: 
Se  convierte  en  filósofo  profundo : 

Y  deleita  y  enseña.     ¡Quien  me  diera. 
Mora,  en  este  momento 
La  lira  tuya!  Entonces  yo  pudiera 
Con  mi  más  digno  acento 
Imitar  de  tus  obras  la  grandeza, 
Celebrar  de  tu  genio  la  riqueza. 

Pero  mi  patria  da  grata  acogida 
Al  don  que  hoy  le  presentas, 

Y  en  su  huespeded  se  goza  agradecida, 
Pues  su  esplendor  aumentas, 

Y  tu  talento  sólido   asegura 
Gloria  á  la  nacional  literatura. 


242  antología 


A  LA  GLORIOSA  VICTORIA  DE  ITUZAINGÓ  * 


SOBRE  LAS  FUERZAS  IMPERIALES,  FOR  EL  EJERCITO 
REPUBLICANO  AL  MANDO  DEL  GENERAL  D.  CARLOS 
ALVEAR. 

ODA 

¿  Con  qué  es  verdad  que  al  grande  movimiento 
A  que  el  mundo  obedece  en  este  siglo 
Nadie  oponerse  puede?  Con  que  nunca 
Caerá  la  libertad  de  su  cimiento, 
Ni  con  terrible  mano 
De  un  pueblo  libre  triunfará  un  tirano  ? 
¿Y  no  era  que  creía 
El  déspota  vecino 
Que  á  contener  él  solo  bastaría 
El  furor  con  que  el  ínclitp  Argentino 
Al  campo  se  lanzaba  de  la  guerra, 
Por  vengar  las  afrentas  de  su  tierra  ? 

¡  Tal  era  su  soberbia  y  su  insolencia ! 
El  á  la  lid  nos  provocó  atrevido, 
Y  á  su  suelo  oprimido 
Pobló   de  agena  y  mercenaria  tropa. 
Que  al  mirar  su  impotencia 


cMensagL-ro  Argentino»  niimero  190. — Viernes  16  de  Marzo   <le  1827 


FLORENCIO   VÁRELA  243 

Fué  á  mendigar  en  la  lejana  Europa, 

Y  desde  el  Volga  helado 

La  condujo  al  Brasil  infortunado. 

Pero  la  hueste  en  tanto  de  los  libres 
Ya  sobre  el  suelo  del  Brasil  avanza; 
La  sed  de  la  venganza 
Devora  á  los  intrépidos  guerreros, 
Que  entre  inmensas  fatigas. 
Afilan  los  mortíferos  aceros 
Buscando  las  falanges  enemigas. 
¡  Las  hallaron  por  fin !  Su  jefe  altivo, 
Que  nuestra  marcha  advierte  derrepente 

Y  la  ruina  presiente, 
Abandonando  la  oprimida  tierra 
Asilo  busca  en  la  fragosa  sierra. 

Bl  intrépido  iVlvear,  á  quien  inflama 
La  sed  de  combatir,  allí  lo  asecha. 
Lo  fatiga,  lo  estrecha, 

Y  diestramente  á  combatir  lo  llama. 

Lo  llama  á  combatir;  mientra,  engañado. 
El  contrario  no  advierte 
Que  el  día  va  á  llegar  de  la  matanza: 
¡Día  para  el  Brasil  de  oprobio  y  muerte! 
¡Día  para  mi  patria  de  venganza! 

¡Y  el  día  al  fin  llegó!    Tal  como  suele 
El  mar  embravecido 
Estrellarse  bramando  en  la  alta  roca 
Que  resiste  su  saña,  hasta  que  al  cabo 
La  erguida  cima  que  las  nubes  toca 
Se  desploma  al  empuje  repetido ; 


244     '  ANTOI.OGIA 

Así  nuestras  falanges  aguerridas, 
Al  oir  el  eco  del  clarín  guerrero, 
Corren,  blandiendo  el  formidable  acero, 
A  estrellarse  en  las  puntas  homicidas, 
Sin  que  el  encuentro  duro 
Pueda  romper  el  erizado  muro. 
Crece  entonce  el  furor  del  combatiente, 
Con  el  furor  acrece  la  matanza. 
Aquí  el  estruendo  del  cañón  se  siente; 
Allá  el  ginete  ardiendo  se  abalanza; 

Y  el  infante  atrevido 

Mira  el  caliente  acero  enrojecido. 

Alvear,  sereno,  en  medio  del  estrago, 
El  estrago  preside.    De  su  mano 
El  formidable  rayo  se  desprende; 
Con  su  presencia  enciende 
Nuevo  brío  en  el  pecho  del  guerrero ; 
El,  con  valiente  planta, 
La  muerte  lleva  do  llevó  el  acero, 

Y  allí  donde  el  peligro  mas  acrece 
Allí  Alvear  el  primero  se  adelanta, 

Y  él  el  primero  al  enemigo  embiste, 

Que  el  nuevo  encuentro  con  valor  resiste 
Con  bárbaro  valor.  .  .  ¡  Ay,  que  la  muerte 
A  ninguno  perdona  ! .  .  . 

Y  al  arrancar  una  preciosa  vida. 
Cuanto  más  es  querida, 

Más  de  su  triunfo  con  placer  blasona. 
¡Besares!.  .  .    ¡Brandzen!.  .  ,   ¡Ay!  de  la  victoria 
Cuesta  caro  el  laurel.  .  .    La  sangre  vuestra. 


FLORENCIO   VÁRELA  245 

Que  vio  correr  Ituzaingó  con  gloria, 
Esta  vez  lo  compró.  .  .  Ella  dio  vida 
A  la  patria  afligida; 

Y  aunque  el  Brasil  con  bárbara  fiereza 
Se  goce  en  vuestro  fin  ensangrentado, 
Dormid  en  paz  en  la  callada  huesa, 
Que  este  tremendo  día 

Va  á  enseñar  al  Brasil  escarmentado, 

Que  la  sangre  de  Brandzen  y  Besares 

Se  vengará  con  muertes  á  millares. 

Con  muertes  se  vengó.  Vuelve  los  ojos 

Alvear,  en  medio  del  horrible  estruendo, 

A  contemplar  del  campo  los  despojos, 

¡Y  se  mira,  asombrado, 

Con  la  sangre  de  Brandzen  salpicado!,  . 

Ea  suya  entonces  de  furor  hirviendo. 

Su  noble  pecho  de  furor  inflama: 

;Ea  patria  es  quien  lo  llama  á  su  defensa, 

Y  á  la  venganza  la  amistad  lo  llama! 
Al  frente  de  sus  ínclitos  campeones 
Marcha  el  terrible  jefe,  y  á  su  esfuerzo 
Cede  por  fin  la  muchedumbre  inmensa, 

Y  caen  los  arrollados  batallones. 
Pero  cayendo,  el  enemigo  osado 
Su  resistencia  aumenta, 

Y  como  nunca  el  triunfo  es  disputado, 

Y  la  lid,  como  nunca,  se  ensangrienta. 
Pero  á  tantos  horrores,  aun  faltaban 

Horrores  que  añadir.   Abrasadora 
Arde  en  el  campo  abrasadora  llama 


246  ANTOI<OGÍA 

Y  en  las  olas  del  viento  que  la  lleva 
Con  saña  asoladora 

El  campo  todo  en  derredor  se  inflama, 

Y  más  y  más  se  ceba 

En  las  secas  espigas  que  devora. 

¡  Horrible  espectación !  Cual  si  el  estruendo 
Del  combate  feroz  hasta  las  puertas 
Del  espantoso  abismo  conmoviendo, 
Sus  eternos  quiciales  contrastara, 

Y  con  furor  abiertas, 

Ante  el  mundo  el  Averno  revelara 
Sus  profundos  horrores.  Aquel  día 
La  vista  por  el  campo  divagaba 

Y  en  el  vasto  horizonte  que  ofrecía 
Solamente  encontraba 

La  inmensa  mortandad  que  lo  cubría, 

Y  llama  asoladora 
Que  con  estrago  fiero 

Abraza  al  triste  que  escapó  al  acero. 

El  trueno  del  cañón,  que  allá  se  siente, 

Interrumpe  tan  solo 

El  silencio  feroz  del  combatiente, 

Que  mirando  doquier  un  nuevo  abismo, 

La  muerto  en  torno  mira,  y  aún  él  mismo 

Que  el  estrago  causaba, 

Al  mirar  el  estrago  se  asombraba. 

Del  estruendo  espantoso  al  punto  sube 
Para  ocultar  los  rayos  esplendentes 
Del  rubio  sol,  impenetrable  nube. 
Que  envuelve  las  falanges  combatientes. 


FLORENCIO   VÁRELA  247 

Y  á  la  vista  robados 

En  quien  cebar  no  saben  las  espadas. 
Mas  la  rabia  no  sufre  la  demora  : 
El  soldado  feroz  se  precipita 
Entre  el  humo  y  el  fuego, 

Y  la  sangrienta  sed  que  lo  devora 
El  obstáculo  nuevo  más  irrita, 

Y  en  medio  del  espanto  que  lo  ofusca. 
Cual  si  faltaran  muertos,  muerte  busca. 
Seis  horas  crueles  de  más  cruel  matanza 
No  bastan  á  la  saña  del  guerrero, 

One  al  audaz "^brasilero 

Busca,  ardiendo  en  la  sed  de  la  venganza, 

Y  en  la  horrible  pelea 
Exterminarlo  con  furor  desea. 

¿ Hay  más  asolación ? .  .  .  ¿y  todavía 
No  se  apaga  el  rencor?    Sí,  que  ya  el  cielo 
Quiere  poner  un  término  este  día 
A  la  desvastación  que  yerma  el  suelo. 
Basta  de  mortandad,  bravos  guerreros : 
No  vibren  más  vuestras  terribles  manos 
Las  espadas  cruentas : 
¡Basta,  para  que  aprendan  los  tiranos 
Como  vengan  los  libres  sus  afrentas! 

Ya  el  del  Brasil  lo  sabe.    El  sol  divino 
Que  aquel  día  alumbró,  de  eterna  gloria. 
Miró  por  fin  al  ínclito  Argentino 
Arrancar  de  la  mano 
El  sangriento  laurel  de  la  victoria ; 

Y  en  el  mismo  lugar  donde  arrollados 


248  antología 

Fueron  los  enemigos  batallones. 
Hoy  se  ven,  enclavados, 
Flamear  los  vencedores  pabellones. 
¡Héroes  de  mi  patria!  no  mi  lira 
Es  bastante  á  cantar  vuestra  alabanza, 
Aunque  el  genio  me  inspira: 
Pero  la  luz  del  sol  á  todo  alcanza. 
El  alumbró  vuestra  feliz  victoria, 
Y  al  derramar  su  fúlgido  torrente 
Por  el  mar,  la  llanura  y  las  montañas. 
Llevará  vuestra  gloria. 
Vuestras  grandes  hazañas 
Del  frío  polo  al  Ecuador  ardiente, 
Del  reino  de  la  aurora  al  occidente. 


FLORENCIO  VÁRELA  249 


Á   LA  LIBERTAD   DE   LA   GRECL\  * 


ODA 

Se  abrió  á  mi  vista  la  remota  historia, 

Y  en  sus  ricos  anales, 

La  ruina,  los  trastornos  ó  la  gloría 
De  mil  naciones  admiré.  Asombrado, 
Vi  brillar  en  sus  páginas  de  fuego 
El  nombre  y  las  hazañas  inmortales 
Con  que  ilustró  su  edad  el  noble  griego: 
Allí   á  Leónidas  contener  miraba 
El   torrente  impetuoso 
Con  que  el  altivo  Persa  se  avanzaba 
A  buscar  en  Termopilas  su  ruina; 
Allí  vi  de  Temístocles  alzado 
El  brazo  poderoso, 

Y  en  Platea  abatir  y  en  Salamina 
Al  terrible  coloso 

Con  que  Gérges  al  mundo   amenazaba. 
¡Cómo  mi  mente  en  entusiasmo  ardía 
Al  ver  tantas  hazañas!   Pero,   abierta 
Otra  página  aún  más    luminosa 
De  Licurgo  y  Solón  veneré  el  nombre. 
De  Homero  y  de  Demosthemes,  dictando 


*  Se  publicó  en  «El  Tiempo»  núm.  47.  Junio  28  de  1828. 


250  ANTOLOGÍA 

Leyes  que  hicieran  venturoso  al  hombre, 

O  en  caudaloso  verso  celebrando 

La  gloria  de  la   Grecia,  ó  los  derechos 

Del  ciudadano,  en  el  Senado  augusto. 

Con  elocuencia  varonil  mostrando. 

Allí  en  Atenas  y  en  Esparta  el  templo 

Miré,  do  florecían 

Las  ciencias  y  las  artes  que   de  ejemplo 

Alguna  vez  al  mundo  servirían, 

Y  de  grandes  modelos.    ¡Gloria  á  Grecia! 
Clamó  mi  labio  de  entusiasmo  lleno: 
¡Gloria  sin  fin  al  ilustrado   Heleno! 

¿r'Ias,  Grecia  donde  está?  También  la  historia 
Los  progresos  fatales 
De  la  ignorada  vil  y  el  fanatismo 
Registra   con  dolor  en  sus  anales, 

Y  consagra  llorando  en  la  memoria 
La  esclavitud  de    un  pueblo  generoso 
Doblado  bajo  el  yugo  ignominoso. 
Mirad  ¡ay!  á  la  Grecia:  De  repente. 
Desde  el  inculto  fondo  del  desierto. 
Lánzase  á  Europa  el  árabe  insolente, 

Y  en  una  mano  el  Alcorán  abierto. 

El  hierro   asolador  con  la  otra  esgrime, 

Y  en  torrentes  de  sangre  anuncia  al  hombre 
La  ley  de  Meca  y  de   Mahoma  el  nombre. 
Europa  toda  amedrentada  gime 

Eajo  aquel  yugo  estúpido  y  sangriento; 
La  peste  se  propaga,  y  en  el  Asia 
El  novator  feroz  fija  su  asiento. 


FLORENCIO  VÁRELA  2^1 

El  turco  vagabundo,  en  el  instante, 
Ciego  se  postra  ante   el  audaz  profeta, 

Y  con  fe  intolerante, 

La  nueva  ley  que  idólatra  respeta, 
Con  el  hierro  iracundo 
También  anuncia   al  azorado  mundo. 
La  Grecia  luego  se  ofreció  á  su  vista, 

Y  á  la  Grecia  voló.    Con  torpe  insulto 
Las  leyes  de  conquista 

Feroz  le  impuso,  y   profanó  su  culto. 

¿Qué  valió  resistir?  Como  las  olas 

Del  océano  sañoso 

Cuyo  ímpetu  la    roca  no  quebranta, 

Así  lanzóse  el  musulmán  furioso 

Sobre  el  mísero  griego: 

Cegó  la  cimitarra  su  garganta, 

Y  su  rica   campaña  asoló  el  fuego. 

¡Y  la  Grecia  es  esclava!  ¡Ay!  ¿qué  se  hicieron 
Sus  antiguas  hazañas?  ¿Cómo  pudo 
Apagarse  la  antorcha  luminosa 
Que  aun  hoy  la  senda  del  saber  nos  muestra? 
¡La  antorcha  que,  en  otra  época  dichosa, 
Hizo  á  la  Grecia  universal  maestra! 
Todo,  todo  pasó.  ¿Mas,  por  ventura. 
La  sangre  que  heredaron 
Los  hijos  de  Milciades  y  Leónidas, 
Sin  sublevarse  de  ira  entre  las  venas, 
Consentirá  la  servidumbre  dura  ? 
¿Arrastrará  por  siempre  las  cadenas 
Una  nación  que,  en  perdurable  gloria 


252  antología 

Recuerda  en   cada  sitio  una  victoria, 

Y  en  cada  tumba  un  héroe?  No;  bramando 
De  indignación  Botzaris  se  levanta: 
¡Fuera  tiranos!  grita;  y  á  su  acento, 
Renace  el  valor  griego  en  el  momento, 

Y  la  infame  cadena  se  quebranta. 

Y  arde  en  furor  el  musulmán  entonces: 
La  Grecia  inundan  sus  terribles  haces; 
Las  campañas  feraces 
Retiemblan  al  estruendo  de  los  bronces; 

Y  desastrosa  guerra 

Truena  en  los  mares,  cual  tronó  en  la  tierra. 

¡Ay  de  la  humanidad!  La  temblorosa 
Ancianidad,  el  ternezuelo  infante, 
La  inmaculada  virgen  y   la  esposa, 
Envueltos  caen  al  golpe  fulminante 
De  la  cuchilla  idólatra:   atronando 
Pérfida   mina  estalla, 

Y  en  escombros  volando 

La  mísera  ciudad,  el  turco  mira 
Allanarse  del  muro  la  ancha  valla 

Y  del  estrago  con  placer  se  admira. 
¡Bárbara  atrocidad!  Pero  si  el  hado 
Puede  de  un  piieblo  decretar  la  ruina. 

La  humillación  jamás;  y  el  que  con  gloria 
Entre  escombros  perece  sepultado 
Para   nunca  morir  vive  en  la  historia, 

Y  deja   al  mundo  de  su  fama  lleno. 
Asi  clamaba  el  desgraciado  heleno, 

Y  ardiendo  se  lanzaba 


9 
FLORENCIO   VÁRELA 

Tras  el  pendón  de  libertad  glorioso, 

Que  en  sus  manos  Botzaris   tremolaba. 

Aquí   se  estrella  en  la  feroz  falange, 

Y,  si  muere  matando 

Cae  con  placer  bajo  el   filoso   alfange. 

Allí   entre  las  murallas  estrechado 

Por  el  brutal  Bajá,  solo  en  la  tierra, 

Lucha  contra  las  plagas  de  la  guerra. 

Gran  tiempo  el  muro  á  su  defensa  sirve : 

Pero,  al  golpe  feroz  }•  redoblado, 

Sucumbe  Missolonghi  contrastado. 

¿Qué  importa?  se  estrellaron,   se  rompieron 

Bramando  las  legiones   otomanas; 

Y  si   después  la  fuerza  y  la  fortuna 
El  laurel,  no  la  gloria  les  cedieran, 
Sobre  ruinas  no  más,  á  sangre  y  fuego, 
Logró  Obrahin   plantar  la  media  luna, 
Pero  no  al  yugo  sujetar  un  griego. 

¡Loor  á  Missolonghi!  Los  valientes 
Que  en  sus  gloriosas  ruinas  perecieron 
Piden  venganza  aún.  Pero  no  en  vano 
La  griega  sangre  se  virtió  á  torrentes 
En  tan  tremenda  lid;  también  mezclada 
A  raudales  hirvientes 
Corrió  sangre  otomana  en  cien  batallas; 

Y  también  desolada 

La  orgullosa  y  feroz  Constan tinopla 
Clamor  de  muerte  en  torno  á  sus  murallas 
Oyó  vagar  mil  veces;  y  los  lutos 
Oue  entonces  sus  murallas  se  vistieron 


254  antología 

Digno  holacauso  para  Grecia  fueron. 

Y  mientras  horrendo  Marte 
Siembra  por  todo  el  funeral  estrago, 

Y  al  flamear  de  mortífero  estandarte 
La  ruina  truena  dó  se  oyó  el  amago; 
Mientras  la  humanidad  despedazada 
Alza  el  clamor  á  la  celeste  esfera, 
Del  eterno  implorando  la  clemencia, 
¿Será  que  Europa  entera 
Tolerará  con  fria  indiferencia 

La  desastrosa  ruina 

De  los  hijos  de  Esparta  y  Salamina? 

No  es  que  el  caudal  honroso 

De  luces  con  que  brilla  el  europeo, 

Con  empeño  afanoso 

Lo  bebió  de  las  fuentes  del   Liceo? 

¿No  es  de  Grecia  su  gloria?  ¿En  sus  escritos 

Los  sabios   no  pagaron 

De  alabanza  el  tributo  respetuoso 

A  la  nación  ilustre  que  imitaron  ? 

¡Todo,  todo  es  verdad!  ¿y  cómo  ahora, 

A  la  faz  de  la   Europa,  en  voz  doliente 

Favor  la  Grecia  encarnizada  implora, 

Y  el  escarnio  de  Grecia  ella  consiente? 

¿Y  siempre  será  así?  No,  que  aun  vivía, 
Para  honrar  Inglaterra, 
El  hombre  grande  á  quien  el  siglo  llora, 

Y  llorarán  los   libres  de  la  tierra; 
El  ministro  ilustrado,  en  cuya  mano 
El  poder  fué  consuelo    al  oprimido 


FLORENCIO  VÁRELA  255 

Y  freno  al  opresor.  ¡Eterna  gloria, 
Llanto  sin  fin  á  Canning !  Era   digna, 
Digna  de  su   nombre  esclarecido 

La  generosa  empresa 

De  proteger  al  griego  desvalido. 

El  en  su  mente  la  abrigó  primero ; 

Y  si  al  bajar  á  la  callada  huesa, 
No  la  vio  realizada 

Y  no  dejó  la  humanidad  vengada. 
Tal  vez  á  su  llamado  se  formaba 
Entonces  ya   la  liga  que  a.lgún  día 
El  cielo  en  su  justicia  destinaba 

A  humillar  de  los  turcos  la  osadía. 

Y  este  día  lució:  que  al  fin  sintieron 
Los  monarcas  de  Europa  en  sus  oídos 
Del  oprimido  griego  los  gemidos, 

Y  un  freno  al  opresor  poner  quisieron. 
Su  voz,  alzada  entonces,  preparaba 
Una  tregua  al  furor:  el  crudo  acero. 
Tras  tantos  años  de  combate  fiero, 
La  primer  vez  entonces  se  envainaba, 

Y  en  la  fé  de  la  tregua  reposando. 
Crédulo  el  griego  á  descansar  se  daba. 

¡Y  era  muerte  el  descanso!  ¿Cuando,  cuando 

La  fé  se  alberga  en  los  feroces  pechos? 

¿Cuando  de  las  naciones  los  derechos 

Respetarán  !os  bárbaros?  Bramando 

De  furor,  y  sediento  de  matanza. 

El  idólatra  aleve  se  abalanza 

Sobre  el  tranquilo  é  indefenso  griego; 


256  ANTOLOGÍA 

El  acero  y    el  fuego 
Propagan  la  cruel  carnicería, 

Y  los  monstruos  con  júbilo  batiendo 
Las  manos  todavía  ensangrentadas, 
Se  aplauden  de  su  infame  alevosía. 

Al  escándalo  horrible  conmovida 
Estremecióse   Europa,  y  al  instante 
Alzóse  á  la  venganza  apercibida. 
Entonces  vióse  numerosa  flota 
Surcar  el   ancho  mai  que   furibundo 
De  las  tres  partes  del  antiguo  mundo 
Ivas  altas  costas  bramador  azota : 

Y  sostenido  el  dios  por  sus  Tritones, 
Alzó  la  frente  desde  la  honda  arena, 
Por  ver  flamear  al  viento  los  pendones 
Del  Ruso   habitador  del  yermo  helado, 
Del  hijo  audaz  del  Sena, 

Y  el  Bretón  en  los  mares  afamado. 
¡Helo  al  turco  á  su  vez!  Sombra  terrible 
Del  marino  de  Albion!  No  se  ha  perdido 
De  tus  heroicos  hechos  la  memoria; 

No  se  perdió   el  ejemplo  de  osadía 

Que  al  mundo  diste  un  día, 

Al  sucumbir  en  Trafalgar  con  gloria. 

Aun    tienes  sucesores,  y  el  destino 

La  suerte  de  la  Grecia   hoy  ha  confiado 

Al  jefe   formidable 

Que  hará  eterna  su  fama  en  Navarino 

¡Día  de  destrucción!  Rabia  implacable 

Las  escuadras  diriíre:  en  un  momento 


4 
FI^ORENCIO   VAREIvA  257 

Entre  el  humo  y  el  fuego 

Se  envuelve  todo  en  torbellino  ciego : 

La  muerte  por  mil  bocas  arrojada 

A  ninguno  respeta; 

Ábrese  el  mar  al  espantoso  trueno, 

Y  sepulta  las  naves  en  su  seno. 
jAllah!  clamaba  el  hijo  del  Profeta; 

¡  Por  los  fieles,  Allah !  Pero  era  en  vano. 
Que  el  cielo  no  responde   á  sus  blasfemias, 

Y  da  victoria  al  pabellón  cristiano. 
¡Salud,  nobles  helenos!   Esa  liga 

Que  en  medio  de  la  Europa  se  levanta 
Será  el  apoyo  de  la  causa  santa 
Que  sostuviste  con  tenaz  fatiga. 
¿  Ni  cómo  abandonaros  ?  ¿  O  en  su  boca 
Suena  de  Dios  el  sacrosanto  nombre 
Solo  para  con  él  destruir  al  hombre. 
Sin  que  brillen  las  armas  en  sus  manos 
Para  librar  del  yugo  de  Mahoma 
Una  nación  de  mártires   cristianos  ? 

¡  Ah !  tal  no  puede  ser :  acaso  en  breve 
Lucir  veremos  la  feliz  aurora 
De  nuestra  libertad,  y  los  desastres 
Que  la  afligida  humanidad  hoy  llora 
Cesarán  para  siempre.  Pero  en  tanto. 
Sabed  que  hay,  de  este  lado  de  los  mares, 
Una  nación  que  os  apellida  hermanos. 
Donde  la  libertad  tiene  su  templo, 

Y  que  sabrá,  siguiendo  vuestro  ejemplo, 
Sucumbir  sin  rendirse  á  los  tiranos. 


2=^8  antología 


A  LA  PAZ  ENTRE  EA  REPUBEICA  ARGENTINA 
Y  EE  IMPERIO  DEE  BRASIE  * 


ODA 

¿Cual  es  el  genio  bárbaro  que  rige 
Eos  destinos  del  hombre?     Adonde  quiera 
Que  revuelvo  los  ojos,  mil  altares 
A  la  discordia  la  ambición  erige, 

Y  veo  por  su  mano  carnicera 
Víctimas  inmoladas  á  millares. 
El  ara  santa  de  la  paz  hollada, 

La  quietud  de  dos  mundos  trastornada, 
¿Que  es  esto.  Dios  eterno?     ¿Así  consientes 
Que  tu  prole  entre  sí  se  despedace? 
¿No  tienes  ¡ay!  mil  hijos  inocentes? 
¿O  la  ruina  del  mundo  te  complace? 
Vuelvo  mi  vista  atónita  á  la  Europa 

Y  de  insólito  horror  mi  pecho  late: 
Doquiera  miro  numerosa  tropa 
Apercibida  al  bárbaro  combate, 

Bl  vital  equilibrio  encuentro  roto, 

La  tierra  se  estremece,  arden  los  mares, 

Y  el  belígero  acento  que  resuena 


*    Se  piiblicó  por  primera  vez  en     El  Tiempo  <    niím.    135. 


é 

FLORENCIO  VÁRELA  259 

Del  mar  del  Norte  al  Bosforo  remoto, 
Del  Tajo  hasta  el  alcázar  de  los  Zares, 
De  negro  luto  y  de  favor  me  llena. 
De  la  ambición  el  soplo  venenoso 
El  fértil  Portugal  arde  y  se  agita ; 
Su  aliento  inspira  al  Príncipe  orgulloso, 
Que,  con  brazo  rebelde,  á  lo  profundo 
El  código  sagrado  precipita, 

Y  hace  á  Lisboa  escándalo  del  mundo. 
Triunfa  aquí  la  discordia;  y  al  momento 
Sacude  allá  la   tea  abrasadora. 

Que  otro  triunfo  más  bárbaro  pretende 

Y  en  la  sed  de  conquista  asoladora 
A  Nicolás  en  Petersburgo  enciende. 
Ya  se  mueve  el  coloso  prepotente 
Que  inclina  de  la  Europa  la  balanza ; 
Audaz  hacia  el  Danubio  se  abalanza; 

Y  el  valladar  salvó  de  su  torrente. 

La  muerte  va  por  donde  el  ruso  pasa ; 
Todo  cede  á  su  esfuerzo,  y  amenaza 
La  ruina  del  imperio  del  Oriente. 
¡Transtorno  sin  igual !     Acaso   en  breve 
Cambiar  verá  la  Europa  su  destino, 
El  trono  del  autócrata  terrible 
Fijado  en  la  ciudad  de  Constantino, 

Y  retorcido  el  lureo  fusilando 
A  la  región  do  floreció  Palmira, 
Donde  espirara  el  Salvador  del  mundo. 

A  tanto  el  ruso  en  su  soberbia  aspira: 
Pero  tanta  gfrandeza  no  tolera 


26o  ANTOLOGÍA 

El  isleño,  señor  del  Océano, 

Y  á  contener  la  rápida  carrera 

Del  tremendo  invasor  tiende  la  mano. 
Su  discordia  quizás  al  pueblo  griego 
Lágrimas  va  á  costar.  Ya  el  mar  Tirreno 
Marchar  no  mira  en  coalisión  amiga 
Las  escuadras  que  envió  la  Triple  Liga 
En  protección  del  desgraciado  Heleno; 

Y  ya  tal  vez ....     Mi  vista  horrorizada 
No  sufre  el  espectáculo  inhumano .  .  .  .  _ 
¿  Do  está  el  asilo  de  la  paz  sagrada  ? 
Será  el  continente  americano? 

¡Ay  no!  Que  en  las  regiones  esplendentes 
De  la  opulenta  Méjico,  vertida 
La  sangre  fraternal  corre  á  torrentes : 
En  sangre  Guatemala  está  teñida ; 

Y  desde  Guayaquil  á  Cartagena, 
Colombia  ve  su  libertad  perdida, 

Y  lamenta  el  baldón  de  que  la  llena 
El  que  fué  el  primer  genio  americano, 

Y  ya  no  es  más  que  un  bárbaro  tirano. 
Su  nombre  un  día  á  otra  nación  prestara ; 
Holló  su  dignidad,  dándole  leyes 

Cuyo  modelo  su  ambición  buscara 
En  la  escuela  nefaria  de  los  reyes: 
Hasta  que  el  pueblo  del  error  saliendo, 
En  entusiasmo  noble  se  arrebata. 
El  código  opresor  derriba  al  suelo, 

Y  su  ultrajada  dignidad  rescata. 

Pero  ¡ay!  que  en  tanto  sobre  el  alto  puesto 


FLORENCIO  VÁRELA  201 

Quizá  se  sienta  el  inca  decorado 

De  roja  insignia,  y  á  venganza  apuesto; 

Quizás  los  escuadrones  colombianos 

A  su  costa  se  acercan,  anhelando 

La  sangre  derramar  de  sus  hermanos; 

Mientras  el  puñal  aleve  y  homicida 

Otra  facción  esgrime,  y  el  chileno 

Compra  con  sangre  su  quietud  perdida. 

¡Y  mi  patria!..  .  .    ¿No  ois  el  bronco   trueno 
Que  desde  el  Plata  al  Yaguarón  retumba? 
No  veis  brillar  el  matador  acero 
Que  á  una  generación  abre  la  tumba, 

Y  á  la  que  viene  deja  por  herencia 

El  rencor,  la  horfandad  y  la  indigencia? 
No  veis  la  hermosa  capital,  un  día 
Tipo  en  el  nuevo  mundo  de  grandeza, 
Hoy  desierta,  esperando  la  agonía, 

Y  en  las  calles  vagando  la  tristeza; 
Mientras  allá  las  madres  brasileras. 
En  lúgubre  ropaje  y  largo  duelo. 
Mil  veces  y  otras  mil  piden  al  cielo 
El  hijo  que  espirara  en  las  hileras? 
No  veis  el  suelo  del  feraz  Oriente 
Yermo  extrañar  la  agricultora  mano, 

Y  al  débil  niño  ó  al  temblón  anciano 
Entregada  la  reja  solamente? 

¡  Ay !  La  robusta  juventud,  vestida 

Del  militar  arreo,  ha  abandonado 

Los  trabajos  rurales,  y  dejado 

Muerto  en  la  tierra  el  germen  de  la  vida: 


202  ANTOLOGÍA 

O,  si  en  la  espiga  alguna  vez  revienta 

El  grano,  con  la  sangre  fecundado, 

Odio  solo  y  rencores  alimenta .... 

¡  Dios  de  mis  padres !  ¿Y  no  habrá  consuelo, 

No  habrá  remedio  á  males  tan  tiranos? 

Será  que  la  discordia  siempre  oprima 

A  pueblos  que,  debiendo  ser  hermanos, 

Como  tigres  feroces  se  devoran? 

Una  es  su  religión,  uno  su  clima; 

De  América  los  dos,  los  adoran 

La  inefable  deidad  de  los  cristianos. 

¿Y  como  entonces  á  devastar  el  suelo 

Hoy  se  arrojan  los  dos?  No  habrá  consuelo. 

No  habría  remedios  á  males  tan  tiranos?'  .  . 

Sí  Buenos  Aires:  sí  patria  querida: 
Enjuga  al  fin  tu  dolorido  llanto, 

Y  viste,  en  vez  del  enlutado  manto, 
Eas  ricas  galas  de  la  paz;  tu  brazo 
Arroje  lejos  la  tremenda   lanza, 

Y  enarbole  desde  hoy  la  dulce  oli\a. 
Mira  volver  al  paternal  regazo 

La  flor  de  tu  cariño  y  tu  esperanza : 
Mira  marchar  tus  hijos,  no  á  la  arena 
Donde  la  muerte  ó  la  victoria  aguarda, 
Sino  á  la  plaza  deliciosa,  amena, 
Donde  esperan  la  paz  y  los  amores 
A  los  hijos  del  Plata  vencedores. 
Mira  esos  respetables  uniformes 
Por.  la  fatiga  y  la  victoria  usados. 
Esos  despedazados  pabellones. 


FLORENCIO   VÁRELA  263 

Esos  guerreros  pobres,  mutilados, 
Pero  con  los  laureles  agobiados. 
Estos  son  patria  mía  tus  blasones, 
Ya  llegan  ¿  no  les  ves  ?  Abre  tu  seno, 

Y  recibe  á  tus  hijos.  ...   De  la  guerra 
Ya  no  retumba  el  espantoso  trueno; 
Ya  no  vuelven  al  campo ;  en  tu  regazo 
Gozarán  siempre  el  maternal  abrazo. 
Ya  cesó  la  miseria.     Nuestro  puerto, 
Lugar  un  día  de  combates  crueles. 
Veo  al  comercio  universal  abierto, 

Y  agolparse  á  porfía  los  bajeles. 
Que  buscando  riquezas  con  anhelo. 
De  riquezas  inundan  nuestro  suelo. 
El  altivo  colono,  á  quien  despide 
De  su  seno  la  Europa  turbulenta, 
Un  asilo  pacífico  nos  pide, 

Y  con  la  suya  nuestra  industria  aumenta, 

Y  en  la  inmensa  comarca  deliciosa 
La  población  benéfica  rebosa. 

¡  Salud  día  de  paz !  ¡  Salud  hermanos 
Que  habitáis  el  Brasil.     Enternecidos 
De  júbilo,  nos  damos  hoy  las  manos. 
Cesaron  ya  nuestros  comunes  males; 
El  águila  y  el  sol  marchan  unidos 
En  la  estención  del  delicioso  Plata : 
Xo  empañe  más  la  sangre  sus  cristales. 
La  sangre  á  ningún  precio  se  rescata. 
¡Paz,  paz,  ¡oh  Brasileros!  Largo  el  duelo, 
Larga  fué  la  miseria,  que   algún  día 


264  ANTOLOGÍA 

Al  Brasil  y  á  nosotros  oprimía: 
Pero  es  á  tantos  males  un  consuelo 
Buscar  nuestra  hermandad,  dando  existencia 
A  una  nueva  nación  en  nuestro  suelo. 
Mirad  la  Libertad   é  Independencia 
Fijar  su  asiento  en  el  dichoso  Oriente, 
Como  Diosa  de  Paz.  . .  .   Venid,  hermanos, 
Ciñamos  de  guirnaldas  nuestras  frentes, 

Y  florezca  la  oliva  en  nuestras  manos. 
El  día  fortunado  en  que  miramos 

Que  el  bronco  trueno  de  la   guerra  cesa, 

Y  el  canto  dulce  de  la  paz  empieza. 

Octubre  14  de  1828. 


AL  SEÑOR  DOCTOR  D.  PEDRO  SOMELEERA 

CATEDRÁTICO  DE  DERECHO  CIVIL  EN  LA  UNIVERSIDAD 
DE  BUENOS  AIRES,  SOBRE  EL  ESTADO  ACTUAL  DE 
NUESTRA  JURISPRUDENCIA,  POR  SU  DISCÍPULO  FLO- 
RENCIO VÁRELA    1 83 1. 

TÚ,  mi  digno  mentor,  que  me  enseñaste 
Los  caminos  cjue  llevan  á  la  ciencia, 
Y  en  sus  sacros  misterios  me  iniciaste. 

Deja  llegar  mi  verso  á  tu  presencia; 
Ni  te  cause  extrañeza  que  las  musas 
Se  pongan  á  tratar  jurisprudencia. 


FLORENCIO  VÁRELA  265 

Sobran  á  esta  locura  mil  excusas, 
Porque  la  discusión  es  permitida, 
Al  hablar  de  materias  tan  confusas. 

Pero  no  me  descubras  por  tu  vida ; 
Pues  algunos  si  saben  quien  te  escribe, 
Van  acusar  mi  pluma  de  atrevida. 

¿  «  Cómo  es  que  audacia  tal  no  se  prohibe?» 
Exclamará  un  censor  con  espejuelos. 
Que  sepultado  en  mamotretos  vive. 

¿  De  qué  sirven  del  sabio  los  desvelos, 
Si  en  las  cosas  más  arduas  y  formales 
Se  han  de  mezclar  también  los  muchachuelos? 

¡  «Oh  tiempos!  ¡Oh  costumbres!.  ..Estos  males 
Son  de  la  educación  fruto  funesto, 
A  esto  llaman  ideas  liberales.  » 

Clamará  asi  mi  crítico  indigesto, 
Y,  echando  con  mí  mil  maldiciones. 
Cerrará  enfurecido  su  Digesto. 

Yo  no  se  contestar  tales  razones 
Ni  es  justo  que  un  mocoso  se  entremeta 
A  disputar  con  altos  señorones. 

Me  zurrarán  un  mes  en  la  Gaceta; 
Me  hartarán  de  improperios,  que  es  la  moda, 

Y  á  buen  librar  me  llamarán  trompeta. 
Eso  es,  si  contra  mi  la  Curia  toda 

Anatemas  tremendos  no  fulmina, 

Y  vengo  á  ser  el  pavo  de  la  boda. 

Tú  sabes  que  el  que  ahora  se  encamina 
Al  dédalo  forense  en  que  vivimos, 
Fuerza  es  que  siga  su  servil  rutina. 


266  ANTOLOGÍA 

Vano  es  buscar  en  la  razón  arrinios ; 
Nadie  á  oirnos  se  apresta;  y  somos  cero 
Los  que  diez  lustros  antes  no  nacimos. 

Nada  de  ideas  nuevas :  tú  el  primero, 
Por  proclamarlas,  calumniado  fuiste; 

Y  á  poco  más  te  juzgan  con  Agüero  (i) 
Mas  como  nada  á  la  opinión  resiste, 

Ella  á  tus  detractores  dio  por  premio 
Escarnio,  confusión,  vergüenza  triste. 
Pero  ahora,  señor,  que  soy  del  gremio, 

Y  estoy  bajo  el  poder  de  los  doctores, 
Temo  de  que  me  soplen  un  apremio. 

Con  que  evitemos  tantos  sinsabores ; 

Y  luego  que  concluyas  su  lectura, 
Arroja  en  un  fogón  mis  borradores. 

¡  Oh  cuanta  compasión,  cuanta  amargura 
Mi  corazón  marchitan  cuando  veo 
Los  códigos  de  gótica  estructura. 

De  antigua  humillación  negro  trofeo, 
Que  afrentan  á  mi  patria,  sin  que  nada 
Se  haga  para  lavar  borrón  tan  feo ! 

¿  De  qué  ha  servido  la  tutela  odiada 
De  España  sacudir  si  el  ciudadano 
No  halla  en  la  ley  la  protección  deseada? 

Por  qué,  mientras  el  pueblo  americano 
Consigue  aniquilar  el  despotismo 

Y  ante  el  mundo  mostrarse  soberano. 
Venera  con  imbécil  fanatismo 

Códigos  opresores  que  abortaron 
Las  edades  del  torpe  feudalismo  ? 


FLORENCIO   VÁRELA  267 

Los  siglos  de  tinieblas  ya  pasaron, 

Y  los  siglos  de  luz  que  en  pos  vinieron 
La  condición  del  hombre  mejoraron. 

Nuevas  costumbres  á  los  pueblos  dieron, 
Otro  culto,  otros  usos,  y  la  esfera 
De  sus  necesidades  extendieron. 

Rompió  los  grillos  de  la  edad  primera 
La  inteligencia  humana;  y  atrevida 
No  halló  en  la  tierra  á  su  poder  barrera: 

A  la  naturaleza  sorprendida 
Arrancó  sus  tesoros,  y  con  ellos 
Multiplicó  los  goces  de  la  vida. 

La  ciencia  renació :  sus  rayos  bellos 
A  la  Europa  primero  iluminaron 

Y  de  alli  se  esparcieron  sus  destellos. 
Los  frutos  de  la  industria  alimentaron 

Los  cambios  mercantiles :  las  regiones 
Mas  remotas  por  ellos  se  estrecharon. 

Asi,  por  progresivas  variaciones, 
Fué  mejorándose  el  linaje  humano, 

Y  se  cambió  la  faz  de  las  naciones. 

¿Y  cómo  es  que  ante  el  código  romano 
IMedio  mundo  se  postra,  y  aun  venera 
A  su  legislador  en  Justiniano  ? 

Trece  siglos  formaron  la  cadena 
Que  del  tiempo  presente  le  divide ; 
¿Es  hoy  el  mundo  lo  que  entonces  era? 

La  negra  edad  á  que  el  error  preside, 
Puede  dar  leyes  á  la  edad  luciente. 
En  que  de  todo  la  razón  decide  ? 


268  ANTOLOGÍA 

Cuando  ya  del  imperio  de  occidente 
Nos  queda  apenas  la  memoria  oscura, 
Cómo  es,  que  en  uno  y  otro  continente. 

Vemos  que  un  resto  deplorable  dura 
De  su  legislación,  y  que  la  ciencia 
Se  bebe  en  una  fuente  tan  impura  ? 

Aquí  si  que  se  acaba  la  paciencia 
A  mi  áspero  censor ;  y  sus  pulmones 
Esfuerza,  porque  atajen  mi  insolencia, 

«  Impura  aquella  fuente. .  .¡Las  lecciones 
De  un  Tribaniano  fútiles  reputa 
Quien  aun  no  sabe  atarse  los  calzones! 

«  Y  sin  haber  abierto  la  Instituta, 
Con  los  que  en  ella  estamos  empapados 
Se  atreve  este  bribón  á  armar  disputa ! ,  .  . 

«  Ya  se  vé!  Los  doctores  ilustrados 
A  cualquiera  dan  burla,  anillo  y  guante  (2) 
jY  quieren  que  tengamos  abogados!» 


FLORENCIO  BALCARCE 


LA   PARTIDA 


Circumdederunt  me  dolores  mortis 
Dolores  inferni  circumdederunt  me. 

Psalm.  XVII.. 


El  Dios  que  la  tierra  y  el  cielo  domina, 
Que  alienta  la  hormiga  y   el  cóndor  y  el  león, 
Me  ordena  que  deje  la  playa  argentina: 
Adiós  Buenos  Aires,  amigos  adiós. 

Cual  hoja  que  pende  de  rama  marchita, 
Que  baten  los  vientos,  las  aguas  y  el  sol, 

Y  trémula  al  soplo  del  aura  se  agita 
Su  caída  anunciando  continuo  temblor, 

Tal  seca  mi  vida  de  muerte  el  aliento; 
j\Ii  paso  vacila,  se  arruga  mi  faz ; 

Y  ya  desprenderme  del  árbol  me  siento, 

Y  entre  hojas  ¡  ay !  secas  al  suelo  bajar. 

Mas  viene  en  mis  sueños  el  ángel  luciente 
De  dulce  esperanza,  mi  amigo  más  fiel. 
Su  mano  acaricia  mi  lívida  frente. 
Sus  labios  me  dicen  palabras  de  miel : 


272  ANTOLOGÍA 

Allá  tras  los  mares  existe  otro  suelo, 
Que  oculta,  me  dice,  tu  antiguo  verdor. 
Su  voz  creo  y  sigo,  pues  viene  del  cielo : 
Adiós  Buenos  x\ires,  amigos  adiós. 


II 


Bl  ángel  esparce  destello  divino. 
Moviendo  sus  alas  en  aérea  región ; 
Destello  que  alumbra  del  negro  destino 
Los  hondos  arcanos,  la  oscura  mansión. 

Allí  me  describe  con  vivos  reflejos 
Bl  mundo  y  los  siglos  que  vienen  en  pos, 
¡Oh  Patria!  tu  nombre  reluce  á  lo  lejos, 

Y  el  sello  celeste  que  Dios  le  imprimió. 

Hermosos  trofeos  te  sirven  de  asiento ; 

Y  en  tanto  que  ciñe  la  gloria  tu  sien. 
Te  dan  mis  amigos  la  paz  y  el  contento, 
Con  frentes  ya  calvas  dictando  la  ley. 

Y  aquella  corona  que  yace  marchita 
Con  dos  ó  tres  hojas  de  tierno  laurel, 
¿A  quien  pertenece  que  el  mundo  no  habita  ? 
A  alguno  que  el  cielo ...  ¡La  mía  es  tal  vez ! 

Mas  no,  que  el  destino  mi  muerte  aun  no  ordena, 
No  extinta  del  todo  mi  estrella  quedó: 
Su  trémulo  curso  me  arrastra  hasta  el  Sena; 
Adiós  Buenos  Aires,  amigos  adiós. 


FLOREN  ;:iO    BALCARCE  273 

III 

En  medio  del  mundo,  yo,  pobre  extranjero, 
Debajo  de  un  cielo  de  bronce  á  mi  mal, 
Veré  solo  en  torno  desdén  altanero. 
En  vez  de  caricias  de  amor  maternal. 

Pero  odio  y  desdenes  son  precio  mezquino, 
Si  el  golpe  de  muerte  consigo  embotar, 

Y  algunos  instantes  robando  al  destino 
Llevar  mis  ofrendas  ¡  oh  gloria !  á  tu  altar. 

Entonces,  mil  veces  feliz  me  diría 
Si  viese  la  lumbre  del  sol  que  me  crió ; 
Si  el  agua  bebiese  del  río  que  un  día, 
El  pié  de  mi  cuna  bramando  lamió. 

De  inicuos  tiranos  el  ceño  que  espanta, 
La  turba  de  impíos  que  erguidos  están, 
Son  granos  de  polvo  que  el  viento  levanta, 
Cesando  los  vientos  al  suelo  caerán. 

Entonces  ¡oh  Patria!  tu  noble  bandera 
Flameando  en  las  nubes  con  nuevo  fulgor, 
Hará  que  gozoso  cantando  yo  muera: 
Adiós  Buenos  Aires;  amigos  adiós. 

IV 

Pero  ¡ay!  que  á  mis  oidos  el  viento  que  zumba, 
Es  voz  que  me  llama  á  la  otra  mansión; 
Do  clavo  los  ojos  descubro  una  tumba, 

Y  un  eco  de  muerte  responde  á  mi  voz. 


274  antología 

Mirando  á  la  Patria,  su  oprobio  me  humilla^ 
Sus  hijos  dormidos  su  afrenta  no  ven : 
Reluce  en  sus  cuellos  sangrienta  cuchilla 
Y  horrendas  cadenas  arrastran  sus  pies. 

¡  Oh  Patria !  si  nada  tu  gloría  me  debe, 
Jamás  tu  destino  del  hombre  pendió . .  . 
Yo  he  sido  una  gota  del  agua  que  llueve 
Perdida  en  la  noche  que  el  polvo  bebió. 

Amigos,  si  os  llama  tal  vez  el  acaso 
Al  suelo  extranjero  do  voy  á  morir, 
Por  Dios,  en  mi  tumba  tened  vuestro  paso;. 
No  todos,  no  todos,  se  olviden  de  mí. 

Adiós  dulce  sombra  del  techo  paterno; 
Adiós  compañeros  de  infancia  feliz: 
Amigos  queridos,  mi  adiós  es  eterno. 
Adiós  Buenos  Aires,  mil  veces  y  mil. 

A  bordo  del  Philadelphe — 1837. 


FLORENCIO   BALCARCE  275 


LAS    HIJAS    DEIv    PLATA 


CANCIÓN 

Las  tiernas  hijas  del  Plata 
Más  frescas  son  que  las  flores; 
Sus  palabras  son  amores, 
Dulce  halago  es  su  mirar, 

¡  Infeliz  quien  sus  virtudes 

Y  quien  sus  gracias  no  admira ! 
¡  Mas  infeliz  quien  las  mira 

Y  las  tiene  que  dejar ! 

Ten  las  alas  un  momento, 
No  me  robes  el  confejito 
Manso  viento. 

Cual  la  lumbre  que  de  noche 
La  luna  esparce  en  los  cielos, 
Nos  vierten  ellas  consuelos 
En  las  horas  de  amargor. 

Y  si  risueño  el  destino 
Placeres  nos  atesora. 
Son  como  flor  que  en  la  aurora 
Nos  embriaga  con  su  olor. 

Ten  las  alas,  etc. 


276  ANTOLOGÍA 

Sus  negros  ojos  alcanzan 
De  los  amores  la  palma; 
A  través  de  ellos  el  alma 
Se  ve  candida  brillar, 

Como  entre  arena  plateada 
Refleja  el  nácar  luciente, 
A  través  de  la  corriente 
Del  augusto  Paraná. 

Ten  las  alas,  etc. 

Sus  corazones  abrigan 
La  pureza  de  su  cielo. 
La  inocencia  de  su  suelo. 
Lo  benigno  de  su  Sol: 

Al  picaflor  ellas  vencen 
En  viveza  y  en  donaire, 
Y  les  da  la  flor  del  aire 
Su  fragancia  y  su  frescor. 

Ten  las  alas,  efe. 

¡  Pobre  de  mí  que  ya  nunca 
Las  veré  en  playa  extrangera! 
¡  Pobre  de  mí  cuando  muera 
Sin  que  me  aliente  su  voz! 

Si  escribió  suertes  risueñas 
Allá  en  su  libro  el  Eterno, 
También  cual  noche  de  invierno 
Oscuras  las  escribió. 

Ten  las  alas,  etc. 


FLORENCIO   BALCARCE  277 

¡Adiós,  estrellado  cielo! 
¡  Adiós,  oh  río  argentino ! 
Donde  me  arrastre  el  destino 
Serán  tus  hijas  mi  amor. 

¿  Cuál  habrá  entre  ellas  que  un  día 
Mi  oscuro  nombre  repita?.  . . 
¿Ningún  corazón  palpita 
Cuando  oye  mi  triste  Adiós? 

Ten  las  alas,  etc. 

A  bordo  del  Philadclphe,  Abril   5  de  1837. 


AIv  SEÑOR  DON  VÍCTOR  SILVA  * 

RECIÉN   ORDENADO    DE    SACERDOTE 

Humilla  al  polvo  la  elevada  frente 

Y  á  Dios  entona  ¡oh  Víctor!  alabanza, 
Que  El  te  extendió  su  mano  omnipotente 

Y  con  paterno  anhelo 

Alzarte  quiso  á  celestial  bonanza. 

Un  día  allá  desde  el  eterno  cielo, 
Cuando  la  mansa  faz  volvió  clemente 
A  esta  mansión  de  lágrimas  y  duelo, 


♦     Apareció  en  el  núm.  5  de  «El  Corsario»    periódico    de    Montevideo,  el 
29  de   Marzo  de  1840. 


2r8  ANTOLOGÍA 

Te  vio  benigno  que  en  la  pobre  cuna 

Lanzabas  el  fatídico  gemido 

Que  la  vida  del  hombre  anuncia  al  suelo: 

A  tí  inclinó  el  oído, 

Bañó  tu  faz  en  celestial  contento, 

Y  del  destino  en  el  profundo  arcano 
Kscrito  sobre  el  santo  firmamento, 
Borró  su  eterna  mano 

Los  terrenos  deleites  y  pesares 

Que  á  tu  vida  mortal  guardaba  el  mundo, 

Y  á  quemar  suave  incienso  en  sus  altares, 
A  ser  de  sus  bondades  santo  nuncio, 

A  servir  de  consuelo  al  débil  hombre, 
Con  sello  eterno  consagró  tu  nombre. 

Humíllate  otra  vez,  Silva,  pues  santa 
La  misión  es  que  el  cielo  te  confía; 
El  Señor  á  otra  esfera  te  levanta, 

Y  eres  más  que  mortal  desde  este  día. 

Tus  ojos  ven  allá  sobre  los  cielos 
Por  la  mano  de  Dios  con  fuego  escritos 
Nuevos  deberes  hoy,  nuevos  desvelos: 
Persecución  sin  tregua  á  los  delitos, 
A  la  virtud  apoyo 

Y  á  la  desgracia  auxilios  y  consuelos. 
Pronto  herirá  tu  oído 

En  el  pajizo  albergue  del  cristiano 

De  la  pobreza  el  lúgubre  alarido. 

Del  infortunio  el  lamentar  en  vano... 


FLORENCIO  BALCARCE  279 

Entonces  tú  le  tenderás  la  mano, 

Y  del  abismo  de  miseria  y  duelo 
En  que  abatido  el  corazón  yacía, 
Con  tu  consejo  sabio 

Alzarle  harás  á  la  bondad  del  cielo, 

Y  bendecir  al  Hacedor  del  día. 

Tu  voz  entonces  sonará  inflexible 
Contra  el  mortal  ceñido 
De  pompa  vana  y  mundanal  ruido: 
Bajad  al  polvo,  clamarás,  la  frente. 
Simulacros  de  cieno, 
Que  Dios  es  todo,  los  mortales  nada; 

Y  este  mundo,  esos  astros  y  ese  trueno, 
Dejarán  de  existir  eternamente 

Al  sonar  de  su  voz  omnipotente: 

¡  Adorad  al   Señor,  ciegos  mortales ! .  . .  . 

¡Bajad  al  polvo  la  orgullosa  frente! 

Cual  ángel  tutelar  del  débil  hombre 
Tu  sostendrás  la  marcha  vacilante 
Con  mano  poderosa. 
Desde  que  en  pobre  cuna  es  remecido 
Hasta  que  es  sepultado  en  yerta  fosa. 
Tu  mano  sacra  lavará  la  mancha 
En  la  frente  del  niño  ternezuelo, 
Cuando  gimiendo  asome 
A  arrastrar  su  existencia  en  este  suelo. 

Y  tu  sagrada  voz  sonará  fuerte 
Sobre  el  lecho  de  muerte, 


28o  antología 

En  que  se  aleje  tímido  del  mundo 
El  mortal  penitente  y  moribundo. 

Humilde  siempre,  humano, 
El  refugio  serás  del  desgraciado, 

Y  protector  del  huérfano  inocente 

Y  sostén  del  virtuoso  ciudadano. 

Pasaron  ya  los  tenebrosos  días 
De  lágrimas  y  horrores. 
En  que  el  mundo  escuchó  voces  impías 
De  indignos  sacerdotes 
Tronar  sobre  la  tierra  ensangrentada, 
A  venganzas  impuras 
Incitando  los  pechos  fraternales, 

Y  á  clavarse  los  bárbaros  puñales 
En  nombre  del  Señor  de  las  alturas. 

Pasaron  ya  los  tenebrosos  días 
En  que  el  débil  mortal  empuñó  ciego 
El  santo  crucifijo  y  la  cuchilla, 

Y  entre  el  horror  y  el  fuego. 
Respetuoso,  doblando  la  rodilla. 
Las  cenizas,  el  humo,  la  venganza, 
Los  gemidos  del  mísero  inocente 

Y  el  vapor  de  la  bárbara  matanza, 
Ofreció  reverente 

Como  grato  holocausto  al  Dios  clemente. 


FLORENCIO   BALCARCE  28 1 

En  sangre  tinta  y  destrucción  envuelta 
Asi  gimió  la  América  algún  día: 
Sobre  escombros,  cadáveres,  ruinas. 
La  cruz  enrojecida  se  erigía, 

Y  el  sacerdote  santo 

Con  el  soldado  impío  confundido 
De  guerra  alzaba  el  espantoso  canto 

Y  empuñaba  la  mecha  enfurecido. 
Era  Jesús  entonces  á  sus  ojos 

Un  Dios  sañudo  ansioso  de  venganza, 

Que  en  fúnebres  despojos. 

En  muerte  y  guerra  impía 

Al  lado  de  Jehová  se  complacía. 

Por  la  codicia  el  hombre  enceguecido, 
Un  Dios  como  él,  fanático  anunciaba, 

Y  á  criminal  olvido 

Sus  sagrados  preceptos  relegaba. 

Cuando  Jesús  del  Golgota  en  la  cima 
A  muerte  ignominiosa  se  vio  fijo: 
«No  saben  lo  que  hacen. 
Perdónalos,  Señor,  perdona»,  dijo. 

Y  cuando  irreverentes 

Nuestros  brazos  claváronle  la  lanza. 
Dijo,  en  vez  de:  Señor,  toma  venganza; 
«  Perdónales,  Señor,  son  inocentes. » 

Predica  tú  la  paz:  que  nuestro  suelo 
No  más  en  llanto  humedecer  se  vea. 


282  ANTOLOGÍA 

Y  que  la  voz  del  cielo 
Oyendo  de  tu  boca  el   ciudadano, 
Apague  ya  la  destructora  tea 

Que  arde  voraz  en  su  sangrienta   mano. 

Predica  la  clemencia:  que  la  patria 
No  más  se  vea  en  sangre  salpicada, 

Y  quede  entre  la  vaina  enmohecida 
La  justiciera  espada.  . .  . 

¡La  espada  justiciera  y  fraticida!.  . .  . 

Píntale  airado  en  tenebrosa  nube 
Nuestra  soberbia  frente  amenazando: 
El  rayo  pinta  en  su  tremenda  mano; 
El  huracán  lejano 
La  destrucción  del  mundo  murmurando, 

Y  entre  el  anuncio  del  estrago  infando 
De  Sodoma  y  Gomorra  escarnecidas 
Las  reprobas  cabezas  más  erguidas. 
Pero  al  soplar  de  Dios  la  ira  en  la  tierra, 
Pinta  sueltos  ios  vientos, 

Los  cielos  conmovidos, 

El  mundo  retemblante  en  sus  cimientos, 

La  luz  del  sol  rojiza, 

Y  los  vanos  mortales  convertidos 

En  nube  vil  de  polvo  y  de  ceniza .... 

También  yo,  miserable,  envanecido, 
Aquí  en  mi  seno  un  día 
Ligero  presté  asilo 
A  la  ambición  de  gloria  y  nombradía; 


FLORENCIO   BALCARCE  283 

Mi  ardiente  fantasía 
En  sueños  regalados 
Mil  de  veces  me  alzó  sobre  la  tierra 

Y  me  mostró  á  mis  plantas  humillados 
L/OS  hombres  y  la  fama  y  la  riqueza 
Que  el  univerpo  con  orgullo  encierra; 
Mil  de  veces  soñé  que  se  escondía 
Allá  sobre  las  nubes  mi  cabeza 

Y  que  el  Señor  en  vano  á  mi  grandeza 
Con  mano  airada  el  rayo  lanzaría. 

Pero  tu  voz  interrumpió  mi  sueño, 
¡Oh  Dios  omnipotente! 
Kl  dedo  tuyo  señaló  mi  frente, 

Y  un  eco  que  retumba 

Al  rededor  aún  de  mis  oídos, 

Mis  sueños  me  mostró  desvanecidos, 

Y  so  mis  pies  abriéndose  una  tumba. 

Mi  paso  vacilante. 
Mis  músculos  ya  yertos, 
La  mortal  palidez  de  mi  semblante, 
A  la  mansión  me  llaman  de  los  muertos ; 

Y  en  vano,  en  vano,  detener  la  vida 
Pienso  corriendo  procelosos  mares, 

Y  la  margen  florida 

Voy  á  buscar  del  bullicioso  Sena; 
En  vano  todo;  que  la  muerte  siento 
Difundirse  por  mí,  de  vena  en  vena. 

¡  Adiós,  amigo ! . .  .  Que  tu  esfuerzo  santo 


284  ANTOLOGÍA 

A  nuestra  patria  mísera  consuele; 

Y  pues  ordena  el  venerando  cielo 
Que  antes  mi  voz  y   corazón  se  hiele 
Que  escuche  repetido  por   el  mundo 
Con  respeto  profundo 

El  nombre  tuyo  en  premio  de  tu  anhelo, 
Yo  sin  gozar  tan  plácido  momento 
Débil  tributo  á  tus  virtudes  dando, 
En  sueño  extraño  moriré  contento .... 

¡Adiós,  adiós!     El  Argentino  río 
No  más,  tal   vez,  escuchará  mis  ecos ; 

Y  cuando  torne  el  ardoroso  estío, 
Sin  dejar  de  mi  vida  un  solo  rastro 
Solo  seré  vil  polvo  amigo   mío. 

Buenos  Aires,  Enero  2  de   1837. 


Eh  CIGARRO 


En  la  cresta  de  una  loma. 
Se  alza  un  ombú  corpulento, 
Que  alumbra  el  sol  cuando  asoma 
Y  bate  si  sopla  el  viento. 


•    Don  J.  M.  Gutiérrez  dice  que  esta  composición  fué  escrita  en  Francia, 
en  casa  de  tan  Martín,  inspirada   por   éste. 


FLORENCIO    BALCARCE  285 

Bajo  SUS  ramas  se  esconde 
Un  rancho  de  paja  y  barro, 
Mansión  pacífica,  donde 
Fuma  un  viejo  su  cigarro. 

En  torno  los  nietos  mira, 

Y  con  labios  casi  yertos : 
— ¡Feliz,  dice,  quien  respira 
El  aire  de  los  desiertos! 

Pueda,  al  fin,  aunque  en  la  fuente 
Aplaque  mi  sed  sin  jarro. 
Entre  mi  prole  inocente 
Fumar  en  paz  mi  cigarro. 

Que  os  mire  crecer  contentos 
El  ombú  de  vuestro  abuelo, 
Tan  libres  como  los  vientos 

Y  sin  más  Dios  que  el  del  cielo. 

Tocar  vuestra  mano  tema 
Del  rico  el  dorado  carro : 
A  quien  lo  toca,  hijos,  quema 
Como  el  fuego  del  cigarro. 

No  siempre  movió  en  mi  frente 
El  pampero  fría  cana; 
El  mirar  mió  fué  ardiente, 
Mi  tez  rugosa,  lozana: 

La  fama  en  tierras  agenas 
Me  aclamó  noble  y  bizarro; 


286  ANTOLOGÍA 

Pero  ya,  ¿qué  soy?  Apenas 
La  ceniza  de  un  cigarro. 

Por  la  patria  fui  soldado 

Y  seguí  nuestras  banderas, 
Hasta  el  campo  ensangrentado 
De  las  altas  cordilleras: 

Aun  mi  huella  está  grabada 
En  la  tumba  de  Pizarro. 
Pero  ¿que  es  la  gloria?  Nada; 
Es  el  humo  de  un  cigarro. 

¿Qué  me  dejan  de  sus  huellas 
La  grandeza  y  los  honores? 
Por  la  paz  hondas  querellas. 
Los  abrojos  por  las  flores : 

La  patria  al  que  ha  perecido 
Desprecia  como  un  guijarro, .... 
Como  yo  arrojo  y  olvido 
El  pucho  de  mi  cigarro. 

Las  horas  vivid  sencillas 
Sin  correr  tras  la  tormenta: 
No  dobléis  vuestras  rodillas 
Sino  al  Dios  que  nos  alienta. 

No  habita  la  paz  más  casa 
Que  el  rancho  de  paja  y  barro  ; 
Gozadla,  que  todo  pasa, 

Y  el  hombre,  como  un  cigarro. 


FLORENCIO  BALCARCE  287 


A  I^Á  MUERTE  DE  JOSÉ  C.  CASCO 


SAFICOS 

Siembras,  Señor,  el  sauce  en  la  llanura, 

Y  el  aura  pura  que  le  da  hoy  la  vida 
En  huracán  mañana  convertida 

Quiébrale  el  tronco. 

Ronco  bramando  de  la  pampa  el  viento, 
Desde  el  cimiento  arranca  la  cabana,  ^ 

Y  ayer  tranquilo,  hoy  vaga  en  la  campaña 

Trémulo  anciano. 

¡Vano  es  el  mundo,  la  esperanza  y  todo  ! 
Hiciste  lodo  al  infeliz  amigo 
Que  en  tierna  infancia  jugueteó  conmigo 
Joven  apenas. 

Llenas  las  horas  de  virtud  vivía, 

Y  cada  día  que  lució  en  Oriente 
Nuevo  vigor  virtió  sobre  su  frente 

Cándida  y  pura. 

—  Dura  va  á    ser  la    rama  que  he  plantado,. 
Dijo,  confiado  el  padre  entre  su  pecho. 
Pronto  hallaré  bajo  su  fresco  techo 
Báculo  y  sombra. 


288  antología 

Nombra  la  nada  quien  repite  vida; 
De  viento  henchida,  jen  viento  se  convierte ; 
Báculo,  planta,  sombra  hizo   la  muerte, 
Sueño  ligero. 

Pero,  ¿porqué,  buen  Dios,  recta  la  hiciste, 
Porqué  le  diste  pompa  y  lozanía, 
Si  apenas  fuerte  perecer  debía. 
Llanto  dejando? 

Cuando  sereno  el  cielo  más  se  ostenta 
Negra  tormenta  siempre  está  cercana. 
¿Es  el  vigor,  cual  fúnebre  campana, 
•  Nuncio  de  muerte? 

¿Serte  pudiera  grato  desde  el  cielo 
Ver  sin  consuelo  un  viejo  sollozando? 
¿  Burlas  al  hombre  y  te  complaces,  cuando 
Miras  que  gime? 

Dime,  Señor,  y  excusa  mi  osadía: 
¿Porqué  si  hería  al  mísero  inocente, 
La  espada  tuya  perdonó  la  frente 
Bárbara  alzada  ? .  .  .  . 

Nada  se  yo,  mi  lengua  lo  confiesa. 
Reptil  que  besa  mientras  vive  el  suelo, 
¿Cómo  á  tu  trono  levantar  el  vuelo 
Nunca  pudiera? 


FLORENCIO   BALCARCE  289 


Fuera  también  de  un  soplo  disipada 
Mi  desgraciada  vida  sobre  el  mundo, 
Y  este  infeliz  errante  y  moribundo 
Diérale  gracias 


Grand-Bourg,  Agosto  2  de  1837. 


EL  LECHERO 

Por  capricho 
Soy  soltero, 
Que  el  lechero 
Gozar  debe  libertad : 

Y  no  tengo 
Mas  vestido 
Que  un  bonete 
Carcomido, 

Y  un  rayado  chiripá. 

Pero  el  mundo 
Todo  es  mío : 
Yo  en  un  río 
Sé  nadar, 
Yo  en  el  campo  soy  un  viento, 

Y  en  el  pueblo  me  presento 
Sin  deseos 

Mas  constantes, 

Que  tener  buenos  marchantes 

Que  me  vengan  á  comprar. 


290  antología 

II 

Cuando  apenas 
Canta  el  gallo 
Mi  caballo 

Me  levanto  yo  á  ensillar: 
Ningún  otro 
Va  conmigo, 
Ni  conozco  más  amigo 
Que  me  sepa  acompañar. 

Y  al  oirme, 
De  mañana 
La  ventana 
Va  á  entornar 
La  que  se  había  dormido 
Sobre  su  lecho  mullido, 

Y  con  hambre 
Se  despierta, 

Y  me  busca. 
Mal  cubierta. 

Para  tener  que  almorzar. 

III 

Si  una  bella 
Por  ventura. 
Con  dulzura. 
En  la  calle  me  miró, 
De  la  leche 
Ya  me  olvido, 

Y  enamorado  perdido, 


FLORENCIO   BALCARCE  29I 

De  amor  solo  entiendo  yo. 

Mas  si  alguna 
Desdeñosa, 
Mostrarme  osa 
Desamor, 
La  digo  claro  que  es  fea, 

Y  me  crea  ó  no  me  crea, 
Yo  me  marcho 

Dando  gritos: 
Buena  leche  ; 
Marchantitos 
Buena  leche  vendo  yo. 

IV 

En  invierno 

Y  en  verano 
Siempre  gano 
Para  jugar  y  comer, 

Y  si  acaso 
Pierdo  un  día, 

Espero  en  Dios  y  en  María 
Que  otro  día  me  irá  bien: 

Pues  no  todo 
Sale  bueno: 
Se  oye  el  trueno 
Alguna  vez: 

Y  si  hoy  mi  caballo  rueda, 
Llegará  día  en  que  pueda 
Del  alcalde 


292 


ANTOLOGÍA 

Y  el  teniente, 

Hacer  burla 

Frente  á  frente 

Cuando  esté  firme  de  pies. 


V 


Así  paso 
La  semana, 

Y  en  mañana 

No  se  me  ocurre  pensar. 
Si  es  domingo 
Voy  á  misa, 

Y  no  me  mudo  camisa 
Si  no  la  puedo  encontrar. 

Soy  en  guerra 
Montonero; 
Soy  lechero 
Cuando  hay  paz: 
Solo  necesito  y  quiero 
Tener  pronto  un  parejero, 
Kn  que  pueda 
Bien  seguro, 
Si  se  ofrece 
Algún  apuro, 
No  correr,  sino  volar. 


FLORENCIO  BALCARCE 


293 


EL  ASESINATO   DE  QUIROGA 


SONETO 


Sombría  nube  encapotando  el  cielo 
De  Dios  anuncia  la  eternal  venganza ; 
Ansiando  sangre  y  bárbara  matanza 
Quiroga  insulta  con  su  aliento  el  suelo. 

Impune  mira  que  en  espanto  y  duelo 
Sepulta  al  pueblo  su  traidora  lanza: 
No  cree  que  el  rayo  vengador  le  alcanza» 
Cree  coronado  su  ambicioso  anhelo. 

Pero  Dios  truena  y  estremece  el  mundo, 
Su  rayo  vibra  con  tremenda  mano, 
Baja  Quiroga  al  báratro  profundo, 

Y  alza  la  frente  el  libre  ciudadano. 
¡  Ay  del  que  intente  esclavizar  al  mundo ! 
¡  Que  mire  ¡  oh  Patria !  y  tiemble  tu  tirano ! 


294  antología 

El.  CLAMOR  ARGENTINO  * 

(  INÉDITA  ) 

ENDECHAS   Á  LA   MEMORIA   DEL   CORONEL   DORREGO 

Del  inmortal  Borrego 
Quiero  cantar  la  gloria, 

Y  á  su  triste  memoria 
Tributar  el  honor: 

Mas  ¡ay!  que  el  alma  gime 
En  tétrico  lamento, 

Y  el  mísero  instrumento 
Resuena  con  dolor! 

Caro  Dorrego 
¿  Quien  parricida, 
Pudo  tu  vida 
Sacrificar  ? 
¡  Oh !  si  á  mi  acento 
Tu  revivieras ! 
Solo  me  vieras 
Llorar,  llorar. 

Sobre  la  tumba  fría 
Que  cubre  tus  despojos 
Con  lágrimas  los  ojos 


•  Cop.  del  manuscrito,  autógrafo  firmado  por  el  autor,  que  está  en  el   ar 

chivo  de  don  J.  M.  Gutiérrez,  existente  en  la  Bibl.  del  Senado  Nacional  . 


FI,ORENCIO  BALCARCE  295 

Publiquen  el  dolor; 
Tu  memoria  merezca 
El  más  tierno  holocausto, 
Y  tu  verdugo  infausto 
Desprecio  y  deshonor. 

Víctima  ilustre, 
Rayo  de  Marte, 
Para  vengarte 
Vuelve  á  vivir. 
Mi  gusto  fuera. 
Sombra  querida. 
Por  darte  vida 
Morir,  morir. 

Aunque  triunfar  supisteis 
Por  los  campos  de  Marte, 
Ignorabas  el  arte 
De  lidiar  á  traición: 
Protegías  ingratos 
Con  alma  viperina ; 
Y  fué  tu  infausta  ruina 
Tu  noble  corazón. 

Cuando  tu  vida 
Triste  exalabas 
Tu  perdonabas, 
Nosotros.  .  .¡no! 
Y  porque  el  odio 
Nunca  olvidemos, 
Repetiremos : 
¡Murió,  murió! 


296  antología 

Los  campos  de  Navarro 
Son  triste  monumento 
Del  fin  cruel  y  sangriento 
Del  héroe  federal, 
Que  del  pueblo  argentinos 
Aliviaba  las  penas, 
Que  rompió  las  cadenas 
Del  estado  Oriental. 

Su  sangre  al  cielo 
Venganza  clama, 
La  patria  os  llama: 
¡  Libres,  venid ! 
¡  Primero  muerte, 
Muerte  cual  bravos. 
Que  como  esclavos 
Gemir,  gemir! 

Ni  la  ley  ni  la  patria 
Que  atónita  suspira 
Ablandaron  la  ira 
Del  bárbaro  visir: 
Que  tu  sangre  sediento. 
Sangre  beber  quería, 
Y  tú  con  bizarría 
Le  enseñaste  á  morir. 

Suena  el  estruendo 
Caes  traspasado, 
Triunfa  el  malvado, 
¡  Que  ingratitud ! 


FLORENCIO   BALCARCE  297 

¡  Salud  Dorrego, 
Gloria  argentina, 
Sombra  divina, 
Salud,  salud! 

La  mitad  de  su  sangre 

Por  la  patria  ha  vertido, 

Y  el  resto  la  ha  perdido 

En  suplicio  cruel : 

Para  aplacar  sus  manes 

La  horda  vil  sucumba,  • 

O  allí  sobre  su  tumba 

Perezcamos  por  él. 

Kilos  tiranos 
Dieron  el  grito; 
¡Cuanto  delito 
Les  sigue  en  pos ! 
Adiós  por  siempre, 
Paz  y  armonía; 
Glorias  de  un  día 
Adiós,  adiós. 

¡  Granadinos !  La  Pola  no  existe, 
Por  la  patria  su  muerte  llorad, 
Por  la  patria  á  morir  aprendamos, 
O  juremos  su  sangre  vengar. 

Por  las  calles  y  al  pie  del  suplicio 
Asesinos,  gritaban,  temblad; 
Consumad  vuestro  horrible  atentado. 
Que  vendrá  quien  lo  sepa  vengar. 


298  ANTOLOGÍA 

Ni  el  temor  ni  halagüeñas  promesas 
Un  momento  me  harán  vacilar : 
Por  la  patria  gustoso  yo  muera 
¡  Oh !  que  dulce  es  por  ella  espirar  I 

Y  volviéndose  al  pueblo  le  dice : 
Pueblo  ingrato  yo  voy  á  espirar, 
Por  salvar  tus  sagrados  derechos  : 
¿Tal  infamia  podrás  tolerar? 

De  mil  modos  sus  manos  feroces 
Un  tirano  las  pudo  manchar 
Con  la  sangre  de  mil  inocentes, 
Que  las  patria  las  supo  vengar. 


LUIS  L.  DOMÍNGUEZ 


UNA  TARDE  EN  EL    DACÁ 


«Aquí  el  genio  se  siente  libre  y 
se  complace,  porque  aquí  es  dulce 
la  medicación:  si  él  agita  ella 
calma.» 

Mad.  Stael. 


De  una  ligera  barquilla 
La  sutil  y  leve  quilla 

presta  va 
Deslizándose  en  la  fina 
Superficie  cristalina 

Del  Dacá, 
No  arroyo  de  aguas  serenas 
Sino  de  sierpes  amenas 

de  cristal, 
Do  se  mira  retratada 
Su  bóveda  nacarada 

Celestial; 
Y  en  la  barca  navegando, 
Con  el  alma  palpitando 

Vengo  en  él, 
Derramando  por  el  seno 
De  mi   espíritu  sereno 

Dulce  miel, 


302  ANTOLOGÍA 

Y  admirando  la  evidencia 
Que  se  vé  de  la  existencia 

Del  Señor, 
En  donde  solo  se  apura 
La  sutil   esencia  pura 

Del  amor. 


II 

El  sol  como  globo 
De  pálido   fuego, 
Destella   suave 
Ivcjano   fulgor; 

Y  esconde  en  topacios, 
En  perlas  y  oro, 

Su  casi  apagado 
Marchito  color. 

Sus  débiles  rayos 
Que  leves  penetran 
Cual  finos   encajes 
Los  bosques,  se  ven ; 

Y  llegan  al  agua 
Dorando  su  linfa. 
Cual  rubios   cabellos 
En  pálida  sien. 


Y  así  que  las  luces 
Se  van  apagando. 
Parecen  los  campos 


LUIS  L,.    DOMÍNGUEZ  303 

Matices  manar; 

Y  al  céfiro  blando 
Que  aviva  las   tintas 
Por  premio  le  dejan 
El  ámbar  robar. 

Las  aves  que  pasan 
Jugando,  cantando, 
Besando  las  flores 
Se  embriagan  de  olor, 

Y  en  círculos  varios 
Se  ven  delirantes. 
Juntando  sus  picos 
En  nido  de  amor. 

¡  Feliz  quien   pudiera 
Cambiar  su   destino. 
Del  ídolo  amado 
Cambiarlo  á  la  par: 

Y  en    pos   de    esas    aves 
Volar  á  los  bosques, 

A  solo  en  amores 
lya  vida  pasar 

Se  ve  todavía 
Lucir  en  la  esfera 
El  bello  recuerdo 
Del  sol  que  se  fué; 

Y  aquí  de  las  altas, 
Hojosas  orillas, 


304  antología 

Cubriendo  las  aguas 
La  sombra  se   ve. 

Que  Sibila  Erítrea 
Pudiera  un   instante 
Venir,  y  los  siglos 
Que  vienen  pintar; 
Contarme  inspirada 
Las    cosas    que  vienen 

Y  de  estas  orillas 
Profética  hablar! 

Pero  ¡ah!  me  parece 
Mirarlas  un  día 
Con  casas  lujosas 
Que  el  arte  alzará; 

Y  á  vírgenes  bellas 
Cogiendo    las   flores 
De  ricos  jardines 
Que  baña  el  Dacá. 

Y  en  hora  cual  ésta, 
Ya  ver   me  parece 
Surcando   el  arroyo 
Barquilla  de  amor. 
Barquilla  que  lleva 
Coqueta  en  su  popa, 
Pareja  de  humanos 
Que   apura  dulzor, 


é 
LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  305 

Que  acerca  á    la  orilla 
La  barca  ligera, 
Que   un  joven  arranca 
Purpurea  una  flor, 
Que  luego  en  un  seno 
De  nieve  la  pone, 

Y  un  beso  por  premio 
Le  paga  el  amor. 

Y  estraños   que  pasan 
Quizá  por  su  lado, 

En  vez  de  culparlos 
Con  torpe    vigor. 
Sensibles  los    miran 

Y  dicen:  Pasemos, 
Que  gocen  felices,  .... 
La  vida  es  amor. 

Tal  vez  en  un  tiempo  .... 

¡Ah,  quien   lo  gozara! 

Feliz  fantasía 

Te  tornes  verdad : 

Mas  si  hoy  entre  espinas 

La  vida  se  pasa, 

Que  gocen  algunos 

Siquiera  esa  edad. 

III 

Apenas  luz    pasagera 
Del  crepúsculo  quedó; 


306  ANTOLOGÍA 

Y  el  dorado  de   la    esfera 
Ya  la  sombra  amarillo, 
Sombra  vaga  y  misteriosa 
Que  en   su  lánguido    existir 
Nos  despierta  religiosa 
Los  recuerdos  del  vivir. 

A  mi    barca    fugitiva 
La  detengo  en  su  volar, 
Para  suave  y  pensativa 
Quieta   el  alma  suspirar, 

Y  á  los  mustios  arrayanes, 

Y  á  las  aguas  del   Dacá, 
Contemplar  cual  talismanes 
En  que  Dios  y  amor  está. 

En  que  Dios  ¡y  que  verdad! 
¡En  qué   mente  de  criatura 
No  ha  brillado  su  luz  pura 
Si  vagó  en  la  soledad!.  .  .  . 
¡Si    admiró  por   un  instante 
Algún  prado,    una  colina, 
A  la  luna  peregrina, 
O  á  la  estrella  tremulante!.  . 


¿Y  que  pecho  cual  el  mió 
Joven,  presa  del  dolor, 
Contemplando  un  manso  río 
No  ha  pensado  en  el  amor, .... 
No  ha  deseado  que  en  su  brazo 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  307 

Palpitase  su   querida, 

Y  olvidar  en  su  regazo 

Los  tormentos  de  la  vida?  .... 


¡Ay!  alguno  tal  vez  goce 
Lo  que  apenas  pienso  yo  ...  . 
Que  cual  de  ese  sol  que  huyóse 
Ni  un  destello  nos  quedó, 
Así  he  visto  que  volaba 
Para  siempre  la  perder, 
La  lazada   que  me  ataba 
Con  el  mundo  y  el   placer. 


EL   RETRATO   DE  VÁRELA 

POETA  ARGENTINO 

(Sobre  el  álbum   de  su  hermano  Florencio) 

La  muerte,  es  uada;  el  olvido,  todo. 
Young. 

Si  en  la  corona  bella  que  á  tu  hermano 
Nuestra  patria,  Florencio,  ceñirá, 
Una  flor  puede  haber  pobre  aunque  pura, 
]Mi  mano,  buen  amigo,  la  pondrá. 


3o8  ANTOLOGÍA 

Eran  los  días  grandes  de  la  patria, 
Los  días  en  que  el  mundo  de  Colón, 
Sacudiendo  su  yugo  en  los  combates 
Con  su  sangre  borrara  su  baldón. 

Los  días  en  que  el  sol,  dios  de  los  incas, 
Reflejaba  su  rayo  divinal, 
Sobre  el  sol  que  adornaba  la  bandera 
De  Maipo,  Chacabuco  y  Tucumán. 

Los  días  en  que  América  se  alzaba 
La  frente  coronada  de  laurel, 
Con  un  regio  estandarte  por  alfombra, 

Y  una  joven  bandera  por  docel. 

Y  ese  lauro  cortado  con  la  espada 
De  Bolívar,  Belgrano  y  San  Martín, 
Con  sangre  de  cien  héroes  fecundado, 
¿Marchito  en  el  olvido  va  á  morir? 

No,  que  el  cielo  dio  el  trueno  á  las  tormentas, 
Huracanes  furiosos  á  la  mar, 

Y  á  los  héroes  dio  el  canto  de  los  vates, 
Las  glorias  proclamar  de  tu  nación. 

Así,  tu  voz  robusta. 
Tu  poderoso  canto. 
Tu  ardiente  corazón. 
Ofreciste  á  la  patria 
Con  entusiasmo  santo, 
En  sincera  oblación. 


LUIS  L.   DOMÍNGUEZ  309 

Y  tu  cantar  sublime 
Arrebató  al  olvido 

Su  veto  sepulcral: 
El  nombre  que  tu  hermano, 
Poeta,  haya  esculpido, 
Será  siempre  inmortal! 

¡Por  eso  el  varón  ínclito 
Que  su  estandarte  en  Lima 

Y  en  Chile  hizo  flamear, 

Y  de  los  altos  Andes 
En  la  nevada  cima 
Su  lanza  fué  á  clavar; 

Y  el  nombre  de  Cangallo 
Que  convirtió  en  hoguera 
El  bárbaro  español, 

Y  de  aquellos  valientes 
Que  el  Ituzaingo  viera. 
Vivirán  como  el  sol ! 

No  fuera,  poeta,  tu  solo  destino 
Subir  á  las  nubes  cual  sube  el  cóndor; 
Del  genio  debías  abrir  el  camino : 
Lo  abriste,  y  tu  gloria  tu  sien  coronó. 

Tu  canto  era  el  eco  de  un  himno  del  cielo, 
La  patria  fué  siempre  tu  musa,  tu  Dios, 
Mas,  ¡  ay !  que  cortaron  al  águila  el  vuelo, 
Al  bardo,  un  tirano,  sin  patria  dejó. 


3IO  ANTOLOGÍA 

¡  Proscripto !  cuál  crimen,  cuál,  fué  tu  pecado  ? 
¡  Incienso  á  la  patria  y  aromas  quemar ! .  . . 
¡  Ah  el  cielo  de  espinas  la  senda  ha  llenado 
Que  al  templo  conduce  de  gloria  inmortal! 

En  tanto  la  muerte,  velando  á  tu  lado, 
Infunde  en  tus  venas  veneno  cruel; 
Y  expiras,  poeta,  de  sueños  rodeado 
Más  bellos  que  el  cielo  más  dulces  que  miel. 

Y  tú  que  pasaste  tu  vida  afanosa 
Robando  á  la  tumba  su  presa  mejor. 
Dejaste  en  el  mundo  memoria  gloriosa, 
Joyel  de  la  patria  de  inmenso  valor. 

Y  el  mundo  que  admira,  Várela,  tu  nombre, 
Salvó  del  olvido  tu  imagen  también: 
¡Merezca  un  recuerdo  la  imagen  del  hombre; 
La  frente  del  vate  merezca  un  laurel ! 

Julio  28  de  1S40. 


4 

LUIS    L.    DOMÍNGUEZ  3II 


A  MAYO 


La  libertad  es  la   gloria  de  los  pueblos 
La  Mennais,. 


Hace  tres  siglos  ahora, 
El  trono  ibérico  entonce 
Sobre  acero  y  sobre  bronce 
Cimentado  había  un  rey, 
Cuya  espada  vencedora 
Humilló  á  los  otros  reyes ; 
Cuyos  gestos  fueron  leyes; 

Y  medio  mundo  su  gre}-. 

A  cuyo  carro  triunfante 
Guiaba  siempre  la  victoria, 

Y  sobre  él  iba  la  gloria 
Coronando  la  ancha  sien 
Del  monarca,  del  gigante. 
Que  si  el  mar  le  detenía. 
Yo  iré  más  lejos,  decía: 
Te  venceré  á  ti  también. 

Y  al  punto  un  genio  profundo 
Inspirado  por  Dios  mismo, 
Se  lanzó  con  heroísmo 
Al  temible,  ignoto  mar, 
A  sacar  un  nuevo  mundo 


312  AJíTOLOGIA 

Que  en  su  seno  es  escondía, 

Y  que  su  alta  fantasía 
Solo  pudo  adivinar. 

¡  Hace  tres  siglos  ahora! 

Y  la  América  inocente 
Tenía  pura  su  frente 
De  todo  infame  borrón; 

Y  de  si  misma  señora, 
Ni  soñó  en  futuras  penas 
Al  mirar  en  sus  arenas 
Las  banderas  de  Colón. 

¡Vieja  Europa  corrompida! 
Rebosaba  en  tí  el  veneno 

Y  quisiste  echarlo  al  seno 
De  una  tierra  virginal; 

Y  agobiarla,  enfurecida 
Con  tus  bárbaras  legiones 

Que  en  la  cruz  de  sus  pendones 
Escondían  el  puñal. 

¡No  bastaba  á  tu  codicia 
De  los  incas  la  corona; 
El  dosel  de  Moctezuma 
No  saciaba  tu   avidez. 
Con  satánica  avaricia 
Todo  el  mundo  americano 
En  el  hueco  de  tu  mano 
Pretendiste  asir  tal  vez! 


LUIS  I..   DOMÍNGUEZ  313 

América  ¡  ay  de  ti !  tu  dócil  cuello 
Puso  Dios  en  las  mauos  del  verdugo; 
Tocaron  á  degüello, 
Unciéronte  á  vil  yugo; 

Y  aquel  sol  que  ocultó  tu  hermoso  cielo, 
La  muerte  oscureció  con  negro  velo. 

Y  la  sangre  corrió  formando  lagos 

Desde  el  monte  escarpado  á  la  llanura: 

El  inca  apuró  á  tragos 

La  copa  de  amargura; 

Y  de  cráneos  alzóse  una  montaña, 
Monumento  de  oprobio  para  España. 

¡Oro,  oro!  aclamaba  el  extranjero; 

Y  á  quien  oro  á  montones  le  ofrecía 

Con  implacable   acero 
Su  corazón  partía; 

Y  á  su  vista  ¡  que  horror !  hacía  pedazos 
El  hijo  que  lloraba  entre  sus  brazos. 

¡Cumple  España  tu  suerte.,.,    ó  tu  delirio 
El  crimen  no  es  difícil :  sangre,  fuego ; 

Tu  das  hoy  un  martirio 

Que  el  tuyo  será  luego; 
Cuando  América   troze  sus  cadenas 
También   correrán  lagos  de  tus  venas! 

II 

¿No  oís?  rumor  lejano 

Se  escucha  allá  hacia  el   Plata, 


314  ANTOI.OGÍA 

Y  por  la   sierra  y   llano 
Cual   trueno  se   dilata, 

Y  va  rodando  al  mar. 
¿Acaso   son  las  iras 

Del  dios  de  las   tormentas  ? 
No,  no;  la  esclava    ilustre 
Cansada  ya  de  afrentas, 
Sus  hierros  va  á  trozar. 

¡Sublime  fué  aquel  día! 
Mirad!   un  mundo   entero 
Sacude   su  apatía, 
Empuña   fuerte  acero 
Con  ansia  'varonil; 

Y  ardiendo  en   fuego  santo 
El  que  era  ayer  esclavo, 
Donde  combate,  vence ; 

Que  el  hombre  libre,   es  bravo, 
El  siervo  es  un  reptil. 

Tan  arduo  fué  su  empeño 
Como  su  fin  grandioso. 
Al  despertar  del  sueño 
El  pueblo,  perezoso 
Sentía  el  corazón ; 
Pero  su  voz  potente 
Castelli  alzó :  y  la  llama 
Ou2  de  sus  labios  sale 
El  gran  Moreno  inflama 
Con  sólida   razón. 


LUIS   L.    DOMÍNGUEZ 

La  juventud  ardiente 
Que  á  glorias  solo  aspira, 
Se  abalanzó  de  frente 
A  contrastar  la  ira 
Del  gótico  león; 

Y  si  de  abismos  hondos 
Sembrada  halló  su  senda, 
También  ganó  laureles. 
Que  la  más  pura  ofrenda 
Para   la  patria  son. 

Tú,  San  Martín,  trepaste 
La  gigantesca  cima, 

Y  al  español  postraste 
En  Chacabuco,  en  Lima, 

Y  el  inmortal  Maipú. 
¡A  tí  laurel  eterno! 

¡A  tí  por  siempre  gloria ! 
Libertador,  te  aclama 
La  justiciera  historia 
De  Chile  y  el  Perú. 

Belgrano,  tu  alto  nombre 
Escrito  está  en  dos  templos ; 
Tus  hechos  ¡oh  grande  hombre! 
Serán  bellos  ejemplos 
Que  nunca  han  de  morir; 
Sabrán  los  venideros 
Que  en  Tucumán  triunfaste, 
Sabrán  que  al  pueblo  esclavo 


315 


3l6  ANTOLOGÍA 

La  senda  le  mostraste 
De  un  bello  porvenir. 

¡Balcarce!  tú  ceñiste 
Tu  frente  la  primera, 
Que  en   Cotagaita  fuiste 
El  que  la  azul  bandera 
Batió  en  pompa  triunfal. 
¡Pero  mirad!. .  .  ¡silencio! 
¡Más  alto  que  los  Andes 
Se  eleva  entre  laureles 
El  grande  de  los  grandes, 
Bolivar  inmortal! 


¡Y  cuanta  acción  hermosa 
Quedó  en  injusto  olvido! 
¡Cuanta  alma  generosa 
Incógnita  ha  subido 
Al  trono  del  Señor! 
¡Lloremos,  que  la  historia 
Con  su  buril  severo, 
No  grabará  sus  nombres 
Para  que  el  mundo  entero 
De  vivas  en  su  honor! 


III 

Tal  fueron  de  IMayo  los  días  de  gloría: 
Marchando  la  patria  de  lucha  en  victoria, 
A  filo  de  espada  sus  grillos  trozó; 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  317 

Y  el  drama  imponente  que  empieza  en  el  Plata 
I/a  América  joven  el  día  desata 

Que  allá  en  Ayacucho  su  Dios  alumbró. 

Entonces  del  polvo  la  augusta  matrona 
Levanta  la  frente  que  un  genio  corona 
Con  nueve  guirnaldas  de  palma  y  laurel; 

Y  aquellas  guirnaldas,  hermosa  diadema 
Del  libre  hemisferio,  son  fúlgido  emblema 
De  nueve  naciones  brotadas  en  él. 

Florido  destino  se  extiende  á  su  frente 
Si  en  ellas  germina  la  santa  simiente 
Regada  con  sangre  más  pura  que  el  sol, 
Si  saben  sus  brazos  arar  esa  tierra 
Que  en  duras  fatigas,  en  bárbara  guerra, 
Libraron  sus  padres  del  yugo  español. 

De  hoy  más,  cuando  miren  surcando  su  río 
Llegar  á  sus  puertas  ajeno  navio, 
Veránlo  acercarse  sin  mudo  pavor. 
Que  ya  de  la  España  no  son  los  galeones 
Que  vienen  á  darles  infames  prisiones 

Y  el  fruto  á  llevarse  de  tanto  sudor. 

El  hombre  de  Europa  traspasa  los  mares 
Huyendo  del  aire  que  infesta  sus  lares, 
Para  almas  altivas  veneno  mortal; 

Y  en  aras  del  pueblo  que  supo,  á  balazos, 
Librarse  de  reyes,  ofrece  sus  brazos. 

Sus  altas  ideas,  su  pingüe  caudal. 


31 8  '  ANTOLOGÍA 

¡Los  reyes!.  .  .  ¡Los  reyes!.  .  .  palabra  maldita 
Que  en  mengua  del  hombre  con  sangre  está  escrita 
Sobre  la  honda  tumba  del  tiempo  que  fué. 
¡Los  tronos!.  .  .  ¡blasfemia!  solo  hay  uno,  eterno! 
Los  otros  son  furias  que  aborta  el  infierno, 
De  la  ira  del  cielo  son  signos  talvez. 

¡  Ser  libre ! .  .  .   sin  miedo  decirse :  soy  dueño 
Del  lecho  en  que  gozan  mis  hijos  el  sueño, 
Del  lienzo  que  visten,  de  un  mísero  pan; 
Y  horribles  presagios  no  estar  entre  el  pecho 
Gritando  sin  tregua:  ¡tus  hijos  sin  lecho, 
Sin  pan  y  sin  lienzo  mañana  estarán ! 

¡Ser  libre!  ¡ser  hombre!  grandioso  programa 
De  Mayo  solemne;  magnética  llama 
Do  fueron  sus  hijos  la  espada  á  templar. 
¿Murieron  algunos?  ¡Felices!...  Al  menos, 
Un  templo  en  el  pecho  tendrán  de  los  buenos, 
Que  ingrato  el  olvido  no  irá  á  profanar. 

IV 

Y  de  tan  altos  varones 
Sobre  la  modesta  losa, 
Busque  el  vate  inspiraciones 

Y  oiga  el  mundo  sus  canciones 
Con  atención  religiosa. 

Y  las  vírgenes  en  coro, 
Con  guirnaldas  de  ciprés, 


LUIS   I,.    DOMÍNGUEZ  319 


Allí  viertan  tierno  lloro, 
Entonando  en  liras  de  oro 
Cantos  épicos  después. 

Y  vosotros  retoños  de  aquellos 
Que  trozaron  las  patrias  cadenas, 
Recordad  que  tenéis  en  las  venas 
Una  sangre  de  gran  magestad. 
No  olvidéis  que  al  partir  al  combate 
¡Libertad!  vuestros  padres  clamaban; 
No  olvidéis  que  en  la  cuna  os  cantaban 
i  Libertad !  i  Libertad !  ¡  Libertad ! 


1841. 


A     RUFINO    VÁRELA 


MÁRTIR    DE   LA    LIBERTAD 


Yo  colgué  mi  laúd  en  las  ruinas, 
Cuyo  horror  retraté,  de  un  cementerio, 

Y  crecieron  sobre  él  esas  espinas 
Que  coronan  del  vate  el  ministerio. 

Himnos  de  amor  sus  cuerdas  entonaron, 

Y  entonaron  también  patricios  cantos; 
Pero  ¡ay!  los  tonos  del  placer  callaron; 
Sus  armonías  hoy  solo  son  llantos. 


>20  "  ANTOLOGÍA 

Cuando  la  patria  arrastra  vil  cadena, 
Cuando  su  cuello  oprimen  los  tiranos, 
En  la  lira  del  vate  no  resuena 
Sino  el  grito  infeliz  de  sus  hermanos. 

Entonces  el  poeta  triste  llora, 

Y  el  nombre  de  los  héroes  diviniza 
Que  á  la  tumba  bajaron  en  su  aurora 

Y  el  martirio  sufrieron  con  sonrisa. 

Y  entonces  su  misión  es  un  castigo, 
Es  una  maldición  que  lanza  el  cielo. 
Si  entre  esos  nombres  está  el  de  un  amigo 
A  quien  la  muerte  sorprendió  en  su  vuelo. 

¡Triste  cosa  gran  Dios  venir  al  mundo 
Entre  llanto  y  dolor,  y  de  la  infancia 
Pasar  el  tiempo  estéril,  infecundo. 
Rompiendo  su  barrera  á  la  ignorancia! 

¡Llegar,  en  fin,  á  aquella  edad  florida 
En  que  se  sueña  un  porvenir  tan  bello, 
Y  en  esperanzas  rebosando  y  vida. 
Dar  á  la  muerte  el  arrogante  cuello! 


Morir. .  .  ¿Y  qué  es  la  muerte?  desatarse 
De  los  hierros  pesados  que  arrastramos, 
Y  en  espíritu  puro  levantarse 
De  este  fétido  lodo  en  que  nadamos; 


LUIS   L.    DOMÍNGUEZ  32  I 

Acostarse  en  un  lecho  de  dolores; 
Dormirse,  sin  hallar  leve  consuelo, 
Para  ir  á  despertar  entre  las  flores 
Y  los  campos  angélicos  del  cielo. 

El  hombre  aquí  en  la  tierra  es  peregrino 
Que  hacia  un  mundo  mejor  pasa  de  viaje; 
Una  vida  penosa  es  su  camino, 
Una  tumba  allá  al  fin  és  su  pasaje. 

¡Mas,  ay!  ardientes  lágrimas 
Vienen  á  ahogar  mi  canto: 
La  sombra  de  la  víctima 
Que  hace  brotar  mi  llanto 
Ante  mis  ojos  húmedos 
Ligera  atravesó. 

Envuelto  en  velo  fúnebre 
Pálido  vi  á  Rufino 
Mostrarme  el  pecho  cárdeno, 
Y  allí,  el  ancho  camino 
Por  donde  su  alma  candida 
Al  cielo  se  voló. 

¿Le  conocisteis  joven, 
Con  incansable  anhelo 
Dar  á  la  madre  débil 
En  su  vejez  consuelo, 
Siguiendo  la  difícil 
Senda  de  la  virtud; 


322  ANTOLOGÍA 

Y  de  los  sabios  émulo, 
Con  sin  igual  paciencia, 
Buscar  verdades,  ávido 
De  la  profunda  ciencia, 

Y  revolviendo  códigos 
Gastar  su  juventud? 

¿Le  conocisteis  héroe 
Gallardo  y  generoso, 
Tirar  la  pluma  inútil. 
Cambiando  su  reposo 
Por  disciplina  rígida. 
Por  sable,  y  por  fusil; 

Y  la  inocencia  virgen. 
Que  idolatraba  tanto. 

No  oir,  que  en  tierna  súplica 
Cortada  por  el  llanto, 
Pide  que  ceda  débil 
Al  ruego  femenil? 

¡Pobre  Rufino!  impróvido 
De  la  enemiga  suerte. 
No  oyó  la  voz  fatídica 
Del  ángel  de  la  muerte 
Que,  por  su  amante,  tímida. 
Le  hablaba  con  disfraz. 

Y  al  campo  voló  rápido 
De  la  feroz  batalla, 

Y  una  corona  espléndida 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  323 

Ganó  entre  la  metralla, 
Que  el  tiempo  ni  la  muerte 
Marchitarán  jamás. 

¡Dejemos  el  canto;  la  lira  no  alcanza 
Del  mártir  la  altura,  del  alma  el  dolor! 
Su  nombre  es  eterno,  ¡Várela!  ¡descansa, 
Que  guarden  tu  tumba  la  paz  y  el  amor! 

Enero  14  de  1840. 


EL   OMBU 


A  FÉLIX  frías,  en  bolivia 


En  el  Ombú  que  ha  brotado 
Con  el  germen  de  mi  mente, 
Estas  letras  he  grabado: 

«  A  Félix,  que  no  ha  olvidado 
Su  patria:  su  amigo  ausente:» 


Cada  comarca  en  la  tierra 
Tiene  un  rasgo  prominente: 
El  Brasil  su  sol  ardiente, 
Minas  de  plata  el  Perú, 
ISIontevideo  su  cerro, 
Buenos  Aires,  patria  hermosa, 
Tiene  su  pampa  grandiosa, 
La  pampa  tiene  el  ombú. 


324 


antología 

Esa  llanura  estendida, 
Inmenso  piélago  verde, 
Donde  la  vista  se  pierde 
Sin  tener  donde  posar, 
Es  la  pampa,  misteriosa 
Todavía  para  el  hombre. 
Que  á  una  raza  da  su  nombre 
Que  nadie  pudo  domar. 

No  tiene  grandes  raudales 
Que  fecunden  sus  entrañas, 
Pero  lagos  y  espadañas 
Inundan  toda  su  faz, 
Que  dan  paja  para  el  rancho, 
Para  el  vestido  dan  pieles. 
Agua  dan  á  los  corceles 

Y  guarida  á  la  torcaz. 

Su  gran  manto  de  esmeralda 
Esmaltan  modestas  flores 
De  aromáticos  olores 

Y  de  risueño  matiz, 

El  bibi,  los  macachines, 
El  trébol,  la  margarita, 
Mezclan  su  aroma  exquisita 
Sobre  el  lucido  tapiz. 

No  tiene  bosques  frondosos, 
Ni  aves  canoras  en  ellos; 
Pero  sí  pájaros  bellos 


# 

LUIS   L.   DOMÍNGUEZ 

Hijos  de  la  soledad, 
Que  siendo  únicos  testigos 
Del  que  habita  esas  regiones, 
Adivinan  sus  pasiones 

Y  acompañan  su  orfandad. 

Así,  nuncio  de  la  muerte 
Es  el  cuervo  ó  el  carancho ; 
Si  la  peste  amaga  el  rancho 
Sobre  el  techo  el  buho  está; 

Y  meciéndose  en  las  nubes, 

Y  el  desierto  dominando. 
Las  horas  está  contando 
El  vigilante  yajá. 

No  hay  allí  bosques  frondosos; 
Pero  alguna  vez  asoma 
En  la  cumbre  de  una  loma 
Que  se  alcanza  á  divisar, 
El  ombú  solemne,  aislado, 
De  gallarda  airosa  planta, 
Que  á  las  nubes  se  levanta 
Como  faro  de  aquel  mar. 

i  El  ombú  !  Ninguno  sabe 
En  que  tiempo,  ni  que  mano 
En  el  centro  de  aquel  llano 
Su  semilla  derramó. 
Mas  su  tronco  tan  ñudoso, 
Su  corteza  tan  roída. 


325 


326  ANTOLOGÍA 

Bien  indican  que  .su  vida 
Cien  inviernos  resistió. 


Al  mirar  como  derrama 
Su  raíz  sobre  la  tierra, 

Y  sus  dientes  allí  entierra 

Y  se  afirma  con  afán, 
Parece  que  alguien  le  dijo 
Cuando  se  alzaba  altanero : 
Ten  cuidado  del  pampero, 
Que  es  tremendo  su  huracán. 

Puesto  en  medio  del  desierto 
El  ombú,  como  un  amigo. 
Presta  á  todos  el  abrigo 
De  sus  ramas  con  amor: 
Hace  techo  de  sus  hojas 
Que  no  filtra  el  aguacero, 

Y  á  su  sombra  el  sol  de  Enero 
Templa  el  ra}-o  abrasador. 

Cual  museo  de  la  pampa 
]\Iu chas  razas  él  cobija; 
La  rastrera  lagartija 
Hace  cuevas  á  su  pie. 
Todo  pájaro  hace  nido 
Del  gigante  en  la  cabeza, 

Y  un  enjambre,  en  su  corteza, 
De  insectos  varios  se  ve. 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  327 

Y  al  teñir  la  aurora  el  cielo 
De  rubí,  topacio  y  oro, 

De  allí  sube  á  Dios  el  coro 
Que  le  entona  al  despertar 
Esa  pampa,  misteriosa 
Todavía  para  el  hombre, 
Que  á  una  raza  da  su  nombre 
Que  nadie  pudo  domar. 

Desde  esa  turba  salvaje 
Que  en  las  llanuras  se  oculta, 
Hasta  la  porción  más  culta 
De  la  humana  sociedad, 
Como  un  linde  está  la  pampa. 
Sus  dominios  dividiendo. 
Que  va  el  bárbaro  cediendo 
Palmo  á  palmo  á  la  ciudad. 

Y  el  rasgo  más  prominente 
De  esa  tierra  donde  mora 

El  salvaje,  que  no  adora 

Otro  Dios  que  el    Valichú^ 

Que  en  chamal  y  poncho  envuelto, 

Con  los  laques  en  la  mano 

Va  sembrando  por  el  llano 

Mudo  horror,  es  el  ombú.  (i) 


( I )  Los  pampas  y  casi  todas  nuestras  tribus  indígenas,  envuelven  el  cuer- 
po en  una  manta  de  lana  desde  la  cintura  hasta  las  pantorrillas,  que  lla- 
man chamal,  vestido  qiie  han  adoptado  nuestros  gauchos  bajo  el  conocido 
nombre  de  chiripá.  También  han  adoptado  éstos  las  bolas,  arma  de  caza  y 
guerra,  cuyo  nombre  indígena  es :  laques.  Creo  que  el  lenguaje  poético 
debe  preferir  las  palabras  chamal  y  laques,  lo  mismo  que  la  acentuación 
que  he  usado  en  la  palabra  que  vulgarmente  se  pronuncia  gualichú  ó  va- 
lichú. Véase:  costumbres  délos  pegüenches,  por  Cruz  Angelis,  Tomo  pri- 
mero.    (Nota  de  la  composición). 


328  ANTOLOGÍA 

j  Cuanta  escena  vio  en  silencio ! 
¡  Cuantas  voces  ha  escuchado 
Que  en  sus  hojas  ha  guardado 
Con  eterna  lealtad! 
El  estrépito  de  guerra 
»Su  quietud  ha  interrumpido : 
A  su  pie  se  ha  combatido 
Por  amor  y  libertad. 

En  su  tronco  se  leen  cifras 
Grabadas  con  el  cuchillo, 
Quizá  por  algún  caudillo 
Que  á  los  indios  venció  allí ; 
¡Por  uno  de  esos  valientes 
Dignos  de  fama  y  de  gloria, 

Y  que  no  dejan  memoria 
Porque  nacieron  aquí!.  . . 

A  su  sombra  melancólica. 
En  una  noche  serena. 
Amorosa  cantilena 
Tal  vez  un  gaucho  cantó, 

Y  tan  tierna  su  guitarra 
Acompañó  sus  congojas, 

Que  el  ombú  de  entre  sus  hojas 
Tomó  rocío  y  lloró. 

Sobre  su  tronco  sentado 
El  señor  de  aquella  tierra, 
De  su  ganado  la  yerra 
Presencia  alegre  tal  vez ; 


LUIS   L.    DOMÍNGUEZ  329 

O  tomando  el  laatecito 
Bajo  sus  ramos  frondosos 
Pone  paz  á  dos  esposos, 
O  en  las  carreras  es  juez. 

A  su  pie  trazan  sus  planes 
Haciendo  círculo  al  fuego, 
Los  que  van  á  salir  luego 
A  correr  el  avestruz.  .  . 
Y  quizá  para  recuerdo 
De  que  allí  murió  un  cristiano, 
Levantó  piadosa  mano 
Bajo  su  copa  una  cruz. 

Y  si  en  pos  de  amarga  ausencia 
Vuelve  el  gaucho  á  su  partido. 
Echa  penas  al  olvido 
Cuando  alcanza  á  divisar 
El  ombú,  solemne,  aislado, 
De  gallarda  airosa  planta, 
Que  á  las  nubes  se  levanta 
Como  faro  de  aquel  mar. 

Montevideo,  Junio  8  de  1S43. 


antología 


A  MAYO  * 


EN   MONTEVIDEO,    EL    AÑO    1S44 


Aquí  el  fiero    opresor  de  la  patria 
Su  cerviz  orguUosa  dobló. 

Himno  Argentino. 


No  era  el  cañón  guerrero  el  que  tronaba 
Cuando  el  sol  de  este  día  se  elevaba ; .  . .  . 
No  era  el  cañón  que  guarda  los  umbrales 
Del  templo  de  las  leyes  orientales, 

Y  sugetó  la  furia  del  torrente 

Que  á  tragarlas  venía  en  su  corriente; 

Era  el  grito  gigante  con  que  expresa 
Su  libertad  un  pueblo  y  su  grandeza; 
Era  el  eco  de  bronce  de  la  historia 
Que  pregona  de  América  la  gloria; 
Era  la  voz  tremenda  que  retumba 
Para  anunciar  al  déspota  su  turaba; 
Era  que  el  sol  de  Mayo  se  mostraba, 

Y  la  América  toda  le  adoraba. 

¡Y  otra  vez,  sol  hermoso,  yo  te  adoro! 
Otra  vez  en  tu  honor  la  musa  mía 


•_  Cantos  á  Mayo,  pág.  85. 


0 
LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  33I 


Pulse  las  cuerdas  de  la  lira  de  oro 

Y  en  ofrenda  te  lleve  su  armonía. 
A  ese  sol  que  los  incas  adoraron 

Cuando  suyo  era  el  suelo  que  pisaban, 
Cuando  extranjeros  gritos  no  turbaban 
El  aire  que  sus  padres  respiraron; 

A  ese  sol  que  la  sangre  americana 
Que  el  acero   español   vertió  á  torrentes, 
Bebía  con  sus  rayos  más  ardientes 
Por  que  brotase  un  día  más  lozana; 

A  ese  sol  que  que  miró  de  sus  alturas 
Germinar  y  nacer  el  pensamiennto 
Que  dio  á  mi  patria  varonil  aliento 
Para  rasgar  sus  viles  ataduras:.  .  . 

Dios  de  América,  á  tí,  ¡oh  sol  de  ]Mayo! 
Otra  vez  cantará  la  musa  mía, 

Y  al  calor  vigoroso  de  tu  rayo 
Los  tonos  templará  de  su  armonía 

II 

Bien  conoce  el  mundo  entero 
Tu  historia,  grandioso  día, 
De  mis  padres  el  acero, 
En  cien  campos  la  escribió . . . 
Y  si  no  supieron  leerla 
Esos  sabios  de  la  Europa, 
Vayan  á  España  á  saberla 
Que  á  su  pesar  la  aprendió,  (i) 


(i)     K!  autor  de  estos  versos,  escribe  con  pena  toda  palabra  que  pudiera 
herir  ei  puuuoiior  átla.  joven  España.  Para  que  á  esta  parte  de  su  composi- 


332  ■  ANTOLOGÍA 

Era  un  ser  que  se  escondía 
Entre  los  mares  la  América, 
Que  Colón  cautivó  un  día 
Para  la  grande  Isabel. 
Luego   víctima  inocente 
De  infernales  ambiciones, 
Dobló  mísera  la  frente 
Bajo  el  yugo  mas  cruel. 

Mas  al  fin  el  pecho   noble 
Por  la  libertad  latiendo, 
Vigorosa  como  el  roble 
Sus  cadenas  destrozó; 

Y  aquel  león  castellano 
Que  á  la  América  asolaba, 
Fué  arrojado  en  el  océano, 

Y  á  su  España  se  volvió. 

Bien  conoce  el  universo 

A  Bolívar,  á   Belgrano, 

A  San  Martín;  ni  mi   verso 

Nombra  el  primero  al  Perú, 

Dó  nuestros  padres  cortaron 

Los  magníficos  laureles 

Que  en  las  banderas  colgaron 

De  Aj'acucho  y  de  Maipú. 


ción  no  se  quiera  dar  un  sentido  torcido,  declara  que  solamente  habla  con 
la  España  en  la  época  de  opresión  y  atraso  que  se  prolongó  desde  el  rei- 
nado de  Felipe  II  hasta  el  de  Kernando  Vil.  La  España  de  hoy,  es  nuestra 
hermana.  Los  vincules  que  ros  tnfan  han  ricibido  consistencia  perdurable, 
desde  que  los  hijos  de  ambas  regiones  combatimos  en  las  mismas  filas  bajo 
las  bacderas  de  la  libertad. 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  333 

Y  conoce  el  mundo  entero 
Las   hazañas  prodigiosas, 
El  espíritu  guerrero 

Del  continente  del  sur; 

Y  el  genio  audaz  que   guiaba 
A  Castelli  y  á  Moreno, 

Y  que  á  López  inspiraba, 

Y  á  Várela  y  Lafinur. 

Y  es  sabido  también,  en  todo  el  mundo. 
El  pensamiento  colosal,  profundo, 
Que  en  el  silencio  y  calma  meditaron 
Esos  que  en    Mayo  ¡libertad!  clamaron. 

Derramando  destellos  refulgentes 
De  aquellos  pensadores  y  altas  frentes 
Por  el  hermoso  Americano  suelo 
Difundía  una  luz  como  del  cielo; 
Y  á  la  voz  libertad  y  democracia, 
Con    candor  virginal,  llena  de  gracia. 
Comenzó  á  andar  América  la  bella 
Por  su  fácil  y   florida  huella, 
Que  guiaba  á  encantado  Paraíso 
Donde  todo  era  paz  y  dulce  hechizo. 

Mas  una  de  sus  hijas,  la  primera 
Que  el  eslabón  despótico  rompiera, .... 
En  la  marcha  perdiendo  el  buen  sendero, 
Se  encontró  por  su  mal  con  un  guerrero 
Que  un  bosque  de  laureles  al  instante 
La  señaló,   diciéndola;  ¡adelante! 

La  ninfa,  fascinada  ó  atrevida, 
Al  bosque  penetró  ....    ¡quedó  pérdida! 


334  ANTOI^OGIA 

Allí  todo  fué  caos  y   tinieblas; 
De  lágrimas  y  sangre  había  nieblas: 
El  suelo  por    que  andaba  á  tropezones, 
Era  un  erial  do  mil  revoluciones, 
Como  horribles  serpientes  venenosas, 
Rodaban  enroscándose  furiosas. 
Los  ayes  del  dolor  más  penetrante 
Conturbaban  el  aire  cada  instante; 

Y  cuando  ya  cansada,  en  agonía, 
Al   borde  del  sepulcro  parecía. 

Del  moribundo  en  la  postrera  rabia. 
Pronunció  en  un  quejido:  ¡Rivadavia!.  , ,  . 

Y  cual  cediendo  á  celestial  prestigio. 
En  el  caos  terrible  obró  un  prodigio. 
Rasgóse  el  tenebroso,   espeso  manto, 

Y  al  través  de  las  nubes  de  su  llanto, 
Divisó  por  los  cielos  como  un  rayo . .  . 
¡Era  tu  luz  divina  oh  sol  de  Alayo! .... 
¡Era  tu  luz  hermosa  y  primitiva. 

Que  en  la  cuna  quedara  ya  cautiva. 
Que  el  genio  y  la  virtud  salvan  ahora 
Porque  otra  vez  te  muestres  en  tu  aurora ! 

Entonces,  Buenos  Aires,  las  naciones 
Con  respeto  miraron  tus  pendones; 
Entonces  resonó  por  todo  el  mundo 
El  pensamiento   colosal,  ¡profundo. 
Que  en  el  silencio  y  calma  meditaron 
Esos,  que  en  Mayo,  libertad  clamaron, 

Y  demandaste  á  la  severa  historia 
Lugar  eterno  de  brillante  gloria. 


LUIS   L.    DOMÍNGUEZ  335 

III 

Más  ¡ay!  que  en  los  pajonales 
De  la  pampa   solitaria 
Está  creciendo  en  maldades, 
En  sed  de  sangre  feroz, 
El  tigre  que  aguza  el  diente 
Para  morderte,  mi  patria, 

Y  desgarrar  inclemente 

Tus  miembros  con  furia  atroz. 

Y  arrojar  á  sus  cachorros 
Tu  bello  cuerpo  en  pedazos, 

Y  de  tu  sangre  en  los  chorros 
Sus  gargantas  empapar; 

Y  así  con  rabia  maldita 
Ebrios  de  horror  y  ruina, 
Alzar  furibunda  erita 

Y  entre  crímenes  marchar. 

Y  salió  al  fin  de  la  pampa 
Bajo  disfraz  de  cordero. 
Para  mejor  á  la  trampa 

A  la  víctima  atraer; 

Y  mi  patria  desdichada, 
En  las  garras  asquerosas 

Del  tigre,  del  monstruo  Rosas, 
Incauta  vino  á   caer. 

Y  cuando  en  mortal  desmaya 
La  vio  el   hipócrita  gaucho, 


336  ANTOLOGÍA 

A  la  cincha  del    caballo 
La  arrastró  sin  compasión; 

Y  allá,  en  la  pampa  salvaje, 
Con  las  uñas  carniceras, 
Tuvo  el  bárbaro  coraje 
De  arrancarla  el  corazón. 

Y  alzándolo  por  los  aires 
En  el  sangriento   cuchillo 
Exclamaba:  ¡Oh  Buenos  Aires! 
¿En  donde  está  tu  pudor? 

Y  clavado  en  duros  hierros, 
A  carcajadas  riendo, 

Lo  mostró  impío  á   los  perros. 
Zuzándolos  á  morder. 

Y  en  la  picota  infamante 
Escribió  por  mas  escarnio: 
Acércate  caminante, 

¡  Aquí  está  la  Gran  Ciudad! 

Y  en  la  aurora  del  gran  día. 
Iba  su  chusma  salvaje 

A  cantar  en  parodia: 
/  Oid  mortales :  libertad! 

Las  banderas  y  trofeos. 
Las  ricas  glorias  del  Plata, 
Con  los  sarcasmos  más  feos 
Intentaba  deslucir; 
Porque  los  que  eran  gusanos 


0 

LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  337 

Cuando  otros  eran  condores, 
Quieren  con  fango,  villanos, 
A  los  condores  herir. 

Y  la  fecunda  simiente 

Que  nuestros  padres  sembraron, 

Y  á  nosotros  nos  legaron 
Para  sus  frutos  coger. 

El  tigre  con  cruda  saña, 
Incapaz  de  anonadarla, 
Sofocaba  con  zizaña 
Donde  empezaba  á  nacer. 

Pero  la  semilla  hermosa, 
Bajo  de  tierra  escondida. 
Con  el  tiempo  más  nutrida, 
En  perfecta  madurez; 
Esperará  un  nuevo  rayo 
Del  calor  vivificante 
Que    tuviste,  sol  de  Mayo, 
El  inmortal   año   diez. 

Y  tú,   vestiglo,   demonio, 
Te  volverás  á  tu  infierno, 
Y^  tú  nombre  será  eterno 
Recuerdo  de  odio  y  horror; 

Y  las  viejas  al  nombrarte 
Tomarán  sus  crucifijos, 

Y  con  tu  nombre,  á    sus  hijos 
Pondrán  las  madres  pavor. 


338  ANTOLOGÍA 

Esclava  así  la  que  nació  señora, 
Segunda  vez  sobre  sus  fierros    llora, 

Y  llora  con  dolor  la  hija    del   Plata, 
Porque  el  tirano  que  sus  brazos  ata, 

Si  no  es  de  aquella  raza  de  extranjeros 
Que,  mercaderes,  frailes  y  guerreros, 
Cargados  de  cadenas  se  venían 

Y  cargados  de  plata  se  volvían. 

Que  la  ley  predicaban  del  Dios  hombre 
Para  mandar  como  amos  en  su  nombre. 
Es  un  hijo  bastardo  de  su  suelo 
Que  alma  de  fango,  corazón  de  hielo 
No  recibió  de  Mayo  la  influencia. 
Renegó,  miserable,  su  creencia, 

Y  encarnó  en  él  el  último  latido 
Del  despotismo  ibérico  vencido. 

Por  eso  le  miramos  incesante 
Ir  socabando  el  pedestal  gigante 
De  la  revolución.  Por  eso  todo 
Cuanto  en  pié  resistió,  con  sucio  lodo 
De  sarcasmo  y  blasfemia  ha  deslustrado. 
Por  eso,  ¡  oh  Buenos  Aires !,  te  ha  humillado. 
Por  eso  tuvo  la  infernal  audacia 
De  desdorar  la  santa  democracia, 
La  plebe  embrutecida  levantando 

Y  sus  torpes  pasiones  fomentando, 
Para  que  hundida  en  asqueroso  vicio 
Se  derrumbe  al  horrendo  precipicio, 
Mientras  él,  sin  el  freno  de  las  leyes. 
Remeda,  imbécil,  los  feudales  re}es. 


I 
I 


LUIS  L.   DOMÍNGUEZ  339 

Por  eso  es  que  confisca  y  que  destierra ; 
Por  eso  vive  en  fratricida  guerra, 

Y  por  eso  el  cuchillo  maszorquero 
Degüella  sin  piedad  al  extranjero, 
A  la  débil  mujer,  al  ciudadano; 

Y  por  eso  su  imagen  de  tirano 

Al  templo  fué  á  pedir  adoraciones ; 

Y  por  eso.  .  .  sobre  él. .  .  ¡mil  maldiciones!.... 

IV 

Ardiendo  un  día  en  fiebre  de  matanza, 
Concibe  ese  tirano  la  esperanza 
De  oprimir  con  su  pie  la  bella  frente 
De  la  joven  República  de  Oriente, 

Y  uncida  con  su  hermana  al  mismo  yugo. 
Continuar  sus  proezas  de  verdugo. 

Vinieron  sus  ordas. 
Los  campos  llenaron, 
Con  sangre  marcaron 
Su  marcha  triunfal. 
Soberbios  clavaban 
Sus  lanzas  de  guerra 
Gritando:  Esta  tierra 
Ya  no  es  Oriental. 

¿Do  están  los  que  intentan 
Probar  nuestros  sables? 
¿Querrán  miserables 


-340  ANTOLOGÍA 

La  suerte  seguir 

De  Lavalle  y  de  Acha, 

Y  de  tantos  otros 
Que  contra  nosotros 
Osaron  venir? 

¿  Sabéis  nuestra  historia  ? . .  . 
Ved  á  nuestra  espalda 
Cual  es  la  guirnalda 
De  nuestro  valor. 
Do  quiera  estuvimos 
Cabezas  rodaron, 
Doncellas  alzaron 
Inútil  clamor ,  . . 

¿Quien  oye  y  no  tiembla, 
Nuestra  voz  de  guerra  ? 
! Rendirse!  Esta  tierra 
Ya  no  es  Oriental . .  . 

Y  así  los  salvajes 
Gritando,  corriendo, 
Venían  blandiendo 
Su  agudo  puñal. 

Montevideo  ¿y  tú,  dócil  el  cuello 
Entregarás  al  bárbaro  degüello? 
¿Tú,  tan  dichosa  y  rica  y  adorada, 
Serás  por  esas  hordas  profanada  ? 
¿No  eres  tú,  por  ventura,  la  barrera. 
El  único  baluarte  en  quien  espera 


LUIS   Iv.   DOMÍNGUEZ  34T 

La  libertad  del  Plata  perseguida, 
Guarecerse  y  salvar  su  hermosa  vida? 
¿  Tu  genio  tutelar,  tu  ángel  de  guarda 
El  incendio  voraz  dejará  que  arda. 
Que  devore  y  arruine  tu  belleza, 
Y  que  á  Rosas  presenten  tu  cabeza? 

■  No  será,  pese  al  tirano ! 
Que  con  el  bélico  arreo 
Yo  le  vi,  I\íontevideo, 
A  tu  genio  tutelar  (i) 
Salir  bizarro  á  tu  frente, 
rJandir  la  pujante  lanza 
Y,  libertad  y  venganza. 
Con  voz  robusta  exclamar. 

Y  le  vi  cruzar  tus  calles 

El  patriotismo  encendiendo, 

Y  en  las  masas  infundiendo 
La  conciencia  del  valor; 

Y  gritar:  El  que  nace  hombre 
No  ha  nacido  para  esclavo, 

Y  el  que  es  libre  ha  de  ser  bravo 
Si  á  los  grillos  tiene  horror. 

Y  al  mirarse  solo  y  débil. 
Sin  cañones,  ni  metralla. 


(:)  Este  genio  tutelar  no  es  el  sín;loIo  de  ninguna  persona.  ¡No  !  La  re- 
sistencia de  Montevideo,  no  es  para  el  poeta  la  gloria  exclusiva  de  ningún 
hombre.  El  genio  tutelar,  no  es  más  que  la  expresión,  pálida  por  cierto,  del 
espíritu  de  este  pueblo  heroico.  (Kota  de  la  composición). 


342  ANTOI,OGÍA 

Sin  baluarte,  ni  muralla, 
Para  poder  resistir, 
Las  audaces  creaciones 
Vi  del  genio  de  esta  tierra, 
Para  hacer  gloriosa  guerra 
Hasta  vencer  ó  morir. 

A  los  ricos  les  decía : 

¿  Qué  vale  sin  patria  el  oro  ? 

A  su  altar  vuestro  tesoro 

En  holocausto  llevad. 

Cambíense  vuestros  metales 

Por  las  armas  victoriosas 

Que  han  de  dar  la  muerte  á  Rosas 

Y  á  la  patria  libertad; 

Y  decía  á  los  que  fueron 

En  otro  tiempo  cañones:  (i) 
Sacudid  mudos  leones 
Tan  vergonzosa  quietud ; 
Vivid  y  bramad  como  antes; 
Lanzad  el  rayo  y  el  trueno; 

Y  al  tronar  de  vuestro  seno 
Húndase  la  esclavitud. 

Y  decía  á  los  extraños : 
Al  defender  mis  derechos 


(i)  Para  artillar  las  fortificaciones  de  esta  plaza,  que  en  los  momentos  de 
la  invasión  estaba  desguarneciila  de  cañones,  se  arrancaron  los  que  servfan 
de  postes  en  las  calles  de  la  ciudad,  y  con  ellos  se  montaron  tnás  de  cien 
piezas.  (Nota  de  la  composición;. 


LUIS   L.   DOMÍNGUEZ  343 

Salvaré  todos  los  techos 
Que  mi  egida  cubrirá. 

Y  decid :  ¿  Si  en  medio  al  Plata 
Alcanza  á  un  barco  el  pampero, 
Indolente  el  pasajero 

La  borrasca  mirará  ? 

Y  á  los  suyos  les  decía, 
Mostrándoles  su  bandera : 
Eterna  gloria  os  espera 
Si  la  hacéis,  pura,  batir. 
El  pensamiento  de  Mayo 
Sostenéis  con  los  aceros 
Que  de  Mayo  los  guerrreros 
Os  legaron  al  morir. 

Y  si  Dios  dijo,  allá  arriba, 
Montevideo  sucumba; 
Laureada  baje  á  la  tumba 
Como  Cangallo  bajó. 

Y  al  pasar  frente  á  sus  playas 
Diga  el  nauta  con  asombro : 
Bajo  ese  mísero  escombro 

L^n  pueblo  heroico  cayó : 

Y  así  iniciado  un  grande  juramento, 
Con  tremendo  clamor  atronó  el  viento 
El  grito  colosal  de  un  pueblo  fuerte, 
Que  repetía :  /  libertad  ó  muerte  ! 

Sol  de  Mayo,  detente  en  el  espacio, 
Y  mira  de  tu  espléndido  palacio 


344  antología 

Que  aún  cultiva  tu  América  querida 
El  que  tu  germinaste,  árbol  de  vida. 
Ven  á  ver  el  esfuerzo  sobrehumano 
De  un  pueblo  que  combate  á  su  tirano, 

Y  rompe  al  fin  la  nube  de  escarlata 

Que  tu  lumbre  ha  eclipsado  sobre  el  Plata. 

Y  tú,  ninfa  hechicera  de  este  río. 
De  reyes  y  tiranos  codiciada. 
Nunca  pudiste  desceñir  la  espada 
Que  no  debieras  esgrimir  jamás. 
Roto  una  vez  de  servidumbre  el  yugo, 
Para  siempre  envainar  debió  el  acero 
El  pueblo  que  aspirase  al  verdadero 
Eauro  envidiable  de  progreso  y  paz. 

Mas  la  herencia  fatal  de  sus  abuelos 
Agobiaba  de  América  los  hombros, 

Y  al  quererla  arrojar,  en  sus  escombros 
Debía  á  cada  instante  tropezar; 

Y  de  ahí  la  anarquía  y  sus  horrores, 

Y  de  ahí  la  ambición  y  el  egoísmo, 
De  ahí  Montevideo,  el  negro  abismo 
Que  encontraste  á  tus  pies  al  despestar. 

Tú,  tan  rica  otro  tiempo  y  tan  hermosa, 
Una  arena  eres  hoy  de  lidiadores. 
Tu  cintura  de  espumas  y  de  flores 
En  otra  de  cañones  se  mudó; 
Los  labios  de  tus  bellas  que  vertían 
Dulcísimas  palabras  amorosas. 
Hoy  solo  expresan  su  pavor  á  Rosas, 
Su  pena  por  el  bravo  que  expiró. 


LUIS   L.    DOMÍNGUEZ  345 

¿Conoces  al  autor  de  tu  desgracia?.  .  . 
Mira,  madre  infeliz  hacia  el  Cerrito 
Do  su  tienda  plantó  tu  hijo  maldito 
Infamado  con  marca  de  traidor, 

Y  verás  las  cadenas  que  te  guarda 
Al  pie  de  la  bandera  degradante. 
Que  revela  la  fiada  del  farsante, 
De  ese  esclavo  con  aires  de  señor. 

Incapaz  de  virtud,  él  no  creía 
En  la  heroica  virtud  de  tus  campeones, 

Y  al  ruido  no  más  de  sus  cañones. 
Ya  el  imbécil  rendida  te  creyó; 

Mas  el  genio  que  guarda  tus  destinos 
Calada  la  vicera,  lanza  en  mano, 
Al  frente  se  lanzó  de  tu  tirano, 

Y  con  voz  varonil:  ¡atrás!  gritó. 

Y  como  si  una  mano  irresistible 
Enclavádole  hubiera  en  el  Cerrito, 
Obedeciendo  al  formidable  grito 
Quince  lunas  le  hallaron  siempre  igual : 

Y  tú  le  hallas  también  ¡ oh  sol  de  Majo !, 
El  viejo  despotismo  sosteniendo, 

Y  á  este  pueblo  de  libres  defendiendo 
Tu  pensamiento  grande  é  inmortal. 

Y  encuentras  que  los  hijos  de  la  Europa 
Combatiendo  á  la  par  de  tus  leales, 
Fijaron  un  grande  hecho  en  tus  anales 
Que  inmensos  resultados  ha  de  dar; 

Y  c^ue  á  América  toda  le  repite: 

No  hay  más  rey,  ni  más  trono  que  el  eterno; 


346  ANTOI.OGÍA 

Como  á  furias  que  aborta  el  mismo  infierno 
A  los  reyes  del  mundo  has  de  mirar.  { i ) 

¿Qué  los  reyes  de  Europa  no  fueron 
Los  que  á  América  hicieron  rendir? 
¿De  esos  reyes  también  no  aprendieron 
Los  tiranos  que  hoy  la  hacen  gemir  ? 
¿Y  no  han  sido  sus  únicas  leyes 
Las  brutales,  del  sable  y  cañón?.  .  . 
Pues  entonces,  tiranos  y  reyes, 
Enemigos  de  América  son. 

A  los  hombres  de  Europa,  en  los  brazos, 
Como  á  hermanos  debéis  acoger; 
A  los  reyes  de  Europa,  á  balazos. 
Si  su  ley  os  quisieran  poner. 

Y  si  aun  alza  un  tirano  la  frente. 
Bella  América,  ejemplo  tomad 

De  este  pueblo  de  gloria  esplendente 
Que  aun  muriendo  dirá :  /  libertad  f 

De  este  pueblo  que  ve  á  su  verdugo 
Preparando  el  horrible  dogal. 
Que  ve  el  hacha  sangrienta  y  el  yugo 
En  las  manos  de  la  horda  brutal; 

Y  él,  su  lanza  clavando  gallardo. 
Cuando  el  sol  de  este  día  alumbró, 
Tomó  el  arpa  solemne  del  bardo, 

Y  al  gran  día  de  Mayo  cantó. 


(i)  La  buena  acogida  que  obtuvo  esta  idea  de  mi  canto  á  Mayo  premiado 
con  el  accésit  en  el  memorable  Certnmcn  poético  de  1841,  rae  alienta  á  re- 
producirla aquí  cuasi  en  lo-,  mismos  términos  que  entonces.  EUa  y  las  si- 
guientes estrofas,  son  sentidas  expresiones  de  queja  contra  el  abuso  de  la 
fuerza  que  bacen  siempre  en  América  los  grandes  poderes  europeos  que 
represento  bajo  el  nombre  algo  inexacto  de  reyes. 


JOSÉ  MARÍA  CANTILO 


A  LA  CONVENCIÓN  MACKAU 


Salud,  célebre  Aíniral; 
Noble  tratador,  hon  jour. 
Digno  en  verdad  de  l'amour 
De  Rosas,  fier  asassassin. 
\  Con  que  orgullo,  n'est  ce  pas  vrai'i 
Te  presentaras  en  Fra?ice, 
Dejando  aqui  d'ignorance 
Palpable  prueba  á  la  Ji?i ! 


Tus  fusiles,  tes  soldats^ 
Tus  navios,  tes  canons^ 
Tus  vapores,   ton  charbon, 
¿De  que  sirven  aujourd' hui? 
A  que  viniste,  dis-vioi^ 
Con  tanta  grita  d'armée, 
A  manchar  la  rennomée^ 
De  los  franceses,  ici? 


350  antología 


Tu  firmabas  tm   traite,, 

Y  á  ese  tiempo,  en  pleine  rué, 
Degollaban  sous  ta  vue, 

A  un  francés:  a    Varangot; 

Y  él  imploraba,  peut  ctre, 
A  vuestro  Rey  pour  sa  vie, 
A  Francia,  sa   chere  patrie, 

Y  callasteis,  co7ime  un  sot. 


¿Cuales  son  les  resultáis 
De  la  inicua  convention 
Que  á  nombre  de  la  nation. 
Subscribiste,  saris  roíigir? 
Mirad  el  nombvQ  /raneáis^ 
Otro  tiempo  allí  sublime 
Es  hoy  vergüenza ,  est  un  crime, 
Y  de  amargo  souvenir. 


Mirad   sus  vidas  tonjour 
Tan  expuestas  cornme  avant^ 
Al  capricho  d'un  tyran^ 
Sin  humanidad,  sans  loi. 

Y  tu  confiasteis  en  lui, 
Noble  Amiral  humilié, 

Y  firmasteis  iin  traite 

Con  hombre  sin  Dios,  sans  foi. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  35I 


Mirad  déjá  honnorés 
A  costa  de  ta  nation^ 
Los  crímenes,   les  actions, 
De  su  implacable  enneini: 
Y  reirás  en  ce  moment. 
¡Oh  noble  Barón!  peiit  étre. 
Tu  reposas  eti  ton  maitre, 
¿Y  en  quien  reposara,  lid? 


Bien,  los  hijos  de    la   France, 
¡Oh  Almirante  le  flus  sagef 
Se  vengarán  dans  sa  rage^ 
De  tu  triste  convention: 
Y  mil  bocas  á  la  fots, 
Al  designarte  Almiral, 
Dirán  con  grito  infernal^ 
¡Oh!  sur  lui  malediction. 

Noviembre  17  de  1840. 


352  antología 


AL  GENERAL    PAZ 


EL  PUEBLO  CORRKNTINO  VENCEDOR 


¿  Porque  ronco  se  escucha  que  por  los  aires  suena^ 
Retumbando  pausado  el  tronador  cañón? 
¿Porqué  flameaba  hermoso  en  la  elevada  almena, 
De  los  dos  pueblos  grandes  el  tricolor  pendón? 

¿  Porqué  corre  afanosa  la  multitud  do   quiera 
Llevando  en  el  semblante  señales  de  placer, 
Cuando  antes,  en  sus  frentes,  hondo  el  surco  se  viera, 
De  oculto  sufrimiento,  de  acerbo  padecer? 

El  alma  no  se  lanza  tras  ilusión  fingida, 

Y  con  mil  dudas  crueles  se  la  ve  reluchar; 
Pero  llega  hasta  ella  una  voz  siempre  querida, 

Y  — ¡viva  el  pueblo  libre !— entiende  pronunciar, 
¡Oh  Dios!  será  que  al  cabo  tu  brazo  omnipotente, 

Hirió  la  hidra  funesta  con  golpe  aterrador? 
Será  que  tu  mirada  volviste  ya  clemente, 
Al  infelice  pueblo  tan  digno  de  tu  amor? 

A  ese  pueblo  que  en  tanto  que  con  garra  sangrienta 
Altanero  el  tirano  partió  su  corazón. 
La  fé  en  la  excelsa  mente  que  los  orbes  sustenta, 
Era  el  único  amparo  de  su  desolación.  .  .? 

Sí,  porque  ya  en  cantares  de  bélica  armonía 


•  Se  publicó  en   «El  Nacional,^  pcriúdico  de  Montevideo. 


s 

JOSÉ  MARÍA   CANTIIvO  353 

Que  entonan  los  valientes  cuando  al  combate  van,  . 
Cantos  que  levantara  entusiasmado  un   día, 
El  pueblo  de  los  bravos  con  eco  de  huracán, 
Anuncian  la  victoria  con  voces  de  contento. 
Saludando  en  los  aires  el  celeste  pendón; 

Y  un  pueblo  es  aclamado  con  esforzado  aliento, 
Triunfante  en  la  batalla  contra  vil    opresión. 

¡Corrientes...!  pueblo  humilde,  que  el  injusto  egoísmo 
Nulo  te  llamó  un  día  con  pérfido  baldón, 
Tú  alzas  la  frente  ahora  y  muestras  en  tí  mismo 
Cuanto  pueden  los  pueblos  cuando  virtuosos  son. 

Tú  alzas  la  frente  ahora,  de  majestad  brillando, 
Adornando  tus  sienes  victorioso  laurel, 

Y  tus  hechos  heroicos  que  el  mundo  va  admirando, 
De  pueblos  venerados  te  ponen  al  nivel. 

Quien  viera  ayer  tus  hijos  muellemente  adormidos 
Al  arrullo  amoroso  de  la   anhelada  paz, 
Creyéralos  acaso  en  la  molicie  hundidos, 
De  cuyo  impuro  fango  nunca  alzaran  la  faz. 

Pero  al  sentir  tus  venas  las  garras  punzadoras, 
Al  ver  gruesas  cadenas  prendidas  á  tus  pies. 
Te  alzaste,  cual  se  elevan  en  tempestuosas  horas. 
Las  ondas  de  los  mares  de  indómita  altivez. 

Y  te  alzaste   tremendo,  y  al  rostro  del  tirano 
Escupiste  en  desprecio  de  su  horrenda  crueldad, 

Y  recogiste  el  guante  que  en   su  furor  insano 
Lanzó  con  mano  impía  sobre  la  humanidad 

Tremendo  fué  su   enojo,  ¡  oh  pueblo  de  guerreros! 
Mas  la  risa  en  los  labios  del  tirano  asomó, 
Al  mirar  en  tus  manos  blandiendo  los  aceros. 


354  antología 

Y  triunfos  y  matanzas  impávido  esperó. 
Matanzas  que  señalan  su  senda  sanguinosa, 

Cual  nocturno  cometa  de  presencia  fatal, 

Que  destella  á  la  tierra  su  luz  triste  y  dudosa 

Las  épocas  marcando  cual  lúgubre  fanal. 

Y  triunfos  y  exterminio  como  infernal  flagela 
Doquier  que  se  mostraba  dichoso  consiguió, 

Y  la  tierra,  otro  tiempo  bendecida  del  cielo, 
Sin  fuerzas,  abatida,  por  el  suelo  yació. 

¡No  bastó  á  tu  fortuna,  Corrientes  denodado^ 
Pugnar  con  tanto  brío  como  pugnaste  allí; 
Faltábate  la  escuela  feroce  del  soldado, 

Y  también  el   destino  cebó  su  diente  en  tí. 
Viéronte  tus  hermanos  al  carro  victorioso 

Del  vencedor  felice,  uncida  á  tí  también,  ,. 

Viéronte.  .  .mas  opresos  de  igual  yugo  oprobioso, 
Solo  estériles  votos  hicieran  por  tu  bien. 


Allí  están  de  cráneos  horrendos  montones, 
Que  son  todavía  funesto  padrón. 

Que  son  los  blasones 
Que  ostenta  ese  monstruo,  su  oprobio  y  baldón. 

Allí  están  vagando  las  sombras  queridas. 
De  padres,  de  hijos,  de  amigos  también, 

Sus  tempranas  vidas 
Fueran  de  la  Patria,  ornatos  y  bien. 

Así,  cada  pueblo  conserva  de  gloria 
Un  día,  y  sus  hijos  lo  ven  con  amor, 


JOSÉ   MARÍA   CANTILO  355 

Y  es  dulce  memoria 

Que  guardan  los  tiempos  en  medio  el  dolor. 

Pero  hay  de  infortunio  de  oprobio  y  baldones 
Un  día,  que  dura  con  hondo  pavor, 

Las  generaciones 
Lo  miran  con  ojos  de  espanto  y  horror. 

Corrientes  heroico,  de  espléndidos  hechos, 
Un  día  tuviera,  funesto,  fatal, 

Y  en  él  sus  derechos 
Hollara  el  malvado  con  risa  infernal. 

Empero  de  en  medio  se  alzó  de  sus  hijos, 
Un  hombre,  sin  duda  bendito  de  Dios, 

Y  con  pasos  fijos 

Al  campo  los  guía  de  matanza  atroz. 

Mirad  esos  sitios  (les  dice),  de  mengua, 
De  huesos  de  hermanos,  sembrados  están ; 

No  añade  mi  lengua 
Nada  que  esos  cráneos  diciendo  no  van. 

Ved  si  entre  vosotros  uno  hay  que  no  mire 
Un  deudo,  un  amigo  y  un  padre  quizá; 

Uno  que  no  aspire 
Renombre  que  en  alas  de  la  fama  vá. 

Ved  si  entre  vosotros  alguno  vacila 
En  ese    sendero  de  gloria,  de  honor, 

Y  el  arma  no  afila 

Que  vuelva  á   Corrientes  su  antiguo  esplendor. 


Les  dice:  y  luego  tremendo 
Se  oyó  un  eco  repitiendo 


356 


antología 


Como  explosión  de  volcán: 

— Volemos  á  la  batalla, 

Que  en  medio  de  la  metralla 

Nuestras  frentes  se  alzarán. 
Brille  la  espada  desnuda, 

Y  el  vil  que  cobarde  duda 

Entre  libre  ó  siervo  ser. 

Lleve  en  su  frente  menguada 

Esa  mancha  reservada 

A  oprobioso  padecer. 

Volemos  á  los  combates. 

Pecho  fuerte  á  sus  embates 

Opondremos  sin  temor. 

Brindemos  á  nuestra  historia 
Otra  página  de  gloria 
Con  mil  hechos  de  valor.  — 

Tiembla  el  suelo  que  dominan 
Los  Andes,  cuando  fulminan 
Su  aterradora  explosión: 
Así    á  las  voces  de  /  guerra  ! 
El  prado,  el  bosque,  la  sierra, 
Retiemblan  de  confusión. 

No  bastó  la  cruel  derrota; 
Valientes  la  tierra  brota 
Que  lucha  por  libertad, 
Y  valientes  que,  muriendo, 
Vuelven  al  pueblo  diciendo: 
Esta  es  la  senda,  marchad; 

Que  prefieren  los  estragos 
Del  combatir,  que  no  halagos 


JOSÉ  MARÍA    CANTILO  357 

De  deleites  y  de  amor, 

Y  que  la  voz  cariñosa, 

De  padre,  de  hijo,  de  esposa, 
No  mitiga  su  furor; 

Que  en  inauditas  fatigas, 
En  las  lanzas  enemigas 
Buscaban  la  libertad: 
¡Patria!  al  batallar  gritando, 
¡Patria!  cediendo  ó  triunfando, 
Entre  horrible  mortandad. 

¿Cómo  no?  de  ellos  delante, 
Iba  un  fantasma  aterrante. 
Que  los  guiaba  á  combatir: 
Que  en  Pago-Largo  se  alzara, 

Y  que  el  campo  señalara 
Donde  vencer  ó  morir. 

Sombras  de  los  que  cayeron, 
Pero  que  no  se  rindieron 
Nunca,  en  la  batalla  atroz, 
Cuyos  últimos  alientos, 
Desparramaron  los  vientos 
Como  maldición  feroz: 

Que  al  mostrarle  los  cañones 
De  enemigos  escuadrones 

Y  la  enseña  del  traidor, 

— Ellos  son — dijo,  tremendo, 
Con  su  voz  estremeciendo 
Eos  campos  en  derredor. 

— Ellos  son,  su  sangre  impura 
Hoy  correrá  hasta  la  hartura. 


358  ANTOLOGÍA 

Que  bien  la  vuestra  corrió. 

No  haya  piedad;  el  castigo, 

De  tan  sangriento  enemigo, 

Dios  á  vosotros  confió. 

No  haya  piedad;  cruda  muerte 

Descargad  con  brazo  fuerte, 

Matad  sin  tregua,  matad; 

Porque  un  día  fuera  escrito: 

Quien  mata  á  hierro,  ¡maldito! 

Muerte,  muerte  sin  piedad. — 
Y  al  silvar  el  plomo  ardiente 

Que  el  reluchar  inclemente 

Señaló  con  cruel  afán. 
Como  torrente  bravio 
De  algún  caudaloso  río 
Que  desborda  el  huracán. 

Todo  á  su  paso  arrasando, 
Solo  en  pos  de  sí  dejando. 
Restos  de  desolación: 
Así  al  herir  de  los  bravos 
Desparecen  los  esclavos 
Entre  torpe  maldición. 

¿Donde  está,  donde  está  ahora. 
Esa  turba  asoladora, 
Y  su  insultante  altivez? 
Miradlos:  por  todas  partes, 
Cadáveres  y  estandartes. 
Alfombras  de  nuestros  pies. 

Ved  sus  huestes  aguerridas, 
Huyendo  despavoridas. 


JOSÉ    MARÍA    CANTILO  359 

Con  miedo  en  el  corazón, 
Al  ver  de  Mayo  el  emblema, 
Sobre  ellos  como  anatema, 
De  eterna  condenación. 

Oíd  los  a}-es  que  derraman, 
Cuando  á  su  socorro  llaman 
Quizá  espíritu  infernal, 
Pero  en  vano  que  está  escrito, 
Quien  mata  á  hierro,  maldito. 
Muere  de  agudo  puñal 

Así  Corrientes  un  día 
Alzó  la  faz  majestuosa, 

Y  ciñó  diadema  hermosa 
De  la  victoria  su  sien: 
Que  si  opaco  astro  lucía 
En  triste  afán  para  ella, 
Radiante,  fúlgida  estrella, 
Brilló  un  día  por  su  bien. 

Ella  enrojeció  la  tierra 
Con  la  sangre  de  sus  venas, 

Y  sus  colinas  amenas 
Viéronla  triste  caer; 

Pero  llevó  horrenda  guerra, 
Por  mil  azares  prolijos, 

Y  á  centenares  sus  hijos 
Se  les  viera  perecer. 

Mas  ¿qué  importa?  Juró  un  día. 
So  la  sagrada  bandera. 
Que  mil  veces  pereciera, 
Que  esclavitud  tolerar; 


360  ANTOLOGÍA 

Y  en  la  hora  de  la  porfía, 
Al  fuego  de  sus  cañones, 
Se  le  vio  los  eslabones 

De  sus  cadenas  trozar. 

Así  los  pueblos  que  luchan 
Contra  torpe  tiranía 
Son  gigantes  en  un  día 
Si  gigantes  quieren  ser: 

Y  arden,  si  el  estruendo  escuchan 
De  la  horrísona  pelea; 

Y  aunque  la  muerte  ralea 
Sus  filas,  saben  vencer. 

Bastó  un  instante  á  tu  anhelo 
Para  humillar  al  tirano; 
Otro  golpe  de  tu  mano, 

Y  en  el  polvo  se  hundirá: 
Fecundizarás  tu  suelo 
Yermado  por  sus  matanzas, 
Con  sangre  que  de  tus  lanzas 
Abundante  correrá. 

Vuelve  otro  instante  los  ojos, 
Hacia  los  amargos  días. 
De  horrendas  carnicerías. 
Que  en  tí  ¡oh  pueblo!  consumó. 

Y  con  feroces  arrojos. 

Haz  correr  su  sangre  impura, 
Que  la  tuya,  hasta  la  hartura. 
El  tirano  derramó. 

No  bastó  la  cruel  derrota: 
Valientes  la  tierra  brota. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  361 

Que  lucha  por  libertad; 
Y  valientes  que  muriendo, 
Gritan  al  pueblo,  diciendo: 
Esta  es  la  senda,  marchad. 

Montevideo,  Diciembre  13  de  1841. 


UNA  VOZ 

(XN     UN     ÁLBUM) 

Di  nuova  pena  mi  ce  vien  far  versi. 
Dante-  inferno. 

Vuelve  á  cantar,  yo  padezco : 
Cuando  escucho  tu  canción 
Débil  siento  el  corazón, 
Y  á  tus  ecos  desfallezco 
De  placer. 

Vuelve  á  cantar:  ¡si  supieras 
Cuantas  soñadas  quimeras. 
Falaces  y  lisonjeras. 
Me  adormecen  cuando  cantas, 
Oh  mujer! 

Si  supieras  que  tu  canto 
Me  lleva  á  un  mundo  fingido, 
Donde  no  se  oye  gemido, 
Donde  no  se  escucha  llanto 
De  dolor; 


362  ANTOLOGÍA 

Donde  la  duda  no  impera, 

Y  siempre  es  azul  la  esfera, 

Y  donde  no  es  altanera 
La  mujer  á  quien  se  jura 

Tierno  amor; 

Donde  el  alma  no  está  inquieta, 

Y  el  corazón  no  suspira; 
Donde  preludia  su  lira, 

Y  es  escuchado  el  poeta 

Con  placer. 

A  ese  mundo  ignorado 
Que  también  habrás  soñado, 
Si  alguna  vez  agobiado 
Sentiste  tu  pecho  débil 
¡  Oh  mujer! 

A  ese  mundo  de  rosas. 
En  cuyo  aromoso  ambiente 
Solo  amor  el  alma  siente, 
Pero  sin  trabas  odiosas 
Como  aquí : 

Allá  va  mi  pensamiento. 
Hermosa,  cuando  te  siento 
Que  con  amoroso  acento 
Entonas  dulces  canciones 
Para  mí. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  363 

Canta  otra  vez;  ¡quien  pudiera 
Pintar  lo  que  el  alma  siente 
Cuando  entonces,  tristemente, 
Como  bella,  te  dijera 
Mi  placer! 

Pero  sabe  que  tu  canto 
Arranca  á  mis  ojos  llanto, 

Y  un  irresistible  encanto 
Hay  en  tu  voz  que  enamora, 

Oh  mujer. 

II 

¡  Oh !  si  en  las  horas  eternas 
De  la  noche  silenciosa, 
Vibrando,  05'era  armoniosa 
Tu  canción, 

En  los  momentos  crueles 
En  que  el  pecho  sin  testigo 
Busca  en  las  sombras  abrigo 
Para  ocultar  su  aflicción, 

Yo  también  mi  voz  alzara. 
En  éxtasis  de  delirio, 

Y  quizás  asi  olvidara 

Mi  dolor; 

Que  tu  canto  es  como  un  eco 
Que  á  mis  pesares  responde, 


364  ANTOLOGÍA 

A  esos  pesares  que  esconde 
Un  corazón  sin  amor. 

Y  entonces  vienen  á  mi  alma 
Los  recuerdos  de  la  infancia, 
Horas  que  trajo  de  calma 

La  niñez: 

Esas  horas  que  pasaron 
Para  no  volver  por  cierto, 
Dejando  atrás  un  desierto, 
Y  adelante  lobreguez. 

Porque  no  hay  igual  martirio 
Ni  sinsabor  más  profundo. 
Que  vivir  solo  en  el  mundo 
Sin  amor; 

Y  pasar  tan  ignorado 
Como  el  nocturno  gemido 
Que  exala  desde  su  nido 
La  calandria  en  su  pesar. 

Que  es  triste,  en  verdad  muy  triste, 
Ver  las  horas  deslizarse 
Una  en  pos  de  otra  y  llevarse 
Con  la  edad. 

Cuantos  sueños  lisonjeros 
Nos  pintó  la  fantasía. 
Sin  que  amanezca  ese  día 
De  ansiada  felicidad. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  365 

Y  sentir  dentro  del  pecho 
Un  corazón  que  se  agita, 
Sentir  la  vida  marchita 
En  su  albor, 

Sin  hallar  un  blando  seno 
Donde  reposar  la  frente, 

Y  adormirse  dulcemente 
Entre  caricias  de  amor. 

III 

Por  eso  cuando  escucho 
De  un  piano  la  armonía, 
Recuerdos  bien  amargos 
Agitan  la  alma  mía, 

Y  suspiros  de  pena 
Exala  el  corazón : 

Por  eso  á  cada  nota  , 
Que  viene  á  herir  mi  oido, 
Late  en  acorde  blando 
Mi  pecho  conmovido, 

Y  sus  fibras  responden 
Con  dulce  vibración. 

Recuerdos  bien  amargos 
De  días  que  se  fueron, 

Y  que  dejaron  solo 
Señal  de  que  existieron 
En  las  penas  que  ocultas 
Dentro  de  mi  pecho  van. 


366  ANTOLOGÍA 

Pasaron  esos  días, 
Pero  no  su  memoria: 
Dos  años,  una  á  una. 
Las  hojas  de  mi  historia 
]Me  muestran  esas  horas 
Turbias  como  huracán. 

Dos  años.  .  .¡ah,  si  el  tiempo 
Menos  veloz  corriera, 
Si  el  porvenir  incierto 
Marcado  á  mi  carrera 
Se  rasgara  un  instante 
Para  leer  en  él ! 

Pero  una  voz  secreta 
Que  en  el  alma  murmura 
Me  dice:  pasó  el  tiempo 
De  soñada  ventura, 
Pasaron  ya  dos  años .  .  . 
¡Recuerdo  bien  cruel! 

Pasa  sobre  las  flores 
El  aterido  invierno, 
Pero  la  primavera 
Con  su  céfiro  tierno 
Les  dá  verdor  y  sombra 
En  la  árida  estación : 

Y  se  mecen  de  nuevo 
El  árbol  con  sus  hojas, 
Las  plantas  con  sus  flores, 


JOSÉ  MARÍA    CANTILO  367 


Pero  ocultas  congojas 
Dejan  el  alma  fría, 
Marchito  el  corazón. 

Pero,  canta   otra  vez.  Más  no  de  amores 

Eleves  tu  canción, 
Que  si  son  para  tí  sus  bellas  flores. 
Yo  se  que  agudas  sus  espinas  son. 

Agosto  II  de  1843. 

EL  ARROYO  DE   EAS  PIEDRAS  * 

Claro  arroyo  cuyas  ondas 
Corren  tranquilas  y  puras, 
¡  Cuan  dulcemente  murmuras 
Por  esas  toscas  redondas 
Que  carcomen,  aunque  duras! 

Como  enroscados  cristales 
Tus  aguas  corren  aquí, 

Y  el  fondo  muestras,  así 
Como  en  ojos  virginales 
Traslucirse  el  pudor  vi. 

Y  pues  no  tengo  una  hermosa 
Cuya  belleza  admirar. 
Déjame  arroyo,   cantar 
Esa  corriente  sinuosa, 

Y  ese  grato  murmurar. 


Se  publicó  en  «El  Nacional»  de  Montevideo,  Junio  17  de  1842. 


368  ANTOI.OGÍA 

Te  vi  por  mi  bien  un  día, 
Cuando  á  impulsos  del  destino 
Fué  preciso  en  el  camino 
De  infortunios  que  seguía 
Marchar,  sin  norte  y  sin  tino. 

Y  era  la  hora  misteriosa 
En  que  el  aura  sopla  suave, 
Que  canta  más  tierna  el  ave, 
Al  reconocer  dichosa 

El  nido  que  formar  sabe. 

En  que  el  sol  trémulo  brilla 
Próximo  á  desparecer. 
Dibujando  en  la  cuchilla 
Al  pálido  anochecer, 
Su  luz  débil  y  amarilla; 

Y  que  sus  últimos  rayos 
Caen  vencidos  de  la  sombra, 

Y  de  verdi-negra  alfombra 
En  vacilantes  desmayos 
Pintan  el  campo  que  asombra; 

Y  alza  la  tímida  oveja 
Su  monótono  valido, 

Y  muge  el  toro  temido. 
Como  si  el  sol  que  se  aleja 
Les  arrancara  un  gemido. 

Todos  son  ricos  colores 
Cuando  el  sol  anuncia  el  día, 


JOSÉ   MARÍA   CANTILO  369 

Y  todo  es  melancolía 
Cuando  en  tibios  resplandores 
Cambia  su  usada  ardentía. 

Porque  es  pálida  la  luna, 

Y  pálidas  las  estrellas, 

Y  la  luz  que  vierten  ellas 
Al  corazón  no  importuna, 
Pero  le  arranca  querellas. 

Y  en  ese  arroyo,  tranquila 
Refleja  después  la  aurora 
Los  colores  que  atesora, 

Y  las  perlas  que  destila 
Corren  en  su  onda  sonora. 

También  de  los  ojos  míos 
Una  lágrima  caía. 
Que  en  silencio  se  perdía 
En  los  graciosos  desvíos 
Que  la  corriente  ofrecía. 

Lágrima  que  era  arrancada 
De  oculta  melancolía, 
Que  sobre  mi  alma  vertía 
Esa  natura  callada 
Con  misteriosa  armonía. 

Que  el  alma  no  se  resiste 
Sin  conmoverse,  pensando. 
Que  el  día  que  está  acabando 


370 


antología 

Acaso  ya  no  se  viste 
Del  lujo  que  va  dejando. 

Y  una  dolencia,  un  pesar^ 
Combate  al  alma  cristiana, 
Esperando  ese  mañana, 
Que  duda  si  ha  de  llegar, 

Y  que  en  esperar  se  afana. 

Lágrima  dulce,  tranquila, 
Llena  de  resignación. 
Que  al  verterla  la  pupila 
Se  alivia  del  corazón 
El  peso  con  que  vacila. 

Lágrima  que  nada  tiene 
De  sinsabores  mundanos, 
Sino  que  mística  viene, 

Y  el  consuelo  que  contiene 
Está  sin  tintes  profanos. 

Acaso  así  es  que  se  llora 
A  impulsos  de  la  piedad, 
Acaso  en  la  eternidad 
Al  son  del  arpa  sonora 
Es  canto  á  la  Magestad. 

Y  pues  no  tengo  una  hermosa 
Cuya  belleza  admirar. 
Déjame  arroyo  cantar 
Esa  corriente  sinuosa 

Y  ese  grato  murmurar. 


JOSÉ   MARÍA   CANTILO  371 

Si  no  bordan  tus  orillas 
Las  aromáticas  flores, 
Te  cercan  grandes   cuchillas 
Con  silencio  y  majestad : 

Y  surca  por  tu  corriente 
Ave  de  pluma  luciente, 
De  variada  novedad. 

Inmediato  á  tí  se  eleva 
Un  nuevo  ombú  cuya  frente 
Señal  de  los  años  lleva, 

Y  que  de  lejos  se  vé: 
Cuantas  raras  tradiciones 

Al  calor  de  los  fogones. 
Bajo  él  con  gusto  escuché. 

Está  allí  fijo,  sombrío, 
Para  marcar  las  distancias; 

Y  da  sombra  en  el  estío, 

Y  abrigo  en  la  tempestad. 
Cruje  sobre  él  la  tormenta; 

Pero  pasa,  y  él  ostenta 
Más  vigor,  si  más  edad 

Nada  en  rededor  le  iguala 
En  frondosidad  y  altura, 

Y  ombú  de  la  Maríscala^ 
Es  el  nombre  que  le  dan; 

Y  cuantos  más  son  sus  años, 
Más  raros  y  más  extraños. 

De  él  tantos  cuentos  serán. 


372  ■  ANTOLOGÍA 

Mil  de  veces  saboreando 
Del  mate  el  líquido  suave, 
Tendí  la  vista  mirando 
Hacia  la  bella  ciudad, 

Y  del  cerro  vi  la  altura, 

Y  del  ombú  la  negrura, 
En  la  inmensa  soledad. 

El  cerro  marca  el  escollo 
Para  el  viajero  en  los  mares; 

Y  el  ombú,  del  dulce  arroyo 
Es  á  lo  lejos  señal. 

Aquel  del  náufrago  es  faro; 
Este  es  silencioso  amparo 
En  la  tormenta  fatal. 

Aquel  me  muestra  altanero 
Con  su  frente  encallecida, 
La  ciudad  que  al  extranjero 
Da  hospitalidad  y  amor: 

Y  acaso,  cuando  lo  miro. 
Mi  pecho  exhala  un  suspiro 
De  recuerdo  de  dolor. 

Y  éste,  aunque  mudo,  me  dice 
Con  su  apariencia  sombría, 

Que  en  su  tronco  encontré  un  día 
Quietud  y  grato  solar: 

Y  si  allí  suspiró  mi  alma. 
Era  un  suspiro  de  calma, 
Era  un  suspiro  de  paz. 


JOSÉ  MARÍA   CANTII,0  373 

Claro  arroyo,  en  tu  corriente 
Que  desde  lejos  se  siente 

Deslizar, 
Yo  recibí  inspiraciones, 

Y  emboté  las  sensaciones 

Del  pesar. 

Yo  vi  desde  la  cuchilla 
Que  se  eleva  de  la  orilla, 

Tu  raudal: 
Por  eso  templé  m.i  lira 
Al  mirarte,  que  me  inspira 

Tu  cristal. 

Vi  como  en  él  nadaba 
Un  ave,  que  me  admiraba 

Su  matiz; 
Que  hasta  el  fondo  zambullía 
Y  nadando,  ^-acudía 
Su  cerviz. 

Y  para  mi  lindo  bayo 
Que  es  lijero  como  el  rayo, 

Al  llegar, 
Por  no  enturbiar  los  raudales 
De  tus  rizados  cristales, 

Al  pasar. 

Y  nunca,  arroyo,  te  miro 
Sin  exhalar  un  suspiro, 

Contemplando 


374  ANTOIvOGIA 

Que  tu  traes  á  mi  memoria 
Un  recuerdo  de  mi  historia 
Dulce,  blando. 

Y  aun  cuando  pasen  los  años, 
Con  sus  dichas  ó  sus  daños 

Sobre  mí, 
Yo  tendré  en  mi  pensamiento 
Un  recuerdo  de  contento. 

Para  tí. 


A   UNA   CAI.ANDRIA  "^ 

¿Qué  quieres  ave  canora, 
Con  venir  siempre  sonora 
Sobre  ese  álamo  á  gemir  ? 
¿Qué  dices  con  ese  canto. 
Qué  trinas  cuando  su  manto 
Viene  la  noche  á  esparcir? 

¿Dónde,  di,  pasas  el  día 
Con  envidiable  alegría 
Hasta  que  se  pone  el  sol, 
Que  solo  cuando  oscurece 
Con  esa  voz  que  enternece 
Cantas  su  último  arrebol  ? 


< 


•    Se  publicó  en  «El  Nacional,  de  Montevideo,  .Septiembre  26  de  i8*2  . 


JOSÉ   MARÍA    CANTUSO  375 

¿Qué  es  lo  que  lejos  te  llama 
Cuando  dejas  esa  rama 
Aun  antes  de  amanecer, 
Para  volver  cuando  el  cielo 
Desparece  tras  el  velo 
Del  lúgubre  anochecer? 

De  entre  esas  marchitas  hojas 
Trinas  ave  tus  congojas 
Columpiándote  á  la  vez, 
Sin  saber  que  yo  te  miro 
Desde  mi  humilde  retiro 
Y  te  oigo  con  embriaguez. 

¿No  tienes,  di,  compañía 
Que  secunde  la  armonía 
De  tu  melodiosa  voz? 
O  acaso  está  tu  querido 
Calentando  el  débil  nido 
Donde  reposen  los  dos? 

Pues  que,  posible  no  fuera 
Que  otra  ave  tu  canto  oyera 
Sin  sentir  amor  por  tí. 
Porque  cantar  la  aflicción 
Sin  inspirar  compasión 
Quédase  ave  para  mí. 

Dime,  acaso  tú  venías 
A  llorar  todos  los  días 
Sobre  ese  álamo  como  hoy; 


376  ANTOLOGÍA 

O  solo  se  oje  tu  acento 
Desde  que  en  este  aposento 
Ivlis  cuitas  cantando  estoy? 

¿Venías  antes  sonora 
A  cantar  la  última  hora 
Del  día  que  iba  á  expirar, 
O  tu  nido  no  dejabas, 

Y  el  arrullo  disfrutabas 

De  hijos  y  amante  á  la  par? 

¿Y  después  sola  quedaste, 

Y  en  ese  árbol  acordaste 
Llorar  tu  perdido  amor, 

Y  de  las  más  altas  ramas 

A  la  vez  que  tu  bien  llamas 
Publicas  tu  cruel  dolor? 

¿Tuviste  acaso  un  querido, 
Que  te  hiciera  blando  nido 
En  algún  espeso  ombú, 
Con  quien  los  aires  hendiendo 
Penas  y  amor  dividiendo 
El  te  amara  como  tú; 

Un  querido  que  en  estío 
Te  trajera  agua  del  río 
Por  librarte  del  calor, 

Y  afanoso  como  tierno 
Con  sus  alas  en  invierno 
Te  abrigfara  con  ardor. 


i 


JOSÉ  MARÍA   CANTILO  377 

Que  tu  sueño  te  velara 
De  temor  que  no  llegara 
A  tí  el  cazador  audaz, 

Y  después  en  su  embeleso 
Te  pidiera  un  dulce  beso 
De  su  sueño  al  despertar. 

Un  querido  que  si  oía 
Que  sobre  tí  descendía 
Carnicero  el  gavilán, 
Por  salvar  la  vida  tuya 
Diera  con  gusto  la  suya 
Batallando  con  afán. 

¿  Un  querido  así  tuviste. 
Ave  tierna,  y  le  perdiste 
Sin  fallecer  tu  también? 
¿  Ignoras  que  es  un  castigo 
La  vida  sin  el  amigo 
Que  formaba  nuestro  Edén? 

¡  Ay !  habrá  muchos  ahora 
Que  con  faz  engañadora 
Ofreceránte  lealtad; 
Para  burlarte  otro  día 

Y  verter  la  hiél  impía 
De  la  inicua  deslealtad. 

Pero  antes  pídele  al  cielo 
Que  eche  sobre  tí  ese  velo 
Del  morir,  para  tu  bien, 


378  ANTOLOGÍA 

Con  esa  voz  con  que  canta 
Tu  melodiosa  garganta, 

Y  me  hace  llorar  también. 

¿O  acaso  es  otra  la  pena 
Que  á  gemir  hoy  te  condena 
Sin  consuelo,  ave  infeliz? 
¿Acaso  lloras  el  daño 
De  un  amargo  desengaño, 
Que  doblegó  tu  cerviz? 

Sí,  quizá  te  falta  ahora 
La  caricia  seductora 
De  algún  feliz  amador, 
A  quien  tierna  te  entregaras, 

Y  en  su  afecto  confiaras 
Para  rendirte  mejor. 

De  un  feliz  que  te  dijera, 
Con  voz  que  te  enterneciera, 
Para  hacerte  vacilar: 
AlmsL  mía,  ven  conmigo, 
Que  el  cazador  enemigo 
Está  acechando  tu  hogar. 

En  mi  cuidado  confía. 
Que  velaré  noche  y  día; 
Haré  un  nido  para  tí 
En  la  selva  más  oscura, 

Y  de  enemigos  segura. 
Reposarás  junto  á  mí. 


JOSÉ   MARÍA   CANTILO  379 

Ven,  que  en  la  ruda  tormenta, 
El  grano  que  te  sustenta 
Para  buscar  volaré ; 

Y  amándote  sin  segundo, 
Tú  serás  mi  bien,  mi  mundo, 

Y  á  ninguna  otra  amaré. — 

¡Ay!  si  oiste  ese  lenguaje 
A  la  vez  que  tu  plumaje 
Rizaba  el  vil  seductor, 
¿  Qué  extraño  es  que  embelesada 
Te  rindieras  engañada 
A  la  ilusión  del  amor? 

¿  Qué  extraño  es  que  ese  cariño 
Pintado  con  el  aliño 
De  la  candida  verdad, 
Te  arrastrara  al  precipicio 
Si  ocultaba  su  artificio 
La  negra  profundidad  ? 

Triste  calandria,  tu  acento 
Raudo  lo  disipa  el  viento, 

Y  nadie  alivio  te  da : 
Tu  pena  desconocida 
Va  carcomiendo  tu  vida. 
Próxima  á  extinguirse  ya. 

Mas  yo  que  escucho  tu  canto 
Que  arranca  á  mis  ojos  llanto, 
Yo  que  miro  tu  gemir. 


380  ANTOIrOGÍA 

Ave  hermosa,  no  querría 
Que  gozaras  de  alegría, 
Pues  te  quiero  siempre  oir. 

Que  tu  cantar  me  electriza, 
Pues  con  mi  alma  se  armoniza, 
Que  quizá  feliz  no  soy, 
Y  sufro  menos  tormento 
Desde  que  en  este  aposento 
Tus  trinos  oyendo- estoy. 


A   I,A   MAS   BONITA  * 

Los  ojos  envidio 
De  una  Dolorsita, 

Y  de  Margarita 
El  garboso  andar: 
El  rubio  cabello 
Admiro  en  Felisa, 
De  Carmen  la  risa. 
De  Luisa  el  mirar. 

En  Pastora  el  garbo, 
La  voz  de  Avelina, 

Y  de  Carolina 
El  dulce  cantar. 


tKl  Cancionero  Argentino»,  1837,  pag-.  54. 


JOSÉ   MARÍA   CANTILO  381 

La  torneada  mano 

De  Eufemia  me  encanta, 

Y  de  Cruz  la  planta, 
De  Inés  el  bailar. 

i  Qué  pie  tan  bonito 
Tiene  Mariquita  ! 
¿  Qué  aire,  Genarita, 
Dulce  y  celestial! 
Tiene  Nicolasa 
Muy  linda  boquita, 

Y  hallo  en  Manuelita 
Algo  que  admirar. 

Mas  en  Juana  ¡  Oh  cielos ! 
Todo  me  seduce, 
Todo  en  ella  induce 
E  incita  á  amar: 
¡  Qué  espalda !  ¡  qué  talle ! 
¡  Qué  mórbido  cuello ! 
Todo  en  ella  es  bello, 
Todo  singular. 


382  ANTOLOGÍA 

LA  VIOLETA  * 

Flor  humilde,  que  la  vida 
Pasas  tímida,  ignorada, 
Poco  vives,  y  olvidada 
Mueres  en  la  soledad: 
Tú  eres  la  flor  preferida 
De  la  porteña  que  adoro : 
Tú  eres  para  mí  el  tesoro, 
Que  mitiga  su  crueldad. 

Cuando  en  su  candido  seno, 
Emblema  de  la  inocencia, 
Te  coloca,  y  con  tu  esencia 
Mezcla  su  aliento  de  amor: 
Entonces  de  ardores  lleno, 
Al  ver  tu  dicha,  suspiro, 
Y  tu  posesión  aspiro. 
Como  alivio  á  mi  dolor. 

Si  alguna  vez  condolida. 
De  cuanto  mi  alma  padece, 
Con  rostro  afable  me  ofrece 
Un  ramito  de  esta  flor. 
Cual  un  bálsamo  de  vida 
Que  llena  de  gozo  el  alma, 
Siento  renacer  la  calma 
Al  disfrutar  de  su  olor. 


*     -El  Trovador»  1839,  pg.  14.    Fué  puesta  en  miisica  por  D.    Juan    Bau- 
tista Alberdi. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  383 


LAS  FLORES 


Solo  el  que  no  es  dichoso  sufriendo  oculta  pena 
Comprende  cuanto  vale  una  olorosa  flor, 
Cuando  con  dulce  risa  de  mil  encantos  llena 
La  ofrece  una  belleza  teñida  de  rubor. 

Las  flores  son  un  bálsamo  al  alma  acongojada, 
Que  al  respirar  su  aroma  se  eleva  á  otra  región, 
A  esa  región  sublime,  en  sueños  figurada, 
Donde  todo  es  ventura,  donde  todo  es  pasión. 

Cuando  presa  la  mente  de  pensamiento  impío 
Olvida  cuanto  tiene  el  hombre  en  derredor, 

Y  no  hay  en  torno  suyo  más  que  ese  desden  frío 
Que  marchita  una  á  una  las  horas  del  amor. 

Es  dichoso  si  entonces,  alguna  amiga  mano 
La  brinda  cariñosa,  con  tímido  mirar, 
Una  flor  olorosa  que  su  dolor  tirano 
Embota,  y  un  momento  suaviza  su  pesar. 

Acaso,  pues  respiran  aromas  en  el  cielo: 
Tiene  algo  de  divino  la  esencia  de  una  flor; 

Y  cuando  yo  he  soñado  con  mi  ángel  de  consuelo. 
Una  flor  en  el  seno  le  vi  de  albo  color. 


384  ANTOIvOGÍA 

¡Cuanto,  cuanto  se  goza,  si  en  la  noche  sombría, 
Al  reclinar  cansada  la  calorosa  sien. 
Se  desliza  hasta  el  alma  la  célica  ambrosía 
De  flores  que  una  bella  brindara  sin  desdén! 

¡Tal  vez  en  ese  instante  resbala  silenciosa 
Una  lágrima  ardiente  que  nadie  enjugará! 
¡Tal  vez  algún  suspiro  del  alma  congojosa 
Se  pierde  entre  sus  hojas.  .  .   y  las  marchitará! 

1844. 


I,A  NINA  MARÍA 


Beaucoup,    beaucoup  d'enfaiis  pau- 
vres  et  ñus,  sans  mere. 

Sans  malson,  n'ont  jamáis  d'oreiller 
pour  dormir  ; 

lis  ont  toujour  sommeil !  o  destines 
amere  ! 

Mamann  !  douce  mamann  I  cela  me 
fait  gemir. 

Mme.  D.    X'almore. 


Preciosa,  las  hermosas  la  llamaban, 

Y  la  candida  frente  le  besaban, 

Viéndola  despertar; 

Y  en  la  falda  la  madre  la  mecía, 

Y  cantos  inocentes  la  decía, 

Al  verla  dormitar: 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  385 

Duerme,  niña  preciosa ; 
Duerme  paloma  mía ; 
Opaco  viene  el  día 

Y  el  viento  recio  está: 
Duenne;  mientras  la  nieve 
De  Agosto  se  evapora; 
Nublada  está  la  aurora, 

Y  acaso  lloverá. 

Los  árboles  se  doblan 
A  impulso  de  ios  vientos. 
Soltando  amarillentos 
Sus  ramos  á  volar; 
Del  mar  las  ondas  braman; 
¡Qué  triste  que  está  el  día! 
Duerme  paloma  mía, 
Al  son  de  mi  cantar. 

¡Si  vieras  como  cruzan 
Helados,  abatidos, 
Los  pobres  desvalidos, 
Sin  cama  y  sin  hogar; 
Si  vieras  otros  niños. 
El  blanco  pie  desnudo, 
Sufrir  el  frío  rudo 
Que  los  hace  llorar ! 

¡Si  vieras  desgreñados 
Sus  dorados  cabellos! 
¡No  hay  perfume  en  ellos. 
Ni  rizados  están: 


386  ANTOI.OGÍA 

Y  del  sol  del  invierno 
El  pálido  desmayo 
Aprovechan  del  ra)'o, 
Para  pedir  el  pan ! 

¡Si  vieras  esos  niños, 
Como  tú  tan  preciosos, 
Demandando  llorosos 
La  pública  piedad, 

Y  en  abandono  triste 
Pasar  el  triste  día, 

Y  la  noche  tan  fría 
En  desnuda  horfandad ! 

¡Si  vieras,  amor  mío, 
Dulce  paloma  mía, 
Qué  frío  que  está  el  día. 
Que  encrespada  la  mar; 
Cual  los  arbustos  crujen 
Al  impulso  del  viento. 
Nublando  el  firmamento 
Las  nubes  al  pasar ! 

¡Oh!  duerme  y  no  despiertes, 
Tierna  paloma  mía: 
Opaco  viene  el  día 

Y  el  viento  frió  está ; 
Duerme,  mientras  la  nieve 
De  Agosto  se  evapora; 
Nublada  está  la  aurora 

Y  acaso  lloverá. 


JOSÉ    MARÍA    CANTILO  387 

Y  cuando  te  recuerdes, 
En  tu  envidiado  lecho, 
Te  alzaré  hasta  mi  pecho 
Para  darte  calor; 

Y  quizás  al  mirarte 
Tan  linda,  tan  tranquila, 
Enturbie  mi  pupila 

Por  tí  llanto  de  amor! 

Así  cantaba  ufana 
La  madre  de  María, 
Mientras  dormir  la  hacía 
De  la  cuna  al  vaivén ; 

Y  en  su  blanca  mejilla 
Mil  besos  estampaba, 

Y  sus  labios  besaba, 

Y  su  tranquila  sien. 

Donosa  era  María 
Adormida  en  la  cuna, 
Como  un  rayo  de  luna 
Que  refleja  en  el  mar; 
Cuando  ella  la  besaba 
Sus  labios  entreabría, 

Y  sin  saber  reía 
Después  al  despertar. 

Pero  esta  vez  acaso 
En  su  sueño  profundo, 
\'ió  los  males  que  el  mundo 
Guardaba  á  su  niñez. 


388  antología 

Y  el  canto  de  la  madre 
La  niña  entendería, 

Y  en  el  vivir  vería 
Soledad  y  aridez. 

Y  diez  veces  apenas  en  el  cielo, 

La  luna,  que  es  tan  grata  para  el  suelo 
Mostró  su  redondez, 

Y  la  niña  que  tanto  acariciaban, 
Al  ver  que  los  querubes  la  llaman. 

Voló  con  rapidez. 

Un  año  todavía  no  tenía, 

Y  la  cuna  mullida  en  que  yacía 

En  tumba  se  trocó; 

Y  los  que  antes  alegres  la  arrullaron, 
Al  mirar  su  cadáver  la  lloraron; 

Pero  la  canto  yo. 

Los  ángeles  sus  alas  agitaron, 

Y  al  trono  del  Eterno  se  llevaron 

Un  alma  sin  pecar; 

Y  esa  noche  mirando  las  estrellas, 

Yo  vi  una  exhalación  en  medio  de  ellas 
Rutilante  pasar. 

Agosto,  1843. 


JOSÉ   MARÍA    CANTII.O  3?9 


RUFINO  VÁRELA 


El  pueblo  que  viera  nacer  á  Belgrano 
Que  supo  esforzado  gritar  «libertad», 
Postrado,    abatido,  de  impío  tirano, 
Callado  sufría  la  cruel  potestad. 

Y  el  sol  que  sus  glorias  un  tiempo  alumbrara 

Y  que  las  banderas  de  libre  lució; 
Mil  veces  sus  rayos  de  luz  reflejara. 
En  viles  cadenas  que  triste  arrastró. 

¡  Oh  Pueblo !  tus  hijos  un  tiempo  llevaron 
A  climas  lejanos  la  dulce  igualdad : 
Valientes,  su  sangre  jamás  esquivaron, 
Corriendo  á  torrentes  por  la  libertad. 

Y,  pueblos  ingratos,  postrado  te  vieron 
Vencido,  sufriendo  cruel  esclavitud; 
Tus  aves  de  muerte  también  desoyeron, 
Premiaron  tu  sangre  con  ingratitud. 

Empero  en  tus  hijos  no  estaba  extinguido 
De  antiguos  guerreros  el  fiero  valor; 
Y,  oyeron  ¡oh  Patria  I  tu  triste  gemido, 

Y  muertes  juraron  al  vil  opresor. 

En  vano  el  tirano  cadalzos  aumenta. 
En  vano  cabezas  derriba  brutal: 


390  ■  ANTOLOGÍA 

La  muerte  á  los  bravos  jamás  amedrenta, 
Ni  entibia  en  sus  pechos  el  fuego  marcial. 

Y  un  día  un  soldado  de  nombre  famoso 
Que  fué  de  la  patria  terrible  adalid, 
Alzó  el  estandarte  que  en  tiempo  glorioso. 
Siguiera  el  guerrero  marchando  á  la  lid. 

Entonces,  ardiendo  magnético  fuego, 
Llegó  hasta  las  playas  del  pueblo  infeliz. 
Su  afrenta  miraron  los  libres,  y  luego, 
Alzaron  erguida  su  altiva  cerviz. 

Como  olas  que  se  alzan  del  mar  proceloso 
Que  agita  en  sus  furias  feroz  aquilón, 
Ivos  hijos  valientes  de  Mayo  grandioso, 
Corrieron  al  eco  de  antiguo  campeón. 

No  hay  años,  no  hay  fueros,  son  todos  soldados 
=  Que  van  combatiendo  la  patria  á  salvar; 
Llenando  animosos  deberes  sagrados, 
Sabrán  en  el  campo  morir  ó  triunfar. 

Fué  entonces.  Várela,  que  altivo  tu  pecho, 
Al  bélico  estruendo  también  se  inflamó ; 
Objetos  queridos  y  mullido  lecho 
Dejaste,  y  tu  mano  el  fusil  empuñó. 

Y  luego  á  la  vista  de  aquel  estandarte, 
Emblema  de  gloria  que  el  tigre  empañó, 
De  aquella  que  allá  en  el  baluarte, 
,Del  pueblo  oprimido  ondeante  iuciu : 


JOSÉ  MARÍA   CANTILO  391 

Dijistele  al  cielo,  postrado  de  hinojos, 
La  diestra  poniendo  sobre  el  corazón, 
De  altivos  guerreros  el  fuego  en  los  ojos, 

Y  firme  el  acento  de  erguido  campeón: 

— ¡  Oh  Dios  de  los  libres,  que  humilde  venero 

Y  á  quien  combatiendo  Belgrano  invocó, 
Bendice  benigno,  te  ruego,  el  acero 
Que  empuño,  que  el  eco  de  guerra  sonó. 

Bendícelo,  y  sea  mi  mano  quien  hiera 
Bl  pecho  maldito  del  hombre  infernal; 

Y  luego  ¡Dios  mío!  no  importa  que  muera, 
Morir  por  la  Patria  dá  gloria  inmortal. 

Y  tú  de  mis  males  consuelo  en  la  tierra. 
Mujer  adorada,  preciso  es  marchar : 
Tu  plácida  imagen  que  llevo  á  la  guerra 
De  ausencia  las  penas  sabrá  mitigar. 

¡  Adiós !  quiera  el  cielo  volverme  á  tu  lado 
De  gloria  cubierto,  mujer  celestial; 

Y  admire  de  nuevo,  de  gozo  embriagado, 
Tus  dulces  miradas  de  amor  manantial. 

Dijiste:  y  veloce  de  ella  te  ausentaste, 
El  alma  oprimida  de  angustia  y  dolor; 

Y  al  punto,  la  nave  ligera  pisaste. 

Que  á  un  tiempo  te  aleja  de  amigos  y  amor. 

Tú  fuiste  el  primero  que  ardiendo  en  venganza 
Hollaste  orgulloso  tu  suelo  natal; 


392  antología 

Y  donde  más  cruda  se  vio  la  matanza, 
Más  muerte  sembraba  tu  plomo  fatal. 

Tu  nombre  al  esclavo  de  espanto  llenaba, 

Y  al  mismo  tirano  le  daba  pavor; 

Y  en  tí  la  falange  patriota  miraba, 
Un  ser  valeroso  de  esfera  mejor. 

Mas  ¡ay!  tu  destino  ya  estaba  cumplido, 

Y  el  cielo  en  su  aurora  su  vida  cortó : 
Moriste  peleando  por  ver  abatido 

El  trono  sangriento  que  América  vio. 

Moriste  volviendo  ya  extinta  mirada, 
Al  suelo  do  queda  tu  bella,  tu  amor: 

Y  al  cielo  por  ella  con  voz  apagada 
Rogar  parecías  en  medio  el  dolor. 

Allá  en  el  desierto  de  estensa  llanura. 
Pequeña  eminencia  rojiza  se  vé; 
Esa  es  silenciosa  feliz  sepultura, 
Del  hombre  virtuoso  que  soldado  fué. 

No  hay  loza  dorada  que  luzca  sobre  ella. 
Ni  habrá  por  la  noche  piadosa  una  luz ; 
Tampoco  llorosa  veráse  una  bella, 
Orando  postrada  al  pié  de  una  cruz. 

Mas  esto  ¿qué  imjiorta?  su  patria  querida, 
De  inmortal  memoria  recuerdos  le  hará: 
Cuando  ella  levante  su  frente  abatida, 
Rufino  Várela,  tu  nombre  se  oirá. 

Enero  n  de  1841. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  393 


EL  25  DE  MAYO  * 


EN   MONTEVIDEO 


Libertad  ó  con  gloría  morir. 
(Himno  Oriental) 


Cantar  de  Mayo  el  pensamiento  hermoso 
Es  de  sus  bardos  la  misión  sagrada, 
Ora  se  alce  su  sol  esplendoroso, 
Ora  le  anuble  lid  encarnizada. 

Bien  en  el  templo  de  la  gloria  sea, 
O   en  medio  de  los  campos  de  batalla, 
Que  ya  pulsó  la  lira  en  la  pelea 
Sin  temor  de  mortífera  metralla. 

Al  lado  del  guerrero  valeroso. 
Templaba  el  poeta  su  inspirada  lira, 

Y  como  á  aquel  acero  poderoso 
Empuñar  en  las  lides  se  le  mira. 

Nunca  el  poeta  del  glorioso  Mayo 
Ha  desertado  su  misión  sagrada, 

Y  do  le  halló  al  nacer  su  puro  rayo, 
Allí  su  voz  le  canta  entusiasmada. 


•     Caníos  á  Muye,  Montevideo  1844.     Imprenta  del  Nacional,  pág.    157. 


394  ANTOT^OGIA 

Y  preconiza  la  envidiada  gloria 
De  los  que  en  otro  Ma)'o  se  elevaron, 

Y  corona  con  lauro  de  victoria 

La  sien  de  los  valientes  que  triunfaron; 

O  entona  al  cielo  dolorida  endecha 
Pidiendo  paz  á  Dios  para  el  caído, 
Que  de  la  gloria  por  la  senda  estrecha 
Por  su  destino  se  encontró  vencido. 

Sólo,  no  se  oye  cual  se  oyera  un  día, 
Allá  en  la  orilla  del  undoso  Plata, 
De  Lafinur  y  López  la  armonía, 
Que  reverente  el  pensador  acata. 

Que  los  himnos  que  alzaron  en  su  canto 
Los  que  sus  huellas  férvidos  siguieron, 
Ahogáronse  al  gemir  de  acerbo  llanto 
De  las  víctimas  ¡ay!  que  sucumbieron. 

Y  el  que  canta  la  gloria  americana 

Y  consagra  los  ecos  de  su  lira 
A  la  alma  libertad  su  soberana, 
Libre  ha  de  hallar  el  aire  que  respira. 

Pierde  el  cielo  su  azul  puro  y  hermoso 
Cuando  la  tiranía  alza  su  vuelo; 
Pierden  los  campos  su  verdor  frondoso; 
Cúbrese  todo  de  luctuoso  velo. 

¿Donde  ha  de  hallar  inspiración  creadora 

Y  entonación  sublime  sus  acentos, 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  395 

Si  negra  noche  y  más  siniestra  aurora, 
Traen  á  su  oído  míseros  lamentos  ? 

Sí,  la  lira  del  vate  americano, 
Si  ha  de  vibrar  con  plácida  armonía, 
Huye  de  la  mansión  de  vil  tirano. 
Que  respirar  allí  la  mataría: 

Por  eso  tus  bardos  ¡oh  pueblo  argentino! 
Huyeron,  siguiendo  de  extraño  destino 

Sendero  fatal; 
Que  allí  fuera  un  crimen  cantar  las  victorias 
Que  en  tiempo  te  dieron  expléndidas  glorias, 

Renombre  inmortal. 

Por  eso  dejaron  la  tierra  querida 
Do  suave  corriera  la  plácida  vida, 
La  vida  infantil; 

Y  en  brazos  se  echaron  de  incierto  destino, 
Siguiendo  el  estrecho  y  obscuro  camino 

Donde  hay  penas  mil. 

Te  dejan  y  buscan  propicia  otra  tierra 
Do  nadie  á  los  cantos  de  gloria  se  aterra, 
Donde  hay  libertad . 

Y  es  esa  la  tierra  de  Oriente  famoso, 
Que  abriera  de  ISIayo  el  templo  glorioso 

De  gran  Majestad. 

¡Oh!  duro  destino  fué,  patria,  dejarte, 

Y  sólo  á  lo  lejos  poder  contemplarte 

Postrada  o-emir: 


396  ANTOLOGÍA 

Y  ver  de  otro  Mayo  la  plácida  aurora 

Y  que  ella  no  marca  la  última  hora 

De  tanto  sufrir! .  .  . 

Por  eso  al  cantar  de  Mayo 
El  glorioso  pensamiento, 
Lanza  la  lira  un  lamento, 
El  alma  una  imprecación ; 

Porque  su  vivido  rayo 
Se  refleja  en  las  cadenas 
De  ese  pueblo  cuyas  penas 
Escarnio  de  Mayo  son. 

Y  cantar  hoy  las  victorias 
Que  alcanzamos  otro  día, 
Cuando  alza  la  tiranía 
Su  sangriento  trono  allí, 

Fueran  galas  irrisorias 
Echadas  sobre  su  llanto, 
Fuera  magnífico  manto 
De  un  orgullo  baladí. 

¿Cómo  pulsar  hoy  la  lira. 
Cantando  días  pasados. 
Cuando  en  el  polvo  arrojados 
Nuestros  laureles  se  ven; 

Cuando  sangriento  respira 
Un  maldecido  tirano. 
Cuya  sacrilega  mano 
Los  arrojó  con  desdén; 


0 
JOSÉ   MARÍA   CANTILO  397 

Cuando  en  el  pendón  glorioso 
De  inmortales  tradiciones, 
Estampó  sus  maldiciones 
E  impío  le  profanó; 

Y  es  hoy  padrón  vergonzoso 
De  humillación  y  de  ultraje, 
De  oprovioso  vasallaje. 
Del  pueblo  que  domeñó? 

¡Cantar  las  glorias  de  ?.íayo 
En  entusiasmado  coro, 
Cuando  silencioso  lloro 
El  pueblo  vierte  por  él ...  . 

Cuando  en  lánguido  desmayo 
Se  levanta  por  la  esfera, 
A  alumbrar  en  su  carrera 
Quizás  un  crimen  cruel ! .  .  .  . 

¿No  veis?.  .  .  ya  asoma  del  Plata 
Por  las  hondas  cristalinas, 
Y  á  las  playas  argentinas 
Su  primer  rayo  llegó. 

¿Dó  está  el  pueblo  que  le  acata 
Palmas  batiendo  á  millares  ? 
¿  Dó  los  cívicos  cantares 
Con  que  un  día  le  esperó  ? 

¿Oís?. .  .silencio  profundo 
Sólo  encuentra  su  venida; 
Parece  que  allí  la  vida 
Para  siempre  se  extinguió! 


398  ANTOLOGÍA 

Y  ese  es  el  pueblo  que  un  mundo 
Conmoviera  con  su  aliento, 
Desde  el  sólido  cimiento 
En  que  tres  siglos  durmió. 

Ese  es:  hoy  yace  tendido, 
Parece  cuerpo  sin  vida. 
Porque  es  profunda  la  herida 
Que  lleva  en  el  corazón. 

Si  los  pueblos  que  ha  vencido 
Contemplarle  allí  pudieran, 
Lástima  al  verle  tuvieran: 
Sólo  inspira  compasión , .  . 

¿Y  cómo  con  voz  sonora 
Cantar  triunfos  de  otros   días 
Oyendo  las  agonías 
Del  pueblo  que  los  logró? 

No:  lance  el  poeta  ahora 
Maldiciones  al  tirano 
Que  su  corona  profano 
En  el  cieno  le  arrojó. 

Guarde  el  bardo  su  instrumento 
Trozando  sus  cuerdas  hora, 
Que  se  escucha  tronadora. 
Del  combate  la  señal; 

Que  el  sol  de  Mayo  sangriento 
Se  levanta  por  el  cielo, 
Y  á  su  luz  rojiza  el  suelo 
Muestra  asfonía  mortal. 


JOSÉ  MARÍA   CANTILO  399 

Guarda  el  poeta  su  lira, 

Y  audaz  vuelva  á  la  pelea, 

Y  en  la  sangre  que  allí  humea 
Beba  excelsa  inspiración: 

¡Oh!  como  la  muerte  inspira 
El  silbo  de  la  metralla, 
El  polvo  de  la  batalla. 
El  estruendo  del  cañón. 

¡Ver  entre  nubes  de  fuego 
Desplegada  la  bandera 
En  medio  á  erizada  hilera, 
A  compás  de  un  atambor; 

Y  oir  Víctores  que  luego 
Alza  el  soldado  triunfante 
Marchando  siempre  adelante 
Con  más  denodado  ardor! 

Allí  debe,  sí,  el  poeta 
Tomar  sus  inspiraciones, 
Que  hay  hermosas  vibraciones 
Que  no  existen  sino  allí. 

Es  magnífica  paleta 
Que  bella  luz  atesora, 
Hoy  que  ha  de  cantar  la   aurora 
Del  grandioso  Mayo  aquí. 

Aquí  I  oh  tierra  de  Oriente! 
Escollo  de  esos  tiranos. 
Que  ultrajar  quieren  profanos 
Tu  sagrada  majestad: 


40O  ANTOLOGÍA 

Afrontándolos  valiente 
Diste  magnánimo  ejemplo, 

Y  no  mancharán  el  templo 
Que  alzaste  á  la  libertad. 

Que  tu  fuiste  la  escogida 
En  este  vasto  hemisferio, 
Para  afirmar  el  imperio 
De  la  preciosa  igualdad. 

Tú  nunca  fuistes  vencida, 

Y  hoy,  en  un  combate  á  muerte, 
Vas  á  decidir  la  suerte 

De  la  opresa  humanidad. 

Tú  que  aun   ostentas  divinas 
Las  fajas  de  tu  bandera. 
Tan  pura  como  antes  era 
De  mi  patria  el  pabellón; 

Y  tus  hijas  peregrinas, 
Pueden  lucir  sus  colores. 
Que  dan  al  guerrero  ardores 

Y  al  poeta  inspiración .  . . 

:Mi  patria!.  .  .  junto  con  ella 
Tus  hijos  sangre  vertieron; 
Los  peligros  dividieron 
En  victoria  ó  rota  cruel ; 

Pero  no  fué  igual  la  estrella 
Que  para  los  dos  lucía. 
Aunque  arabas  frentes  un  día 
Ciñera  un  mismo  laurel. 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  4OI 

Por  eso  mil  de  sus  hijos 
A  tu  seno  se  acogieron, 

Y  su  vida  te  ofrecieron 
Contra  el  tirano  común ; 

Miserias,  males  prolijos. 
Ellos  firmes  arrostraron, 
Pero  así  al  mundo  mostraron 
Que  no  han  desertado  aún. 

No,  ¡  vive  Dios !  no  cejaron 
Ante  tu  tirano  impío. 
De  la  empresa  que  su  brío 
Esforzado  acometió ; 

Y  quince  años  de  esta  lucha 
Sin  duda  al  mundo  probaron 
Qne  la  joya  que  heredaron 
Su  brillantez  no  perdió. 

Esa  joya  tan  preciosa, 
Que  costó  á  nuestros  mayores 
Infortunios  no  menores. 
Ni  menos  ingrato  afán. 

Que  al  recibirla  sus  hijos 
En  su  seno  la  guardaron, 

Y  trasmitirla  juraron 

A  los  hombres  que  vendrán. 

¡  Gloria  á  los  hombres  valientes 
Que  su  fe  no  apostataron 

Y  que  otra  vez  se  lanzaron 
A  salvar  la  humanidad ! 


402 


ANTOIvOGIA 

¡  Gloria  á  ellos !  Si  cayeran 
En  esa  misión  hermosa, 
Nos  mostrarán  luminosa 
Senda  de  inmortalidad. 

i  Gloria  á  ellos !  que  en  sus  pechos 
No  marchitó  la  desgracia 
De  la  santa  democracia 
La  fructífera  raíz, 

Y  aunque  doblaron  la  frente 
A  destino  impenetrable 
No  abatieron  ante  el  sable 
La  belicosa  cerviz. 


II 


Cuando  nuestros  mayores  meditaron 
De  libertad  el  pensamiento  hermoso. 
Vieron  de  las  Españas  el  coloso, 
Y  ante  su  gran  poder  no  se  arredraron. 

Valientes  y  esforzados  se  creyeron 
Que  era  santa  la  lid  que  provocaban, 
Por  eso  los  peligros  no  miraban 
Cuando  al  campo  de  gloria  descendieron. 

Era  la  senda  obscura  y  escabrosa, 
Funestos  los  escollos  del  camino, 
Pero  con  firme  paso  y  alto  tino 
Su  misión  realizaron  portentosa. 


r 

JOSÉ   MARÍA    CANTILO  ^03 

Empero  allá  en  su  mente  conmovidos 
Vieron  el  porvenir  sin  alegría, 
Porque  á  mares  la  sangre  correría 
De  los  hijos  de  Mayo  más  queridos. 

\'ieron  el  huracán  de  las  pasiones 
Sacudir  medio  mundo  en  su  cimiento, 

Y  feroz  la  anarquía  alzar  al  viento 
Sus  odiosos  maléficos  pendones. 

Elevarse  del  cieno  los  señores 
Por  criminales  pérfidos  caminos. 
Para  regir  del  pueblo  los  destinos. 
Trocándose  después  en  opresores. 

Opresores  de  toda  su  creencia 
Era  mostrar  un  sable  bien  tajante, 

Y  sus  plantas  hollaron  palpitante 
Del  buen  patriota  la  modesta  ciencia. 

Y  en  su  mente  con  pena  traslucieron 
Que  nuevos  pueblos  por  demás  valientes, 
Al  arrojar  sus  amos  insolentes. 
Amos  también  del  mundo  se  creyeron. 

Vieron  brotar  de  América  á  millares 
Insolentes  y  pérfidos  tiranos. 
Que  encadenaron  con  sangrientas  manos 
La  misma  libertad  de  sus  altares. 

Que  ellos  también  las  víctimas  serían, 
Los  hombres  de  ese  Mayo  conocieron. 


404  ANTOI,OGIA 

Que  allá  en  el  porvenir  eso  leyeron, 

Y  mártires  á  ser  se  disponían .  .  . 

Nada  les  arredró,  Dios  inflamaba 
Sus  varoniles  pechos  con  su  aliento; 
Destello  con  su  luz  fué  el  pensamiento 
Que  esa  generación  plantificaba. 

Porque  vieron  también  allá  en  su  mente 
De  América  en  las  postreras  edades, 
Tras  de  mil  procelosas  tempestades 
La  libertad  lucir  eternamente. 

Nada  les  arredró,  porque  creyeron 
Que  la  tierra  tan  solo  disponían, 
Que  los  frutos  para  ellos  no  serían, 

Y  solo  las  espinas  recogieron. 

ha  humanidad  nos  pide,  se  dijeron. 
Terrible  por  demás  el  sacrificio ; 
La  humanidad  recoja  el  beneficio; 

Y  con  fe  en  el  camino  se  pusieron. 

Grande  fué  la  misión,  patria  querida, 
Que  confió  el  alto  ser  á  tu  cabeza ; 
Grande  y  hermosa  fué  la  santa  empresa 
Que  iba  tu  fuerte  brazo  á  consumar. 

Pero  fuiste  por  esa  la  escogida 
Para  llenar  de  Dios  el  pensamiento, 

Y  él  tu  senda  alumbró  en  el  firmamento, 
Cuando  te  vio  impertérrita  marchar. 


JOSÉ  MAKIA   CANTILO  405 

¡  Oh,  quién  fuera  nacido  en  aquel  día, 
Para  gozar  del  fuego  de  ese  ]Mayo! 
¡Quién  hubiera  podido  un  solo  rayo 
Del  sol  de  nuestras  glorias  alcanzar! 

¡  Quién  hubiera  escuchado  la  armonía 
De  los  himnos  triunfales  y  guerreros, 
Que  al  bélico  estridor  de  los  aceros 
Cantaban  los  valientes  al  marchar ! 

Grande  fué  tu  misión,  patria  adorada, 

Y  cuando  más  los  años  dan  su  giro. 
Más  ardua  y  más  gigante  yo  la  miro 

Y  el  recuerdo  me  admira  de  tu  ardor. 

Noble  generación  por  Dios  creada 
Para  cumplir  magnífico  destino  ; 
Los  escollos  quo  el  hombre  te  previno 
Con  más  brío  ensalzaron  tu  valor. 

Así  el  mundo  miró  los  mismos  hombres, 
Que  tres  siglos  durmieron  cual  esclavos. 
Alzarse  en  un  instante  como  bravos 
Al  asomar  la  aurora  de  este  sol. 

Y  por  eso  acató  los  altos  nombres 
De  los  nuevos  tribunos  y  guerreros, 
Que  midieron  sus  fúlgidos  aceros 
Con  el  bravo  del  mundo :  el  español. 

¡  Mas,  ay,  patria  mía  i 
¿Dó  están  los  varones 


406  ANTOLOGÍA 

Que  tantos  blasones 
Te  dieron  un  día? 

¿Dó  están  esos  hombres 
Que  excelsa  te  hicieron  ? 
¿Qué  prez  obtuvieron, 
Si  es  crimen  sus  nombres 
Pronunciar  ahora? 

Y  luce  de  Mayo 
Bl  fúlgido  rayo, 
Que  vivido  dora 
Tu  alta  catedral : 

Ya  brilla  en  la  cima 
De  ese  monumento,  (i) 
Que  tu  juramento 
Publica  inmortal ; 
Allí  tu  escribías 
En  tiempos  mejores 
Cantos  y  loores; 
Allí  tu  venías 
Con  palmas  triunfales 
Cantando :    ¡Mortales 
Mis  ecos  oid ! 

Y  ahora,  ¡qué  mengua, 
Sangrientos  letreros 
Ven  los  extrangeros 

Y  exclaman  decid: 


(i)  En  medio  de  la  plaza  Vicloria  en  Buenos  Aires,  se  eleva  una  modesta 
pirámide,  levantada  en  recuerdo  del  inmortal  día  de  Mayo.  Sus  cimientos 
se  abrieron  en  la  madrugada  del  6  de  Abril  de  iSii,  y  la  obra  quedó  con- 
cluida para  el  25  de  Mayo  de  ese  año. 


JOSÉ  MARÍA   CANTILO  407 

¿Es  esta  la  tierra 
Feliz  de  Belgraiio? 
¿Es  esta  la  patria 
Del  gran  San  Martín? 

¿  Dó  está  la  bandera 
Que  con  fuerte  brazo 
Flamearon  gloriosa 
En  Maipo  y  Junín  ?  » 

Así  los  extraños 
Dirán,  patria  mía, 
Y  tú  en  agonía 
Triste  callarás. 

Si  vuela  en  la  cumbre 
De  tu  alto  baluarte 
Rojizo  estandarte, 
¿  Qué  más  les  dirás  ? 

¿  Dirás  que  es  un  hombre 
Obscuro  y  sin  nombre. 
Que  mofa  sangriento 
El  gran  pensamiento 
Que  Mayo  engendró? 

¿Dirás,  Buenos  Aires, 
Que  ese  hombre  es  tu  hijo, 
Que  astuto  y  prolijo 
Medita  en  el  fuero 
Que  en  Mayo  cayó? 

No:  calla  y  espera 
Los  postreros  días, 
Qus  tus  agonías 
Cual  nube  en  la  esfera 


408  ANTOI.OGÍA 

Se  disiparán; 

Y  di  á  los  extraños, 
Que  miren  del  Plata 
I^a  opuesta  ribera, 
Y  allí  la  bandera 
De  Mayo  verán. 

Tras  ella  te  dejan  ¡oh  patria!  tus  hijos, 
Con  llanto  en  los  ojos,  mas  ¡  ay !  llevan  fijos 

Intentos  de  honor : 
En  vano  la  nave  con  prisa  se  aleja ; 
Do  van  allí  oyen  la  mísera  queja 
Que  das  de  dolor. 

Adiós,  te  dijeran,  ¡oh  mísero  suelo! 
Tus  hijos  te  dejan ;  por  extraño  cielo. 

Errantes  se  van : 
Adiós :  duerme  ahora  mortal  ese  sueño, 
Que  corre  en  tus  venas  letal  un  beleño 
Que  impíos  te  dan. 

Te  dejan  y  buscan  propicia  otra  tierra. 
Do  nadie  á  los  cantos  de  gloria  se  aterra. 

Donde  hay  libertad; 
Y  es  esa  la  tierra  de  Oriente  famoso. 
Que  ha  abierto  de  ]\Iayo  el  templo  glorioso 

De  gran  majestad. 

Y  aquí  no  es  delito  cantar,    patria  mía. 
Tus  hechos  hermosos,  tu  gran  nombradía. 
Tu  ardor  varonil; 


JOSÉ    MARÍA    CANTILO  409 


Tus  hijos  proscriptos  á  Mayo  aqui  admiran, 
Aquí  le  saludan;  que  libres  respiran 
De  un  déspota  vil. 

III 

Empero  los  acentos  de  la  fama 
Que  los  hechos  magníficos  aclama 

De  la  oriental  nación, 
Despiertan  al  malvado,    y  de  su  silla 
Mira  del  Plata  hacia  la  opuesta  orilla 
Patricio  pabellón. 

Y  vio  sobrecogido  de  temores 
Mostrar  Montevideo  los  colores, 

Signos  de  libertad; 

Y  oyó  elevar  á  Mayo  mil  cantares, 

Y  en  su  templo  soberbio  los  altares 

Alzar  de  la  igualdad. 

Y  envidia  tuvo  cuando  así  miraba, 
Que  en  la  tierra  de  Oriente  germinaba 

La  civilización; 
Que  en  ella  se  acataban  esos  nonjbres 
De  los  valientes  inmortales  hombres 

De  la   revolución. 

Que  el  dogma  «Libertad»  no  era   delito; 
Que  en  su  código  hermoso  estaba  escrito: 

Aquí  impera  la  ley. 
Y  lo  que  más  al  bárbaro  irritaba. 
Era  ver  ei  contraste  que  saltaba 

Entre  Oriente  v  su  erev. 


4IO  antologL\ 

Entre  Oriente,  que  libre  y  venturoso 
De  alto  progreso  en  el  sendero  hernioso 
Hacia  la  cumbre  va; 

Y  el  despoblado    triste  cementerio 
Sometido  al  capricho  y  al  imperio 

De  un  obscuro  bajá. 

Entre  Oriente,  que  sigue  su  camino, 
A  llenar  democrático  destino 
Y   en  pro  de  la  igualdad, 

Y  el  pueblo  que  domina  ese  tirano, 
Que  de  gigante  le  tornara  enano 

En  la  virilidad. 

Entre  Oriente,  que  exclama:  ¡Gloria  á  Mayo! 
Cuando  en  el  Plata  reluciente  rayo 
Refleja  su  alma  sol, 

Y  el  pueblo  que  en  cadenas  su  luz  mira, 
Pues  bajo  el  yugo  de  un  mandón  respira 

]\Iás  cruel  que  el  español. 

Por  eso  con  zozobra  el  gaucho  astuto 
Vio  su  sistema  bárbaro,  absoluto, 
En  triste  parangón, 

Y  meditó  de  entonces  en  su  mente 
Uncir  al  rayo  la  altanera  frente 

De  la  oriental  nación. 

Y  era  su  intento  atroz,  más  no  encontrara 
Quien  sus  miras  sumiso  ejecutara 
En  la  empresa  fatal; 


JOSÉ   MARÍA    CANTILO  4II 

Cuando  á  un  hombre  cual  gracia  la  pedía, 
Y  conducir  las  huestes  ofrecía, 

¡Y  ese  hombre  era  oriental! .... 

Y  he  aquí  que  con  cañones 

Y  ejército  de  sayones, 
Altanero  por  demás, 
Como  torrente  de  un  río 
Que  se  desborda  con  brío 
Penetró  ese  hombre  procaz. 

Y  llegó;    y  clavó  maldito 
En  la  cima  del  Cerrito 
Ese  rojizo  pendón; 

Do  se  ven  horribles  lemas, 

Y  terribles  anatemas 
De  muerte  y  desolación. 

Y  batiéndolo  en  la  diestra 
A  su  patria  audaz   le   muestra 
Ese  apóstata  oriental, 
Diciendo:  Montevideo, 

Hoy  vas  á  hacer  el  trofeo 

De  la  hueste  /ederal  ' 

Dobla   el  cuello  á  la  coyunda. 
Si  no  quieres  que  te  hunda 
El  peso  de  mi  poder; 
Que  á  esclavizarte  he  venido, 

Y  ejército  he  traído 
Para  tu  orgullo  vencer. 


412  antología 

Pero  la  tierra  de  Oriente 
Juró  ser   independiente, 

Y  vivir  libre  ó  morir, 

Y  empuñando  aguda  lanza 
A  la  terrible  matanza 

Se  la  ve  altiva  salir. 

Dos  Mayos  la  han  alumbrado 
En  este  afán  denodado, 
Pero  siempre  fiel  está; 

Y  tanta  sangre  ha  vertido. 
Que  bastara  á  haber  teñido 
La  ondas  del  Plata  ya. 

Dos  Mayos  ha  que  ella  escucha 
De  la  mortífera  lucha 
El  continuado  rumor; 

Y  así  es  que  vencer  espera, 

Y  así  ostenta   la  bandera 
Purísimo  su   color. 

Y  al  verla  comprometida 
En  esta  lucha  temida 
Por  salvar  la  humanidad, 
Ved  cual  bajan  á  la  arena 
Los  hijos  del  Pó  y  del  Sena, 
A  la  voz  de:  ¡TJbcrtad! 

Ved  como,  doquier  que  lleva 
El  viento  la  hermosa  nueva 
De  un  triunfo  que  ella  alcanzó, 


JOSÉ    MARÍA    CANTILO  4I3 

La  bate  palmas  el  mundo, 

Y  con  respeto  profundo 
¡Inmortal!  la  saludó. 

Y  tú,  Buenos  Aires,   mira 
Si  esta  lucha  ardor  te  inspira, 
Que  despierta  tu  altivez, 

Y  sacudes  las  cadenas 
Que  trozando  van  tus  venas 
Con   su  enorme  pesantez. 

Tú  sabes  que  cuesta   tanto 
Sostener  el  dogma  santo, 
De  la  preciosa  igualdad; 
Tú  lo  sabes,    pero  ahora 
Una  atmósfera  opresora 
Te  envuelve  en  obscuridad. 

Siempre  fueron  los  tiranos 
Pigmeos,  cobardes,  vanos. 
Cuando  cerca  se  les  vio; 
¿Y  cómo  olvidar  que   España 
Fué  impotente  con  su  sana 
Cuando  América  se  alzó .  , .  .  ? 

Alza,  pueblo,  llegó  Mayo, 
Mira  su  fúlgido  rayo 
En  el  Plata  reflejar, 
Alza,  sacude  ese  sueño, 
Duerme  tranquilo  tu  dueño  .... 
No  le  dejes  despertar.  .  .  . 


414  antología 


IV 


Duerme,  tirano,  sí,  mientras    terrible, 
Rebrama  el  huracán  de  la  venganza, 
Que    con  paso  gigante  ya  se  avanza. 
Tu  trono  deleznable  á  sacudir : 

Cierra,  muelle,  los  ojos  inscncibles, 
Del  pueblo  que  esclavizas  al  quebranto; 
Envuélvete  en  los  pliegues  de  tu  manto 

Y  no  verás  su  cólera  lucir. 

Duerme,  duerme  tirano ;  no  está  lejos 
La  hora  felice  de  tu  eterno  sueño; 
Al  menos  dormirás,  y  siempre  dueño 
Del  pueblo  que  esclavizas  te  creerás: 

¿Vés  de  ese  sol  los  fulgidos  reflejos? 
¿Vés  en  las  ondas  su  divino  rayo? 
Es  el  astro  magnílico  de  Mayo; 

Y  es  el  último  acaso    que  verás. 

Duerme;  y  olvida  en  tu  falaz  demencia 
Cuál  es  el  pueblo  que  tu  planta  oprime, 
Que  en  silencio  tres  lustros  há  que  gime 
Arrastrando  su  cuello  yugo  vil: 

El  en  la  aurora  está  de  la  existencia, 

Y  fecunda  es    la  fuente  de  su  vida; 
Tú  pasarás,  tirano;  y  él  erguida 
Levantará  la  frente  varonil. 


JOSÉ  MARTA    CAXTILO  415 

Pasaron  ya  los  tiempos  tenebrosos 
En  que  la  humanidad  se  trasmitía, 
Y  tú  al  bajar  hasta  la  tumba  fría 
Su  maldición  tremenda  llevarás; 

Y  serán  esos  días  tempestuosos 
Lo  que  en  el  aire  vaporosa  nube, 
Que  cuando  el  sol  al  horizonte  sube 
En  gotas  se   disipa  por  jamás. 


É 


índice 


PÁGINAS 

Noticias  biográficas  y  bibliográficas: 

Esteban  Echeverría ix 

Marco  Avellaneda  .    .    .    , xxx 

Florencio  Várela xxxvi 

Florencio  Balcarce LVi 

Luis  L.  Domínguez Lxviii 

José  María  Cantilo lxxii 

ANTOLOGÍA 

Esteban  Echeverría  : 

Elvira  ó  la  novia  del  Plata 5 

La  cautiva 30 

La  Historia. — Fragmento 112 

El  regreso 121 

En  celebridad  de  M.^yo 126 

A  LA  iitdependencia  argkntina 130 

RuFGO '34 

Mi  estado  , 136 

El  poeta  enfermo 138 

Contestación 141 

Estancias 144 

Recuerdos 147 

Al  clavel  del  aire ....  149 

El  cementerio 153 

Melancolía :    .    .    .    .  157 

Profecía  del  Plata 158 

Pensamiento 162 

El  desamor. — Canción    .     .     , 163 

La  díamela. — Canción 165 


41 8  ANTOLOGÍA 


pAginas-. 


Un  recuerdo ,    .    .    .    .  i66 

A 169 

La  ausencia. — Canción 172 

A  Berro 174 

La  madreselva 178 

Estrofas  para  canto 179 

Marco  Avellaneda: 

Al  25  DE  Mayo  de  1839 185 

El  monte  de  naranjos 191 

A   LA   MUERTE   DEL   OBISPO    DE   CamACO.      ,      .  195 

El  trovador 202 

Florencio    Várela  : 

A  los  alumnos  del  Colegio  de   Ciencias 

Morales 209 

Al  25  DE  Mayo  de  1825. — Oda 215 

A  LA  Hermandad  de  caridad 218' 

A  LA   muerte  de  D.  José  María  Vargas. — 

Sáficos  adonices 227 

Al  ciudadano  Don  Bernardino  Rivadavia.  231 
A  LA  victoria  naval  sobre  la  escuadrilla 

Brasilera. — Brindis  improvisado    ....  237 

En  elogio  del  Sr.  D.  José  Joaquín  de  Mora.  238 

A  LA  gloriosa  victoria  de  Ituzaingó.— Oda.  242 

A  LA   LIBERTAD  DE  LA   GrECIA.  — Oda.      .      .      .  249 
A   LA   PAZ   ENTRE    LA    REPÚBLICA    ARGENTINA 

Y  EL  Imperio  del  Brasil. — Oda 258- 

Al  señor  Doctor  D.  Pedro  Somellera.    .  264 

Florencio  Balcarce  : 

La  partida 271 

Las  hijas  del  Plata.— Canción 275 

Al  señor  Don  Víctor  Silva 277 

El  cigarro 284 

A  LA  muerte  de  José  C.  Casco. — Sáficos  .    .  287 

El  lechero 2S9 

El  asesinato  de  Quiroga. — Soneto.    .    .    ,  293 

El  clamor  argentino.  (Inédita) 294 


0 
índice 


Luis  L.    Domínguez . 


419 

PÁGINAS 


Una  tarde  en  el  Dacá oqi 

El  retrato  de  Várela.    ...  "'^07 

A  Mayo .".'''    ??i 

A  Rufino  Várela.    ...  '    '    '    Íic^ 

El  Ombú lll 

A  Mayo ^    "•    :    :    ^    .'    .'    Í'o 

José  María  Canillo  : 

A  LA  Convención  Mackau  .  .  -xsq 

Al  General  Paz  ....         '  *  "  ^., 

Una  voz ,..'.'.'.%'[ 

El  Arroyo  de  las  Piedras!    .  '^67 

A  iNA  Calandria '    '  -kh 

A  la  más  bonita ^80 

La  violeta .'.''"  -82 

Las  flores [ ^8 

La  nií5a  María  .....".* Í¿ 

Rufino  Várela ."..'.*.'.'  '^8q 

El  25  de  ALwo  en  Montevideo.    .*    .    .    .    .  393 


';jr]í^g^\í,%: 


:^M^^sM/<^^(MWAi> 


:íW 


^ii.Wt^^'-V'r; 


.>)\Sv'/-^.\ 


f<íí/Á% 


1 


University  of  Toronto 
Library 


DO  NOT 

REMOVE 

THE 

CARD 

FROM 

THIS 

POCKET 


Acmé  Library  Card  Pocket 
LOWE-MARTE^  CO.  LIMITED 


iité^Xff; 


í^,>s>¿^